LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 9 — El testamento de los muertos
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Capítulo 9 — El testamento de los muertos

El mensaje permanecía bajo la luz de las linternas, escrito sobre la piedra abierta detrás de mi habitación como si alguien hubiera utilizado la pared para responder una pregunta que todavía no sabía formular.

“Tu madre escondió la llave en el rosario. Victoria ya sabe qué puerta abre.”

Me volví hacia mi esposa. Victoria no miraba la frase. Observaba la mancha de sangre junto al mecanismo, con el arma pegada al costado y el rostro cerrado.

—¿Qué puerta abre?

—No lo sé.

—La nota dice que sí.

—La nota quiere que crea eso.

—También quiso que encontráramos la sala de Isabela, y existía.

Camila se arrodilló frente a la abertura. Tocó la sangre con una tira reactiva y guardó una muestra dentro de un tubo.

—Es reciente. Quien pasó por aquí estaba herido.

—¿La persona que robó el rosario? —pregunté.

—Probablemente.

Victoria llamó a uno de los agentes.

—Revise a todo el personal. Heridas en manos, brazos o torso. Nadie recibe tratamiento sin informar a Camila.

—Eso incluye a usted —dije.

Sus ojos descendieron hacia el vendaje bajo la camisa.

—Mi sangre ya está registrada.

—No era una acusación.

—Sonó como una.

—Empiece a acostumbrarse.

Camila introdujo una cámara flexible dentro del hueco. La imagen mostró un conducto estrecho que descendía hasta un corredor de servicio detrás de las habitaciones del personal.

—La ruta termina cerca del ala de seguridad —informó—. Quien entró conocía las zonas sin sensores.

—¿Puede abrir una puerta con la cruz del rosario? —pregunté.

Victoria guardó el arma.

—Mi madre utilizaba llaves mecánicas disfrazadas dentro de objetos personales. Anillos, medallas, broches. Nunca vi una dentro de un rosario.

—Porque no lo recordaba —dije—. Mercedes aseguró que Isabela lo ocultó antes de que usted pudiera reconocerlo.

—Mercedes también ocultó cartas durante años.

—Para mí.

—Eso afirma.

La desconfianza de Victoria no distinguía entre enemigos y lealtades antiguas. Todo vínculo debía demostrar utilidad antes de recibir un nombre menos peligroso.

—Quiero hablar con Mercedes sin guardias dentro de la habitación.

—No.

—Acordamos veinte minutos.

—Acordamos que Camila estaría presente.

—Ella puede observar desde la puerta.

Victoria negó lentamente.

—Mercedes pudo haber ayudado a retirar el rosario de su cuerpo.

—También pudo haber dejado la cuenta para advertirnos.

—Eso no la vuelve segura.

—Nada aquí lo es.

Camila se puso de pie.

—Podemos interrogarla en la sala pequeña. Yo permaneceré dentro. Victoria observará desde el cristal y Lucía hará sus preguntas.

Mi esposa no pareció complacida, pero aceptó.

Mercedes estaba sentada frente a una mesa sin adornos. Habían retirado sus joyas, el cinturón y los pasadores del cabello, aunque conservaba una dignidad que el registro no había conseguido quebrar.

Entré con Camila. Victoria permaneció detrás del cristal oscuro, invisible desde el otro lado.

—¿Dónde está mi rosario? —pregunté.

Mercedes sostuvo mi mirada.

—No lo sé.

—Dijo que la cruz contenía una llave.

—Isabela me mostró el mecanismo hace muchos años. Nunca explicó qué abría.

—¿Cómo llegó a mi madre?

La mujer juntó las manos sobre la mesa.

—Isabela se lo entregó a su padre la noche anterior a la explosión. Él prometió colocarlo donde nadie relacionado con los Alarcón pudiera encontrarlo.

—Después se casó con Beatriz.

—Su padre no eligió ese matrimonio libremente.

El frío volvió a instalarse en mi abdomen.

—Explíquelo.

—Beatriz sabía que él había ayudado a Isabela. Le ofreció silencio a cambio de entrar en su casa y acercarse a usted.

—¿Mi padre aceptó para protegerme?

—Aceptó porque ella ya conocía la casa segura donde usted estuvo a los seis años.

Camila no se movió, pero su atención se volvió más intensa.

—¿Beatriz participó en mi secuestro?

