Capítulo 10 — La correa
Guardé la dirección dentro de mi memoria mientras Victoria ordenaba retirar el cuerpo de Esteban y convertir el corredor oriental en una zona cerrada.
No volvió a preguntarme si pensaba ir. Permaneció observándome, como si mi rostro fuera otra cerradura que pudiera abrir mediante paciencia.
—Dormirá en mi habitación —dijo.
—No.
—Alguien entró en la suya, robó el rosario y dejó un cadáver con documentos sobre su matrimonio.
—Entonces revisaré otra habitación.
—No estará sola.
—Camila puede quedarse cerca.
—Camila buscará al asesino.
Victoria tomó el rosario de la bolsa transparente. Las cuentas parecían desnudas sin la cruz, pero se negó a entregármelas.
—Es mío.
—Ahora es una prueba.
—Era de mi madre.
—Precisamente.
La respuesta me dejó claro que no recuperaría nada mientras ella pudiera utilizar el peligro para justificarlo.
—Quiero descansar —dije.
—Vendrá conmigo.
Caminé a su lado porque discutir frente al cadáver solo prolongaría la vigilancia. Sin embargo, cada paso hacia sus habitaciones confirmó que aquella noche no habría otra oportunidad.
Victoria cerró la puerta detrás de nosotras. Su dormitorio era oscuro, ordenado y demasiado austero para alguien rodeada de lujo.
—La cama es suya —dijo—. Dormiré en el sofá.
—No dormiré aquí.
—No necesita dormir.
—Solo obedecer.
Sus ojos se endurecieron. —Necesito saber dónde está.
—Eso no es matrimonio.
—Esta noche no me importa qué nombre tenga.
Victoria dejó el arma sobre una mesa y se quitó la chaqueta. El vendaje del costado seguía limpio, pero sus movimientos eran más lentos.
—¿La casa de mi padre todavía existe? —pregunté.
La pausa fue mínima.
—Sí.
—Beatriz dijo que la vendió.
—Transfirió la propiedad a una sociedad controlada por ella.
—¿Está vigilada?
—Desde hace meses.
Aquello significaba que Victoria conocía la dirección del mensaje y, probablemente, esperaba que yo intentara llegar allí.
—¿Encontraron algo?
—La casa fue vaciada.
—Entonces no tendría sentido ir.
—Exactamente.
No respondí. Me senté sobre el borde de la cama y esperé mientras Victoria hablaba con Camila mediante el teléfono.
Ordenó revisar túneles, puertas exteriores y vehículos. Después colocó el dispositivo sobre la mesa, fuera de mi alcance.
—¿También confiscará mi teléfono?
—Está siendo analizado.
—Necesito llamar a Gabriel.
—Por la mañana.
—Acordamos una línea cuando regresara.
—La muerte de Esteban cambió el protocolo.
—Cada vez que consigo un derecho, alguien muere y usted lo retira.
Victoria se acercó. La luz tenue acentuaba el cansancio bajo sus ojos, pero no suavizaba su expresión.
—Prefiero que me odie viva.
—Y yo prefiero morir siendo mía que vivir siendo suya.
El silencio posterior me hizo consciente de la distancia mínima entre nuestros cuerpos. Victoria levantó una mano, pero la dejó caer antes de tocarme.
—No vuelva a decir eso.
—No puede prohibirme pensar en escapar.
—Puedo impedir que lo haga.
—Inténtelo.
Me acosté vestida y cerré los ojos. No necesitaba dormir; solo convencerla de que había dejado de resistir.
La respiración de Victoria permaneció cerca durante mucho tiempo. Después escuché el sofá recibir su peso y el sonido discreto del arma colocada junto a ella.
Esperé hasta que el reloj marcó las tres.
Me levanté sin zapatos y crucé el dormitorio. Victoria no se movió. Su respiración era lenta, aunque una mano seguía cerca del arma.
El acceso estaba detrás de una pintura. Lo había visto durante el recorrido de Camila: una ruta de evacuación conectada con la escalera del ala oeste.
Presioné el marco. Nada ocurrió.
Recordé el lirio tallado junto al despacho y busqué una marca similar. La encontré debajo de una moldura.
El panel se abrió.
Entré y lo cerré detrás de mí antes de permitir que el miedo me detuviera.
El túnel descendía entre paredes húmedas. Caminé sin linterna, guiándome con una mano sobre la piedra y contando cada intersección.
Tomé el corredor norte, descendí dos plantas y encontré una salida junto al antiguo invernadero. La puerta exterior tenía un cerrojo mecánico.
Cuando crucé, la lluvia ya había disminuido. El frío mordió mis pies descalzos, pero continué hacia los garajes secundarios.
Un vehículo esperaba con el motor encendido.
Marina estaba al volante.
—Sube —dijo—. Antes de que cambie de idea.
Entré. Llevaba una mochila con ropa, documentos y un teléfono no registrado.
—¿Cómo supiste que saldría?
—Recibí un mensaje desde el número que utilizaste con Gabriel. Decía que necesitabas llegar a la casa de tu padre.
—Yo no lo envié.
Marina palideció.
—Entonces nos están esperando.
—Probablemente.
—Podemos volver.
Miré las torres del palacio, ocultas entre sombras y cámaras. Regresar significaba entregar a Victoria la decisión antes de descubrir qué pretendían mostrarme.
—Conduce.
Marina tomó una ruta rural. Durante el trayecto explicó que había encontrado copias de varias cartas dirigidas a mí dentro de una caja bancaria de Beatriz.
—Ella las guardó todas —dijo—. También había fotografías de la casa y recibos de reparaciones recientes.
—¿Quién vivía allí?
—Nadie, según los documentos.
—Entonces alguien la preparó.
