Capítulo 15 — La mujer que creó al monstruo #4
La grabación parecía reciente. Las cortinas estaban cerradas y una lámpara iluminaba tres sillas colocadas frente al escritorio.
Beatriz ocupaba una.
La madre Eulalia estaba junto a ella, sin hábito, vestida con ropa oscura y el cabello gris recogido en la nuca.
La tercera silla permanecía vacía.
Elena no aparecía, pero su voz salió desde detrás de la cámara.
—Victoria ha roto el acuerdo —dijo—. Eso significa que adelantaremos la última fase.
Beatriz apretó las manos sobre el bolso.
—Me prometió que Marina quedaría fuera.
—Marina eligió salir.
—Lucía no confiará en mí.
—Nunca necesitó confiar. Solo debía temer volver a sus manos.
La madre Eulalia mantuvo los ojos bajos.
—La muchacha ya sabe demasiado. No regresará al convento.
—No tiene que regresar —respondió Elena—. El convento solo existía para enseñarle a obedecer, aislarla y conservarla intacta hasta que Victoria necesitara una esposa.
Mi cuerpo se volvió rígido.
Beatriz miró hacia la cámara.
—Victoria debía casarse con ella, acceder al puerto y encontrar los documentos. Eso ya ocurrió. Entrégueme lo acordado.
—Todavía falta que Lucía descubra por qué su madre murió.
—Si lo sabe, no obedecerá a nadie.
—Exactamente.
La madre Eulalia levantó el rostro.
—¿Y Victoria?
Elena soltó una risa baja.
—Victoria hará lo que siempre hace cuando cree que perderá a alguien. Cerrará las puertas, castigará a sus aliados y convertirá el miedo en una jaula. Lucía huirá. Entonces ambas estarán donde las necesitamos.
La grabación cambió de ángulo. Alguien había colocado sobre el escritorio una carpeta marcada con el símbolo de la corona partida y los lirios.
—¿Dónde? —preguntó Beatriz.
—En la capilla antigua de los Valdés. La lista, las cartas y los restos de la mujer que Octavio sacó de la propiedad están debajo del altar.
Victoria se acercó a la pantalla.
La madre Eulalia palideció.
—Dijo que Isabela podía seguir viva.
—Dije lo necesario para mantener a Victoria buscando.
Elena entró finalmente en el encuadre. Llevaba el mismo traje marfil de aquella mañana y una expresión tranquila.
Se colocó detrás de la silla vacía y apoyó ambas manos sobre el respaldo.
—Las dos fueron conducidas exactamente a donde yo necesitaba —dijo—. Lucía hacia el matrimonio. Victoria hacia su obsesión. Ahora solo falta que una de ellas descubra qué debe sacrificar para abrir la última puerta.
El video terminó.
Las sombras del despacho parecieron más densas después de la pantalla negra. El frío entraba desde las ventanas, y el olor metálico de las armas de Camila permanecía suspendido sobre la mesa.
Victoria no ordenó cerrar el palacio. Tampoco pidió que prepararan hombres para atacar el convento.
Miró mi teléfono, la imagen detenida de Beatriz y la madre Eulalia, y después volvió hacia mí.
—No irá a la capilla antigua sola —dijo.
La frase era más cuidadosa que una orden, pero todavía llevaba el peso de todas las puertas que podía cerrar.
—No —respondí—. Esta vez iremos juntas.
Sus pupilas se abrieron ligeramente.
—Bajo mis condiciones —añadí—. Camila dirige el operativo. Yo conservo la cruz. Nadie toca los documentos ni los restos sin mi autorización.
—Aceptado.
—Y si encontramos pruebas de que Isabela sobrevivió, no permitirá que el miedo decida qué hacer con ellas.
Victoria miró la imagen apagada de Elena.
—No puedo prometer eso.
—Entonces prometa que me escuchará antes de actuar.
El silencio se extendió entre nosotras mientras el frío avanzaba desde las paredes y el palacio entero parecía esperar la respuesta.
—Lo prometo —dijo.
Camila abrió la caja de seguridad y colocó la cruz de nácar sobre un paño oscuro. Le faltaba una pequeña sección, pero el mecanismo interior seguía intacto.
Cuando la tomé, el metal escondido dentro de la figura presionó mi palma como una llave demasiado antigua para la vida que pretendía abrir.
En el reverso había una inscripción que nunca había visto porque permanecía oculta bajo la base desmontable.
Dos nombres.
“Teresa e Isabela.”
Debajo, una fecha correspondiente a la noche posterior al secuestro de Victoria y una última frase grabada con letras diminutas:
“Si una de nosotras muere, nuestras hijas deberán descubrir quién convirtió el amor en obediencia.”
Victoria leyó por encima de mi hombro sin tocarme. Su respiración rozó mi cabello, pero mantuvo la distancia que le había exigido.
Afuera, los mecanismos del palacio comenzaron a activarse mientras Camila preparaba vehículos, armas y un equipo reducido para regresar a la propiedad de mi padre.
La capilla bajo el altar contenía las pruebas que nuestras madres habían intentado esconder, los restos de una mujer que quizá no era Isabela y la respuesta sobre quién había dirigido nuestras vidas desde antes de que pudiéramos recordarlas.
Elena esperaba que aquella verdad nos separara.
Mientras cerraba los dedos alrededor de la cruz, comprendí que podía conseguir algo peor.
Podía demostrar que Victoria y yo nunca nos habíamos encontrado por casualidad, que nuestras heridas habían sido cultivadas para reconocerse y que incluso el deseo que comenzaba a crecer entre nosotras podía ser otra parte del plan.