Capítulo 8 — La puerta cerrada #2
Limpié la sangre con movimientos suaves. Cada vez que rozaba la herida, la respiración de Victoria se detenía durante una fracción de segundo.
—Puede decir que duele.
—No cambiará lo que está haciendo.
—Cambiaría la presión.
—Ya la está midiendo.
Levanté la mirada. Sus ojos estaban sobre mí, no sobre la herida.
La proximidad redujo el ruido de la tormenta. Pude ver las pequeñas marcas debajo de su clavícula, la sombra del tatuaje sobre las costillas y el pulso firme en su garganta.
—No entiendo por qué permite que Elena la toque y considera una debilidad que yo cambie un vendaje —dije.
Camila soltó el aire por la nariz y volvió a concentrarse en la ventana.
Victoria no apartó la mirada. —Elena conoce las partes de mí que puede utilizar.
—¿Y yo no?
—Usted todavía no sabe cuáles desea.
La respuesta hizo que mis dedos se detuvieran sobre su piel. El calor de su cuerpo atravesó los guantes finos.
—No deseo ninguna parte de usted.
—Entonces termine.
Había algo parecido a irritación debajo de su calma, aunque no sabía si estaba dirigido hacia mi negativa o hacia el hecho de que necesitara escucharla.
Coloqué la nueva gasa y rodeé su cintura con la venda. Para pasarla por su espalda tuve que inclinarme más, acercando mi rostro a su abdomen.
Victoria levantó los brazos lo suficiente para facilitar el movimiento. No me tocó, pero sus rodillas se cerraron apenas a mis lados, limitando el espacio.
—No apriete demasiado —indicó Camila.
—Lo sé.
—No era para usted.
Victoria miró a su jefa. —Conduzca el operativo.
—Lo estoy haciendo.
—Desde el otro vehículo.
Camila comprendió la expulsión. Golpeó dos veces la división y ordenó reducir la velocidad para trasladarse en el siguiente punto seguro.
—No necesita irse —dije.
—Aparentemente, mi presencia amenaza la reputación de Victoria.
—Mi paciencia —corrigió ella.
Camila abrió la puerta cuando los vehículos se detuvieron bajo un puente vigilado. Antes de bajar, me entregó el resto del material.
—No permita que se levante demasiado rápido.
—Camila.
—Sus puntos se abrieron porque ignoró al médico.
La puerta se cerró. El convoy volvió a moverse, dejándonos solas detrás del cristal opaco.
Continué rodeando el torso de Victoria con la venda. La tela pasó debajo de su pecho y alrededor de la espalda, obligándome a acercarme todavía más.
—Podría haber pedido a Alma que hiciera esto al llegar —murmuré.
—Usted insistió.
—Y usted quería que Camila se fuera.
—Sí.
—¿Por qué?
Victoria bajó los brazos cuando aseguré la venda. Sus manos quedaron a ambos lados de mi cuerpo, apoyadas sobre el asiento.
—Porque no comparto ciertas cosas.
—¿Dolor?
—Control.
Me incorporé, pero el vehículo giró bruscamente. Perdí el equilibrio y apoyé las manos sobre sus hombros.
Victoria me sujetó por la cintura. Sus dedos se cerraron sobre la tela manchada de mi vestido, deteniendo mi caída antes de que golpeara la herida.
Quedé entre sus piernas, demasiado cerca de su rostro.
Ninguna se movió.
La respiración de Victoria rozó mi mejilla. Sus pupilas se abrieron bajo la luz tenue, y el pulgar situado sobre mi cintura presionó una vez, como si comprobara que seguía allí.
—Suélteme —dije.
Su mano permaneció un segundo más. Después se abrió.
Me senté frente a ella. El espacio vacío entre ambas no consiguió borrar el calor que había quedado debajo de mis costillas.
—No vuelva a utilizar una herida para acercarme —dije.
Victoria acomodó la camisa sobre el vendaje. —Usted cayó sobre mí.
—Pudo soltarme antes.
—Pudo apartarse antes.
—Estaba evitando lastimarla.
—Exactamente.
No encontré una respuesta que no revelara demasiado. Miré por la ventana y vi las torres del palacio aparecer entre la lluvia.
Las luces exteriores estaban apagadas. Solo algunos puntos rojos marcaban posiciones de seguridad alrededor de la propiedad.
—¿Por qué está oscuro?
Victoria tomó su teléfono. —Protocolo de cierre. Reducimos referencias visibles para posibles tiradores.
—¿Todos permanecen dentro?
—Sí.
—¿También Elena?
—Elena no vive aquí.
—Tiene acceso.
—Ya no.
La respuesta fue demasiado rápida.
—¿Cambió sus códigos?
—Hace una hora.
—¿Se lo comunicó?
—Lo descubrirá si intenta entrar.
Una parte de mí experimentó una satisfacción vergonzosa. No quería competir con Elena, pero tampoco soportaba imaginarla atravesando aquellas puertas como si conservara derechos más antiguos que mi contrato.
—No lo hizo por mí —dije.
—No.
La negación me irritó más de lo esperado.
—Lo hizo porque podría estar relacionada con el ataque.
—Sí.
—Perfecto.
Victoria observó mi perfil. —Está decepcionada.
—Estoy cansada.
—No es lo mismo.
—Tampoco es asunto suyo.
—Todo cambio en su comportamiento dentro de mi casa es asunto mío.
—Entonces prepárese para una vida agotadora.
—Ya lo hice.
Las puertas exteriores se abrieron. El convoy avanzó sin detenerse en los controles habituales, acompañado por agentes que caminaban bajo la lluvia con armas largas.
