LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 16 — La fe de los traidores
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Capítulo 16 — La fe de los traidores

La cruz de nácar permaneció cerrada dentro de mi puño mientras el Palacio de las Viudas se transformaba alrededor de nosotras.

Camila seleccionó ocho agentes, dos vehículos sin distintivos y un equipo técnico capaz de revisar explosivos, estructuras y restos humanos. Victoria eliminó a tres de los nombres antes de que terminaran de reunirse en el patio.

—Trabajaron para Elena —explicó.

—Trabajaron en operaciones donde también participó Elena —corrigió Camila—. No existe prueba de que continúen respondiendo ante ella.

—La duda es suficiente.

—La duda dejará el equipo reducido a cuatro personas.

—Cuatro personas que no nos dispararán por la espalda.

Camila sostuvo su mirada. No discutió, pero guardó los nombres excluidos en una lista separada, como si supiera que Victoria podría lamentar la decisión más tarde.

Yo esperaba junto a la mesa del centro de seguridad, vestida con pantalones oscuros, botas y un abrigo prestado por Camila. Había rechazado toda prenda elegida por el personal de Victoria.

Llevaba la cruz dentro de un bolsillo interior, sujeta mediante una cinta alrededor de mi cuello. Camila había revisado la pieza sin desmontar el mecanismo.

—Tiene un cilindro metálico de seis centímetros —dijo—. Podría funcionar como llave, activador o contenedor.

—No la abrirá nadie excepto yo.

—Eso ya quedó registrado.

Victoria levantó la vista desde el mapa. —Si el mecanismo está conectado con explosivos, Camila intervendrá.

—Después de explicarme qué hará.

—Si hay tiempo.

—Habrá tiempo para una frase.

Mi esposa permaneció en silencio. Desde que había prometido escuchar antes de actuar, cada orden parecía atravesar un filtro que la obligaba a recordar mi presencia.

No siempre modificaba la decisión.

Al menos ya no fingía que yo no debía participar.

El teléfono de Camila recibió una comunicación externa. Contestó mediante una línea aislada y activó el altavoz después de comprobar el origen.

Marina apareció en la pantalla. Estaba dentro de una habitación que no reconocí, con el cabello recogido y el rostro sin maquillaje.

—Encontré a Beatriz —dijo.

El cuerpo se me tensó.

—¿Dónde? —pregunté.

—En una casa rural cerca de San Jerónimo. Utilizó una propiedad registrada a nombre de una empresa de Marina del Sur.

Victoria se acercó a la pantalla.

—¿Cómo obtuvo esa información?

—Entré en su cuenta bancaria.

—No tiene las claves.

—Conservaba las mismas preguntas de seguridad desde que yo tenía quince años.

—Eso no explica la autenticación.

Marina apretó los labios. —Utilicé su teléfono mientras estaba retenida en el convento.

Camila me miró. La versión era posible, aunque demasiado conveniente.

—¿Está sola? —pregunté.

—Vi dos automóviles y cuatro hombres. La madre Eulalia llegó hace una hora.

—¿Cómo sabe que están allí?

—Porque fui hasta la propiedad.

Me puse de pie. —¿Estás cerca?

—Dentro de un cobertizo al otro lado de la carretera.

Victoria tomó el teléfono de la mesa.

—Salga ahora.

—No pienso irme sin Lucía.

—No le pidió opinión.

—No trabajo para usted.

—Precisamente por eso sigue viva. Salga antes de que alguien descubra la llamada.

Marina dirigió los ojos hacia mí.

—Encontré cartas, Lucía. Beatriz las llevó consigo. Hay una donde papá habla de la capilla y otra firmada por Teresa.

El nombre de mi madre me hizo acercarme a la pantalla.

—Fotografíalas.

—No pude entrar en la casa. Las vi cuando Beatriz las mostró a la madre Eulalia junto a una ventana.

—¿Escuchaste lo que dijeron?

—Beatriz quiere intercambiar las cartas por protección. Tiene miedo de Elena.

—Todo el mundo parece tener miedo de Elena después de trabajar para ella durante años —dijo Victoria.

Marina ignoró el comentario.

—La madre Eulalia dijo que podían llegar a la capilla antes de nosotras. Beatriz respondió que no tenía la cruz.

La cinta alrededor de mi cuello pareció volverse más pesada.

—Envíanos la ubicación —dije.

—Ya lo hice.

Camila comprobó la tableta. Un punto apareció al sur de nuestra ruta original, a cuarenta minutos de la propiedad de mi padre.

—Es una desviación —advirtió—. Si vamos primero por Beatriz, Elena tendrá tiempo para preparar la capilla.

—Beatriz conoce detalles que necesitamos antes de abrirla —respondí.

Victoria observó el mapa. —O Marina fue enviada para desviarnos.

—No me enviaron —protestó mi hermanastra.

—Envió a Lucía una ubicación falsa antes.

—Alguien utilizó mi teléfono.

—Un dispositivo comprometido sigue siendo una vía de acceso.

Marina se acercó a la cámara.

—No le estoy pidiendo que confíe en mí. Le estoy diciendo que nuestra madre está dentro de una casa con documentos de Teresa.

—No es nuestra madre —dije.

El dolor cruzó su rostro.

—Lo sé.

La dureza de mi respuesta había sido innecesaria. Beatriz había criado a Marina, controlado sus estudios, sus relaciones y su dinero. Perder la palabra madre podía ser correcto y seguir siendo una amputación.

—Sal del cobertizo —añadí—. Aléjate dos kilómetros y espera a Camila.

—Si me voy, moverán las cartas.

—Si te encuentran, te utilizarán para obligarme a entrar.

