Capítulo 7 — Sangre sobre el blanco #3
Elena esperaba en la escalinata del museo. Su vestido color plata reflejaba las luces y hacía que pareciera parte del edificio.
—Lucía —saludó—. Finalmente vestida para que todos comprendan lo que Victoria compró.
—Qué extraño —respondí—. Pensé que este museo estaba dedicado al arte, no a sus opiniones.
Su sonrisa se mantuvo intacta. —Hoy ambas cosas estarán expuestas.
Victoria no soltó mi mano. —Elena.
—Solo recibo a las invitadas de honor.
—Ya lo hizo.
Elena miró nuestros dedos entrelazados. Después observó el broche de Isabela sobre mi hombro.
El cambio fue pequeño, pero visible. Sus pupilas se abrieron y la respiración quedó suspendida durante una fracción de segundo.
—¿Dónde encontraste eso? —preguntó.
Victoria no respondió.
—Era de Isabela —dije—. ¿Lo reconoce?
—Todos en esta familia lo reconocerían.
—Usted no pertenece a la familia.
Elena inclinó el rostro hacia mí. —Hay formas más profundas de pertenecer que un matrimonio firmado por miedo.
—También hay formas más elegantes de ocultar una transferencia bancaria.
Su sonrisa desapareció.
Victoria apretó ligeramente mis dedos. No sabía si intentaba detenerme o advertirme que Elena había comprendido demasiado.
—Disfruten la gala —dijo Elena—. Espero que ambas encuentren lo que vinieron a buscar.
Entró antes que nosotras. Camila apareció a mi izquierda y confirmó mediante el auricular que el equipo había registrado su reacción.
—Sabía del broche —dije.
—Eso era evidente —respondió Victoria.
—También reconoció la transferencia.
—O fingió hacerlo para que continuemos mirándola.
El salón principal estaba cubierto de telas blancas, luces cálidas y enormes fotografías de hospitales financiados por la Fundación Valdés.
Mi imagen aparecía junto a frases que jamás había pronunciado. “Ninguna herencia tiene valor si no salva a quienes aún pueden ser salvados.”
—¿Quién escribió esto? —pregunté.
—La oficina de Beatriz —respondió Camila.
—Quiero que retiren mi rostro después de esta noche.
—Podemos hacerlo.
—No pedí permiso.
Camila inclinó apenas la cabeza. —Entonces quedará registrado como una orden.
Aquella respuesta provocó una pequeña satisfacción. Victoria la observó, pero no intervino.
Durante la primera hora hablé con médicos, administradores y donantes. Algunos parecían sinceramente interesados en las clínicas; otros solo querían fotografiarse junto al apellido Valdés.
Victoria permaneció a menos de tres metros. No se acercaba, pero sentía su atención en cada conversación, especialmente cuando alguien tocaba mi brazo o se inclinaba demasiado.
Una mujer mayor llamada Adriana Fuentes me explicó que había trabajado con mi padre en la creación de la fundación.
—Él quería que usted la dirigiera algún día —dijo—. No comprendí por qué Beatriz insistió en mantener su nombre fuera de los documentos públicos.
—¿Cuándo dejó de verla?
—Poco antes de su muerte. Estaba asustado y hablaba de sacar a una niña del país.
Mi pulso se aceleró. —¿Qué niña?
Adriana miró alrededor antes de responder. —Creí que hablaba de usted.
—¿Creyó?
—Mencionó dos pasaportes infantiles.
Victoria apareció a mi lado sin que la viera acercarse.
—¿Dónde están esos documentos? —preguntó.
Adriana palideció al reconocerla. —Se entregaron a Beatriz después del funeral.
—¿Conservó copias?
—No.
—Piénselo mejor.
La mujer apretó la copa entre sus dedos. —Puede haber una caja en el antiguo archivo de la fundación. Fue trasladado al nivel inferior del museo.
Camila recibió la información mediante el auricular y envió dos agentes.
—Gracias —dije a Adriana antes de que Victoria pudiera continuar interrogándola.
La mujer se marchó visiblemente aliviada.
—No puede hablar con cada persona como si estuviera frente a una pared de ejecución —murmuré.
—Puede ocultar documentos que afectan su identidad.
—También puede estar diciendo la verdad.
—Ambas posibilidades requieren presión.
—No de ese modo.
Victoria se acercó ligeramente. —Le preocupa demasiado cómo trato a quienes le entregan información incompleta.
—Me preocupa reconocer los métodos de Beatriz dentro de usted.
La comparación endureció sus ojos. —Beatriz utilizaba culpa. Yo utilizo consecuencias.
—Las personas debajo siguen perdiendo capacidad de elegir.
—No vuelva a compararnos esta noche.
—No me dé motivos.
Un aplauso comenzó cerca del escenario. El presentador anunció mi nombre y pidió que subiera para dirigir unas palabras a los invitados.
—No preparé ningún discurso —dije.
Victoria miró hacia Camila. —La oficina de Beatriz envió uno.
—No leeré sus palabras.
—Hable tres minutos. No mencione la investigación.
—¿Qué quiere que diga?
—Algo verdadero que no nos mate.
Subí al escenario sola. Las luces blancas me cegaron durante los primeros segundos, y el salón se convirtió en una extensión oscura llena de rostros.
Sobre el atril había un discurso impreso. Lo dejé cerrado.
—Durante años —comencé—, mi nombre fue utilizado en esta fundación mientras yo desconocía su existencia, sus cuentas y a muchas personas que trabajaban en ella.
