LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 14 — La santa y el arma #3
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Capítulo 14 — La santa y el arma #3

No la convertía en buena. Solo volvía más difícil odiarla sin recordar el beso, la sangre y la forma en que había preguntado detrás de la puerta cerrada.

—Quiero copias completas —dije.

—Las tendrá.

—Sin nombres eliminados.

—Hay información que podría provocar ataques si sale de la casa.

—Entonces permanecerá cifrada bajo una clave que solo yo conozca.

Camila asintió. —Prepararé un dispositivo.

—También quiero una copia fuera del palacio.

—Eso será más difícil.

—No imposible.

—No.

La palabra sonó demasiado parecida a Victoria.

Camila lo notó. —Quise decir que no es imposible. Deberemos elegir un lugar donde no puedan rastrearla mediante sus contactos habituales.

—Gabriel.

—Su oficina está bajo vigilancia.

—Marina.

—Todavía no sabemos cuánto acceso conserva Beatriz a sus cuentas y dispositivos.

—La casa de una de las religiosas.

—Podría ponerlas en peligro.

Cada alternativa terminaba dentro del mismo argumento que Victoria utilizaba: el mundo exterior estaba comprometido, por lo tanto la información debía permanecer donde ella pudiera controlarla.

—Quiero aprender a crear un lugar seguro que no dependa de ustedes.

—Puedo enseñarle.

—¿Victoria lo permitirá?

—No necesita saber cada cosa que aprende conmigo.

La respuesta confirmó que Camila no era únicamente una extensión de su voluntad.

—¿Por qué me ayuda?

—Porque alguien debe asegurar que, si decide quedarse, lo haga sabiendo cómo marcharse.

El pecho se me tensó.

—No pienso quedarme.

—Entonces aprenderá más rápido.

Camila recogió los documentos originales. Antes de cerrar la carpeta, vi una hoja distinta, marcada con tinta roja.

—¿Qué es eso?

—Una lista de reuniones entre su padre e Isabela.

—Quiero verla.

—No está verificada.

—Después del testamento, esa frase no sirve para ocultarme nada.

Camila dudó. Luego me entregó la hoja.

Había doce fechas. Algunas coincidían con viajes de mi padre. Otras pertenecían a periodos que yo recordaba vagamente por sus ausencias.

La última reunión ocurrió la noche de la explosión.

Junto a ella aparecía una anotación: “L.V. entregada a custodia provisional. Beatriz confirmada.”

—¿L.V. soy yo?

—Probablemente.

—¿Entregada por quién?

—No lo sabemos.

—¿Mi padre me entregó a Beatriz antes de que Isabela muriera?

—Puede significar que acordaron una custodia en caso de que la fuga fracasara.

—Beatriz ya estaba dentro del plan.

—Sí.

—Entonces mi padre sabía quién era.

—Al menos antes de conocerla oficialmente.

Las paredes parecieron acercarse. Mi infancia había sido organizada por adultos que hablaban de custodia, herederas, matrimonios y rutas mientras yo aprendía a rezar para no sentirme culpable por hacer preguntas.

—¿Por qué se casó con ella después?

—Tal vez no tuvo elección. Tal vez creyó que mantenerla cerca permitía controlarla. Tal vez Beatriz poseía algo capaz de destruirlo.

—O tal vez participó.

Camila no negó la posibilidad.

—Quiero ir a la casa de mi padre otra vez.

—No sola.

—Con usted.

—Victoria no aceptará.

—No le pediré permiso.

—Eso puede terminar con más personas muertas.

—Todo termina con personas muertas alrededor de esta familia.

La puerta se abrió sin aviso.

Victoria estaba en el umbral.

Había cambiado la camisa, pero el hombro vendado y la rigidez del costado revelaban el precio de cada movimiento. Su mirada pasó de la carpeta a Camila y después a mí.

—Déjenos solas —dijo.

—No —respondí.

Camila no se movió.

Victoria entró y cerró la puerta.

—Necesito hablar con mi esposa.

—Le pedí que no me llamara así.

—Necesito hablar con Lucía.

—Camila puede quedarse.

—No.

—Entonces puede marcharse.

La tensión ocupó la habitación. Victoria miró a su jefa, y por un momento temí que ordenara retirarla mediante autoridad.

—Cinco minutos —dijo Camila—. Estaré fuera.

—No acordé eso.

—Yo sí —respondió—. Tiene un arma, Victoria está herida y ambas llevan demasiadas horas sin dormir.

Camila cerró la carpeta y salió. No se llevó la pistola de entrenamiento colocada sobre la mesa.

Era la misma arma que había utilizado, pero descargada. El cargador vacío descansaba a un lado.

Victoria observó la caja de ropa preparada para salir.

—Está vaciando el armario.

—Sí.

—Las prendas no tienen rastreadores.

—No importa.

—Necesita ropa.

—La compraré con mi dinero.

—Todavía no tiene acceso operativo a las cuentas.

—Gabriel puede conseguirlo.

—Ya está trabajando en eso.

No esperaba su cooperación y me molestó que una parte de mí la registrara como un intento.

—¿A qué renunciará? —pregunté.

Victoria sacó un documento doblado de su chaqueta y lo colocó sobre el escritorio.

—A cualquier autoridad conjunta sobre el puerto de Santa Lucía, la Fundación Valdés y sus fideicomisos durante la vigencia del matrimonio.

Leí las primeras líneas. La renuncia era amplia, inmediata y difícil de revocar sin mi firma.

—¿Qué quiere a cambio?

—Nada.

—No hace nada importante sin beneficio.

—Eso le dije cuando todavía creía que podía mantener cada parte de esta situación bajo control.

—¿Y ahora?

