LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 11 — Las manos del monstruo
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Capítulo 11 — Las manos del monstruo

Victoria no me permitió tocar la cruz del rosario durante el regreso. La guardó dentro de una bolsa transparente y la sostuvo sobre sus rodillas como si temiera que alguien pudiera arrebatársela nuevamente.

Marina viajaba en el segundo vehículo, acompañada por Camila. Yo permanecía frente a Victoria con los pies envueltos en una manta y las palmas todavía marcadas por los cristales de la cocina.

—Sabía que intentaría escapar —dije.

—Sabía que mentía.

—Entonces pudo detenerme.

—Quería descubrir quién la esperaba.

La respuesta me heló más que la lluvia pegada al cabello. Victoria había permitido mi fuga porque necesitaba seguir el hilo hasta la persona que había preparado la emboscada.

—Me utilizó como cebo.

—La seguí desde que salió del dormitorio.

—¿También permitió que Marina condujera?

—Su vehículo llevaba un transmisor que Camila colocó al sacarla de la casa de su amiga.

Miré hacia la carretera oscura. Cada momento en que había creído avanzar lejos del control de Victoria había ocurrido dentro de una ruta vigilada.

—Podría habernos avisado antes de entrar.

—Los atacantes observaban la carretera. Si modificaba su comportamiento, habrían desaparecido con la cruz.

—Prefirió que dispararan contra nosotras.

—Preferí estar lo bastante cerca para impedir que acertaran.

—Eso fue exactamente lo que hizo su padre durante su secuestro. Esperó para descubrir quién estaba detrás.

La cicatriz de su palma se tensó cuando cerró la mano.

—Mi padre esperó dos días.

—Usted esperó hasta que apuntaron a Marina.

—Había seis agentes alrededor de la propiedad.

—Que no vi.

—Esa era la intención.

La división del vehículo permanecía abierta, pero el conductor no reaccionó. En el mundo de Victoria, los hombres aprendían a no escuchar nada que pudiera matarlos después.

—No vuelva a utilizarme así.

—No vuelva a salir descalza hacia una dirección enviada desde el teléfono de un muerto.

—No acordamos una excepción que le permita decidir cuándo mi vida puede ponerse en riesgo.

—Su vida ya estaba en riesgo antes de conocerme.

—Eso no la convierte en dueña del peligro.

Victoria se inclinó apenas. El vendaje bajo su ropa debía tirar de los puntos, pero no mostró dolor.

—Cuando alguien la apunta, el peligro entra en mi territorio.

—No soy territorio.

—Continúe repitiéndolo hasta que las personas que intentan secuestrarla decidan creerle.

La furia me calentó el rostro. Quise responder, pero el convoy redujo la velocidad antes de llegar a las puertas del palacio.

Camila apareció en el comunicador interno.

—Problema en la entrada principal. Seis vehículos policiales, una ambulancia y una orden judicial para trasladar a Lucía a evaluación psiquiátrica.

Mi respiración se detuvo.

—¿Firmada por quién? —preguntó Victoria.

—Juez Esteban Robles. La solicitud fue presentada por Beatriz y respaldada por el doctor Salcedo. Alegan secuestro, coacción matrimonial y riesgo suicida inmediato.

—La orden es falsa —dije.

Camila tardó un segundo en responder.

—El sello es válido.

Las puertas del palacio permanecían abiertas, bloqueadas por patrullas con luces encendidas. Hombres uniformados ocupaban la entrada mientras paramédicos esperaban junto a una camilla.

—No pueden llevarme —murmuré.

Victoria sacó el arma de debajo de la chaqueta y comprobó el cargador.

—No lo harán.

—Una orden judicial puede obligarnos a entregarla —advirtió Camila—. Necesitamos comprobar si el juez sabía lo que firmaba.

—No habrá tiempo —respondió Victoria—. Cierre las puertas interiores y active el protocolo de asedio.

—Hay personal todavía en los jardines.

