Capítulo 7 — Sangre sobre el blanco
La puerta se cerró detrás de Elena, pero sus palabras permanecieron dentro del comedor, adheridas a las paredes, a las copas y a la mano inmóvil de Victoria.
Nadie se atrevió a continuar cenando. Los miembros del consejo observaban sus platos, fingiendo que no acababan de escuchar una acusación capaz de convertir nuestro matrimonio en una trampa preparada durante años.
—La reunión ha terminado —dijo Victoria.
No elevó la voz. No necesitó hacerlo. Las sillas comenzaron a moverse casi al mismo tiempo, y las conversaciones quedaron reducidas a despedidas prudentes.
Valeria se levantó sin mirarme. La suspensión de su contrato seguía pendiendo sobre ella, absurda y cruel, porque había cometido el error de tratarme como una mujer visible.
—Su negociación continuará mañana —dije.
Victoria giró lentamente hacia mí.
—No le corresponde decidirlo.
—La canceló por mí.
—Encontré un riesgo.
—Encontró una mirada que no podía controlar.
Valeria permaneció junto a la puerta, con el rostro endurecido. Los demás miembros del consejo redujeron el paso, atentos a nuestra disputa aunque fingieran marcharse.
—Puede retirarse —ordenó Victoria.
No supe si me hablaba a mí o a Valeria. Ninguna se movió.
—Dígalo claramente —exigí—. ¿Suspendió el contrato por una irregularidad comercial o porque ella me hizo un cumplido?
Una vena se marcó en el cuello de Victoria. Su expresión siguió quieta, pero la mano derecha se cerró alrededor del respaldo de la silla.
—Mañana revisaremos los documentos.
—Esta noche reparará la humillación.
—Lucía.
—No utilizará mi nombre para callarme.
El silencio se tensó. Camila permanecía junto a la puerta, observando a Victoria con la atención de quien reconocía el instante anterior a una decisión peligrosa.
—Valeria conservará el contrato hasta que la revisión demuestre una irregularidad real —dije—. Si no existe, la negociación continuará bajo las mismas condiciones.
Victoria me sostuvo la mirada durante varios segundos. Los consejeros todavía no habían abandonado por completo la sala, y ambas comprendimos el verdadero alcance de aquella discusión.
No se trataba únicamente de Valeria. Yo estaba obligando a Victoria a elegir entre proteger su autoridad absoluta o demostrar que mi voz dentro del palacio no era decorativa.
—Camila revisará los documentos —respondió finalmente—. Si están en orden, el acuerdo continuará.
Valeria inclinó la cabeza hacia mí. —Gracias, señora Valdés.
—No me agradezca. No debería haber ocurrido.
Cuando salió, el resto la siguió rápidamente. Mercedes ordenó retirar los platos y condujo al personal fuera del comedor hasta dejarnos con Camila.
La puerta principal volvió a cerrarse. El frío del salón parecía más intenso sin las conversaciones que habían disimulado la hostilidad.
—Fuera —dijo Victoria.
Camila no obedeció.
—No creo que sea conveniente —contestó.
—No le pedí una evaluación.
—Tampoco debería quedarse sola con Lucía mientras está considerando cuántas reglas puede imponer sin tocarla.
Las palabras de Camila fueron tranquilas, pero la advertencia resultó clara. Victoria volvió hacia ella con el rostro completamente inmóvil.
—Cinco minutos —añadió Camila—. Estaré detrás de la puerta.
—Tres.
—Cinco.
—No negocie conmigo delante de mi esposa.
—Su esposa acaba de hacerlo frente al consejo.
Camila salió antes de recibir una respuesta. La puerta permaneció entreabierta, una concesión destinada a recordarnos que ninguna de las dos tenía privacidad real.
Victoria caminó hasta el lugar donde Elena había estado sentada. Tomó la copa utilizada por ella y la observó antes de dejarla sobre una bandeja.
—¿Eligió el convento? —pregunté.
—No.
—Elena dijo que pagó para mantenerme allí.
—Elena utiliza verdades incompletas porque sabe que una mentira evidente no funcionaría con usted.
—¿Qué parte era cierta?
Victoria no respondió inmediatamente. Comenzó a quitarse uno de los anillos familiares, girándolo lentamente alrededor del dedo.
—Cuando descubrí dónde estaba, pagué para que nadie acelerara sus votos.
La confesión no fue la negación que esperaba.
—¿Pagó al convento?
—A una fundación relacionada. El dinero estaba destinado a retrasar cualquier acto que volviera irreversible su renuncia patrimonial.
—¿Por qué no me sacó entonces?
—No sabía si estaba allí por decisión propia.
—Podría haber preguntado.
—Habría alertado a Beatriz y a quienes observaban sus bienes.
—Así que prefirió observarme durante seis meses.
—Sí.
—¿También pagó para que no pudiera salir?
—No.
—¿Quién eligió el convento?
—Beatriz presentó tres instituciones a la persona que financiaba su custodia. Ese convento fue aprobado por alguien vinculado a mi padre.
—¿Elena?
—No tengo pruebas.
—Pero sabía que estaba relacionado con su familia.
—Lo sospechaba.
Avancé hacia ella. Mis manos se habían enfriado, aunque el salón continuaba cálido por las lámparas y las velas.
—Me dejó viviendo dentro de un lugar elegido por quienes podían haber matado a mi padre.
—También era el único lugar donde nadie podía acercarse sin que resultara visible.
