Capítulo 8 — La puerta cerrada #3
Entré únicamente para recoger el rosario, los documentos y un abrigo. La silla que había colocado bajo el picaporte seguía allí, pero ahora parecía una broma.
Uno de los agentes esperó en la puerta. El otro revisó el baño, las ventanas y el armario antes de permitir que me moviera libremente.
—Salgan —dije.
—Debemos permanecer hasta que la habitación sea declarada segura.
—Ya la revisaron.
—Las órdenes son nuevas.
—Entonces esperan fuera.
El hombre tocó el auricular. Victoria respondió desde algún punto de la planta baja.
—Permanecen dentro.
Su voz salió por el dispositivo del agente, fría y cercana.
Miré la pequeña rejilla del comunicador. —No necesito dos hombres en mi dormitorio.
—Necesita dos personas capaces de sacarla si alguien entra por la pared.
—Camila confirmó que la chimenea está sellada.
—La revisará otra vez.
—No entraré en el baño ni me cambiaré con ellos aquí.
Hubo una pausa.
—Esperarán en el corredor —concedió Victoria—. La puerta permanecerá abierta.
—Cerrada.
—Abierta.
—Entonces no me quedaré.
Guardé el rosario dentro del bolsillo del abrigo y salí antes de que los agentes pudieran reaccionar.
—Señora Valdés —dijo uno—, debe permanecer en la habitación.
—No lo haré con una puerta que no controlo.
Caminé hacia la escalera secundaria. Los hombres me siguieron, comunicando mi movimiento por radio.
—Lucía —llegó la voz de Victoria—. Deténgase.
No lo hice.
Descendí hasta la galería oriental. Las luces parpadeaban por la tormenta, y las sombras de los retratos se desplazaban sobre las paredes cada vez que un relámpago iluminaba las ventanas.
La capilla estaba al final del corredor de cristal.
Dos agentes protegían la entrada. Al verme, cruzaron los brazos delante de la puerta.
—No está autorizada.
—La capilla me pertenece dentro de las áreas privadas.
—Está bajo revisión.
—Ya encontraron el repetidor.
—Puede haber otros dispositivos.
—Entonces revisen mientras estoy dentro.
Los agentes recibieron otra orden por el auricular. Se apartaron.
Entré y cerré la puerta antes de que pudieran seguirme. Giré el cerrojo interior.
—Señora Valdés —llamó uno desde fuera—, abra.
No respondí.
El interior permanecía iluminado por seis lámparas pequeñas y algunas velas que nadie había apagado. La estatua de Santa Lucía sostenía sus lirios bajo una claridad cálida.
Me quité el abrigo y me senté en el último banco. El rosario seguía dentro del bolsillo, presionando mi muslo como una presencia conocida.
La puerta recibió tres golpes.
—Lucía —dijo Victoria desde el otro lado—. Abra.
—No.
—La capilla no ha sido declarada segura.
—Entonces quédese fuera y protéjala.
—No voy a discutir a través de una puerta.
—Eso sería una novedad. Normalmente discute desde detrás de diez guardias.
El silencio exterior duró algunos segundos.
—Abra.
—Pídalo.
—Acabo de hacerlo.
—No. Dio una orden.
La tormenta golpeó los vitrales. Un relámpago convirtió el altar en una figura blanca y deformada antes de que las lámparas volvieran a estabilizarse.
—Lucía.
—Puede entrar cuando pregunte si quiero abrir.
—No juegue conmigo.
—Usted convierte cada decisión en una prueba. Considere esta la mía.
Escuché movimiento al otro lado. Camila debía haber llegado porque varias voces bajaron de volumen.
—Puedo retirar la puerta —dijo Victoria.
—Puede. También confirmará que ninguna cláusula importa cuando le resulta incómoda.
—Su seguridad no es una incomodidad.
—Mi voluntad sí.
La puerta no volvió a recibir golpes.
Permanecí sentada, con las manos frías sobre las rodillas. El cansancio de aquella jornada comenzaba a atravesar la adrenalina, dejando dolor en cada músculo.
Después de varios minutos, la voz de Camila llegó desde fuera.
—La capilla tiene una salida de servicio detrás del altar. Está cerrada desde dentro, pero necesitamos revisarla.
—Puede entrar usted.
—Victoria también.
—No.
Hubo una conversación baja que no pude distinguir.
—Solo yo —aceptó Camila—. Abrirá, entraré y volverá a cerrar.
Me acerqué a la puerta y giré el cerrojo lo suficiente para dejarla pasar. Victoria estaba detrás, con la camisa cambiada y el rostro endurecido.
Intentó avanzar. Cerré la puerta frente a ella.
Camila recorrió el interior con un detector. Revisó bancos, lámparas, paredes, altar y estatua.
—No hay señales activas —informó—. La salida de servicio continúa bloqueada.
—Entonces puedo quedarme.
—La tormenta está afectando la energía. Si el sistema falla, esta ala pierde comunicación directa.
—Perfecto.
Camila guardó el detector. —No es perfecto. Los cierres pueden quedar bloqueados.
—Esta puerta tiene cerrojo mecánico.
—La exterior del corredor no.
—Entonces usted puede dejar un agente antes de esa puerta.
—Victoria no aceptará.
—Victoria no está dentro.
Camila me observó durante un momento. —Está herida, enfurecida y asustada.
—No parece asustada.
—Eso no significa que no lo esté.
—Tampoco le permite encerrarme.
—No. Pero explica por qué no distinguirá fácilmente entre pedir y ordenar esta noche.
—Entonces tendrá que aprender.
Camila se acercó a la puerta. Antes de salir, bajó la voz.
—No utilice su miedo si no está preparada para ver qué hay debajo.
