LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 16 — La fe de los traidores #3
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Capítulo 16 — La fe de los traidores #3

Elena sonrió otra vez.

—Camila Soria, siempre tan leal hasta que aparece una verdad que Victoria no quiso darle.

—Diez minutos. Retire el fuego del este.

—Cinco.

—O puede continuar perdiendo hombres mientras nosotras encontramos el repetidor.

Elena observó algo fuera de la cámara. —Aceptado.

Los disparos disminuyeron en el lado indicado.

Camila señaló una abertura de drenaje debajo del muro de la casa.

—Entraremos por ahí. El túnel conduce al sótano y sale al bosque a trescientos metros.

—Elena vigilará la salida —dijo Victoria.

—Una de ellas.

—¿Hay otra?

—La que utilizaré.

Camila retiró su chaleco, escondió un pequeño dispositivo dentro de la costura de mi abrigo y cerró la tela sobre él.

—Es un transmisor pasivo —explicó—. No emite hasta que reciba una frecuencia concreta. Elena no lo detectará fácilmente.

—¿Por qué está conmigo?

—Porque si me registran, lo encontrarán.

—¿Qué debo hacer?

—Cuando Victoria diga “cierre”, presione dos veces aquí.

Señaló la costura.

—¿Qué activará?

—Una puerta que Elena cree que lleva al archivo.

—¿Y adónde conduce realmente?

Camila miró hacia Victoria.

—A la cámara donde Octavio guardaba los documentos que no quería incluir en su archivo oficial.

—¿El archivo negro de su padre? —pregunté.

—El archivo de sus crímenes personales —respondió Victoria—. Pagos, desapariciones, rutas de trata, funcionarios comprados y nombres de personas que utilizó antes de eliminarlas.

—¿Por qué nadie lo destruyó?

—Porque desapareció después de su muerte.

Camila ajustó su arma.

—Mi padre lo ocultó. Yo encontré la entrada años después, pero nunca pude abrir la cámara sin activar el sistema principal.

—¿Y ahora?

—La cruz puede ser una de las llaves.

La pieza bajo mi ropa pareció quemar mi piel.

—Entonces Elena no busca únicamente el archivo de Victoria —dije—. Busca el de Octavio.

—Quiere saber qué pruebas existen contra ella —respondió Camila—. También puede contener información sobre Isabela y Teresa.

—No puedo entregarle la cruz.

—No lo hará. La utilizará para abrir la cámara cuando nosotras controlemos la posición.

Victoria miró hacia la casa. —Demasiadas variables.

—Sí —dijo Camila—. Por eso funcionará. Elena está acostumbrada a controlar personas, no caos.

Nos movimos hacia el drenaje bajo cobertura. El agente herido fue evacuado por el lado oeste mientras otros dos mantenían fuego sobre el bosque.

La abertura estaba protegida por una rejilla oxidada. Camila cortó dos puntos de unión y la desplazó lo suficiente para pasar.

Entró primero. Yo la seguí, después Victoria y dos agentes.

El túnel olía a barro, agua estancada y metal viejo. Tuvimos que avanzar inclinadas, con las botas hundiéndose en una corriente helada.

—¿La casa realmente está vacía? —pregunté.

—La parte visible —respondió Camila—. Los sensores térmicos no detectan debajo del suelo con claridad.

Llegamos a una escalera y subimos hasta un sótano oscuro. Había cajas abiertas, cables y un sistema de transmisión conectado a varios teléfonos.

Elena había utilizado aquella casa como centro de señales, pero no se encontraba allí.

Camila encontró la fuente de la llamada de Marina: una grabación preprogramada mezclada con fragmentos en directo.

—Nos hizo creer que estaba cerca —dije.

—Necesitaba que entráramos en el perímetro —respondió Victoria.

Uno de los agentes descubrió una puerta oculta detrás de estanterías. El mecanismo estaba abierto.

Camila iluminó el suelo. Había huellas recientes que descendían por un túnel de piedra.

—Esta es la ruta —dijo—. Conecta con una antigua red minera y termina cerca de la capilla Valdés.

—Elena está moviendo a Marina hacia allí —comprendí.

—Probablemente.

Victoria recibió una comunicación de los observadores enviados a la capilla.

—Ríos informa vehículos aproximándose desde el norte —dijo—. Perdió contacto con Salvatierra.

—¿Cuántos vehículos?

—Cuatro confirmados.

—Elena quiere reunirnos bajo el altar —respondí.

—Y nosotros vamos a permitirlo —dijo Camila.

Victoria la miró.

—Usted no va sola.

—Si nos ven juntas, no creerán la entrega.

—No me importa lo que crean.

—Debería. Marina depende de ello.

El nombre la detuvo. Victoria podía ignorar el riesgo de Camila, incluso el suyo, pero no podía desechar a Marina sin confirmar cada acusación que yo había pronunciado contra su forma de proteger.

—Nos separaremos durante diez minutos —decidió—. Después seguiré su señal.

—Quince —dijo Camila.

—Diez.

—Doce.

—Diez.

—Aceptado.

Camila retiró su arma principal y se la entregó a uno de los agentes. Conservó una pistola pequeña oculta en la bota, dos cuchillos y una pieza metálica dentro del cabello.

—Eso no parece una rendición convincente —dije.

—No pienso convencerla durante mucho tiempo.

Caminamos por el túnel hasta una intersección. El camino izquierdo conducía hacia la capilla. El derecho ascendía al bosque.

Camila tomó el izquierdo.

Antes de alejarse, Victoria la sujetó por el hombro.

—No improvise.

Camila miró la mano sobre su cuerpo.

—Todo este plan es improvisación.