El movimiento entre los invitados disminuyó. Victoria permaneció junto al escenario, completamente inmóvil.
—No fingiré que eso fue una elección generosa. Tampoco agradeceré a quienes decidieron que mi ausencia era más cómoda que mis preguntas.
Vi a Elena entre la multitud. Sostenía una copa, pero no bebía.
—A partir de esta noche, todas las cuentas serán revisadas por un equipo independiente. Cada proyecto legítimo continuará. Cada persona que utilizó esta institución para ocultar dinero deberá explicar por qué creyó que nadie volvería a preguntar.
El silencio se volvió absoluto.
—La fundación conservará el apellido Valdés, pero dejará de utilizar mi rostro sin autorización. No soy una fotografía colocada sobre una pared para hacer respetable el dinero de otros.
Algunas personas comenzaron a aplaudir. Otras buscaron discretamente las salidas.
—Mi padre quiso que estos recursos ayudaran a quienes no podían defenderse. Honrarlo no significa obedecer la versión de su historia que me entregaron. Significa descubrir qué intentó proteger, aunque la respuesta incomode a quienes esperaban seguir administrando su silencio.
El aplauso creció. No era completamente sincero, pero ya no importaba.
Al bajar del escenario, Victoria me esperaba.
—Tres minutos y cuarenta segundos —dijo.
—Sobrevivirá.
—Acaba de anunciar una auditoría frente a personas que podrían desaparecer antes del amanecer.
—Entonces Camila debería impedir que salgan.
—Ya lo hizo.
Miré hacia las puertas. Los invitados continuaban moviéndose, pero varios guardias habían cambiado de posición.
—¿Va a retenerlos?
—Solo a quienes activen alertas financieras.
—No acordamos eso.
—Tampoco acordamos que anunciaría una investigación.
—Dijo que hablara con verdad.
—Dije una verdad que no nos matara.
—Todavía estamos vivas.
El primer disparo rompió una lámpara sobre el escenario.
El cristal cayó como lluvia brillante. La multitud tardó un segundo en comprender lo ocurrido, y ese segundo fue suficiente para que Victoria me arrojara al suelo.
Su cuerpo cubrió el mío cuando un segundo disparo atravesó el atril donde había estado de pie.
Los gritos llenaron el salón. Las personas corrieron hacia las puertas, chocando contra mesas, sillas y guardias que intentaban crear corredores seguros.
—Abajo —ordenó Victoria.
Su mano protegía mi nuca. La otra había sacado un arma de debajo de su chaqueta.
El chaleco presionaba mis costillas contra el mármol. Sentí el peso de Victoria sobre mi espalda y el calor de su respiración cerca de mi oído.
Camila disparó hacia el balcón superior.
Una figura vestida como camarero cayó detrás de la baranda, pero otra apareció junto a la escalera de servicio.
—Dos tiradores —dijo Camila por el auricular—. Salida este comprometida.
Victoria me sujetó por la cintura y tiró de mí hacia una mesa volcada. Cada dedo se cerró sobre la tela blanca del vestido mientras avanzábamos por el suelo cubierto de cristales.
—Puedo moverme sola.
—Entonces hágalo más rápido.
Un disparo golpeó el mármol junto a mi mano. El impacto levantó polvo y un fragmento cortó mis dedos.
Victoria respondió dos veces. El hombre de la escalera retrocedió, pero no cayó.
—Camila —ordenó—. Corredor norte.
—Bloqueado.
Elena apareció detrás de una columna acompañada por uno de sus guardias. No parecía herida, aunque había sangre sobre su hombro que pertenecía a otra persona.
—El túnel de exposición —dijo—. Está detrás del mural.
Victoria apuntó hacia ella.
—Baje el arma —pidió Elena—. Puede desconfiar después de sacar a Lucía.
—No se acerque.
—El tercer tirador está en el estacionamiento. Sus vehículos quedaron bloqueados.
Camila recibió una confirmación. —Tiene razón. Hay movimiento armado en el nivel inferior.
—¿Cómo lo sabe? —pregunté.
Elena me miró desde detrás de la columna. —Porque este edificio me pertenece.
Un disparo atravesó la piedra sobre su cabeza. Su guardia cayó con una herida en el cuello.
Elena se agachó. Victoria avanzó sobre mí, cubriéndome otra vez mientras Camila disparaba hacia el balcón.
—Mural —ordenó Victoria.
Nos movimos detrás de una línea de mesas volcadas. Mis zapatos resbalaban sobre vino, agua y sangre.
El vestido blanco se manchó desde las rodillas hasta la cintura. No sabía de quién era la sangre ni quería detenerme para descubrirlo.
Llegamos al mural. Elena presionó una sección y abrió una puerta estrecha.
—Lucía primero —dijo.
—Camila primero —respondió Victoria.
La jefa de seguridad entró con el arma levantada. Confirmó que el corredor estaba libre y nos indicó avanzar.
Victoria mantuvo una mano sobre mi espalda. Cada vez que intentaba separarme, sus dedos regresaban con mayor firmeza.
El túnel descendía hacia las salas privadas del museo. Las luces de emergencia parpadeaban, dejando intervalos de oscuridad.
—¿Quién conocía esta ruta? —preguntó Camila.
—Mi familia, el director y seguridad —respondió Elena.
—¿También Beatriz?
—Organizó el evento. Pudo conseguir los planos.
Victoria miró hacia atrás. —Demasiado conveniente.
—Puedes dispararme cuando Lucía esté fuera.