—No sé si lo organizó. Sé que recibió dinero después y que vigiló a su familia desde entonces.

—¿Por qué mi madre conservó el rosario?

—Porque su padre se lo pidió. La cruz era la única pieza que no podía abrir sin destruirla, y ella sabía que usted jamás permitiría que alguien la rompiera.

Pensé en la cuenta quebrada, en la frase repetida por mi madre y en las veces que Beatriz intentó convencerme de reemplazarlo por uno nuevo.

—El valor no está en lo que permanece perfecto —murmuré.

Mercedes cerró los ojos.

—Eso decía Isabela.

Mi respiración se detuvo.

—Mi madre decía esas palabras.

—Porque las aprendió de ella.

La puerta se abrió. Victoria entró antes de que Camila pudiera detenerla.

—¿Mi madre conoció a la madre de Lucía?

Mercedes levantó la vista.

—Durante años.

—No existe ningún registro.

—Su padre destruyó los registros.

Victoria apoyó ambas manos sobre la mesa. La herida tiró de su costado, pero no disminuyó la presión de su presencia.

—¿Qué eran?

—Amigas al principio. Aliadas después. Ambas descubrieron que sus maridos utilizaban los puertos para algo que ninguna estaba dispuesta a permitir.

—¿Qué cosa?

Mercedes miró hacia mí.

—El tráfico de personas.

El aire se volvió denso. Victoria no cambió de expresión, pero sus dedos se hundieron contra la superficie.

—Mi padre prohibía esa actividad —dijo.

—Públicamente.

—¿Tiene pruebas?

—Estaban detrás de la puerta que abre la cruz.

Victoria rodeó la mesa.

—¿Dónde?

—Isabela no me lo dijo. Solo aseguró que la heredera Valdés podría encontrarla cuando estuviera dentro del palacio con poder legal suficiente para exigir los archivos.

—Por eso el matrimonio —comprendí—. No querían protegerme únicamente. Necesitaban que tuviera acceso a las dos familias.

Mercedes asintió.

—Su padre dejó una segunda disposición testamentaria. Una que Beatriz nunca pudo ejecutar sin usted y que los Alarcón no podían activar sin un vínculo legal.

Victoria se quedó inmóvil.

—¿Qué disposición?

—La participación de control sobre el puerto de Santa Lucía.

El nombre produjo una reacción inmediata en Camila.

—Ese puerto pertenece a una sociedad dividida entre cinco familias.

—La mayoría de las acciones están ocultas bajo fideicomisos —respondió Mercedes—. El señor Valdés reunió suficientes participaciones para bloquear cualquier operación.

Miré a Victoria.

—Por eso me eligió.

—No conocía la segunda disposición.

—Conocía mis puertos.

—Sabía que su apellido podía abrir archivos. No que controlaba Santa Lucía.

—¿Cuándo pensaba decírmelo?

—Cuando lo confirmara.

—Después de usarme para acceder.

La mandíbula de Victoria se tensó.

—No convertiré una posibilidad en confesión para satisfacer su rabia.

—Se casó conmigo por valor estratégico.

—Sí.

—Me vigiló porque mi padre estaba relacionado con su madre.

—Sí.

—Y necesitaba una esposa antes de que su primo tomara el control.

—Sí.

—Entonces deje de actuar como si las acciones del puerto no cambiaran nada.

—Cambian cuánto peligro corre. No por qué la saqué del convento.

—Me sacó porque era útil.

—Al principio.

Otra vez aquella frase. La misma que utilizaba cuando quería insinuar un cambio sin nombrarlo.

No permitiría que la ambigüedad reemplazara una respuesta.

—Quiero ver el segundo testamento.

Mercedes bajó la mirada.

—La copia que guardaba desapareció durante el apagón.

Victoria se volvió hacia Camila.

—Revise su habitación otra vez.

—Ya lo hicimos.

—Hágalo mejor.

Camila recibió una alerta antes de responder. Escuchó por el auricular y su rostro perdió toda neutralidad.

—Encontraron el rosario.

Me levanté tan rápido que la silla golpeó la pared.

—¿Dónde?

—En la habitación de Esteban Luján, uno de los guardias del corredor oriental.

—Tráiganlo —ordenó Victoria.

Camila no se movió.

—Esteban está muerto.