—Que entre por los túneles.

El convoy atravesó el primer control. Los policías levantaron armas y ordenaron detener los vehículos antes del patio principal.

Victoria abrió la puerta antes de que el automóvil se inmovilizara por completo.

—Permanezca dentro.

—No.

—No discutiré ahora.

—La orden está dirigida contra mí.

—Por eso no estará visible.

Intenté seguirla, pero dos agentes cerraron la puerta desde fuera. El seguro descendió con un golpe seco.

Golpeé el cristal. —¡Victoria!

Ella no se volvió.

Caminó hacia los policías con el arma oculta bajo la chaqueta, rodeada por Camila y cuatro miembros de seguridad.

Marina fue trasladada rápidamente a la casa. Antes de entrar, corrió hacia mi vehículo, pero un agente la apartó y la empujó detrás de la línea protegida.

Un hombre con uniforme de comandante avanzó sosteniendo una carpeta.

—Victoria Alarcón, existe una orden para entregar a Lucía Valdés a una institución médica acreditada. Cualquier resistencia será considerada obstrucción.

—Quiero ver el documento.

El hombre extendió la carpeta. Victoria no la tomó.

Camila fotografió cada página mientras otro agente verificaba nombres y códigos en una tableta.

—La orden permite entrada forzada —dijo el comandante—. Sabemos que la señora Valdés está dentro del vehículo.

Victoria miró hacia mí. Incluso a través del cristal oscuro sentí el peso de sus ojos.

—Lucía no saldrá.

—No es una decisión que le corresponda.

—Todo lo que ocurre dentro de estas puertas me corresponde.

El comandante levantó una mano. Los policías formaron dos líneas, y varios avanzaron hacia el vehículo.

Uno llevaba un maletín médico. Reconocí al doctor Salcedo detrás de ellos, protegido por dos hombres que no parecían policías.

—No son todos agentes —dije, aunque nadie podía oírme.

Busqué el botón de emergencia. La pantalla permanecía bloqueada por el protocolo del vehículo.

El primer hombre llegó hasta mi puerta y colocó una herramienta sobre la cerradura. Otro cubría la operación con un arma.

Victoria habló sin levantar la voz.

—Retire la mano.

—Cumplimos una orden.

—La persona detrás de usted no pertenece a la policía.

El comandante miró hacia Salcedo. Por un instante pareció confundido.

El médico sacó algo de su abrigo.

Camila disparó primero.

La bala alcanzó el brazo de Salcedo, pero el objeto cayó al suelo y liberó una nube blanca alrededor de los policías.

Todos comenzaron a toser. Los hombres disfrazados se colocaron máscaras y levantaron sus armas.

El cristal junto a mi rostro recibió tres disparos. No se rompió, pero cada impacto extendió grietas blancas sobre la superficie blindada.

Me cubrí la cabeza y bajé entre los asientos mientras las puertas exteriores del palacio comenzaban a cerrarse.

Victoria corrió hacia el vehículo.

Uno de los falsos agentes apareció detrás de ella. Levantó el arma, apuntando directamente hacia su espalda.

Abrí la puerta utilizando la liberación mecánica escondida bajo el asiento. El movimiento activó una alarma, pero conseguí salir.

—¡Victoria!

Ella se volvió cuando el hombre disparó. La bala rozó su hombro y golpeó la carrocería.

Victoria respondió dos veces. El atacante cayó, aunque todavía intentó recuperar el arma.

Camila lo alcanzó antes y le aplastó la muñeca bajo la bota.

—Adentro —me ordenó Victoria.

—Está herida otra vez.

—No es mía.

La sangre descendía por su manga. Antes de que pudiera revisarla, el comandante verdadero cayó de rodillas, tosiendo dentro de la nube.

Los supuestos paramédicos abrieron la ambulancia y sacaron armas largas escondidas debajo de la camilla.

La entrada se convirtió en un campo de disparos.

