Capítulo 7 — Sangre sobre el blanco #4
—No le dará órdenes sobre cuándo puede dispararle —dije.
Elena sonrió a pesar del peligro. —Ahora entiendo por qué la escogió.
—Continúe caminando —ordenó Victoria.
Llegamos a una intersección. Camila levantó el puño y todos nos detuvimos.
Se escuchaban pasos al otro lado del muro. Lentos, controlados y distintos del pánico de los invitados.
—Tres personas —dijo Camila—. Tal vez cuatro.
Victoria me empujó hacia una cámara lateral utilizada para guardar obras pequeñas. Elena entró detrás.
—No —dijo Victoria—. Usted permanece fuera.
—Si los tiradores me ven, sabrán dónde está ella.
—Ese riesgo me resulta aceptable.
Elena levantó una ceja. —Sigues siendo encantadora cuando tienes miedo.
Victoria cerró la puerta en su rostro.
Dentro de la cámara había cajas, esculturas cubiertas y una mesa de conservación. No existía otra salida visible.
—Quédese detrás de las cajas —ordenó.
—No quiero que salga sola.
—Camila está conmigo.
—Hay cuatro personas.
—Y dos de nosotras.
—Eso no responde.
Victoria se acercó hasta quedar frente a mí. Sus ojos recorrieron mi rostro, mis manos cortadas y la sangre sobre el vestido.
—No se mueve de aquí.
—¿Y si no vuelve?
—Camila volverá.
—No pregunté eso.
Algo cambió en su mirada. Durante un instante, el tiroteo, Elena y los secretos desaparecieron detrás de una verdad que ninguna quería nombrar.
—Volveré —dijo.
—No puede prometerlo.
—No. Pero puede obedecer durante treinta segundos.
—No soy buena haciéndolo.
—Lo sé.
Sus dedos se elevaron hacia mi mejilla y se detuvieron antes de tocarla. No había tiempo para pedir permiso, pero aun así esperó.
Asentí.
La palma de Victoria cubrió el lado de mi rostro. Su piel estaba caliente y olía a pólvora.
El contacto duró apenas un segundo. Después retiró la mano y salió con el arma preparada.
La puerta se cerró.
Me escondí detrás de las cajas, intentando controlar la respiración. El chaleco parecía más pesado, y la sangre sobre la falda comenzaba a enfriarse contra mis piernas.
Escuché órdenes cortas, un golpe contra la pared y dos disparos.
Después llegó un sonido distinto. Un cuerpo chocó contra el suelo.
Esperé.
La puerta se abrió.
Un hombre vestido con uniforme de seguridad entró apuntando hacia mí.
No era Victoria.
Me lancé detrás de la mesa cuando disparó. La bala atravesó una caja y arrojó astillas sobre mi cabello.
El hombre avanzó.
Busqué cualquier objeto que pudiera utilizar. Mis dedos encontraron una herramienta larga entre los materiales de conservación, una barra de metal con punta curva.
La levanté cuando rodeó la mesa.
—Quieta —ordenó.
No lo obedecí.
Golpeé su muñeca. El arma cayó, pero él me sujetó del cabello y me arrastró hacia atrás.
El dolor atravesó mi cuero cabelludo. Intenté clavarle la barra, pero atrapó mi brazo y lo torció contra la espalda.
—Viva —dijo hacia un comunicador—. La quieren viva.
La puerta volvió a abrirse.
Victoria disparó antes de entrar completamente.
La bala alcanzó el hombro del hombre. Su agarre se aflojó, y logré apartarme mientras Camila aparecía detrás.
El atacante intentó alcanzar el arma caída.
Camila disparó una sola vez.
El cuerpo quedó inmóvil junto a la mesa.
Victoria llegó hasta mí. Sus manos recorrieron mis brazos, hombros y costados sin esperar permiso, buscando sangre o una herida oculta.
—Estoy bien.
—No se movió de aquí.
—Él entró.
—Debería haber utilizado el botón de emergencia.
—No había ninguno.
Sus dedos encontraron mi cuero cabelludo y separaron cuidadosamente el cabello donde el hombre había tirado.
—Me duele, pero no sangra.
—¿La golpeó?
—No.
—¿La tocó en otro lugar?
—La muñeca y el cabello.
Victoria miró el cadáver. La expresión de su rostro hizo que agradeciera que Camila hubiera disparado antes de que ella llegara.
—Tenemos que movernos —dijo Camila—. Elena afirma que el corredor oeste está libre.
—Elena afirma demasiadas cosas.
Victoria recogió el arma del atacante. Cuando se incorporó, vi la mancha oscura extendiéndose bajo su chaqueta.
—Está herida.
—No.
—Hay sangre.
—No es mía.
Toqué la tela cerca de sus costillas. Victoria aspiró bruscamente y sujetó mi muñeca.
El gesto confirmó la herida.
—Suélteme.
Sus dedos se abrieron. Levanté la chaqueta y encontré un corte profundo en su costado, probablemente causado por un disparo que la había rozado.
La camisa negra ocultaba la mayor parte de la sangre, pero ya empapaba la cintura del pantalón.
—Necesita presión.
—Después.
—Ahora.
Tomé una gasa del equipo que Camila llevaba en el cinturón. La doblé y la presioné sobre el corte.
Victoria cerró la mandíbula. Su mano cayó sobre mi hombro para mantenerse estable, pero no emitió ningún sonido.
—Sujétela —ordené.
—Puedo caminar.
—No pregunté.
Camila me miró brevemente, quizá sorprendida de escucharme utilizar con Victoria el mismo tono que ella empleaba con todos.
Victoria colocó la mano sobre la gasa. Sus dedos se mancharon de rojo.
