LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 8 — La puerta cerrada #5
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Capítulo 8 — La puerta cerrada #5

—Entonces no necesita abrir otra herida.

—No discutiremos esto.

—Acaba de aprender a preguntar.

Victoria se detuvo en el primer peldaño. Sus ojos estaban agotados, pero la oscuridad familiar había regresado.

—¿Permanecerá en su habitación mientras reviso la sala azul?

—No.

—Lo intenté.

—Preguntar no garantiza que obtenga lo que quiere.

Una tensión casi amarga pasó por su rostro. —Empiezo a comprenderlo.

Camila nos interrumpió. —Lucía debe revisar sus pertenencias. El agente inconsciente tenía una de las llaves maestras del segundo piso.

—Mi habitación —dije.

Subimos con seguridad delante. El corredor permanecía vacío, iluminado ahora por lámparas auxiliares.

Los guardias asignados habían sido reemplazados. El cierre exterior de mi puerta estaba abierto, pero la alarma interior continuaba activa.

Entré con Camila. Victoria permaneció en el umbral, aunque nadie le había pedido que lo hiciera.

Mis documentos seguían dentro de la caja fuerte. Los cuadernos permanecían sobre el escritorio. La ropa no parecía movida.

—El rosario —dije.

Busqué dentro del bolsillo del abrigo. Estaba vacío.

Revisé el suelo de la capilla en mi memoria, recordando haber sentido las cuentas contra mi muslo antes del apagón.

—Lo llevaba conmigo.

—Tal vez cayó cuando abrió la puerta —dijo Camila.

—Lo habría escuchado.

Regresamos a la capilla con dos agentes. Revisaron bancos, suelo, altar y corredor.

No estaba.

Las cámaras habían dejado de grabar durante el fallo. Ningún agente recordaba haber visto el rosario cuando salí.

—Alguien pudo tomarlo mientras Alma atendía a Victoria —dijo Camila.

—Había seis personas alrededor.

—Y oscuridad parcial en el corredor.

Victoria permaneció frente a la estatua de Santa Lucía. Su rostro se había vuelto completamente inmóvil.

—Cierre el palacio otra vez —ordenó.

—No —dije—. Nadie saldrá, pero no encerrará a todas las personas en habitaciones sin luz.

—Tomaron algo de su cuerpo mientras estábamos rodeadas de seguridad.

—No sabemos si cayó.

—Usted dijo que no.

La tormenta continuaba golpeando los vitrales, y el aire de la capilla conservaba un frío húmedo que hacía arder mis manos. El olor metálico de la sangre de Victoria seguía adherido a mi ropa.

Camila recibió un mensaje. Miró la pantalla y después a mí.

—Encontraron una cuenta de nácar.

—¿Dónde?

—Sobre la mesa de Mercedes.

Corrimos hacia la sala azul. Victoria ignoró el dolor, avanzando con una mano cerca del arma y la otra rígida junto al costado.

Mercedes estaba sentada bajo una lámpara, con dos agentes a sus lados. Sobre la mesa descansaba la cuenta rota de mi rosario, marcada por la sangre seca de mi dedo.

—No estaba ahí antes del apagón —dijo Camila.

Mercedes miró la cuenta con una tristeza que parecía antigua. —Creí que la habían perdido.

—¿Quién? —pregunté.

La mujer levantó los ojos hacia mí. —Su madre.

El frío atravesó mi pecho.

—Este rosario era suyo.

—Antes de pertenecerle a ella, fue de Isabela.

Victoria sacó el arma, aunque no la levantó. Las sombras de la sala cubrieron parte de su rostro y el olor metálico se volvió más intenso alrededor de nosotras.

—Mi madre nunca tuvo ese rosario —dijo.

Mercedes observó la cuenta rota. —No mientras usted pudiera recordarlo.

La tormenta hizo vibrar las ventanas. Pensé en mi madre entregándome aquellas cuentas, en Isabela frente a un automóvil ardiendo y en dos familias unidas mucho antes de que nosotras conociéramos la verdad.

—¿Dónde está el resto? —pregunté.

Mercedes dirigió la mirada hacia la puerta abierta. —Quien lo tomó no quería robar una reliquia. Quería abrir lo que su madre escondió dentro de la cruz.

Mi respiración se volvió corta. Nunca había separado la pequeña figura de nácar porque mi madre decía que el valor estaba en aquello que permanecía incluso después de romperse.

Camila ordenó buscar todas las salidas. Victoria cerró la sala y colocó dos guardias frente a Mercedes, pero ninguna medida consiguió devolverme el aire.

Las sombras del palacio parecían más densas después del apagón, el frío se extendía desde los pasajes y un olor metálico permanecía sobre cada superficie tocada por personas armadas.

Mientras regresábamos a mi habitación, comprendí que alguien había esperado la única noche en que Victoria y yo quedáramos separadas por una puerta para retirar el objeto que siempre llevaba pegado al cuerpo.

La cuenta rota había sido dejada junto a Mercedes para incriminarla, distraernos o recordarnos que ninguna cerradura podía proteger aquello que ignorábamos poseer.

Cuando Camila recibió la última alerta, su rostro confirmó que el apagón no había sido provocado por la tormenta. Alguien había desconectado manualmente el generador desde una cámara situada detrás de mi nueva habitación.

En la pared sellada junto al escritorio encontraron una abertura recién utilizada, una mancha de sangre y el dibujo de una corona partida rodeada por lirios.

Debajo, escrito con la misma tinta de las fotografías, había un mensaje destinado únicamente a mí: “Tu madre escondió la llave en el rosario. Victoria ya sabe qué puerta abre.”