Capítulo 14 — La santa y el arma #2
Fui directamente a mi habitación y coloqué el documento dentro de la caja fuerte. El sistema registró mi acceso y envió una notificación al teléfono.
La alerta también apareció en la pantalla de Victoria.
Lo supe porque ella llamó menos de diez segundos después.
No respondí.
Dejó sonar hasta que el dispositivo se detuvo. Después llegó un mensaje.
“Necesitamos revisar la cláusula del puerto con Gabriel.”
No contesté.
Otro mensaje apareció.
“No tomaré ninguna decisión sobre sus bienes sin su firma.”
Leí la frase tres veces. No era una disculpa. Era un intento de ofrecer una garantía nueva después de destruir la confianza que debía sostenerla.
Apagué la pantalla.
Retiré del armario toda la ropa elegida por el personal de Victoria. La dejé doblada sobre la cama y pedí a Mercedes cajas para guardarla.
La mujer mayor apareció acompañada por una empleada joven. Conservaba marcas rojizas en las muñecas por el registro, pero no mencionó el interrogatorio.
—¿Desea devolver todas las prendas? —preguntó.
—Sí.
—Algunas fueron confeccionadas específicamente para usted.
—Eso no las vuelve mías.
Mercedes indicó a la empleada que comenzara a embalarlas. Yo conservé únicamente la ropa del convento, el vestido blanco ensangrentado como prueba y las botas que había elegido durante la emergencia.
—El guardarropa quedará vacío —dijo Mercedes.
—Perfecto.
—La señora Victoria interpretará esto como una declaración.
—Lo es.
La mujer dobló una blusa de seda con cuidado.
—Las declaraciones dentro de esta casa suelen recibir respuesta.
—Entonces aprenderemos si puede responder sin encerrar a nadie.
Mercedes levantó la vista.
—Isabela hizo algo parecido una vez. Retiró cada vestido escogido por su marido y comenzó a utilizar ropa comprada con una cuenta secreta.
—¿Qué hizo Octavio?
—Cerró la cuenta, despidió a la costurera y ordenó quemar las prendas.
—¿Victoria lo sabe?
—Vio el fuego.
El parecido entre madre e hija volvió a instalarse donde no lo quería. Victoria había presenciado el castigo por una decisión pequeña y había crecido hasta controlar cuentas, ropa, rutas y habitaciones.
—No permitiré que repita la historia —dije.
Mercedes cerró la primera caja.
—Ella tampoco cree estar repitiéndola.
—Eso no cambia el resultado.
—No. Pero cambia qué parte puede escuchar cuando se lo dice.
—¿Está sugiriendo que tenga paciencia?
—Estoy sugiriendo que una mujer criada para obedecer mediante violencia no siempre reconoce la diferencia entre ceder y ser derrotada.
—No me corresponde enseñársela mientras pierdo mi libertad.
—No.
La respuesta me sorprendió.
Mercedes selló la caja y se dirigió hacia la puerta.
—Isabela intentó salvar a Victoria sacrificando demasiadas verdades —añadió—. Su error fue creer que la niña comprendería los motivos después. Los motivos no curan una vida construida sobre engaños.
—¿Por qué ayudó a mantenerme oculta?
Mercedes no abandonó la habitación.
—Porque su madre me pidió que la protegiera.
—Mi madre o Isabela.
—Ambas.
—¿Conocía el testamento completo?
—Sabía que existía. Nunca lo vi.
—¿Sabía que Victoria lo tenía?
—No.
—¿La habría detenido?
La mujer mayor tardó en responder.
—Habría intentado recordarle que conservar a alguien mediante una mentira solo garantiza que la verdad se convierta en una puerta.
No era suficiente para confiar en Mercedes, pero tampoco parecía una defensa de Victoria.
Cuando las cajas salieron, el armario quedó casi vacío. La ausencia de vestidos costosos hizo que la habitación pareciera menos preparada para una esposa y más parecida a un espacio temporal.
Eso era lo que quería.
Tomé una libreta y comencé a escribir una lista de medidas necesarias para recuperar mi independencia: cuenta bancaria fuera de las redes Alarcón, copia certificada del testamento, auditoría de la fundación, abogado adicional, vivienda propia y protección que no respondiera a Victoria.
No había terminado el segundo punto cuando alguien llamó.
—No entre.
—Soy Camila.
Abrí la puerta.
Llevaba una carpeta negra y una llave pequeña.
—Victoria ordenó que no le entregara esto hasta revisar el contenido —dijo—. Estoy desobedeciendo parcialmente.
—¿Por qué?
—Porque el documento habla de su padre y de Isabela. Después de lo ocurrido con el testamento, ocultarlo sería una estupidez.
La dejé pasar. Camila cerró la puerta, comprobó el sensor y colocó la carpeta sobre el escritorio.
—¿Dónde está Victoria?
—En su despacho, discutiendo con Gabriel.
—¿Sobre mis bienes?
—Sobre la forma legal de renunciar a cualquier autoridad conjunta hasta que usted decida qué hacer.
No esperaba aquello. Victoria no renunciaba a poder. Lo reorganizaba, lo escondía o lo convertía en deuda.
—¿Puede hacerlo?
—Gabriel cree que sí mediante un fideicomiso temporal donde usted controle el voto y una tercera parte independiente administre las operaciones.
—¿Quién elegiría esa tercera parte?
—Usted.
La respuesta debilitó por un instante la muralla que había construido desde el despacho.
