Capítulo 7 — Sangre sobre el blanco #5
Una línea gruesa atravesaba sus costillas. Otra marca irregular cubría parte del hombro izquierdo. Cerca de la cadera había una cicatriz redonda, probablemente causada por otra bala.
El tatuaje de una corona partida aparecía sobre las costillas, deformado por una herida antigua.
Victoria vio mi mirada.
—Puede salir.
—No.
—No necesita estar aquí.
—Usted decidió lo contrario en el vehículo.
El médico continuó limpiando la lesión. Victoria no apartó los ojos de mí mientras la aguja atravesaba la piel.
—¿Esa corona es por su familia? —pregunté.
—Por lo que hace con las mujeres que la llevan.
—¿Las rompe?
—Las obliga a creer que romperse es una forma de heredar.
El médico realizó otro punto. Los músculos de Victoria se tensaron, pero su voz permaneció estable.
—¿Por qué lirios en el broche?
—Eran las flores de mi madre.
—También las mías.
—Lo sé.
—Las puso en mi habitación por eso.
—En parte.
—¿Qué otra parte?
—Quería ver si aceptaba algo relacionado con ella sin conocer la historia.
—Otra prueba.
—Sí.
—Las retiré.
—Sí.
—¿Le molestó?
—Me confirmó que no permitiría que los muertos eligieran por usted.
La confesión cambió algo dentro de mí. No era una disculpa, pero revelaba que Victoria no había colocado las flores únicamente para agradarme.
Había querido saber si yo aceptaría símbolos sin hacer preguntas, como quizá ella había hecho durante años con Elena y su padre.
—No convierta todo en un examen —dije.
—No convierta cada pregunta en una promesa de honestidad.
—Podría intentarlo.
—Podría.
El médico terminó los puntos, cubrió la herida y enumeró cuidados. Victoria podía caminar, pero debía evitar esfuerzo y mantener la zona limpia.
—No asistirá a reuniones esta noche —ordenó él.
—Tengo un prisionero.
—Camila puede interrogarlo.
—Quiero verlo.
—No —dije.
Victoria giró hacia mí.
—No irá a un sótano herida y bajo medicación.
—No recibí medicación suficiente para afectar mis decisiones.
—Recibió un analgésico.
—No interferirá.
—El médico acaba de decir que debe descansar.
—El médico trabaja para mí.
El hombre comenzó a guardar sus instrumentos con una expresión que indicaba haber perdido aquella discusión muchas veces.
—Entonces esta noche trabaja para mí —dije—. Usted no baja.
Victoria se puso de pie. La palidez de su rostro aumentó durante un segundo, y una mano buscó discretamente el borde de la camilla.
—Siéntese.
—Estoy bien.
—Acaba de necesitar apoyo.
—El movimiento tiró de los puntos.
—Siéntese antes de abrirlos.
—Lucía.
—Puede ordenar a todo el edificio que finja que no está herida. Mi cuerpo no trabaja para usted y acaba de verla perder el equilibrio.
El médico bajó la mirada para ocultar una reacción. Victoria permaneció de pie durante varios segundos.
Después volvió a sentarse.
—Cinco minutos —dijo—. Después hablaré con el prisionero.
—Camila hablará con él mientras usted escucha desde una pantalla.
—No confío en una transmisión.
—Entonces grabará la conversación y traerá las respuestas.
—Necesito verlo reaccionar.
—Yo también.
La frase modificó su expresión. —No se acercará al prisionero.
—Atacó un evento con mi nombre, intentó secuestrarme y dijo que alguien me quería viva. Tengo derecho a saber quién lo envió.
—Tiene derecho a la información, no a ponerse frente a él.
—Puedo observar detrás de un cristal.
Victoria se quedó callada. Yo había aprendido que sus silencios no siempre eran negativas. A veces eran cálculos.
—Detrás de un cristal blindado —concedió—. Camila controla la sala. Usted no habla.
—Haré preguntas mediante Camila.
—No.
—Entonces no voy.
