Capítulo 7 — Sangre sobre el blanco #6
Había sido tomada nueve meses antes de que Victoria entrara en la sacristía.
Camila colocó otra fotografía.
Yo caminaba por el claustro junto a sor Teresa. Otra mostraba mi ventana durante la noche. Otra, mi cama vacía vista desde el interior de la habitación.
El frío penetró mi piel con una violencia que hizo que mis brazos se cubrieran de escalofríos.
—Esas imágenes no pertenecen a mi equipo —dijo Victoria.
La miré. —¿Cómo lo sabe?
—Las nuestras fueron tomadas desde el exterior y empezaron seis meses antes de la boda.
Nuestras.
La palabra resultó casi tan perturbadora como las imágenes sobre la mesa.
Camila extendió la última fotografía. Había sido tomada dentro de la capilla del convento durante una de mis confesiones.
La madre Eulalia estaba frente a mí. Yo tenía el rostro cubierto por las manos, y detrás de la celosía aparecía la sombra de un hombre.
Tomás observó la imagen y recuperó parte de su sonrisa.
—Ella nunca estuvo escondida —dijo—. Solo estaba guardada.
—¿Para quién? —preguntó Camila.
—Para la mujer que supiera abrir la puerta correcta.
Victoria pulsó nuevamente el intercomunicador. —Diga su nombre.
Tomás levantó los ojos hacia el cristal. La luz blanca reveló que no sentía miedo de Victoria, y aquella ausencia resultó más inquietante que cualquier amenaza.
—Pregúntale a tu madre —respondió—. Fue ella quien pagó la primera fotografía.
El rostro de Victoria quedó inmóvil.
—Isabela murió años antes de que esas imágenes fueran tomadas —dijo Camila.
Tomás inclinó la cabeza. —Entonces alguien ha estado utilizando muy bien su nombre.
Las sombras del nivel subterráneo se extendían detrás del cristal, el aire acondicionado mantenía la sala demasiado fría y el olor metálico de la sangre se filtraba incluso a través de las puertas cerradas.
Miré las fotografías del convento mientras el pánico me obligaba a aceptar que Victoria no había sido la primera persona en vigilarme, ni la única que había preparado mi salida.
En la parte posterior de cada imagen aparecía el mismo símbolo de la corona partida rodeada por lirios, acompañado por una fecha y una instrucción manuscrita destinada a quien recibía los informes.
“No intervenir todavía. La heredera debe llegar intacta al matrimonio.”
Victoria apoyó una mano sobre el cristal. Los puntos recién cerrados tiraron de su costado, pero no pareció notarlo mientras estudiaba la caligrafía.
Reconoció algo que no quiso nombrar. Lo vi en sus pupilas, en la respiración contenida y en la forma en que la cicatriz de su palma quedó presionada contra la superficie.
—¿De quién es la letra? —pregunté.
No respondió. Camila salió de la sala de interrogatorio con las fotografías guardadas dentro de una funda y el rostro endurecido por una conclusión que tampoco quería compartir.
El frío del pasillo penetró el vestido manchado, y la sangre seca sobre el blanco parecía oscurecerse bajo las lámparas. Pensé en los años dentro del convento, en las ventanas cubiertas y en la sensación persistente de ser observada.
Victoria se volvió hacia mí. Había protegido mi cuerpo con el suyo, recibido una bala destinada a alcanzarme y vuelto ensangrentada para impedir que otro hombre me sacara de aquella habitación.
Nada de eso borraba que también había seguido mis pasos, leído mis cartas y preparado una boda antes de escuchar mi respuesta. Su protección seguía teniendo la forma de una jaula.
—La letra pertenece a Mercedes —dijo finalmente—. O a alguien que aprendió a imitarla antes de que usted naciera.
Camila cerró la puerta del interrogatorio detrás de nosotras. Tomás continuó sonriendo al otro lado del cristal, como si supiera que acababa de colocar una herida dentro del corazón del palacio.
Victoria ordenó detener a Mercedes, bloquear todos los accesos y separar al personal por sectores. Su voz permaneció firme, pero la sangre comenzaba a atravesar nuevamente el vendaje bajo su ropa.
Comprendí que regresaríamos a una casa cerrada, llena de guardias, pasajes y personas interrogadas, mientras alguien que conocía la letra de los muertos seguía moviéndose delante de nosotras.
Cuando Camila amplió la fecha de la primera fotografía, descubrimos que había sido tomada dos semanas antes de mi ingreso al convento, cuando Beatriz todavía fingía ayudarme a escoger una vida religiosa.
En la esquina aparecía una segunda instrucción, casi oculta bajo una mancha: “Si Victoria se acerca demasiado pronto, recuérdale cómo murió Isabela y devuélvela a Elena.”
El gancho no estaba destinado a vigilarme únicamente a mí. Alguien había controlado nuestras vidas desde ambos extremos, alimentando el miedo de Victoria y mi obediencia hasta colocarnos dentro del mismo matrimonio.
Mientras el frío del subsuelo se instalaba en mis huesos, comprendí que el ataque no había fracasado. Los disparos nunca pretendieron matarme aquella noche.
Habían obligado a Victoria a sangrar sobre mi vestido, a mostrar cuánto arriesgaría por conservarme y a revelar, frente a quienes observaban, que yo ya era el punto exacto donde podían destruirla.