LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 8 — La puerta cerrada
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Capítulo 8 — La puerta cerrada

La sangre volvió a atravesar el vendaje de Victoria antes de que abandonáramos el nivel subterráneo, pero ella continuó dando órdenes como si su cuerpo fuera otro empleado incapaz de interrumpirla.

Camila había dispuesto tres vehículos, rutas alternas y una ambulancia privada que seguiría al convoy sin luces. Tomás permanecería custodiado en aquel edificio hasta que el palacio estuviera completamente aislado.

—Necesita que revisen los puntos —dije mientras esperábamos el ascensor—. La herida volvió a abrirse.

Victoria mantuvo los ojos sobre la pantalla de Camila, donde aparecían los nombres del personal separados por sectores, antigüedad y nivel de acceso.

—Alma estará esperando.

—Podría atenderla aquí.

—No voy a permanecer lejos del palacio mientras alguien intenta utilizarlo contra nosotras.

La palabra nosotras me produjo una presión extraña bajo el esternón. No era alianza. Era la manera en que Victoria absorbía mis peligros para convertirlos en propiedad familiar.

—Mercedes sigue allí —recordé—. Si realmente escribió las instrucciones, sabrá que usted regresará enfurecida y herida.

—Entonces tendrá tiempo para decidir si desea hablar antes de que llegue.

—¿Qué ocurrirá si no habla?

Camila levantó la vista de la tableta. Victoria no respondió. El silencio fue suficiente para imaginar puertas subterráneas, sillas aseguradas al suelo y habitaciones sin ventanas.

—No permitirá que la torture —dije.

—No utilice palabras cuyo significado desconoce.

—Conozco suficiente.

—No ha visto suficiente.

La amenaza no estaba dirigida hacia mí, pero el frío que provocó resultó personal. Victoria hablaba del dolor como una herramienta que todavía no me había mostrado.

El ascensor llegó. Camila entró primero y comprobó el techo, los paneles y la cámara antes de permitir que pasáramos.

Victoria se apoyó brevemente contra la pared cuando las puertas se cerraron. Su respiración cambió, más lenta y controlada, mientras una mano presionaba el vendaje bajo la chaqueta.

—Siéntese cuando lleguemos al vehículo —ordené.

Sus ojos se movieron hacia mí. —No confunda preocupación con autoridad.

—No confunda una hemorragia con una oportunidad para parecer invencible.

Camila se volvió hacia las puertas, ocultando cualquier reacción. Victoria, en cambio, me observó durante todo el descenso.

—Se parece demasiado a una orden —dijo.

—Tal vez necesita escuchar alguna.

—Tenga cuidado con lo que descubre que disfruta.

El calor subió por mi cuello, aunque el aire del ascensor estaba demasiado frío. No había ternura en aquella frase, solo una provocación diseñada para recordar que incluso mi desafío podía convertirse en entretenimiento para ella.

—No disfruto verla herida.

—Eso no fue lo que dije.

Las puertas se abrieron. Los agentes formaron un corredor hasta los vehículos, y Victoria salió sin esperar ayuda.

Llovía con fuerza. Las gotas golpeaban el techo metálico del estacionamiento y arrastraban pequeños hilos de sangre seca desde mi vestido blanco hasta mis zapatos.

Antes de subir, miré hacia la salida principal. Había periodistas, ambulancias y patrullas alrededor del museo, pero ninguna autoridad se acercaba al convoy de Victoria.

—¿La policía no va a interrogarnos?

—Lo hará cuando recibamos preguntas previamente revisadas —respondió Camila.

—Eso no es una investigación.

—Es supervivencia institucional.

Victoria abrió la puerta del automóvil y me indicó que entrara. No acepté hasta verla llevar una mano al costado.

—Usted primero.

—Lucía.

—No subiré hasta que se siente.

Sus pupilas se estrecharon. Los agentes apartaron la mirada, conscientes de que presenciaban otra negociación que no debía ocurrir delante de ellos.

Victoria entró finalmente. La seguí y me senté frente a ella mientras Camila ocupaba el asiento lateral, con la tableta sobre las rodillas.

El vehículo comenzó a moverse. La lluvia distorsionó las luces de la ciudad hasta convertirlas en manchas pálidas detrás del cristal blindado.

—Informe —ordenó Victoria.

Camila abrió los planos del palacio. —El personal está separado en cinco grupos. Seguridad revisó habitaciones, casilleros y dispositivos. Mercedes permanece en la sala azul con dos agentes.

—¿Coopera?

—Entregó llaves y códigos, pero niega haber escrito las instrucciones.

—¿Pidió un abogado?

—No.

—Eso no demuestra inocencia —dije.

Victoria mantuvo la vista en la pantalla. —Tampoco la demuestra servir durante cuarenta años.

—¿Encontraron algo?

—Una caja de correspondencia perteneciente a Isabela dentro de las habitaciones de Mercedes —respondió Camila—. Estaba sellada. Faltan tres cartas según el inventario.

—¿Dirigidas a quién?

—No lo sabemos. El registro solo menciona fechas.

—¿Coinciden con la transferencia de mi padre?

Camila amplió una lista. —Una es de la semana anterior a la explosión. Otra, de la noche en que Lucía estuvo en la casa segura. La tercera fue escrita después.

—Isabela ya estaba muerta —dije.

—La fecha del inventario puede referirse a cuándo se guardó, no a cuándo se escribió.