Victoria sujetó mi nuca y me obligó a correr agachada hacia las escaleras. Su cuerpo permanecía detrás del mío, cubriéndome cada vez que las balas golpeaban las columnas.

—No se separe de mí.

—Marina está dentro.

—Camila la protegió.

—¿Y el personal?

—Los túneles.

Una bala rompió la lámpara sobre el pórtico. Los fragmentos cayeron sobre nosotras mientras Victoria me empujaba detrás de una estatua.

El hombre que parecía dirigir el ataque avanzó entre los vehículos. No llevaba uniforme completo, solo un chaleco policial sobre ropa negra.

—Entréguenla —gritó—. La orden nos permite sacarla viva.

Victoria se levantó detrás de la cobertura.

—La orden no permite que salga de aquí respirando.

Disparó una vez.

El hombre cayó de espaldas, con una herida en el centro del pecho. No volvió a moverse.

La ausencia de vacilación me dejó inmóvil. Victoria acababa de matar frente a policías, empleados y cámaras.

No buscó una explicación. Regresó hasta mí y tomó mi rostro entre ambas manos, revisando pupilas, heridas y respiración.

—¿Le dieron?

—No.

—¿Inhaló el gas?

—Un poco.

—Alma la revisará.

—Usted recibió un disparo.

—Rozó la tela.

—Está sangrando.

—Después.

Camila ordenó abrir las puertas laterales. Los agentes reales se habían rendido cuando comprendieron que la orden había sido utilizada para infiltrar hombres armados.

Salcedo intentó arrastrarse hacia un automóvil. Marina apareció en la entrada, sujetada por Mercedes, y gritó al reconocerlo.

—¡Él firmó los informes de Lucía!

Victoria caminó hacia el médico.

Lo seguí antes de que alguien pudiera detenerme. El aire olía a pólvora, sangre y el producto químico liberado en el patio.

Salcedo levantó una mano herida. —No sabía que atacarían. Solo debía garantizar el traslado.

—¿A dónde? —pregunté.

—A una clínica privada.

—¿Quién pagó?

El médico miró hacia Victoria y empezó a temblar.

—Beatriz.

—Miente —dijo mi esposa.

—Tengo transferencias.

—Beatriz no controla hombres capaces de infiltrarse en la policía.

Salcedo cerró los ojos.

Victoria apoyó el cañón del arma bajo su mandíbula.

—Nombre.

—No lo sé.

—Última oportunidad.

—Recibía instrucciones mediante un intermediario. Nunca vi a la mujer.

—¿Qué mujer?

—Se hacía llamar Isabela.

El frío del patio atravesó mi vestido, mi piel y mis pulmones. Victoria no movió el arma, pero sus pupilas se contrajeron con una violencia que me hizo temer por el hombre arrodillado.

—Mi madre está muerta.

—Yo solo digo lo que aparecía en los mensajes.

—Muéstrelos.

—En mi teléfono.

Camila registró su abrigo y encontró el dispositivo. Había sido configurado para borrar mensajes, pero uno seguía abierto.

“Retire a la heredera del palacio. Victoria no debe conservarla después del primer ataque.”

Mi esposa leyó la pantalla. La sangre descendía por sus dedos y caía sobre las piedras claras, pero no pareció sentirla.

—Llévenselo —ordenó.

Dos agentes levantaron a Salcedo. Camila comenzó a revisar los cuerpos mientras el personal médico atendía a los policías intoxicados.

Mis piernas empezaron a temblar cuando la adrenalina disminuyó. Victoria lo notó antes que yo.

—Siéntese.

—No quiero.

—Va a caer.

—Entonces sosténgame.

La frase salió sin pensamiento.

Victoria se quedó inmóvil. Después guardó el arma y colocó una mano alrededor de mi cintura.

No me levantó ni me obligó a moverme. Solo permaneció allí mientras mis rodillas intentaban recuperar fuerza.

