Capítulo 7 — Sangre sobre el blanco #2
—La fundación utiliza mi nombre y probablemente mi dinero. Quiero ver quién la financia, quién la administra y por qué Beatriz preparó el evento antes de que conociera mi herencia.
—No asistirá a un edificio controlado por Elena después de descubrir el transmisor —respondió Victoria.
—Entonces envíe seguridad.
—El museo tiene cinco accesos públicos, dos estacionamientos subterráneos y una red de servicio conectada a edificios vecinos.
—Parece conocerlo bien.
—He estado allí muchas veces.
—¿Con Elena?
—Eso no afecta la evaluación.
—Afecta cuánto puede controlar el lugar.
Victoria dejó la tableta sobre la mesa. —No irá.
—El contrato exige apariciones públicas vinculadas a mi patrimonio.
—También permite cancelarlas por riesgo.
—Camila debe documentar el riesgo.
La jefa de seguridad cruzó los brazos. —Puedo documentarlo en menos de diez minutos.
—¿Existe una amenaza concreta contra la gala?
—Hay una amenaza concreta contra usted.
—En todas partes, según Victoria.
—Eso no la vuelve menos real.
Miré nuevamente la invitación. Cientos de personas asistirían a una celebración construida sobre un apellido que yo no había podido usar durante cuatro años.
—Quiero ir.
Victoria se acercó hasta quitarme la tableta. —No.
—No puede esconderme cada vez que algo escape de su control.
—Puedo impedir que se coloque voluntariamente dentro de un edificio donde Elena diseñó cada corredor.
—Tal vez por eso debo estar allí.
—No.
—Beatriz confirmó el evento antes de la boda. Podría ser parte de lo que preparó quien pagó por custodiarme.
—Precisamente.
—Podemos utilizar la gala para observar quién se acerca.
Camila miró a Victoria. —Tiene sentido.
—No la ayude.
—Un evento público nos permite controlar comunicaciones, revisar invitados y seguir cualquier reacción ante la presencia de Lucía.
—También la convierte en cebo.
—Ya lo es —respondió Camila—. La diferencia es que mañana sabremos quién muerde.
La palabra cebo debería haberme ofendido. En cambio, sentí una calma extraña al comprender que podía utilizar la exposición en lugar de sufrirla desde una habitación cerrada.
—Asistiré —dije.
Victoria volvió hacia mí. —No ha entendido.
—Entendí perfectamente. El convento, la fundación y mi matrimonio fueron preparados sin preguntarme. Mañana entraré en un lugar que lleva mi apellido y miraré a quienes creían que nunca llegaría.
Sus pupilas se contrajeron.
—Seguirá cada instrucción de Camila.
—Las que sean de seguridad.
—No se separará de mí.
—Eso no es necesario si tengo equipo propio.
—No se separará de mí.
—Victoria.
—Es la condición.
Comprendí que insistir podía terminar con la cancelación completa. Apreté los dedos alrededor del rosario.
—Aceptado durante la entrada, el discurso y cualquier desplazamiento no revisado. Dentro del salón podré hablar con invitados a una distancia visible.
—Dos metros.
—Cinco.
—Tres.
—Cuatro.
—Tres.
—Aceptado.
Camila tomó notas en la tableta. —No aceptará bebidas fuera de la mesa controlada, no entrará en baños sin revisión, no utilizará ascensores y llevará un chaleco protector bajo el vestido.
—No puedo hablar con personas mientras parezco una soldado.
—El chaleco será discreto.
—¿Qué vestido?
Victoria respondió antes que Camila. —Blanco.
La palabra me hizo recordar la funda dentro del automóvil, la prenda nupcial que había rechazado y el hábito abandonado en el convento.
—No.
—La gala exige blanco o plata para los anfitriones.
—Usaré negro.
—Beatriz anunció que la heredera aparecería de blanco.
—Beatriz ya decidió demasiada ropa por mí.
Victoria sostuvo mi mirada. —Entonces el blanco será suyo mañana, no de ella.
La frase tenía una intención demasiado compleja. Podía ser una orden, una provocación o la manera torcida de devolverme algo que habían utilizado para borrarme.
—Yo elegiré el vestido —dije.
—Dentro de una selección revisada.
—Y nadie obtendrá mis medidas sin permiso.
—Ya las tienen.
—Eso no vuelve aceptable utilizarlas.
Camila cerró la tableta. —Traeré tres diseñadoras y revisaremos cada prenda en presencia de Lucía.
—Cuatro opciones —dije.
—Tres son suficientes.
—Cuatro.
Victoria me observó con cansancio contenido. —Cuatro.
La preparación comenzó antes del amanecer. El palacio se llenó de agentes, costureras, técnicos y asesores que entraban únicamente después de atravesar dos controles.
Camila revisó los vestidos delante de mí. Cada costura fue examinada, cada adorno retirado y cada cierre escaneado para evitar otro transmisor.
Elegí una prenda blanca de líneas sencillas, mangas largas y falda estrecha hasta los tobillos. No parecía un vestido de novia ni intentaba convertirme en una figura inocente.
—Necesita una abertura lateral para moverse con rapidez —dijo Camila.
—No voy a correr con esto.
—La abertura existe para cuando descubra que sí.
La costurera modificó la falda mientras otra mujer ajustaba el chaleco protector bajo la tela. El peso presionaba mis costillas y endurecía mi postura.
Victoria apareció en la habitación cuando faltaba una hora para la salida. Llevaba un traje negro con camisa del mismo color y el cabello recogido.
