Capítulo 15 — La mujer que creó al monstruo #3
—No diga eso como si le perteneciera el resultado.
Una tensión breve pasó por su boca. —No me pertenece.
Era una frase pequeña. Aun así, sabía cuánto le costaba.
La conversación con Elena se preparó en el despacho principal. Camila colocó bloqueadores de señal, revisó cada acceso y mantuvo agentes fuera de la habitación.
Elena aceptó la llamada de inmediato. Su rostro apareció en la pantalla con la misma elegancia de siempre, aunque no llevaba maquillaje y había un vaso de licor junto a la mano.
—Finalmente —dijo—. Empezaba a pensar que Lucía te había convencido de llorar antes de llamar.
Victoria permaneció de pie frente al monitor. Yo estaba junto a la ventana, fuera del centro de la cámara, pero Elena podía verme.
—Conocí a Julián —dijo Victoria.
La sonrisa de Elena desapareció.
—Entonces sabes que un hombre asustado dirá cualquier cosa para salvarse.
—Conserva fotografías de Teresa Navarro dentro de la celda.
Elena miró hacia mí.
—Lo siento, Lucía. Su madre eligió personas peligrosas.
—Usted ordenó los medicamentos que destruyeron su salud.
—No existe prueba.
—Existirá —respondí.
Elena volvió hacia Victoria. —¿La dejarás hablar por ti ahora?
—Habla por sí misma.
La frase pareció irritarla más que cualquier acusación.
—Gabriel trabajaba para sus caballerizas —continuó Victoria—. Usted visitó la propiedad durante mi cautiverio y recibió informes diarios.
—Tu madre autorizó el plan.
—Mi madre autorizó tres horas. Usted permitió dos días.
—Octavio cambió las órdenes.
—Y usted obedeció.
Elena acercó el vaso a los labios, pero no bebió.
—Tenía diecinueve años. Tu padre controlaba el futuro político de mi familia y amenazaba con destruirnos.
—Después pasó once años diciéndome que el miedo no justificaba la debilidad.
—Te enseñé a no volver a ser víctima.
—Me enseñó a necesitar la aprobación de la mujer que eligió cuánto debía sufrir.
La voz de Victoria no se elevó. Precisamente por eso cada palabra pareció más peligrosa.
—Yo te encontré —insistió Elena—. Te llevé a la clínica, detuve la hemorragia y mantuve a Octavio lejos.
—Sabía dónde buscar porque decidió la casa.
—También sabía qué necesitabas después.
—Lo decidió antes.
Elena dejó el vaso.
—No permitiré que una novicia resentida reduzca lo que existió entre nosotras a una operación.
—No necesito reducirlo —dije—. Usted ya lo hizo cuando convirtió cada gesto de afecto en recompensa por la conducta que deseaba.
—No conoces nada de Victoria.
—Conozco lo suficiente para saber que sigue creyendo que el amor debe doler antes de poder confiar en él.
La mirada de Elena se volvió fría.
—Y aun así la besaste.
Victoria se tensó, pero no intervino.
—Sí —respondí—. Después me aparté y conservé el derecho a hacerlo.
Elena comprendió el golpe. Su relación con Victoria nunca había funcionado de ese modo. Acercarse y desaparecer eran herramientas suyas, no libertades compartidas.
—¿Esto es lo que quieres? —preguntó a Victoria—. Una mujer que te obligará a arrodillarte para demostrar que no eres tu padre.
Mi esposa permaneció inmóvil.
—Quiero una mujer capaz de marcharse incluso cuando yo desee impedirlo.
El corazón golpeó contra mis costillas.
Elena también sintió la frase. Su rostro perdió la seguridad durante una fracción de segundo.
—Te dejará —dijo—. En cuanto tenga su dinero, sus documentos y una casa, se irá. Volverás a esta habitación y recordarás que yo fui la única que se quedó.
Victoria miró hacia mí.
No le prometí permanencia. No podía hacerlo sin convertir el momento en otra mentira destinada a calmar su miedo.
—Quizá —respondió ella—. Pero usted intentó hacerla débil. Yo le enseñé a sobrevivirme.
La frase no era completamente cierta. Camila me enseñaba a disparar, Gabriel recuperaba mis derechos y yo había aprendido a resistir mucho antes de conocerla.
Sin embargo, entendí lo que Victoria intentaba decir: prefería arriesgarse a que me marchara fuerte antes que aceptar el tipo de permanencia fabricada por Elena.
—Nuestra relación terminó —dijo.
Elena no mostró sorpresa. Solo una furia contenida debajo de la piel.
—No sabes existir sin mí.
—Aprenderé.
—¿Y cuando despierte en la oscuridad?
—No la llamaré.
—¿Cuando veas a tu madre ardiendo?
La respiración de Victoria se detuvo. Di un paso hacia ella, pero no la toqué.
Elena observó mi movimiento.
—Ahí está —dijo—. Ya encontró otra mujer para sostener la puerta mientras finges que no tienes miedo.
—No —respondió Victoria—. Lucía me obligó a pedir que la abriera.
El silencio posterior quebró algo en el rostro de Elena.
—Te arrepentirás.
—Probablemente.
—Ella descubrirá lo que hiciste y te odiará.
—Ya lo sabe.
—No todo.
La amenaza se deslizó entre nosotras.
Victoria se acercó a la pantalla. —Entonces envíelo.
Elena sonrió de nuevo, pero ahora la expresión era más dura, despojada de cualquier calor.
—No todavía.
—No volverá a entrar en mis propiedades, contactar a mi personal ni utilizar cuentas vinculadas con los Alarcón. El senador recibirá pruebas de sus empresas, y el consejo conocerá su participación en mi secuestro.
—Si me destruyes, destruyes la versión de ti que construimos juntas.
—Esa es la intención.
Victoria cortó la comunicación.
La pantalla quedó negra.
Durante varios segundos, nadie habló. Camila observaba los bloqueadores, esperando un intento de intrusión. Yo miraba a Victoria, que seguía frente al monitor como si Elena pudiera continuar dentro aunque la imagen hubiera desaparecido.
—No la persiga esta noche —dije.
—Camila ya vigila sus movimientos.
—Vigilar no es atacar.
—No.
—¿Puede mantener esa diferencia?
Victoria volvió hacia mí.
—Esta noche.
No era una promesa permanente, pero resultaba más honesta que cualquiera que pretendiera alcanzar el futuro.
Camila recibió una alerta.
—Elena acaba de enviar un archivo a Lucía.
Mi teléfono vibró sobre la mesa.
La pantalla mostró un video sin título. El remitente había utilizado una dirección creada segundos antes.
—No lo abra en el dispositivo —ordenó Camila.
Lo transfirió a un sistema aislado y revisó el archivo antes de reproducirlo.
La imagen apareció dentro de una habitación que reconocí inmediatamente.
Era el despacho de la madre Eulalia en el convento.