Capítulo 14 — La santa y el arma
Camila retiró el cargador de la pistola y comprobó la recámara antes de dejarla sobre la mesa.
—Tres disparos no significan que sepa utilizarla —dijo—. Solo demuestran que puede apretar un gatillo sin cerrar los ojos.
Victoria continuaba en la entrada de la armería. No había cruzado el umbral, pero su presencia se extendía sobre cada estante, cada caja de munición y cada hombre que fingía no observarla.
—Salga —le pedí.
Sus pupilas se estrecharon.
—La armería es mía.
—También lo era el testamento que escondió.
Camila colocó dos protectores auditivos sobre la mesa. Ninguno de los agentes cercanos se movió. La tensión entre nosotras había convertido aquella sala en un lugar más peligroso que el campo de tiro.
—No intervendré —dijo Victoria.
—Ya lo está haciendo al quedarse.
—Necesito saber qué aprende.
—Puede pedir un informe.
—No.
Tomé la pistola descargada y la giré hacia Camila, manteniendo el cañón apuntado al suelo.
—¿Dónde continuamos?
Camila miró a Victoria. —Con la puerta cerrada.
Mi esposa no reaccionó inmediatamente. El cansancio, las heridas y la falta de sueño habían dejado sombras bajo sus ojos, pero su postura seguía siendo la de una mujer que no abandonaba ningún espacio por voluntad ajena.
—Veinte minutos —concedió.
—No le corresponde decidir cuánto dura mi entrenamiento.
—Camila tiene otras responsabilidades.
—Camila decidirá eso.
La jefa de seguridad apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Necesito una hora para enseñarle las bases sin convertirla en un peligro para sí misma. Después debo revisar los informes del ataque.
Victoria mantuvo la mirada sobre mí.
—Una hora.
—No necesito su aprobación.
—No. Pero acaba de recibirla de todos modos.
Se marchó antes de que pudiera contestar. La puerta metálica se cerró detrás de ella, y el aire de la armería pareció menos pesado, aunque no más seguro.
Camila me entregó los protectores.
—Acaba de conseguir que Victoria abandone una habitación de armas en su propia casa.
—No la obligué.
—No subestime lo que ocurrió.
—Solo se fue porque sabe que quedarse confirmaría todo lo que dije.
—Victoria rara vez teme confirmar algo desagradable. Le preocupa lo que hará usted cuando deje de tener miedo de ella.
Miré la silueta de papel atravesada por mis disparos. El tercer agujero estaba ligeramente a la izquierda del centro, pero desde la distancia parecía haber alcanzado el corazón.
—Todavía le tengo miedo.
—Bien.
—¿Eso también es parte del entrenamiento?
—Es la parte que la mantendrá viva. La gente muere cuando confunde familiaridad con seguridad.
Camila me enseñó a desmontar la pistola. Primero retiró el cargador, comprobó la recámara y separó cada pieza con movimientos lentos.
Tuve que repetir el procedimiento hasta realizarlo sin buscar su aprobación. Mis dedos se torcieron dos veces al intentar retirar la corredera, y la piel herida de las palmas volvió a arder.
—No luche contra el mecanismo —indicó—. Comprenda dónde cede.
—¿También habla de Victoria?
—Hablo de todo.
Volví a montar el arma. Camila la revisó, corrigió la posición de mi pulgar y colocó delante de mí una caja con cartuchos.
—Ahora cargará cinco.
El metal estaba frío. Introduje cada bala sintiendo su peso, consciente de que aquella tarea sencilla separaba una amenaza vacía de una muerte real.
—¿Cuántas personas ha matado? —pregunté.
Camila no apartó los ojos de mis manos. —Las suficientes para no utilizar un número como identidad.
—¿Victoria conoce la cifra?
—No pregunta.
—¿Porque no le importa?
—Porque algunas respuestas convierten el trabajo en confesión. Ella prefiere que yo siga siendo capaz de hacerlo.
Deslicé el cargador hasta escuchar el cierre.
—¿Alguna vez se negó a una orden?
—Sí.
—¿Qué ocurrió?
—Discutimos.
—Eso no es una consecuencia.
—Victoria me disparó una vez.
Levanté la mirada.
Camila señaló una marca bajo su clavícula. Apenas se distinguía encima de la camisa.
—¿Por qué?
—Yo apuntaba a su padre. Ella todavía no había decidido matarlo.
—¿Le disparó para protegerlo?
—Me disparó para conservar la decisión.
—Y siguió trabajando para ella.
—Después mató al hombre que había destruido a mi familia, consiguió las pruebas que limpiaron el nombre de mi padre y me entregó el arma con la que podía decidir si también quería matarla.
La historia no convertía su lealtad en algo más saludable. Solo explicaba por qué Camila permanecía junto a una mujer capaz de herirla y ofrecerle libertad dentro del mismo gesto.
—¿Le apuntó?
—Sí.
—¿Disparó?
—No.
—¿Por qué?
Camila colocó una silueta nueva en el fondo del campo.
—Porque comprendí que morir era la única forma en que Victoria sabía pagar algunas deudas. No iba a permitir que convirtiera mi dolor en su castigo favorito.
La pistola pesó más entre mis manos.
—¿Ella esperaba que la matara?
—Una parte de ella todavía lo espera de cualquiera que llegue demasiado cerca.
Camila indicó que levantara el arma. Ajusté los pies, extendí los brazos y encontré la línea de visión.