Su mirada recorrió el vestido blanco, el chaleco oculto y mis manos apoyadas sobre la mesa.
—Los zapatos —dijo.
—Los elegí yo.
Eran negros, sin tacón demasiado alto y con correas firmes. Camila había aprobado la suela y escondido un pequeño localizador dentro del zapato izquierdo.
—Sé dónde está —añadí—. Puedo retirarlo.
—No lo hará.
—No mientras estemos en el evento.
Victoria se acercó a la mesa. Había una caja de joyas abierta, llena de piezas familiares ofrecidas por Mercedes.
No había aceptado ninguna.
—Necesita algo reconocible —dijo.
—No llevaré el anillo.
—No se lo pedí.
Sacó un broche pequeño con la corona partida y los lirios. No tenía piedras, solo metal oscuro y una aguja visible.
—Era de mi madre.
No extendí la mano. —¿Tiene rastreador?
—No.
—¿Micrófono?
—No.
—¿Por qué quiere que lo use?
—Quien conozca el símbolo entenderá que hemos encontrado la sala.
—También sabrá que estoy relacionada con la lista.
—Ya lo sabe.
Miré el broche. Era delicado, pero la corona rota parecía una herida sobre los pétalos.
—Colóquelo en la mesa.
Victoria obedeció. Lo tomé después de inspeccionarlo y lo prendí cerca de mi hombro izquierdo.
—No significa que confíe en usted.
—No utilizaría una joya para pedir algo tan costoso.
Mercedes entró con una caja más pequeña. Dentro había pendientes antiguos de nácar, similares a las cuentas de mi rosario.
—Pertenecieron a Isabela —explicó—. La señora Victoria consideró que podrían acompañar el broche.
—La señora Victoria considera demasiadas cosas sin hablarme.
Victoria no negó haberlos elegido.
—No los quiero —dije.
Mercedes cerró la caja. La decepción pasó por su rostro, pero no insistió.
—Llevaré esto.
Levanté el rosario. Había enrollado la cadena alrededor de mi muñeca, con la cuenta rota apoyada sobre el pulso.
—No combina con el vestido —comentó Victoria.
—Perfecto.
La salida del palacio se realizó con seis vehículos. Victoria y yo viajamos juntas en el centro del convoy, separadas del conductor por el cristal blindado.
Durante el trayecto, Camila informó sobre cada cambio de ruta y cada acceso revisado en el museo.
—Elena llegará antes que nosotras —dijo por el altavoz—. Sus agentes estarán dentro, pero no participarán en la seguridad de Lucía.
—¿Ella sabe que sospechamos de la fundación? —pregunté.
—No debería —respondió Victoria.
—¿Sabe del repetidor en la capilla?
—No se lo dije.
—¿Y de la transferencia?
—Tampoco.
—Entonces, ¿por qué estaría organizando una gala vinculada a mí?
—El museo fue reservado hace tres meses por Beatriz.
—Cuando yo todavía preparaba mis votos.
—Sí.
Miré por la ventana. La ciudad se acercaba bajo una lluvia ligera, llena de calles que no reconocía después de tantos años apartada.
—¿Beatriz esperaba sacarme del convento para este evento?
—Tal vez pretendía anunciar su control definitivo sobre la fundación después de los votos —dijo Victoria—. Su ausencia habría sido explicada como una decisión espiritual.
—Utilizaría mi fotografía y mi herencia sin que estuviera presente.
—Ya lo hizo durante años.
El vehículo tomó una avenida llena de cámaras y periodistas. Las barreras alrededor del museo estaban cubiertas por flores blancas y carteles con mi apellido.
VALDÉS.
Verlo repetido sobre muros, luces y pancartas produjo una sensación difícil de describir. Me pertenecía y, al mismo tiempo, había sido convertido en una marca que desconocía.
—No mire las cámaras demasiado tiempo —indicó Victoria—. Busque manos, bolsos y personas que no observen el escenario.
—¿Cómo sabe qué mirar?
—Porque quien quiere matarla rara vez parece interesado en su vestido.
—Qué experiencia reconfortante.
—No intento reconfortarla.
El automóvil se detuvo bajo una estructura protegida. Antes de que abrieran la puerta, Victoria colocó una mano entre ambas.
No me tocó.
—Una última regla.
—Ya tengo demasiadas.
—Si le digo que se agache, no pregunta por qué.
—Si veo el peligro, decidiré cómo moverme.
—No tendrá tiempo.
—Entonces no desperdicie el suyo dando explicaciones.
Sus ojos permanecieron sobre mí. —Eso esperaba escuchar.
La puerta se abrió. Los flashes comenzaron antes de que mis zapatos tocaran la alfombra blanca.
Victoria descendió primero y me ofreció la mano. La acepté porque habíamos acordado la entrada y porque veinte cámaras esperaban cualquier señal de fractura.
Sus dedos se cerraron alrededor de los míos. El contacto fue firme, cálido y cuidadosamente visible.
La prensa gritó nuestros nombres. Algunos preguntaban por la boda, otros por mi regreso y muchos por Beatriz, que no aparecía en la lista pública de asistentes.
—Sonría —dijo Victoria sin mover apenas los labios.
—No.
—Entonces mire como si supiera algo que ellos no.
Eso resultaba más sencillo.
Levanté el rostro y observé directamente las cámaras. Los flashes golpearon mis pupilas, pero no aparté la mirada.
Victoria permaneció a mi lado, vestida de negro contra mi blanco, convirtiendo cada fotografía en una declaración que no necesitaba anillo.