Capítulo 5 — Ojos dentro de las paredes #3
Victoria giró hacia ella. —¿Con qué frecuencia?
—Una vez al mes.
—Sin informar a seguridad.
—La señora Isabela me pidió que conservara estas habitaciones. Nunca consideré necesario registrar una tarea anterior a su administración.
Camila se acercó. —¿Entró hoy?
—No.
—¿Quién más tiene llave?
—Nadie.
—La cerradura fue desmontada desde dentro.
Mercedes miró la puerta abierta. Su rostro permaneció compuesto, pero las manos se tensaron delante de su cuerpo.
—Entonces alguien utilizó los túneles.
—¿Conoce las galerías acústicas? —pregunté.
La mirada de Mercedes se detuvo sobre mí. —No sé de qué habla.
—Hay una maqueta en la sala. Isabela marcó conductos para escuchar habitaciones.
—La señora Isabela tenía muchos proyectos privados.
—Eso no es una respuesta.
Victoria intervino. —Mercedes, venga con Camila.
—He servido a esta casa durante cuarenta años.
—Entonces sabrá que una orden no necesita repetirse.
La mujer mayor inclinó la cabeza y acompañó a Camila hacia otra habitación.
—¿Cree que ayudó al intruso? —pregunté.
—Creo que ha vivido demasiado tiempo guardando secretos de personas muertas.
—Usted hace lo mismo.
—Yo elijo cuáles siguen siendo útiles.
—¿Y cuáles me entrega?
—Los que puede sobrevivir conociendo.
—Siempre vuelve a eso.
Victoria caminó hacia la salida del ala. —Porque sigue siendo cierto.
—¿Dónde dormiré?
—En la habitación frente a la mía.
—Quiero revisarla primero.
—Camila lo hará después del interrogatorio.
—No quiero que Mercedes sea lastimada.
Victoria se detuvo.
—No sabe si es inocente.
—Tampoco usted.
—Por eso será interrogada.
—¿En los sótanos?
—No.
—¿Con armas?
—Camila siempre lleva una.
—No responda de esa manera.
Victoria volvió hacia mí. —Mercedes permanecerá en una sala, responderá preguntas y permitirá que revisen sus accesos. No será tocada mientras coopere.
—¿Y si no coopera?
—No haga preguntas cuya respuesta utilizará para acusarme antes de conocer los hechos.
—Quiero saber cómo funciona esta casa.
—Ya está aprendiendo.
El trayecto hasta la zona habitada pasó por una galería distinta. Conté siete cámaras, tres puertas de servicio y dos espejos colocados en ángulos que permitían observar el corredor sin salir de las habitaciones.
Comencé a registrar mentalmente cada posición.
La primera cámara giraba cada veinte segundos. La segunda permanecía fija sobre la escalera. La tercera tenía un punto ciego detrás de una estatua.
—¿Qué mira? —preguntó Victoria.
—La decoración.
—No le gustan las estatuas.
—No sabe lo que me gusta.
—Durante seis meses nunca se detuvo delante de una escultura. Sí lo hizo ante pinturas y vitrales.
El recordatorio de su vigilancia me erizó la piel. —Entonces ya sabe que estoy contando las cámaras.
—Sí.
—¿Va a impedirlo?
—No.
—¿Por qué?
—Quiero ver cuánto tarda en encontrar los puntos ciegos.
La respuesta confirmó que había permitido mi observación. No era una libertad, sino otra evaluación.
—¿Y después los corregirá?
—Algunos.
—¿Dejará otros para saber si intento utilizarlos?
Una ligera tensión apareció en su boca. —Aprende rápido.
—Detesto que diga eso.
—No necesito que le guste.
Llegamos al segundo piso. La habitación frente a la de Victoria estaba preparada con muebles más sobrios que la anterior.
No había flores, ropa elegida ni objetos personales. Solo una cama, un escritorio, un armario vacío y dos ventanas orientadas hacia el patio interior.
—Esta es mejor —dije.
—Porque no intentamos hacerla sentir bienvenida.
—Porque todavía no ha sido convertida en una versión de mí diseñada por desconocidos.
Victoria abrió el armario. —No hay pasajes visibles.
—Eso no significa que no existan.
Golpeé suavemente distintas secciones de la pared. La piedra devolvió sonidos desiguales cerca del escritorio.
—Hay un espacio detrás.
—Una chimenea sellada —dijo Victoria.
—Quiero comprobarlo.
—Mañana.
—Esta noche.
—Camila está ocupada.
—Entonces lo haré sola.
Tomé un candelabro pesado y golpeé la pared. Victoria cerró su mano alrededor del metal antes del segundo impacto.
No tocó mis dedos. Sujetó únicamente el objeto, pero la fuerza obligó a detenerme.