La propiedad apareció antes del amanecer, aislada detrás de árboles y un muro bajo. Las ventanas estaban oscuras, pero la puerta principal se encontraba abierta.
—Quédate en el coche —dije.
—No voy a dejarte entrar sola.
—Si alguien sale, llama a la policía.
Marina soltó una risa nerviosa. —¿Cuál? ¿La de Victoria o la de Beatriz?
Entramos juntas.
La casa olía a madera cerrada y humedad. Los muebles estaban cubiertos, excepto una mesa en el salón donde habían dejado una carpeta y la cruz de mi rosario.
Corrí hacia ella.
Antes de tocarla, las luces se encendieron.
Tres hombres aparecieron desde habitaciones distintas. Llevaban armas y el rostro cubierto.
Marina intentó regresar, pero uno bloqueó la puerta.
—La señora Valdés viene con nosotros —dijo.
—¿Cuál de las dos? —preguntó Marina.
El hombre levantó el arma hacia ella. Me interpuse antes de pensarlo.
—No la toque.
—Entonces coopere.
Uno de ellos se acercó con una brida plástica. Golpeé su muñeca y corrí hacia la cocina, arrastrando a Marina conmigo.
El primer disparo atravesó la pared. El segundo rompió una ventana y arrojó cristales sobre nuestro cabello.
Encontramos una puerta trasera, pero estaba cerrada desde fuera.
—Nos guiaron hasta aquí —dijo Marina, respirando con dificultad.
—Busca algo para romperla.
Tomé un cuchillo de un cajón. Mis dedos temblaban, aunque conseguí sostenerlo frente al hombre que entró en la cocina.
—Baje eso.
—Acérquese.
Dio otro paso. Clavé el cuchillo en su brazo cuando intentó sujetarme. Gritó y me golpeó contra la encimera.
El impacto me dejó sin aire.
Marina tomó una botella y la rompió contra su cabeza. El hombre cayó de rodillas, pero los otros dos ya estaban en el pasillo.
Las luces se apagaron.
Disparos rápidos atravesaron la oscuridad. Un cuerpo golpeó el suelo y alguien gritó una orden que reconocí demasiado tarde.
—Lucía, abajo.
Victoria apareció entre las sombras.
Me arrojé al suelo cuando disparó por encima de mí. Camila entró por la ventana rota y derribó al segundo atacante.
El tercero escapó hacia el jardín. Dos agentes lo interceptaron antes de que alcanzara el muro.
Victoria llegó hasta mí con el rostro vacío y la camisa oscurecida por la lluvia. Sus manos revisaron mi cabeza, cuello y costillas sin pedir permiso.
—Estoy bien.
—Se fue descalza.
—No era el mayor peligro.
—Salió por un túnel sin informar, entró en un vehículo enviado por desconocidos y caminó directamente hacia una emboscada.
—Encontré la cruz.
Intenté levantarme, pero Victoria sujetó mi nuca y me obligó a mirarla. Sus pupilas estaban abiertas, y una gota de lluvia descendía junto a la cicatriz de su mandíbula.
—Pudo morir.
—También podía descubrir la verdad.
—No existe verdad que compense encontrarla muerta.
Su pulgar rozó mi cabello, deteniéndose donde había golpeado la encimera. El contacto fue cuidadoso, pero la fuerza de su otra mano mantenía mi cintura inmóvil.
—Suélteme.
—No.
—Victoria.
—No esta vez.
El miedo debería haberme hecho apartar el rostro. En cambio, miré su boca y comprendí que ella había notado el movimiento.
—No me bese para castigarme —dije.
—No necesito besarla para castigarla.
—Entonces, ¿por qué sigue mirando?
La respiración de Victoria rozó mis labios. Su mano permaneció en mi nuca, aunque no redujo la distancia final.
—Porque quiero hacerlo desde antes de sacarla del convento.
El calor atravesó el frío de mi cuerpo. No la besé. Ella tampoco lo hizo, pero la tensión dejó de poder fingirse como simple odio.
Camila entró con el atacante capturado. Tenía una herida en la pierna y sangre sobre la ropa, pero todavía estaba consciente.
Victoria se apartó de mí lentamente. La ausencia de su mano dejó un vacío que me avergonzó sentir.
—¿Quién dio la orden? —preguntó Camila.
El hombre soltó una grabadora. Una voz femenina llenó la cocina, ordenando llevarme viva y matar a cualquier acompañante.
Reconocí el tono elegante de Elena.
Victoria quedó inmóvil. El frío entraba por la ventana rota, las sombras cubrían el suelo ensangrentado y el olor metálico de las armas se mezclaba con la humedad de la casa.
—No fue Elena —dijo Camila después de revisar el archivo—. La voz fue construida con grabaciones privadas.
—¿De dónde las obtuvieron? —pregunté.
Camila levantó la pantalla. Los fragmentos procedían de llamadas almacenadas dentro del sistema de seguridad del Palacio de las Viudas.
Victoria miró al atacante, luego la cruz arrancada de mi rosario y finalmente la puerta por donde habíamos entrado creyendo que la elección era nuestra.
—Solo cuatro personas pueden acceder a ese archivo —dijo—. Camila, Elena, yo y la mujer que diseñó el sistema antes de morir.
El prisionero comenzó a reír mientras los agentes lo levantaban. La sangre descendía por su pierna y manchaba el suelo junto a mis pies desnudos.
—Isabela está muerta —dije.
Victoria recogió la cruz con un pañuelo. Cuando volvió hacia mí, su expresión confirmó que regresar al palacio no significaría volver a un refugio.
—Entonces alguien dentro de mi casa lleva años asegurándose de que todas nosotras continuemos creyéndolo.