—Ahora el beneficio es que no vuelva a mirarme como si cada documento fuera otra cadena.

La sinceridad me irritó porque llegaba después de la traición, cuando podía permitirse parecer vulnerable sin devolver los días en que me hizo depender de ella.

—Debió entregarme el testamento.

—Sí.

—Debió permitirme elegir.

—Sí.

—No habría aceptado casarme.

Victoria permaneció inmóvil.

—Lo sé.

—No. Lo supo antes y por eso lo ocultó. Ahora solo admite que tenía razón en temerlo.

—Sí.

La ausencia de defensa dejó la rabia sin un lugar claro donde golpear.

—No me pida que comprenda.

—No lo haré.

—No utilice su infancia para justificarlo.

—No lo haré.

—No diga que me quería proteger.

—No fue solo por protección.

—Fue porque temía que me marchara.

—Sí.

Cada respuesta era una puerta abierta hacia algo que no quería ver. Victoria no intentaba absolverse. Se estaba dejando acusar sin ofrecerme la comodidad de odiar una mentira nueva.

—¿Por qué vino?

—Para entregarle la renuncia.

—Podía enviarla con Gabriel.

—También quería verla.

El aire cambió.

—Eso no es una razón suficiente para entrar en mi habitación.

—No.

—Entonces salga.

Victoria no se movió.

—¿Qué encontró Camila?

—Pregúntele.

—Lo haré. Quiero saber qué decidió contarle a usted.

—Elena controlaba una empresa que pagó a su captor. Visitó una propiedad vinculada con el secuestro mientras estaba retenida. Mi padre y mi madre ayudaban a Isabela a escapar por el puerto.

Victoria cerró los ojos durante un instante.

—Camila no debía entregarle los registros de las caballerizas todavía.

—Porque no estaban verificados.

—Porque Elena sabe fabricar pruebas.

—¿Y el testamento? ¿También podía ser fabricado?

Sus ojos se abrieron. —No vuelva a utilizar mi error para ignorar riesgos reales.

—No vuelva a utilizar riesgos reales para ocultar lo que teme que descubra.

Victoria avanzó un paso.

—Elena estuvo en esa propiedad. Ya confirmé la matrícula mediante un registro privado. También habló con Gabriel dos días antes de que me secuestraran.

—Entonces irá por ella.

—No todavía.

—¿Por qué?

—Porque alguien quiere que lo haga antes de entender el papel de mi madre.

—Elena dijo que Isabela autorizó una retención breve.

—Mi madre pudo planear una salida desesperada. No permitiría que me quemaran, golpearan ni ataran durante dos días.

—Tal vez perdió el control del plan.

—No.

La firmeza de aquella negación no provenía de pruebas. Provenía de la necesidad de conservar a Isabela como la única persona que no había elegido el imperio por encima de ella.

—Mi padre ayudó a su madre —dije—. Mi madre también. Los cuatro ocultaron cosas que determinaron nuestras vidas.

—Sí.

—Puede amar a Isabela y aceptar que tomó una decisión terrible.

Victoria apretó la mandíbula. —No pronuncie su nombre ahora.

—¿Porque ya no me concede ese permiso?

—Porque lo utiliza mientras intenta arrancar una respuesta que no tengo.

—Eso es lo que usted hace conmigo.

—Lo sé.

El reconocimiento volvió a detenerme.

Victoria observó la pistola sobre la mesa.

—Camila dijo que aprende rápido.

—Camila habla demasiado con usted.

—Es mi jefa de seguridad.

—No es su propiedad.

—Nunca la he tratado como tal.

—Le disparó.

—Para impedir que matara a un hombre antes de que yo pudiera hacerlo.

—Escuche lo que acaba de decir.

—Lo escuché cuando ocurrió.

Tomé la pistola descargada. La sostuve junto al cuerpo, con el cañón hacia el suelo, exactamente como Camila había enseñado.

Victoria no alcanzó su arma.

—¿Tiene miedo? —pregunté.

—No de una recámara vacía.

—¿Cómo sabe que está vacía?

—Camila no dejaría munición accesible durante una discusión entre nosotras.

—Confía en ella.

—Con mi vida.

—Pero no conmigo.

—Usted todavía no confía en sí misma con esa arma.

La verdad me hirió, pero no bajé la pistola.

—Dijo que una amenaza busca cambiar el comportamiento. ¿Qué nombre utiliza para ocultar mi testamento y cerrar mis puertas?

—Control.

—¿Y esto?

Levanté el arma y apunté hacia su pecho.

La reacción de Victoria fue mínima. Sus hombros se alinearon, la respiración se volvió más lenta y una mano quedó cerca de la chaqueta, pero no intentó sacar su propia pistola.

—Esto es una decisión incompleta —respondió.

—Podría haber un cartucho.

—No lo hay.

—Podría disparar de todos modos.

—Hágalo.

El dedo permanecía fuera del gatillo. Camila había repetido que solo debía colocarlo allí cuando aceptara todo lo que podía ocurrir después.

Victoria dio otro paso.

—Deténgase.

No lo hizo.

—Dije que se detuviera.

Avanzó hasta que el cañón tocó su esternón. El metal presionó la camisa negra, directamente sobre el lugar donde había sentido su corazón después del ataque.

—Ahora tiene poder físico —dijo—. ¿Qué quiere hacer con él?

Mi mano tembló.

—Quiero que comprenda que no puede acercarse cuando digo que no.

—Entonces haga que retroceda.

—No debería necesitar un arma.

—No.

—Debería bastar mi palabra.

—Sí.

—Y aun así continúa delante.

Victoria mantuvo los ojos sobre mi rostro, no sobre el arma.

—Porque necesito saber si la pistola es una extensión de su límite o una forma de pedirme que lo cruce.