—Sabe lo que quiero decir.

—Sí.

—Regrese.

La orden salió más baja, despojada de autoridad delante de una mujer que había visto cada una de sus versiones.

Camila sostuvo la mirada de Victoria.

—Intentaré hacerlo.

—No es suficiente.

—Es lo único honesto.

Se separaron.

Victoria permaneció observando hasta que la luz de Camila desapareció por completo. Después señaló la salida hacia el bosque.

—Nos moveremos por arriba y llegaremos a la capilla desde el lado oeste.

—Elena tendrá observadores.

—También tendrá demasiada atención puesta en Camila.

Subimos por una escalera oculta y salimos entre árboles a varios kilómetros de la casa. La lluvia había comenzado otra vez, fina y fría, borrando parte de las huellas sobre el terreno.

Avanzamos durante veinte minutos por una pendiente. La capilla antigua apareció detrás de un muro derrumbado, rodeada por cipreses y estructuras abandonadas de la propiedad Valdés.

Era más pequeña de lo que imaginaba. La piedra clara estaba cubierta por musgo, y el techo tenía una abertura junto a la torre.

Había vehículos ocultos detrás del edificio.

Ríos esperaba entre los árboles. Tenía sangre sobre la frente.

—Salvatierra desapareció —informó—. Encontré su arma y el auricular cerca de la entrada este.

—¿Cuerpo? —preguntó Victoria.

—No.

—Entonces puede estar comprometido.

—O capturado.

—Ambas cosas lo vuelven una amenaza.

Victoria miró el reloj.

Habían pasado once minutos desde que Camila se separó.

—Entramos —dijo.

—Dijo diez.

—Ya terminó.

Nos acercamos por una abertura lateral. El agente revisó el acceso y encontró una trampa desactivada.

—Alguien pasó antes —informó.

Dentro, la capilla estaba iluminada por velas colocadas alrededor del altar. No había imágenes religiosas, solo marcas claras donde habían retirado cuadros y una cruz de madera quebrada sobre la pared.

La entrada subterránea estaba abierta.

Un tramo de escalones descendía hacia una cámara iluminada.

Escuchamos la voz de Elena.

—Sabía que regresarías, Camila.

Victoria levantó una mano para detenernos.

Nos acercamos al borde de la escalera. Desde allí podía ver parte de la cámara.

Camila estaba de rodillas, con las manos detrás de la cabeza. Dos hombres la apuntaban.

Marina seguía atada a la silla. Beatriz permanecía junto a ella, temblando y sosteniendo un arma que parecía demasiado pesada para sus manos.

La madre Eulalia estaba junto a un muro, vigilada por otro hombre.

Elena caminaba alrededor de Camila.

—Victoria cree que eres la única persona que nunca la traicionará —dijo—. Siempre me pareció una certeza demasiado cómoda.

—No vine por ella.

—Viniste por Marina.

—Vine por el archivo.

Elena se detuvo.

Camila levantó el rostro. —Sé dónde lo ocultó Octavio.

—Victoria dijo que desapareció.

—Victoria no conocía todos los secretos de su padre.

—Pero tú sí.

—Mi padre murió por ellos.

Elena se agachó frente a Camila.

—¿Qué quieres?

—Protección para Marina, una salida para mí y acceso a los documentos que limpian el nombre de mi padre.

—Pudiste pedírselo a Victoria.

—Victoria entrega justicia cuando coincide con sus necesidades. Quiero dejar de depender de eso.

La mentira tenía suficiente verdad para resultar creíble. Incluso yo sentí su peso.

Victoria permaneció inmóvil a mi lado. Su rostro no mostraba reacción, pero los dedos alrededor del arma estaban demasiado tensos.

—¿Y Lucía? —preguntó Elena.

—Es otra herida que Victoria confunde con una responsabilidad.

La frase golpeó a mi esposa. No apartó la mirada de Camila.

—¿Nos traicionó? —pregunté en voz baja.

—No.

La certeza de Victoria resultó inmediata.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque utilizó exactamente las palabras que acordamos.

Yo no había escuchado ningún acuerdo.

Camila estaba guiando a Elena.

—La entrada está detrás del altar —dijo—. Necesitamos la cruz y el código de Victoria.

Elena sonrió.

—Lucía traerá la cruz.

—Si cree que Marina sigue viva.

Beatriz acercó el arma a la cabeza de su hija.

Marina abrió los ojos y miró directamente hacia la escalera.

No podía vernos dentro de la sombra, pero algo en su expresión indicó que sabía que estábamos cerca.

—No entregues nada —dijo—. Beatriz no disparará.

Su madrastra comenzó a llorar.

—Cállate.

—Nunca quisiste una hija. Querías una testigo que confirmara que eras buena cuando nadie más miraba.

—Hice todo por ti.

—Hiciste todo para que necesitara agradecerte.

Beatriz presionó el cañón contra su cabello.

—Puedo hacerlo.

—No.

Elena observó la escena con impaciencia.

—Dispare o retire el arma.

Beatriz no hizo ninguna de las dos cosas.

Camila se levantó lentamente.

Uno de los hombres la golpeó en la espalda y volvió a obligarla a arrodillarse.

Victoria dio un paso hacia la escalera. Le sujeté la muñeca.

—Espere.

Sus ojos se volvieron hacia mí.

—La están golpeando.

—Camila necesita que Elena llegue al altar.

—No necesita recibir otro golpe.

—Si entra ahora, Marina muere.

La frase la detuvo. El miedo de perder a alguien tiraba de ella en dos direcciones, y ninguna podía resolverse mediante una orden.

Elena caminó hacia la base del altar.

—Muéstreme la entrada.