No permitiría que un gesto correcto borrara la razón por la que resultaba necesario.
—¿Qué contiene la carpeta?
Camila la abrió. Había copias bancarias, registros de empresas y fotografías antiguas.
—Encontramos la compañía que pagó a Gabriel Mena, el hombre relacionado con el secuestro de Victoria.
—¿Quién la controlaba?
Camila deslizó un documento hacia mí.
La sociedad se llamaba Caballerizas Montenegro. Había sido creada veinte años atrás, aparentemente para administrar competiciones y transporte de animales.
Entre los accionistas figuraba Elena.
—Tenía dieciocho años —dije.
—Recibió las acciones de su abuelo. Se convirtió en administradora dos meses antes del secuestro.
—¿Pagó directamente a Gabriel?
—La empresa cubrió viajes, alojamiento y una transferencia realizada cuatro días antes de que capturaran a Victoria.
—Eso prueba que lo conocía, no que organizó el secuestro.
—Hay más.
Camila mostró un registro de acceso a una propiedad rural. Elena había entrado tres veces durante los días en que Victoria estuvo retenida.
La última visita ocurrió cuatro horas antes de que apareciera junto a ella en la carretera.
—Estuvo en la casa.
—O en una propiedad conectada con el mismo sistema. Los registros son antiguos y podrían haber sido alterados, pero las matrículas coinciden con vehículos de su familia.
—Victoria debe verlo.
—Ya lo vio.
—¿Qué hizo?
—Preguntó si existía una explicación que no terminara con Elena muerta.
—¿La hay?
—No encontré una buena.
Cerré los dedos sobre el borde del documento. Pensé en Elena entrando al comedor, provocando, tocando la manga de Victoria y hablando como si conociera cada pensamiento antes de que se formara.
No había sido únicamente amante. Había diseñado un lugar dentro de la herida.
—¿Por qué continúa viva?
—Porque Victoria quiere saber quién estaba por encima de ella. Elena tenía diecinueve años y recursos, pero no suficiente poder para infiltrarse en la estructura de Octavio sin ayuda.
—Isabela.
—Tal vez.
—Elena dijo que Isabela autorizó una retención breve para enseñar a Victoria quién era su padre.
—Puede ser otra mentira construida alrededor de algo real.
Camila extrajo una fotografía. Isabela aparecía junto a mi padre dentro de la capilla del palacio. Ambos sostenían planos y pasaportes.
La fecha correspondía a tres semanas antes de la explosión.
—Mi padre ayudaba a Isabela a escapar —dije.
—Sí.
—¿Quién tomó esta imagen?
—Mercedes afirma que fue la madre de Lucía.
Tardé un segundo en comprender que hablaba de mi propia madre.
—Mi madre estuvo en el palacio.
—Entró por rutas de servicio durante años. Su nombre no aparece en registros oficiales, pero encontramos huellas de sus firmas en inventarios y cuentas privadas.
—¿Qué hacía aquí?
—Ayudaba a preparar documentos nuevos para Isabela y Victoria.
El mundo de mi infancia continuaba expandiéndose debajo de lo que creía recordar. Mi madre no había sido una mujer enferma y apartada de los negocios de mi padre.
Había trabajado con Isabela para sacar a Victoria del país.
—¿Por qué nunca me contó nada?
—Probablemente por la misma razón que su padre ocultó el rosario. Cuantas menos cosas supiera una niña, menos podía revelar bajo presión.
—Volvieron mi ignorancia parte del plan.
—Sí.
La palabra me dolió más por venir de Camila sin consuelo.
—¿Cuál era la ruta?
Desplegó un mapa de puertos y carreteras. Una línea roja salía del Palacio de las Viudas, cruzaba una propiedad Valdés y terminaba en el puerto de Santa Lucía.
—Su padre controlaba una embarcación registrada a nombre de la fundación. Isabela planeaba utilizarla para salir con Victoria la noche de la explosión.
—Entonces el dinero era para esa fuga.
—Documentos, sobornos, combustible y una casa fuera del país.
—¿Elena conocía la ruta?
—Su fundación recibió el dinero antes de enviarlo a Isabela. Tenía acceso suficiente para conocer al menos parte del plan.
—Y el padre de Victoria retiró trescientos mil.
—Que terminaron en manos de Beatriz.
La cadena comenzaba a adquirir una forma terrible. Elena administraba el dinero, Octavio retiraba una parte y Beatriz recibía el pago después de la explosión.
Mi padre había intentado ayudar a Isabela. Luego se casó con la mujer que había cobrado por custodiarme.
—¿Qué pasó con mi madre?
Camila abrió otra carpeta.
—Murió dos años después de la explosión. El informe habla de una enfermedad cardíaca.
—Eso siempre me dijeron.
—El médico que firmó también trabajaba para una clínica financiada por los Montenegro.
La habitación se volvió fría.
—¿Cree que la mataron?
—Creo que debemos exhumar el cuerpo antes de concluir algo.
El pensamiento me produjo una náusea inmediata. Mi madre bajo tierra, convertida otra vez en prueba porque nadie había permitido que permaneciera únicamente como recuerdo.
—No sin mi autorización.
—Por supuesto.
—Victoria no decidirá eso.
—No.
—¿Lo dijo ella?
Camila sostuvo mi mirada.
—Sí.
Guardé silencio. Cada vez que intentaba reducir a Victoria a una sola forma de crueldad, aparecía un límite respetado demasiado tarde.