LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 16 — La fe de los traidores #2
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Capítulo 16 — La fe de los traidores #2

—Entonces morirá confiando en uno equivocado.

—Y usted morirá sin confiar en ninguno.

Sus ojos se oscurecieron.

—No tenemos que convertir cada conversación en un juicio sobre mí.

—No. También podemos hablar de la mujer que ocultó mi testamento y ahora guarda un archivo de chantaje relacionado con la muerte de nuestros padres.

—No está relacionado únicamente con ellos.

—Eso lo vuelve peor.

Victoria apagó la pantalla.

—El archivo contiene pruebas que mantienen a ciertos hombres lejos de hospitales, puertos, escuelas y tribunales. Si se publica sin control, caerán gobiernos, desaparecerán testigos y comenzará una guerra entre familias.

—¿Y si permanece en sus manos?

—Puedo decidir cuándo utilizarlo.

—Exactamente.

—No finga que no comprende el valor de controlar información peligrosa. Acaba de exigir que los documentos de su madre queden bajo su custodia.

—Porque hablan de mi vida.

—El archivo habla de la mía.

—También de las personas a quienes chantajea.

—Personas que harían cosas peores si no temieran las consecuencias.

—Se considera la única consecuencia aceptable.

—Soy la que sigue aquí.

La frase encerraba todo lo que Victoria creía sobre el poder. Sobrevivir era su prueba, su derecho y su absolución.

—Elena también sigue aquí —dije.

No respondió.

El convoy se detuvo a un kilómetro de la propiedad. Continuamos a pie por una ruta entre árboles, con los agentes distribuidos alrededor.

Camila me entregó un chaleco ligero y un auricular.

—Permanecerá entre Victoria y yo. No entra en la casa hasta que confirmemos que Marina está fuera.

—Si Beatriz intenta destruir las cartas, entraré.

—No.

—Camila.

—Aprender a usar un arma no la convierte en parte del equipo de entrada.

—Las cartas pueden desaparecer.

—También su cabeza.

Victoria ajustó la correa del chaleco sobre mi hombro. Sus dedos no tocaron mi piel.

—No se separará —dijo.

—Es una instrucción de seguridad o una orden personal.

—Ambas.

—Solo obedeceré la primera.

—No me importa cuál utilice mientras lo haga.

Camila hizo una señal. Dos agentes avanzaron por el lateral de la casa, mientras otros cubrían la carretera y el cobertizo.

No había automóviles visibles. Tampoco movimiento detrás de las ventanas.

—Las imágenes térmicas continúan mostrando seis cuerpos —informó un agente.

—Demasiado quietos —respondió Camila.

El equipo se acercó a la entrada trasera. Uno de los hombres revisó la cerradura y encontró un cable conectado al marco.

—Trampa —dijo—. Posible detonador al abrir.

Victoria me empujó detrás de un muro bajo.

—Dijo que Beatriz estaba dentro —murmuré.

—Marina dijo muchas cosas.

—Los cuerpos térmicos pueden ser personas atadas.

—O bolsas calentadas.

Camila ordenó revisar ventanas. Una cámara flexible atravesó una grieta y mostró el interior de la cocina.

Había dos figuras sentadas a la mesa. No se movían.

—Amplíe —pidió Victoria.

La imagen mostró maniquíes vestidos con ropa humana. Debajo de las sillas había pequeños calentadores.

—La casa está vacía —dijo Camila.

El auricular emitió una interferencia. Después llegó la voz de Marina, agitada.

—Lucía, no entres. Me encontraron.

—¿Dónde estás?

Se oyó un golpe. La comunicación quedó abierta, pero Marina no volvió a hablar.

—Rastree la señal —ordenó Victoria.

Camila trabajó sobre la tableta. —Sale de la casa.

—Imposible.

—Hay un repetidor dentro.

Un disparo rompió la ventana del piso superior. La bala alcanzó a uno de los agentes en el chaleco y lo derribó.

—Tirador —gritó Camila—. Cobertura norte.

Victoria me sujetó por la cintura y me arrastró detrás de una pared de piedra. Camila respondió hacia la ventana, pero ninguna figura apareció.

El segundo disparo llegó desde el bosque.

Después otro desde la carretera.

La trampa no estaba dentro de la casa.

Nos habían colocado en el centro de un triángulo.

—Tres posiciones —informó Camila—. Quizá cuatro.

—Retirada al vehículo —ordenó Victoria.

—La ruta está cerrada —respondió un agente—. Dos camionetas bloquearon el camino.

Las ramas se movieron a nuestra derecha. Hombres vestidos con uniformes de seguridad avanzaron desde el bosque, utilizando árboles y muros como cobertura.

Victoria disparó dos veces. Uno cayó. Los demás se dispersaron.

—Lucía, abajo.

Me arrodillé, manteniendo las manos sobre la cabeza mientras las balas golpeaban piedra y tierra alrededor.

Camila alcanzó nuestra posición.

—Tenemos que entrar en la casa.

—Está preparada con explosivos —dijo Victoria.

—La entrada principal. El sótano puede conectar con un drenaje exterior.

—Eso quieren.

—También quieren mantenernos afuera hasta rodearnos.

El agente herido consiguió arrastrarse hasta la pared. Otro hombre aplicó presión sobre su hombro mientras disparaba hacia los árboles.

El auricular volvió a activarse.

La voz de Elena llegó limpia, sin interferencias.

—Victoria, siempre fue tu mayor defecto creer que una casa solo tiene las puertas que puedes ver.

Mi esposa levantó la mirada hacia las ventanas.

—¿Dónde está Marina? —pregunté.

—Viva —respondió Elena—. Más de lo que puedo decir sobre todos tus acompañantes si continúan disparando.