—Salimos por la galería inferior —dijo Camila—. Tenemos un vehículo seguro en la entrada sur.
Elena esperaba fuera con una pistola. Su vestido plateado estaba rasgado, y una línea de sangre bajaba desde su frente.
Cuando vio la herida de Victoria, intentó acercarse.
—No la toque —dije.
Elena se detuvo.
La sorpresa en su rostro fue breve. Después me miró con una diversión fría.
—Aprendes rápido.
—Aléjese.
Victoria no me corrigió. Tampoco permitió que Elena se acercara.
Atravesamos el museo por corredores vacíos. Las alarmas continuaban activas, y el olor a pólvora se mezclaba con el polvo y la sangre.
A pocos metros de la salida, un agente informó que habían encontrado al tirador del balcón muerto y a otro escondido en el estacionamiento.
—Quiero al último vivo —ordenó Victoria.
—Lo tenemos —respondió el agente—. Está herido, pero puede hablar.
Camila nos condujo hasta el vehículo blindado. Antes de entrar, revisó el interior y confirmó que no había dispositivos.
Victoria me permitió subir primero. Se sentó frente a mí, todavía presionando la gasa contra el costado.
Elena quedó fuera.
—Voy con ustedes —dijo.
—No —respondí.
Victoria levantó la mirada hacia mí.
—El museo es suyo, las rutas eran suyas y conocía la ubicación de los tiradores antes que seguridad —continué—. No entrará en el vehículo.
Elena apoyó una mano en la puerta. —La herida de Victoria necesita un médico.
—Tenemos uno en el convoy.
—Lucía.
—Retire la mano.
La mujer me estudió durante unos segundos. Después miró a Victoria, esperando que invalidara mi decisión.
—Vaya a su casa, Elena —dijo mi esposa.
Elena cerró los dedos alrededor del borde metálico. —Estás cometiendo el mismo error que Isabela.
Victoria no respondió.
Camila cerró la puerta. El rostro de Elena desapareció detrás del cristal blindado cuando el vehículo comenzó a moverse.
—¿Qué quiso decir? —pregunté.
—No ahora.
—Siempre dice eso cuando empieza a sangrar una verdad.
—También estoy sangrando literalmente.
La respuesta habría parecido una ironía en otra persona. En Victoria sonó como una orden para cambiar de tema.
—Retire la mano.
—La gasa debe permanecer.
—Necesito revisar si la hemorragia aumentó.
Victoria me observó. —No es médica.
—Usted tampoco, y está dejando sangre en el asiento.
Camila se comunicaba con el convoy desde la parte delantera. La división permanecía abierta, pero fingió no escuchar.
Victoria retiró lentamente la chaqueta. La camisa estaba adherida al costado por la sangre.
—Tengo que cortarla.
—Hágalo.
Utilicé las tijeras del botiquín. Introduje una hoja bajo la tela con cuidado, evitando rozar la piel.
Cada corte revelaba más sangre. La herida atravesaba el costado de forma oblicua, sin entrada profunda, pero los bordes estaban abiertos.
—La bala la rozó.
—Lo sé.
—¿Cuándo ocurrió?
—Cuando salí de la cámara.
—Prometió volver mientras ya estaba herida.
—No era una promesa difícil.
—Pudo morir.
—No ocurrió.
—No significa que no importara.
Victoria dejó de mirar la herida. Sus ojos se fijaron en mi rostro, oscuros bajo la luz tenue del vehículo.
Mis manos comenzaron a temblar. Hasta ese momento había conseguido moverme por necesidad, pero el miedo retrasado llegaba ahora, mezclándose con la sangre tibia sobre mis dedos.
—Lucía.
—No hable.
—Está temblando.
—Usted también debería hacerlo.
—No ayudaría.
Limpié alrededor del corte con una gasa húmeda. Victoria contrajo el abdomen cuando el antiséptico tocó la piel.
—Le duele.
—Continúe.
—Podría pedir que el médico se ocupe.
—Podría.
—¿Por qué no lo hace?
—Porque usted necesita ver que la sangre no significa que voy a morir.
La respuesta me hizo levantar la mirada.
—No decida lo que necesito.
—Entonces deje de mirarme como si estuviera otra vez junto al cuerpo de su padre.
El golpe fue preciso y cruel, pero no estaba destinado a herirme. Victoria había reconocido el lugar donde mi mente se había quedado atrapada.
—No vuelva a mencionarlo así.
—Míreme.
—Estoy mirando la herida.
—Míreme.
Lo hice.
Su rostro estaba más pálido, pero su respiración seguía estable. Las pupilas reaccionaban a la luz y la mano apoyada sobre el asiento permanecía firme.
—No voy a morir por esto —dijo.
—No puede saberlo.
—Sí puedo.
—Usted siempre cree que puede controlar el resultado.
—Y usted siempre cree que el miedo se vuelve más seguro si nadie lo nombra.
Apreté la gasa con mayor fuerza de la necesaria. Victoria aspiró lentamente, aunque no apartó mi mano.
—Eso fue por compararme con Beatriz —dije.
—Lo supuse.
El médico nos esperaba en un punto seguro bajo un estacionamiento privado. Confirmó que el proyectil no había penetrado y que la herida podía cerrarse sin hospital.
Victoria rechazó anestesia general y permitió que la atendieran dentro de una sala improvisada en un edificio controlado por Camila.
Yo permanecí fuera durante los primeros minutos. Después escuché a Victoria discutir con el médico sobre el tiempo necesario para terminar.
Entré sin pedir permiso.
Ella estaba sentada sobre una camilla, con la camisa cortada y el costado expuesto. La luz blanca revelaba cicatrices que no había visto antes.