El olor metálico pareció llenar la sala antes de que viéramos el cuerpo. Habían encontrado al guardia sentado junto a su cama, con una herida profunda en el cuello y la camisa empapada.

Mi rosario estaba sobre sus rodillas.

La cruz había sido arrancada. Las cuentas de nácar permanecían unidas, excepto por la pieza rota dejada junto a Mercedes.

Me acerqué, pero Camila bloqueó el paso con un brazo.

—No toque nada.

—Quiero verlo.

—Desde aquí.

La habitación era pequeña, demasiado ordenada para una lucha. No había muebles caídos ni sangre fuera del área alrededor del cuerpo.

—Lo mataron en otro lugar —dije.

Camila miró el suelo.

—No hay salpicaduras suficientes. Lo colocaron aquí después.

Victoria examinó la puerta, las ventanas y una rejilla de ventilación.

—Esteban estaba asignado a la entrada de la capilla durante el apagón.

—Entonces pudo tomar el rosario —dijo Camila—, pero no sabemos si lo hizo voluntariamente.

—¿Cuánto tiempo llevaba trabajando aquí? —pregunté.

—Siete años.

—¿Era leal?

Victoria miró el cadáver.

—La lealtad termina cuando alguien encuentra el precio correcto.

No apartó los ojos de él al decirlo. Quizá hablaba de Esteban, de Mercedes, de Elena o de sí misma.

Un agente entregó a Camila una bolsa encontrada debajo del colchón. Dentro había dinero, un teléfono desechable y una copia parcial de un documento notarial.

Mi nombre aparecía en la primera página.

Tomé una fotografía antes de que Victoria pudiera ordenar lo contrario. El texto confirmaba una participación del cincuenta y un por ciento en el puerto de Santa Lucía, condicionada a mi matrimonio legal.

Debajo había una cláusula adicional.

Si mi cónyuge pertenecía a la familia Alarcón, ambas recibiríamos autoridad conjunta durante el primer año.

La habitación perdió temperatura.

—Usted obtiene acceso a mis acciones —dije.

Victoria leyó la cláusula sin mostrar sorpresa, pero sus pupilas se contrajeron.

—No sabía esto.

—Qué conveniente.

—La disposición podría ser falsa.

—También podría explicar por qué preparó nuestra boda antes de que yo aceptara.

—Explique cómo podría preparar una cláusula escrita por su padre años atrás.

—Podía saber que existía sin conocer los detalles.

—No.

—Su palabra ya no basta.

Las sombras del dormitorio cubrían el rostro del muerto, mientras el frío entraba por la rejilla y el olor metálico de la sangre se adhería a mi garganta.

Victoria se acercó, pero no intentó tocarme. Su voz permaneció baja, contenida por una ira que no sabía si estaba dirigida hacia mí o hacia el documento.

—Puede acusarme cuando terminemos de demostrar que alguien colocó ese papel junto a un cadáver para separarnos.

—No necesitan separarnos. Nunca estuvimos juntas.

La frase la detuvo. Camila apartó la vista, concediéndonos una intimidad que la muerte de Esteban volvía obscena.

El teléfono encontrado bajo el colchón se encendió dentro de la bolsa de pruebas. Solo contenía un mensaje recibido hacía pocos segundos.

Camila lo leyó y después me mostró la pantalla.

“Si quieres el testamento completo, ve sola a la casa de tu padre antes del amanecer. No se lo digas a Victoria. Ella ya sabe lo que firmaste.”

Miré el cuerpo, mi rosario sin cruz y la copia que convertía nuestro matrimonio en una llave capaz de entregar a Victoria el control de mis puertos.

El pánico dejó de sentirse como una reacción desordenada. Adoptó una dirección concreta, una carretera y la casa que Beatriz había afirmado vender después de la muerte de mi padre.

Victoria extendió la mano para tomar el teléfono. Se lo entregué sin permitir que viera cuánto había memorizado.

—Es una trampa —dijo.

—Sí.

—No irá.

—No pensaba hacerlo.

La mentira salió con una facilidad que me heló más que el cadáver. Victoria sostuvo mi mirada durante varios segundos, buscando una grieta, pero yo ya comprendía cómo sobrevivir dentro de su casa.

Debía aprender a ocultar una decisión antes de que ella pudiera convertirla en otra puerta cerrada.