—Ella utiliza el mío todo el tiempo.
—Por eso sabe cuánto puede destruir.
Abrió y salió. Volví a cerrar.
Victoria no habló durante varios minutos. Pensé que se había marchado, pero la sombra de sus zapatos seguía visible bajo la puerta.
—¿Va a quedarse ahí? —pregunté.
—Sí.
—Podría interrogar a Mercedes.
—Camila lo hará.
—Dijo que necesitaba verla reaccionar.
—Cambió la prioridad.
—¿Yo soy la prioridad?
—Sí.
La respuesta llegó sin vacilación, y algo dentro de mí se tensó.
—No quiero serlo.
—No importa.
—Todo termina igual con usted.
—Esta noche, sí.
Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra la puerta. Victoria estaba al otro lado, probablemente en la misma posición vertical e inflexible que utilizaba frente al consejo.
—¿Por qué pagó para retrasar mis votos? —pregunté.
—Ya respondí.
—Dijo que no sabía si yo había elegido el convento. Eso no explica por qué no se acercó.
—Cada persona que se acercó a usted quedó registrada. Necesitaba saber quién revisaba esos movimientos.
—¿Encontró a alguien?
—Tomás era uno. Había otros dos agentes vinculados a la fundación. Uno desapareció. El otro murió hace cinco meses.
—¿Cómo?
—Cayó desde un edificio.
—¿Accidente?
—No.
—¿Lo mató?
—No.
—¿Elena?
—No lo sé.
—¿Y Mercedes?
Victoria tardó en contestar. —Mercedes me informó que existían personas observando el convento.
Me levanté del suelo. —¿Qué?
—Hace seis meses envió un mensaje mediante una clave que utilizaba con mi madre.
—Entonces sabía quién era yo.
—Sí.
—¿Por qué no lo dijo antes?
—Porque no sabía si la advertencia era una trampa.
—Pero decidió seguirla.
—Sí.
—¿Ella le pidió que se casara conmigo?
El silencio exterior se volvió más pesado.
—No exactamente.
—¿Qué escribió?
—Que la hija de Valdés no llegaría viva a los veinticuatro años si continuaba sin una protección reconocible.
Mi cumpleaños era dentro de nueve meses. La cuenta atrás había comenzado sin que yo conociera su existencia.
—¿Protección reconocible significa su apellido?
—En nuestro mundo, sí.
—Entonces Mercedes pudo haber organizado el matrimonio.
—Pudo haberlo previsto. No organizarlo.
—Preparó fotografías, instrucciones y personas dentro del convento.
—O alguien utilizó su letra para dirigirlas.
—Quiero hablar con ella.
—Mañana.
—Esta noche.
—No.
—¿Por qué?
—Porque alguien intentó llevarla viva hace pocas horas y Tomás sabía demasiado sobre su infancia. No estará frente a otro posible operador hasta que sepamos qué quiere.
—Mercedes me vio entrar en el palacio. Podría haber hecho algo entonces.
—Tal vez necesitaba que el matrimonio fuera legal primero.
La idea me produjo un escalofrío. —¿Para qué?
—Acceso a sus bienes, a mi casa o a ambas.
—Usted también necesitaba esas cosas.
—Sí.
—Entonces no es diferente.
—Nunca dije que lo fuera.
El trueno llegó tan cerca que las lámparas temblaron. Dos velas se apagaron, y la luz principal parpadeó varias veces.
—Lucía —dijo Victoria—. Abra ahora.
—No.
—La energía está inestable.
—Camila me advirtió.
—Si falla, el corredor quedará aislado.
—Usted está en el corredor.
—No durante el cierre automático.
—Entonces entre en otra habitación.
Su respiración fue audible al otro lado.
—Abra.
—Pídalo.
—No tengo paciencia para esto.
—No la necesito. Solo una pregunta.
Las luces se apagaron.
La oscuridad fue inmediata y completa. Las llamas de las cuatro velas restantes temblaron, demasiado pequeñas para iluminar las esquinas.
Escuché un golpe afuera, seguido por órdenes rápidas y el sonido de mecanismos cerrándose a lo largo del corredor.
—Victoria.
No respondió.
Me acerqué a la puerta. —¿Está ahí?
Algo chocó contra la madera desde el otro lado.
Después escuché su respiración.
No era la respiración controlada del vehículo ni la que había retenido mientras yo limpiaba su herida. Era rápida, irregular, demasiado fuerte para pertenecer a la mujer que nunca permitía temblar.
—Victoria, responda.
—Abra.
La palabra salió distinta. Baja, quebrada y llena de una urgencia que no parecía dirigida hacia mí.
Giré el cerrojo.
La puerta no se movió.
—Está bloqueada por fuera.
Un golpe violento sacudió la madera.
—Atrás —ordenó.
—No puede derribarla con los puntos abiertos.
Otro golpe.
—Deténgase.
—Abra.
—Le dije que está bloqueada.
Escuché metal raspando contra metal. Victoria intentaba forzar el sistema exterior.
—Camila —grité—. ¿Puede oírme?
No llegó ninguna respuesta. El fallo había cortado comunicaciones y cerrado el corredor exactamente como Camila había advertido.
Victoria golpeó otra vez. La puerta vibró contra mis manos.
—Está lastimándose.
—Apártese.
—No.
—Lucía.
Su voz contenía algo que jamás había escuchado en ella. No era ira. Era pánico.
Recordé la casa con ventanas cubiertas, los bidones de gasolina y la fotografía vinculada a su secuestro. Una habitación cerrada. Oscuridad. Nadie llegando a tiempo.
—No está allí —dije.
El metal dejó de moverse durante un segundo.
—¿Qué?