—No apriete el gatillo con toda la mano —dijo—. Solo el dedo. El resto debe sostener, no anticipar.
Disparé.
La bala alcanzó el abdomen de la silueta.
—Otra vez.
El segundo impacto quedó cerca del primero. El tercero descendió hacia la cadera. Camila se colocó detrás de mí y corrigió mis hombros sin brusquedad.
—Está intentando dominar el retroceso antes de que ocurra. Eso mueve el cañón.
—No me gusta esperar a que algo golpee.
—El arma no necesita que le guste. Necesita que no mienta sobre lo que hará.
Volví a disparar. Esta vez la bala entró en el centro del pecho.
La sesión continuó hasta que mis brazos empezaron a cansarse. Camila me enseñó a cambiar el cargador, resolver una interrupción y moverme sin cruzar el cañón sobre aquello que no quería destruir.
Después colocó una mesa de madera entre la silueta y yo.
—El mundo no le ofrecerá una línea limpia.
—¿Debo disparar alrededor?
—Primero debe decidir si necesita hacerlo.
Caminé hacia la cobertura, manteniendo el arma cerca del pecho. Me incliné demasiado y Camila golpeó mi hombro con dos dedos.
—Acaba de regalar la mitad del cuerpo.
—Necesito ver.
—También necesita seguir viva después.
Repetí el movimiento hasta exponer solo lo necesario. Cada corrección borraba una pequeña parte de la mujer que había esperado instrucciones en el convento.
No me volvía valiente. Me volvía consciente de cuántas decisiones podía tomar antes de que alguien las tomara por mí.
Al terminar, Camila descargó la pistola y la guardó en una caja.
—No llevará un arma todavía.
—Quiero una.
—Quererla no es suficiente.
—Hay personas intentando secuestrarme.
—Precisamente. Un arma sin entrenamiento completo aumenta las posibilidades de que terminen utilizándola contra usted.
—¿Cuándo podré llevarla?
—Cuando dispare bajo presión, identifique objetivos y demuestre que puede retirarla sin convertir cada discusión con Victoria en un duelo.
La miré. —¿Cree que le dispararía?
—Creo que ha imaginado hacerlo.
No lo negué.
Camila cerró la caja con llave. —Imaginar no es decidir. Aprenda la diferencia antes de tocar un arma cargada fuera de esta sala.
La puerta se abrió. Victoria entró sin esperar permiso, acompañada por Alma, que llevaba otro vendaje y una expresión cansada.
—Terminó la hora —dijo.
—Camila decide cuándo termino.
—Ya terminó —respondió ella—. Sus manos necesitan descanso.
Victoria observó los cortes en mis palmas. No intentó acercarse.
—Alma las revisará.
—Puedo hacerlo sola.
—Tiene vidrio incrustado en una herida.
Miré la pequeña línea oscura cerca del pulgar. No la había notado durante el entrenamiento.
—La doctora puede quedarse. Usted no.
Victoria sostuvo mi mirada.
—Necesito hablar con Camila.
—Hágalo fuera.
—El informe está relacionado con su seguridad.
—Entonces Camila me lo contará cuando termine.
Mi frialdad no era accidental. Había decidido no ofrecerle preguntas, cuidado ni reacciones que pudiera convertir en pruebas de cercanía.
El beso del patio parecía pertenecer a otra mujer, una que había confundido el alivio de verla viva con permiso para acercarse.
—Lucía —dijo Victoria.
—No vuelva a utilizar mi nombre como advertencia.
Su rostro permaneció inmóvil, pero Alma miró hacia la mesa, incómoda ante algo que no podía tratar con vendas.
Victoria salió. Camila la siguió después de indicarme que no tocara ninguna otra arma.
Alma limpió mis manos y retiró el pequeño fragmento de cristal con unas pinzas. El dolor era agudo, pero soportable.
—Debe evitar abrir estas heridas —dijo—. La pólvora y los residuos del arma pueden causar infección.
—¿También va a decirme que descanse?
—Probablemente. No significa que vaya a obedecer.
—Todos aquí parecen acostumbrados.
Alma aplicó un antiséptico. —No. Estamos acostumbrados a que Victoria no obedezca. Usted todavía es un problema nuevo.
—¿Le preocupa?
—Me preocupa que ambas crean que resistir siempre es lo mismo que decidir.
La miré.
—¿Victoria le pidió que me convenciera de dejar el entrenamiento?
—Victoria no me pide que convenza a nadie. Ordena cosas y después se sorprende cuando los cuerpos no responden a su autoridad.
Alma cerró el vendaje sobre mi palma.
—El cuerpo de Victoria tampoco responde —añadió—. Tiene fiebre leve, dos heridas recientes y suficiente medicación para necesitar una cama durante doce horas.
—Dígaselo a ella.
—Lo hice.
—Entonces es su decisión.
La doctora observó mi rostro durante varios segundos.
—Hasta ayer habría discutido.
—Hasta ayer no sabía que ocultó mi libertad porque temía dejar de ser necesaria.
—Comprendo.
—No quiero comprenderla. Cada vez que lo hago, termino justificando algo que no debería aceptar.
Alma guardó sus instrumentos. —Comprender no obliga a perdonar. A veces solo permite identificar con exactitud de qué debe protegerse.
Salí de la armería con el testamento bajo el brazo. Dos guardias me siguieron a distancia, respetando el acuerdo del corredor, aunque su presencia seguía recordándome que ninguna puerta estaba realmente libre.