—Entraron en mi habitación. Interceptaron mis cartas. Prepararon informes médicos.
—Lo descubrí tarde.
—¿Cuándo?
—Dos semanas antes de nuestra boda.
Mi respiración se volvió más rápida. —¿Dos semanas? Dijo que habló con Beatriz después de investigar durante meses.
—Lo hice.
—Entonces tuvo catorce días para contarme la verdad sin obligarme a casarme.
—Tuve catorce días para impedir que la declararan incapaz, identificar quién financiaba el proceso y evitar que el consejo supiera que sus acciones podían alterar el control de los puertos.
—También tuvo tiempo para preparar vestidos.
—Sí.
—Licencias.
—Sí.
—Un dormitorio lleno de flores que no pedí.
—Sí.
Cada admisión me golpeaba con la misma calma insoportable. Victoria no intentaba defenderse porque consideraba que los resultados justificaban cualquier método.
—Elena dijo que me reclamaría cuando estuviera preparada.
—Elena sabe que esa palabra la enfurece.
—No le pregunté qué sabe Elena. Le pregunté qué esperaba usted.
Victoria dejó el anillo sobre la mesa. Sus dedos desnudos parecieron más vulnerables sin la joya, aunque la impresión desapareció cuando levantó la mirada.
—Esperaba que viviera lo suficiente para elegir algo distinto a la obediencia.
—¿Aunque esa elección fuera usted?
—Especialmente si era yo.
La respuesta dejó un vacío helado dentro de mi pecho.
—Eso no es libertad.
—Nunca prometí libertad inmediata.
—Prometió una salida del convento.
—La obtuvo.
—Hacia una casa donde cada puerta tiene guardias.
—También tiene enemigos fuera.
—Y dentro.
Sus ojos se endurecieron. —Sí.
—Elena estaba en la lista de su madre. Su fundación recibió dinero de mi padre. Sabía de mi custodia y de la elección del convento. ¿Por qué la dejó sentarse a su lado?
—Porque mientras permanece cerca puedo observar qué hace.
—También puede tocarla.
La frase escapó antes de que pudiera detenerla. El calor subió por mi cuello y alcanzó mis mejillas.
Victoria inclinó apenas la cabeza. —¿Eso le molesta?
—Me molesta que una posible asesina entre en esta casa como si tuviera derechos sobre todo.
—No respondió.
—No tiene derecho a preguntarlo.
—El contrato le dio el mismo privilegio.
—No estoy hablando del contrato.
—Yo tampoco.
La cercanía de aquella confesión no formulada me hizo retroceder un paso. Victoria lo notó y no avanzó.
—No pienso competir con Elena —dije.
—Bien.
—No fue un alivio para usted.
—Fue una instrucción.
—No necesito que me ordene no sentir algo que no siento.
—Entonces deje de preguntar dónde pone las manos.
—Pregunto si duerme con una mujer que podría haber ayudado a matar a su madre.
Victoria tomó su anillo y volvió a colocárselo. El escudo familiar ocultó parte de la cicatriz de su mano.
—Elena conoce mis métodos. Si rompe nuestra relación de forma repentina, sabrá que descubrimos algo. Prefiero que crea que todavía controla una parte de mí.
—¿La controla?
El silencio duró demasiado.
—No como antes —respondió.
—Eso significa que alguna vez lo hizo.
—Yo tenía veintiún años cuando nos conocimos. Ella ya sabía utilizar a las personas mucho antes de que yo aprendiera a reconocerlo.
Había resentimiento debajo de la frase, pero también una lealtad deformada. Victoria podía sospechar que Elena participó en la muerte de su madre y aun así conservarla cerca porque alejarse significaba admitir cuánto poder le había concedido.
—¿La ama?
Su expresión se cerró.
—No incluya esa pregunta en una conversación que no puede sostener.
—¿Porque no sabe responderla?
—Porque todavía cree que el amor impide destruir a alguien.
—¿Y usted qué cree?
—Que facilita encontrar el lugar correcto para hacerlo.
Camila abrió la puerta antes de que pudiera contestar. Habían transcurrido exactamente cinco minutos.
—Tenemos un problema —dijo.
Victoria cambió inmediatamente. La tensión personal desapareció detrás de la mujer que dirigía aquella casa.
—Hable.
—La gala de la Fundación Valdés fue confirmada para mañana por la oficina de Beatriz. Se enviaron invitaciones, prensa y una lista de donantes antes del matrimonio.
—Cancélela.
—No podemos sin provocar preguntas sobre la estabilidad del fideicomiso. El evento recauda fondos para clínicas infantiles y utiliza el apellido de Lucía como imagen principal.
—No sabía que existía una fundación con mi nombre —dije.
Camila me entregó una tableta. En la pantalla aparecía una invitación blanca con letras doradas y una fotografía mía tomada años atrás.
Llevaba el cabello corto, un vestido sencillo y una sonrisa que no recordaba. Debajo estaba escrito: “Lucía Valdés, heredera y futura patrona”.
—¿Cuándo tomaron esta imagen?
—Durante el funeral de su padre —respondió Camila.
La náusea apareció inmediatamente. Beatriz había fotografiado mi duelo y guardado el rostro para utilizarlo cuando necesitara una heredera visible.
—¿Dónde será la gala?
—En el Museo Aranda —dijo Camila—. Pertenece a la familia de Elena.
Victoria tomó la tableta. —Cancélela.
—No —dije.
Ambas me miraron.