—Eso sería conveniente.
—Y usted tampoco.
Sus ojos se oscurecieron. —Está utilizando mi herida.
—Estoy utilizando la única ocasión en que no puede arrastrarme fuera de una habitación.
—Nunca la he arrastrado.
—Todavía.
La palabra quedó entre ambas. Victoria no respondió.
Camila llegó veinte minutos después. Había cambiado la chaqueta manchada de sangre, pero conservaba una línea roja seca cerca del cuello.
—El prisionero se llama Tomás Rivas —informó—. Trabajó para una empresa de seguridad contratada por el convento hace ocho meses.
Mi respiración se detuvo.
—¿Estuvo allí?
—Sí. Aparece en registros de mantenimiento exterior y revisión de cámaras.
—¿Me vigilaba?
—Probablemente.
—¿Quién lo contrató?
—Una sociedad vinculada a la fundación de Elena, pero el pago final pasó por una cuenta administrada por Beatriz.
Victoria se puso de pie otra vez. Esta vez no intenté detenerla. La expresión de su rostro había cambiado lo suficiente para que incluso el médico se apartara.
—Llévenos —ordenó.
La sala de interrogatorio se encontraba en el nivel subterráneo del edificio. Descendimos por un ascensor custodiado y atravesamos dos puertas de seguridad.
Victoria caminaba más despacio de lo habitual. No mostraba dolor, pero mantenía el brazo derecho ligeramente separado del costado.
No la ayudé. Sabía que rechazaría el gesto delante de sus agentes, y no quería convertir el cuidado en otro espectáculo de poder.
Tomás Rivas estaba atado a una silla dentro de una habitación blanca. Tenía una herida vendada en la pierna y sangre seca sobre la frente.
Camila entró sola.
Victoria y yo permanecimos detrás de un cristal que solo permitía observar desde nuestro lado. Dos agentes se situaron junto a la puerta.
—¿Quién ordenó el ataque? —preguntó Camila.
Tomás sonrió con los labios partidos. —La heredera blanca hace mejores preguntas que ustedes.
Victoria no se movió.
—¿Quién la quiere viva?
—Pregúntele a la mujer que pagó por esconderla.
—Beatriz está vigilada.
—Beatriz nunca fue dueña de nada.
Camila apoyó una fotografía de Elena sobre la mesa. —¿Ella?
Tomás miró la imagen y soltó una risa breve. —Esa mujer cree que dirige el juego porque siempre duerme cerca de la reina.
La mano de Victoria se cerró.
Camila colocó una fotografía de Beatriz.
—¿Ella?
—Una niñera cara.
—¿Quién está por encima?
Tomás inclinó la cabeza hacia el cristal. No podía vernos, pero pareció saber exactamente dónde estábamos.
—La misma persona que le enseñó a Victoria que una jaula se parece al amor cuando las puertas son bonitas.
Un frío lento recorrió mi espalda.
—Nombre —ordenó Camila.
—No importa. Ya está dentro del palacio.
Victoria pulsó el intercomunicador. —¿Quién?
Tomás reconoció su voz. La sonrisa se abrió a pesar de la sangre.
—La reina negra.
—Pregunté quién está dentro de mi casa.
—Todos los muertos que fingiste enterrar.
Victoria soltó el botón. —Termine esto.
Camila se acercó al prisionero. No lo golpeó. Colocó sobre la mesa una carpeta recuperada de su mochila.
—Encontramos esto en el museo.
Tomás perdió la sonrisa.
Camila abrió la carpeta y extrajo varias fotografías.
Desde nuestra posición no podía verlas claramente. Solo distinguí muros grises, jardines y una figura vestida de blanco.
—Amplíe la imagen —dije.
Uno de los agentes obedeció. Una pantalla junto al cristal mostró la fotografía con mayor detalle.
Era yo dentro del convento.
Estaba arrodillada junto a los lirios, con las mangas recogidas y tierra en las manos. No miraba hacia la cámara.
La fecha aparecía en la esquina inferior.