Mercedes no estaba en la entrada. El personal había desaparecido de los corredores, y el palacio parecía abandonado.
Camila nos recibió bajo el pórtico. —La planta principal está asegurada. Alma espera en el dormitorio de Victoria.
—Primero Mercedes —dijo ella.
—Primero Alma —respondí.
Victoria bajó del vehículo. El movimiento tiró de la herida y su mano buscó el marco durante un instante.
—Alma —repitió Camila—. Mercedes no irá a ninguna parte.
Mi esposa no discutió, pero la forma en que caminó hacia la escalera dejó claro que aquello era una demora, no un cambio de planes.
—Quiero estar presente cuando hable con ella —dije.
—No.
—No me quedaré encerrada arriba mientras interroga a la mujer que pudo vigilarme desde antes del convento.
—Permanecerá en sus habitaciones con dos agentes.
—Eso no estaba acordado.
Victoria se detuvo en el vestíbulo. Las luces de emergencia proyectaban sombras duras sobre los retratos del corredor.
—El palacio está bajo cierre total. No caminará por zonas sin revisar.
—La sala azul está en el ala principal.
—El trayecto atraviesa dos corredores comprometidos.
—Camila puede acompañarme.
—Camila dirige el cierre.
—Entonces espere hasta que termine.
—No esperaré.
—Ahí está el problema. Siempre considera que su urgencia vale más que mi derecho a saber.
El personal de seguridad fingió no escuchar. Camila permaneció entre nosotras, pero no intervino.
Victoria se acercó. Su rostro estaba pálido por la pérdida de sangre, y aun así su presencia dominó el vestíbulo.
—Esta noche dispararon contra usted, intentaron llevársela y revelaron que una persona dentro de mi casa puede haber ayudado a organizar su vida durante años. No saldrá de una zona segura.
—¿Segura según quién?
—Según mí.
—Entonces no lo es.
La frase la golpeó. Sus ojos se volvieron más oscuros, y el silencio alrededor adquirió una tensión casi física.
—Llévenla a la habitación —ordenó a los agentes.
Dos hombres avanzaron.
—No me toquen.
Se detuvieron. Miraron a Victoria, esperando otra instrucción.
—Acompáñenla —corrigió ella.
—No voy.
Victoria cerró la distancia hasta quedar frente a mí. —No convierta esto en una escena.
—Usted acaba de ordenar que me lleven como si no pudiera decidir dónde estar.
—No puede decidirlo durante una emergencia.
—El contrato dice que debo ser informada, no obedecer sin preguntas.
—Está informada.
—No estoy de acuerdo.
—No necesita estarlo.
El aire abandonó mis pulmones. Había esperado que utilizara la seguridad como argumento, pero escuchar que mi consentimiento resultaba irrelevante hizo visible la prisión que intentaba negar.
—Entonces diga la verdad —murmuré—. No soy su esposa esta noche. Soy un objeto que no puede perder.
Victoria permaneció inmóvil. La herida debía doler, pero no mostró ninguna reacción.
—Suba —ordenó.
—No.
—Lucía.
—No voy a repetirlo hasta que suene como obediencia.
Camila levantó una mano hacia los agentes. —Retírense unos pasos.
Los hombres obedecieron. Victoria no apartó los ojos de mí.
—Puede subir por voluntad propia —dijo—, o cerraré esta planta y permanecerá aquí conmigo hasta que termine.
—Eso sigue siendo una amenaza.
—Sí.
La admisión me produjo una mezcla de furia y miedo. Al menos no intentaba llamar protección a lo que estaba haciendo.
—Quiero mi teléfono y una comunicación abierta con Gabriel.
—La red está bloqueada.
—Restáurela para una llamada segura.
—Después de que Camila revise el dispositivo.
—Ahora.
Victoria extendió la mano. —Entréguelo.
—No.
—Puede contener un repetidor activo.
—Entonces revíselo delante de mí.
Camila tomó un escáner portátil. Pasó el aparato alrededor del teléfono sin retirarlo de mi mano.
—Sin actividad extraña —informó—. La comunicación externa continúa bloqueada por la red central.
—Habilite una línea —dije.
—No hasta encontrar el origen de la intrusión.
—Necesito registrar que me impiden salir de la habitación.
Victoria respiró lentamente. —Yo misma se lo diré a su abogado.
—No hablará en mi nombre.
—Entonces lo hará cuando la red sea segura.
—Eso podría tardar horas.
—Sí.
La respuesta terminó de quebrar algo dentro de mí. No quería que viera cuánto me asustaba perder toda conexión exterior, así que tomé la única decisión que todavía parecía mía.
Caminé hacia la escalera.
Victoria hizo una señal para que los agentes me siguieran. No miré atrás, aunque sentía su atención entre los omóplatos.
Al llegar al segundo piso, descubrí que la habitación frente a la suya había sido cerrada. Dos guardias custodiaban la puerta y un dispositivo nuevo cubría la cerradura.
—Ábranla —ordené.
Uno de los hombres introdujo un código. La puerta se abrió, pero no retiraron el dispositivo exterior.
—¿Qué es eso?
—Un cierre de seguridad conectado al protocolo —respondió el guardia.
—¿Puedo abrir desde dentro?
—Sí, salvo durante una alerta roja.
—¿Estamos en alerta roja?
El hombre dudó. —Sí.
La sangre se enfrió dentro de mis venas. —Entonces no puedo salir.
—Seguridad puede abrir en segundos.
—Retírelo.
—No tengo autorización.