LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 8 — La puerta cerrada #4
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Capítulo 8 — La puerta cerrada #4

—No está en la casa segura. Tiene treinta y dos años. Camila está cerca. Yo estoy detrás de esta puerta.

—Abra.

—No puedo. Necesito que deje de golpear.

—No me diga qué necesito.

—Entonces pregúnteme si quiero que entre.

El silencio que siguió resultó más inquietante que los golpes.

—No juegue conmigo ahora.

—No estoy jugando. Quiero que recuerde dónde está y quién soy.

—Sé quién es.

—Entonces dígalo.

La respiración al otro lado continuó rápida. Pude imaginarla con una mano apoyada sobre la puerta, la otra cerca de la herida y los ojos viendo una habitación de hacía quince años.

—Lucía Valdés —dijo finalmente.

—Su esposa por contrato.

—Sí.

—No una niña encerrada con usted.

El metal volvió a raspar, pero con menos fuerza.

—La puerta debe abrirse.

—Lo hará cuando vuelva la energía o Camila llegue. Hasta entonces, hable conmigo.

—No.

—Entonces quédese en silencio, pero deje de intentar destruirla.

Otra pausa.

Apoyé la frente contra la madera. El frío atravesó mi piel.

—¿La encerraron durante su secuestro?

Victoria tardó tanto en responder que creí que no lo haría.

—Sí.

—¿A oscuras?

—A veces.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé.

—¿Su padre sabía dónde estaba?

La respiración cambió. —Sí.

—¿Y no fue?

—Esperó.

—¿Por qué?

—Quería que quienes me tenían revelaran a sus compradores.

La respuesta llegó fragmentada, cada palabra arrancada de un lugar que Victoria mantenía protegido incluso de sí misma.

—La utilizó como cebo.

—Sí.

—Igual que Camila dijo que yo sería en la gala.

—No es lo mismo.

—Porque usted vino por mí.

—Sí.

—¿Cuánto esperó su padre?

—Dos días.

Cerré los ojos. Dos días en una habitación oscura, sabiendo que la persona capaz de abrirla había elegido esperar.

—¿Cómo salió?

—Uno de ellos entró.

—¿Qué hizo?

—Lo maté.

No pregunté cómo. La quietud de su voz ya contenía suficiente sangre.

—Después encontró la salida.

—Después encontré otras tres puertas cerradas.

—Pero salió.

—Sí.

—Esta también se abrirá.

Un relámpago iluminó los vitrales, seguido por un trueno que hizo temblar el altar. Las velas se inclinaron, y una se apagó.

Al otro lado, Victoria soltó un sonido breve cuando otro mecanismo cerró el pasillo. No fue una palabra, pero reveló que el pánico seguía creciendo.

—Necesito que se siente —dije.

—No.

—Los puntos pueden abrirse.

—No me importa.

—A mí sí.

La frase salió antes de que pudiera detenerla.

La respiración exterior se interrumpió.

—No diga cosas que utilizará para huir después.

—No estoy prometiendo quedarme.

—Entonces no importa.

—Importa ahora.

—Eso es peor.

Comprendí que Victoria prefería mi indiferencia a un cuidado temporal. Si admitía necesitar algo que podía desaparecer, la herida dejaba de ser física.

—Siéntese —repetí—. No como una orden. Como una elección que evitará que sangre hasta desmayarse delante de una puerta.

Escuché el roce de la ropa contra la madera. Después, un movimiento más lento indicó que había descendido hasta el suelo.

Me senté al otro lado.

La puerta nos separaba, pero podía sentir el calor imaginado de su cuerpo contra la misma superficie.

—¿Está apoyando el costado herido?

—No.

—¿La venda sigue seca?

—No lo sé.

—Toque el borde.

—Lucía.

—Pregunto, no ordeno.

Después de unos segundos, respondió. —Está húmeda.

—¿Mucho?

—No.

—Cuando abra, Alma la revisará.

—Cuando abra, usted regresará a la habitación segura.

—No convierta esto en otra negociación.

—Todo lo es.

—Entonces pida que vuelva.

Victoria permaneció callada.

—Dígalo sin ordenarme —insistí.

—No.

—Puede hacerlo con el consejo, los guardias y Elena. Quiero saber si puede hablar conmigo sin convertir cada deseo en una amenaza.

—No necesito pedir lo que puedo obtener.

—Ahí está su problema.

—No. Es la razón por la que sigo viva.

—También es la razón por la que nadie puede quedarse cerca sin sentirse atrapado.

La frase atravesó la puerta. Lo supe por la forma en que la respiración de Victoria volvió a detenerse.

—Tenga cuidado —dijo.

—¿Con qué? ¿Con recordar que su madre intentó huir?

La madera recibió un golpe de su palma, no tan fuerte como los anteriores.

—No hable de ella.

—Isabela reunió dinero, documentos y rutas porque no podía soportar vivir bajo el control de su padre. Usted vio lo que esa jaula hizo con ella y construyó otra.

—Yo no soy mi padre.

—No. Él utilizó su miedo sin fingir que era amor. Usted lo llama protección.

La tormenta rugió sobre la capilla. Las últimas llamas temblaron, proyectando sombras deformadas sobre la estatua y los bancos.

—Abra la puerta cuando pueda —dijo Victoria—. Después puede odiarme desde una habitación vigilada.

—No volveré hasta que lo pida.

—No lo haré.

—Entonces dormiré aquí.

—No puede.

—Acaba de admitir que todo lo que existe en esta casa responde a usted. Haga que pueda.

—La capilla no tiene calefacción nocturna.

—Tengo un abrigo.

—No hay baño funcional durante el cierre.

—Sobreviviré.

—No existen guardias dentro.

—Usted está afuera.