—Muéstrala —ordenó Victoria.

Un teléfono vibró en el bolsillo de Camila. La pantalla mostró una transmisión en directo.

Marina estaba atada a una silla dentro de una habitación de piedra. Tenía sangre en la boca, pero estaba consciente.

Beatriz permanecía detrás de ella con un arma apuntando hacia su cabeza.

—Mamá, no —dijo Marina—. No hagas esto.

El rostro de Beatriz estaba descompuesto por el miedo.

—No tengo elección.

—Siempre dices eso antes de elegirte.

Elena apareció junto a ambas. Llevaba pantalones oscuros, botas y un abrigo largo. No parecía la mujer elegante de las cenas ni la amante que controlaba las palabras de Victoria.

Parecía alguien que finalmente había dejado de necesitar una máscara.

—Entréguenme la cruz, el código del archivo y a Camila —dijo—. Marina saldrá.

—No —respondí.

Elena sonrió hacia la cámara. —Lucía ya aprendió a utilizar tu palabra favorita.

Victoria tomó el teléfono.

—Si la lastima, no existirá un país donde pueda esconderse.

—La amenaza funcionaba mejor cuando aún conservabas todos tus puertos.

—Todavía conservo suficientes.

—Pero no a Lucía.

El sonido de otro disparo atravesó el bosque. El agente junto a la carretera cayó con una herida en la pierna.

—Tiene treinta segundos —dijo Elena—. Después Beatriz demostrará si quiere más a su hija que a sí misma.

Beatriz comenzó a llorar.

—No puedo dispararle.

—Entonces le dispararé a usted y utilizaré su mano para terminarlo —respondió Elena.

Marina cerró los ojos. —Lucía, no le des nada.

La pantalla se oscureció.

—Ubicación —ordenó Victoria.

Camila señaló el mapa. —La transmisión rebota entre tres repetidores. Puede salir de cualquier punto dentro de veinte kilómetros.

—El fondo era subterráneo.

—Hay cientos de propiedades con sótanos en esta región.

Victoria miró hacia el bosque, calculando distancias, tiradores y rutas que ya no controlaba.

—Nos retiramos hacia el drenaje —dijo Camila—. Después separaremos el equipo. Yo iré con ellos.

—No —respondí.

Camila me miró.

—Eso pidió Elena —continué—. Quiere que parezca que se entrega. Debe existir una razón.

—Necesita que le abra los sistemas del palacio —dijo Victoria.

—O que la conduzca al archivo negro.

—No conoce la ruta.

Camila sostuvo la mirada de su jefa. —Conozco suficiente.

Algo pasó entre ambas, una comprensión silenciosa que no me incluyó.

—¿Qué no me están diciendo? —pregunté.

—Existe una segunda entrada al archivo —respondió Camila—. Mi padre la descubrió mientras trabajaba para Octavio.

—¿Por qué nunca la selló? —preguntó Victoria.

—Porque pensé que algún día necesitaría un lugar que usted no pudiera cerrar.

La revelación no produjo ira inmediata. Victoria la recibió como si siempre hubiera sabido que Camila guardaba una salida propia.

—¿Adónde conduce? —pregunté.

—A una cámara lateral. No al archivo principal.

—¿Elena lo sabe?

—Sabe que mi padre encontró algo. Probablemente cree que puedo llevarla hasta el núcleo.

La voz de Elena regresó por el auricular.

—Veinte segundos.

Camila tomó una decisión.

—Me entregaré.

Victoria la sujetó por el brazo.

—No.

—Necesitamos que me lleven con Marina.

—La matarán cuando obtengan la ruta.

—Entonces procuraré que la ruta termine en otro lugar.

—Camila.

—Usted me contrató para ver salidas que no le gustaban.

Victoria apretó los dedos sobre su brazo. —No la envié para morir.

—También me dio un arma para que decidiera si quería matarla. No convierta ahora el miedo en sentimentalismo.

Mi esposa la soltó como si la frase hubiera quemado su mano.

Camila se volvió hacia mí.

—La cruz.

—No.

—No la entregaré a Elena. Necesito que parezca que puedo acceder al mecanismo.

—La llevaré yo.

—Ese es exactamente el resultado que quiere.

—Marina está allí por mí.

—Marina está allí porque Elena necesitaba una persona a la que usted no pudiera abandonar.

—Entonces no la abandonaré.

—La salvaremos sin entregarle todo.

Victoria se acercó.

—Lucía se queda conmigo.

—Si permanecen juntas, Elena continuará disparando hasta obligarlas a separarse —respondió Camila—. Necesita creer que ganó una parte.

Otro proyectil golpeó el muro, levantando fragmentos de piedra sobre nuestras cabezas.

Camila tomó el auricular.

—Elena, soy Camila.

—Finalmente habla la mujer que siempre limpia lo que Victoria rompe.

—Me entregaré. Conozco una ruta hacia el archivo.

Victoria hizo un movimiento, pero Camila levantó una mano.

—Quiero ver a Marina primero —continuó.

La transmisión volvió a aparecer. Marina seguía atada. Beatriz había bajado el arma, aunque Elena sostenía otra detrás de su cuello.

—Está viva —dijo Elena—. Usted puede mantenerla así.

—Retire a los tiradores del lado este y abriré una salida segura.

—No está en posición de negociar.

—Sin mí llegará a una cámara vacía. Octavio trasladó el archivo dos años antes de morir.

Elena quedó inmóvil durante una fracción de segundo.

Victoria miró a Camila, sorprendida.

—¿Es cierto? —pregunté en voz baja.

—Parte —respondió ella.

—¿Dónde está el verdadero archivo?

—No aquí.