El patio estaba cubierto de cristales, casquillos y sangre. Las sombras de los vehículos se extendían bajo las luces rotas, mientras el frío de la madrugada endurecía mi respiración.

Apoyé una mano sobre su pecho. Debajo de la camisa, el corazón golpeaba con la misma rapidez que el mío, aunque su rostro continuaba controlado.

—Pudo morir —dije.

—No ocurrió.

—Deje de responder eso.

—No sé qué respuesta quiere.

—Una que demuestre que comprende que no puede seguir utilizando su cuerpo como escudo y esperar que yo no sienta nada.

Victoria bajó la mirada hacia mi boca. Su mano permaneció firme sobre mi cintura, caliente a través de la tela, mientras el olor metálico de la sangre llenaba el espacio entre ambas.

—Sentir algo no la obliga a quedarse —dijo—. Pero tampoco fingirá que no existe para castigarme.

—No estoy castigándola.

—Entonces, ¿qué está haciendo?

No tuve una respuesta que pudiera pronunciar sin mentir.

La besé.

Mis dedos se cerraron sobre su camisa, y mi boca encontró la suya con una urgencia nacida del miedo, de la rabia y de verla regresar cubierta de sangre demasiadas veces.

Victoria no respondió inmediatamente. Su cuerpo quedó rígido, como si el contacto fuera otra arma que debía identificar antes de permitir que se acercara.

Después su mano subió desde mi cintura hasta mi nuca.

No me obligó a profundizar el beso. Esperó hasta que fui yo quien volvió a buscarla, y solo entonces abrió los labios contra los míos.

El contacto fue breve, áspero y demasiado intenso. La pólvora seguía en su piel, y el sabor metálico mezclado con su respiración hizo que mi cuerpo olvidara durante un instante dónde estábamos.

Me aparté primero.

Victoria no intentó retenerme. Sus dedos abandonaron mi nuca lentamente, pero sus ojos permanecieron sobre mi rostro.

—Eso no cambia nada —dije.

—Lo sé.

—No significa que la perdone.

—No lo pedí.

—Ni que le pertenezca.

La mirada de Victoria descendió hacia mi boca otra vez.

—Siga recordándomelo.

Camila nos llamó desde uno de los cuerpos. El frío del patio se había vuelto más intenso, y las sombras alrededor de los vehículos ocultaban manchas de sangre todavía frescas.

El hombre que Victoria había matado llevaba documentos falsos, una llave del palacio y varias fotografías protegidas dentro de una bolsa impermeable.

Camila extendió la primera imagen bajo la luz de una linterna. Mostraba una habitación sin ventanas, una silla atornillada al suelo y una muchacha cubierta de sangre.

Victoria tenía diecisiete años en aquella fotografía. Sus muñecas estaban atadas detrás del respaldo, el rostro inflamado y una venda oscura rodeaba sus ojos.

En el reverso aparecía una fecha correspondiente al segundo día de su secuestro, acompañada por una instrucción escrita con la misma letra utilizada en las imágenes del convento.

“No rescatar todavía. La heredera debe aprender que su padre siempre elegirá el imperio antes que ella.”

Victoria tomó la fotografía sin tocar mi mano. El beso todavía ardía sobre mis labios, pero la imagen destruyó cualquier ilusión de que aquella noche hubiese acercado nuestras heridas.

Debajo de la primera fotografía encontramos otra, tomada desde el exterior de la casa donde yo había estado escondida con mi madre cuando tenía seis años.

Dos niñas aparecían junto a ventanas distintas, separadas por once años y observadas por la misma persona, como si nuestros cautiverios hubieran sido etapas de un único plan.

En la esquina inferior, alguien había escrito una fecha futura: el día de mi próximo cumpleaños. Bajo ella, una frase confirmaba que el ataque al palacio solo había sido una prueba.

“El segundo traslado será definitivo. Esta vez, Victoria deberá decidir cuál de las dos herederas merece salir viva.”