—Ya lo hicieron toda mi vida.

—Por eso no les darás otra ocasión.

Marina bajó la mirada. —Hay algo más.

—Dilo.

—Beatriz mencionó un archivo negro. Dijo que Elena no quiere solamente la lista de Isabela. Quiere el archivo de Victoria.

Mi esposa quedó inmóvil.

Camila cerró el mapa y volvió hacia ella. —¿Qué archivo?

—No existe ninguno.

—La conozco desde hace veinte años —respondió Camila—. Cuando utiliza esa voz, existe.

Victoria tomó la tableta y desactivó el altavoz.

—Marina, abandone la propiedad. Recibirá una ruta segura. Si cambia de dirección o corta la comunicación, asumiré que coopera con Elena.

—¿Y qué hará?

—La encontraremos antes que ella.

Marina abrió la boca para protestar, pero la pantalla se apagó cuando Camila terminó la llamada.

—¿Qué es el archivo negro? —pregunté.

Victoria devolvió la tableta.

—Una recopilación de pruebas contra políticos, jueces, empresarios y miembros de las familias. Se utiliza para garantizar acuerdos.

—Chantaje.

—Sí.

—¿Dónde está?

—Seguro.

—Eso no responde.

—No necesita conocer la ubicación.

—Elena parece conocer su existencia y está utilizando a Beatriz para buscarlo. Necesito saber si la capilla conduce hasta ese archivo.

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Camila rodeó la mesa.

—¿La cámara bajo la capilla de los Valdés conecta con alguno de nuestros depósitos?

—No directamente.

—¿Indirectamente?

Victoria miró hacia los agentes presentes. —Salgan.

Todos obedecieron. Camila cerró la puerta cuando quedamos las tres.

—Mi madre creó una ruta de emergencia entre la propiedad Valdés y un depósito subterráneo utilizado por los Alarcón —explicó Victoria—. Mi padre convirtió ese lugar en un archivo después de descubrir parte de la red.

—¿Guardó allí las pruebas de Isabela? —pregunté.

—Guardó copias, nombres y documentos utilizados para controlar a quienes participaron en su muerte.

—Entonces el archivo negro nació de la lista.

—Sí.

—¿Y usted lo heredó?

—Lo amplié.

No había orgullo en la admisión. Tampoco culpa.

—¿Cuántas vidas ha destruido con ese archivo?

—Menos de las que habría destruido sin él.

—Siempre encuentra una manera de convertir el control en prevención.

—Porque funciona.

—Hasta que alguien entra en su casa, roba mis cosas y utiliza sus grabaciones para fabricar una emboscada.

La mandíbula de Victoria se tensó.

Camila desplegó un plano antiguo. —Si Elena alcanza la cámara bajo la capilla, puede acceder al depósito.

—Necesita dos mecanismos —dijo Victoria—. La cruz y un código que solo yo conozco.

—¿Puede obligarla a decirlo? —pregunté.

—Puede intentarlo.

—No respondió.

—Sí. Existen formas.

El frío se instaló debajo de mi abrigo.

—Entonces no busca solo documentos. Nos quiere a ambas.

Victoria sostuvo mi mirada. —A usted por la llave. A mí por el código.

—Y a Camila para atravesar la seguridad.

Camila inclinó la cabeza. —Tal vez por eso Marina encontró a Beatriz con tanta facilidad.

—Podría ser una trampa diseñada para reunirnos —dije.

—Lo es —respondió Victoria—. La pregunta es qué parte debemos activar para descubrir el resto.

Miré la ubicación enviada por Marina. La casa rural se encontraba a menos de veinte minutos del antiguo camino hacia la capilla.

Elena había construido una ruta.

Solo necesitaba que la recorriéramos.

—Vamos por Beatriz —decidí.

Victoria me observó. —No decide sola.

—No. Pero las cartas de mi madre me pertenecen, y Beatriz puede explicar quién recibió el dinero por custodiarme.

—La capilla quedará expuesta.

—Envíe otro equipo.

—No confío en otro equipo.

—Entonces Elena ya ganó. Redujo su mundo hasta que ninguna persona puede actuar sin que usted esté presente.

La frase la hizo mirar hacia Camila.

Su jefa no la defendió.

—Enviaré a Ríos y Salvatierra a observar la capilla —dijo Camila—. No entrarán. Informarán cualquier movimiento.

—Salvatierra comparte apellido con Beatriz —dije.

—No existe relación conocida. Lleva doce años conmigo.

Victoria negó. —Ríos irá solo.

—Un observador aislado puede desaparecer sin avisar.

—Dos pueden traicionarnos juntos.

—También puede ordenar que nadie respire hasta que usted lo autorice —respondió Camila—. No lo volverá más seguro.

La discusión terminó con dos agentes enviados a la capilla y el resto del equipo dirigido hacia San Jerónimo.

Durante el trayecto, Victoria y yo viajamos frente a frente. Camila ocupaba el vehículo delantero junto a los técnicos.

La carretera rural avanzaba entre bosques oscuros y campos abandonados. El cielo permanecía cubierto, y la luz de la mañana no conseguía atravesar completamente las nubes.

Victoria sostenía una tableta con imágenes térmicas de la propiedad.

—Seis personas dentro de la casa —dijo—. Dos en el piso superior, cuatro en la planta baja. No detectamos a Marina en el cobertizo.

—Obedeció y se alejó.

—O nunca estuvo allí.

—La vio en video.

—Un fondo puede fabricarse.

—También puede existir una verdad sin que alguien la construya para manipularla.

—En nuestro mundo, rara vez.

—Ese es su mundo. Yo no pienso vivir creyendo que cada rostro es una trampa.