Victoria cerró los dedos sobre la rodilla. —¿Quién inventarió la caja?

—Mercedes.

El vehículo tomó una curva con demasiada velocidad. Mi hombro golpeó el respaldo, pero Victoria apenas se movió.

—Quiero hablar con ella primero —dije.

—No.

—Las instrucciones estaban relacionadas conmigo.

—También con mi madre.

—Precisamente por eso no debería interrogarla sola.

Victoria levantó los ojos. —¿Cree que perderé el control?

—Creo que ya lo perdió cuando decidió encerrar a treinta y ocho personas porque alguien dejó un dispositivo en mi vestido.

—Ese dispositivo registró información suficiente para organizar otro ataque.

—Y aun así no convierte a todo el palacio en culpable.

—No necesito culpables para cerrar una casa. Necesito una amenaza.

—¿También me cerrará a mí?

La pregunta hizo que Camila dejara de deslizar el dedo por la pantalla.

Victoria no respondió inmediatamente. Afuera, los relámpagos iluminaban los edificios durante instantes breves, revelando calles vacías y vehículos de escolta.

—Permanecerá dentro del perímetro hasta nuevo aviso —dijo.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé.

—El contrato limita una restricción de emergencia a cuarenta y ocho horas.

—La restricción empieza cuando entremos en la propiedad.

—No puede renovarla inventando otra emergencia.

—No necesitaré inventarla si el peligro continúa.

La calma con que respondió convirtió el acuerdo en una hoja inútil. Victoria podía respetar cada palabra y destruir su propósito mediante interpretaciones controladas.

—Quiero que Gabriel reciba el informe completo —dije.

—Recibirá una versión sin datos operativos.

—Quiero la versión que Camila utilizará para justificar mi encierro.

—No está encerrada.

—No podré cruzar las puertas.

—Tendrá acceso a jardines, capilla, biblioteca y áreas autorizadas.

—Una prisión grande sigue siendo una prisión.

La mirada de Victoria descendió hacia la sangre seca sobre mi vestido. —Una tumba es más pequeña.

No contesté. La frase contenía su respuesta a cualquier límite que yo intentara establecer: mientras siguiera viva, consideraría aceptable todo lo demás.

Camila cambió de tema. —El análisis preliminar de las fotografías encontró fibras de papel utilizadas por la imprenta familiar hace veinte años. Las anotaciones son recientes, pero las imágenes fueron reveladas en distintos periodos.

—¿La letra? —preguntó Victoria.

—Coincide con Mercedes en un ochenta y siete por ciento.

—Eso no es suficiente.

—No. Podría ser imitación, deterioro del trazo o escritura realizada con la mano no dominante.

—¿Ella es diestra? —pregunté.

—Ahora sí —respondió Camila—. Sufrió una lesión en la mano izquierda hace dieciocho años.

—¿Qué lesión?

Victoria volvió el rostro hacia la ventana.

Camila respondió después de una pausa. —Un disparo.

—¿Quién le disparó?

—Mi padre —dijo Victoria—. Mercedes ayudó a mi madre a ocultar documentos. Él quiso saber dónde estaban.

El frío del vehículo se instaló bajo mi vestido húmedo. —Entonces sabía que Isabela guardaba pruebas.

—Sí.

—¿Por qué permitió que continuara trabajando en el palacio?

—Porque mi padre pensó que la había quebrado.

—¿Y usted?

—Sabía que no.

—Eso significa que Mercedes pudo ayudar a Isabela durante años sin que nadie lo descubriera.

—También significa que pudo continuar cumpliendo instrucciones después de su muerte.

Camila guardó la tableta cuando el convoy dejó la ciudad. La carretera ascendía hacia las montañas bajo una tormenta que hacía vibrar los cristales.

Victoria cerró los ojos durante un instante. Su piel estaba más pálida y una capa fina de sudor cubría su frente.

—Está perdiendo demasiada sangre —dije.

—Ya falta poco.

—Déjeme ver el vendaje.

—No.

—Puedo presionar la herida durante el trayecto.

—No.

—¿Por qué?

Sus ojos se abrieron. —Porque Camila está aquí.

La respuesta me desconcertó.

—Ya la vio medio desnuda mientras la atendían.

—No es lo mismo.

—¿Qué cambia?

Victoria mantuvo el silencio. Camila volvió hacia la ventana, concediéndonos una privacidad que el vehículo no poseía.

Comprendí lentamente. No era el cuerpo expuesto lo que rechazaba. Era permitir que yo la cuidara delante de otra persona, admitir que podía obedecer mis manos.

—No perderá autoridad porque le cambie una gasa —dije.

—No necesito que interprete mis motivos.

—Entonces deje de sangrar por orgullo.

Su mandíbula se tensó. Después se quitó la chaqueta con movimientos lentos.

La camisa negra estaba adherida al vendaje. Cuando levantó la tela, parte de la gasa se desprendió y reveló los puntos cubiertos de sangre fresca.

Camila abrió el botiquín sin comentar nada. Me entregó guantes, gasas y una venda limpia.

Me arrodillé en el suelo del vehículo, entre las rodillas de Victoria. La postura me hizo demasiado consciente de su cuerpo, del calor que desprendía y de la forma en que sus músculos se tensaron cuando acerqué las manos.

—Voy a retirar esto —advertí.

—Hágalo.

Despegué la gasa lentamente. La piel alrededor de los puntos estaba inflamada, pero ninguno parecía completamente roto.