La respuesta provocó otro silencio. Esta vez no parecía furia. Había algo más pesado en él, una comprensión que ninguna quería nombrar.

—No quiero que permanezca aquí —dijo finalmente.

—Eso sigue siendo una declaración.

—Lucía.

—Pregunte.

Pasaron varios minutos. El frío del suelo comenzó a atravesar mi falda y la humedad de la tormenta volvió rígidos mis dedos.

Victoria podía haber esperado la energía, abrir la puerta y utilizar hombres armados para devolverme al dormitorio. Sabía que probablemente lo haría.

Aun así, permaneció sentada al otro lado.

—¿Volverá a la habitación cuando salgamos? —preguntó al fin.

La frase fue áspera, pronunciada como si cada palabra hubiera herido algo en su garganta.

No contenía por favor. Tampoco una amenaza.

Era una pregunta.

—Volveré si retira el cierre exterior, deja que la puerta permanezca bajo mi control y permite una línea directa con Gabriel cuando se restablezca la red.

—La línea será revisada.

—Solo el dispositivo, no la conversación.

—Aceptado.

—Los guardias permanecerán al final del corredor.

—Dos.

—Uno.

—Dos, fuera de visión directa.

—Aceptado.

—No bloqueará mi puerta en alerta roja si me encuentro dentro.

—Eso contradice el protocolo.

—Modifíquelo.

—Camila decidirá si es técnicamente seguro.

—Y si no lo es, cambiaré de habitación.

—Aceptado.

La palabra salió cansada. Quizá el dolor había reducido su capacidad de discutir, o quizá pedir una vez había quebrado algo más importante que una regla.

—También hablaré con Mercedes mañana —añadí.

—Con Camila presente.

—Y usted detrás del cristal.

—No.

—Entonces en la misma habitación, sin tocarla y sin hacer preguntas por mí.

—Aceptado durante quince minutos.

—Treinta.

—Veinte.

—Veinticinco.

—Veinte.

—Aceptado.

Una luz roja se encendió sobre el altar. Después llegaron vibraciones en las paredes y el sonido de los sistemas reiniciándose.

Las lámparas volvieron de golpe. La claridad me obligó a cerrar los ojos.

El cerrojo exterior liberó la puerta.

No la abrí inmediatamente.

—¿Victoria?

—Estoy aquí.

—Voy a abrir.

—Sí.

Giré el mecanismo y empujé.

Victoria estaba sentada en el suelo, apoyada contra la pared opuesta. Su rostro había perdido color y una mancha oscura se extendía bajo la camisa limpia.

Camila esperaba detrás de la barrera recién abierta, acompañada por Alma y cuatro agentes.

Nadie habló al verme arrodillarme frente a Victoria.

—Déjeme revisar —dije.

Ella asintió.

Levanté la camisa. La venda estaba húmeda, pero los puntos seguían cerrados. Alma se acercó y reemplazó el apósito mientras Camila explicaba que un rayo había dañado el generador secundario.

—El corredor quedó aislado durante siete minutos —dijo—. El protocolo funcionó.

—No —respondí—. El protocolo encerró a una persona con antecedentes de cautiverio y bloqueó el acceso a una capilla ocupada.

Camila miró a Victoria. —Modificaré las alertas biométricas.

—No necesito medidas especiales —dijo ella.

—Sí necesita —contesté.

Victoria volvió hacia mí.

—Eso fue una orden.

—Considérelo una consecuencia.

Alma terminó el vendaje y exigió reposo. Victoria intentó levantarse sola, pero el dolor le dobló ligeramente el cuerpo.

Extendí la mano.

Ella la miró.

—No voy a cargarla —dije—. Solo evito que caiga.

Victoria aceptó. Sus dedos se cerraron alrededor de los míos mientras se levantaba.

No soltó inmediatamente cuando estuvo de pie. El contacto permaneció durante varios pasos, oculto entre nuestros cuerpos y las sombras del corredor.

Regresamos a la planta principal por una ruta revisada. Camila caminaba delante, Alma detrás y los agentes mantenían distancia.

—Mercedes habló durante el apagón —informó Camila—. Admitió haber enviado el mensaje que llevó a Victoria hasta el convento.

—¿Escribió las instrucciones de las fotografías? —pregunté.

—Niega hacerlo.

—¿Por qué guardaba cartas de Isabela?

—Dice que eran para usted.

Me detuve. —¿Para mí?

Camila asintió. —Isabela dejó instrucciones para entregarlas cuando contrajera matrimonio con un Alarcón.

Victoria se volvió hacia su jefa. —No mencionó eso antes.

—Mercedes lo reveló hace cuatro minutos.

—¿Por qué un matrimonio? —pregunté.

—Porque solo entonces tendría acceso legal al archivo familiar y a ciertos bienes vinculados a las dos casas —respondió Camila.

—Entonces alguien necesitaba que me casara con Victoria.

—Eso parece.

Mi esposa apretó la mano que todavía sostenía. Comprendió el contacto y me soltó inmediatamente.

—¿Dónde están las cartas? —preguntó.

—Mercedes afirma que una continúa en su caja. Las otras dos fueron robadas durante el cierre.

—¿Cómo?

—La sala azul perdió electricidad durante cuarenta segundos. Cuando volvió, uno de los agentes estaba inconsciente y la caja había sido abierta.

El frío del corredor pareció intensificarse.

—¿Mercedes escapó? —pregunté.

—No. Permaneció sentada con las manos sobre la mesa.

—Entonces alguien se movió durante la oscuridad.

—Sí.

Victoria sacó su arma. Alma protestó, pero ella siguió caminando hacia la escalera.

—Debe descansar —dije.

—Dos cartas desaparecieron dentro de mi casa durante un cierre total.

—Camila puede dirigir la búsqueda.

—La dirige.