—No derribará una pared de cuatrocientos años.
—No pensaba derribarla.
—Es exactamente lo que parecía.
—Quería escuchar si estaba hueca.
—Está hueca.
—Entonces ábrala.
—La chimenea fue clausurada porque conectaba con una sala incendiada.
—¿Cuándo?
—Hace diecisiete años.
—El año en que la secuestraron.
La mano de Victoria se cerró con mayor fuerza alrededor del candelabro.
Había relacionado las fechas sin planearlo. La reacción confirmó que aquella zona no era solo arquitectura.
—¿La tuvieron aquí? —pregunté.
—No.
—Pero el incendio está relacionado.
—No continuará esa pregunta.
—¿Por qué eligió esta habitación para mí?
—Porque está frente a la mía y tiene menos accesos.
—También porque la chimenea está sellada.
—Sí.
—¿Qué hay detrás?
—Una sala destruida.
—Quiero verla.
—No.
Solté el candelabro. Victoria lo sostuvo un momento antes de dejarlo sobre el escritorio.
—Instalarán una alarma en la puerta y sensores en las ventanas —dijo—. Dos guardias permanecerán fuera.
—No quiero guardias escuchando.
—Se ubicarán al final del corredor.
—¿Hay conductos acústicos aquí?
—La maqueta no marcaba ninguno.
—La maqueta tampoco estaba completa.
Victoria miró la pared sellada. —Revisaremos mañana.
—No dormiré sin comprobarla.
—Entonces no dormirá.
—Puedo quedarme despierta.
—Eso no la vuelve más segura.
—Me mantiene consciente.
Las palabras salieron con más desesperación de la que quería mostrar. El cansancio ya pesaba sobre mis ojos, pero cerrar los párpados en aquella casa parecía una forma de rendición.
Victoria se acercó al escritorio y pulsó un botón oculto debajo del borde. Una sección de madera se abrió, revelando una pequeña pantalla.
Mostraba cuatro cámaras del corredor y dos sensores de movimiento.
—Puede vigilar los accesos desde aquí.
—¿Quién más controla la pantalla?
—Seguridad.
—¿Puede mostrarme imágenes falsas?
—Sí.
La honestidad me hizo mirarla.
—¿Por qué admitirlo?
—Porque un sistema de vigilancia siempre puede manipularse. No confíe en una pantalla cuando su cuerpo le diga que existe alguien cerca.
—Eso parece experiencia.
—Lo es.
Abrió otro compartimento. Dentro había una linterna, un botiquín y un botón de emergencia protegido por una tapa transparente.
—Si lo pulsa, las puertas del corredor se cierran y Camila recibe una alerta.
—¿También usted?
—Sí.
—¿Puede abrir mi puerta desde fuera?
—Solo durante la alerta.
—Entonces no lo pulsaré.
—Si alguien entra, debería hacerlo.
—Y quedar encerrada con esa persona mientras usted decide cuándo abrir.
Victoria me observó durante varios segundos. —Camila modificará el sistema para que su puerta permanezca libre por dentro.
—Eso debió estar así desde el principio.
—La habitación fue diseñada para proteger a miembros de mi familia.
—Su familia confunde proteger con capturar.
—No es una confusión.
La frase quedó entre nosotras, demasiado sincera para necesitar explicación.
Llamaron a la puerta. Un guardia informó que Camila necesitaba hablar con Victoria en el centro de seguridad.
—Me quedaré aquí —dije.
—Vendrá con nosotros.
—No.
—No permanecerá sin revisión completa.
—Entonces deje un agente dentro del corredor y vaya.
Victoria miró la pared sellada, las ventanas y el armario. Su necesidad de controlar cada acceso resultaba visible.
—Diez minutos —concedió—. No sale de esta habitación.
—No vuelva a decirme dónde puedo caminar.
—Diez minutos, Lucía.
Salió sin esperar una respuesta. El guardia ocupó su puesto al final del corredor.
Cerré la puerta y activé la alarma. Después coloqué una silla bajo el picaporte, aunque sabía que no detendría a alguien que dominaba los pasajes.
Me senté junto al escritorio, abrí los cuadernos entregados por sor Inés y arranqué una página.
Dibujé la planta aproximada del segundo piso.
Marqué cámaras, puertas, escaleras y espacios donde las paredes parecían más gruesas. Añadí los puntos ciegos que había observado durante el recorrido.
La casa empezaba a adquirir una forma comprensible. No segura, pero menos invisible.
Revisé la pantalla. El guardia permanecía al final del corredor. Una cámara mostraba la puerta de Victoria cerrada.
Otra imagen enfocaba la escalera principal.
Observé el movimiento durante varios minutos y descubrí que las cámaras cambiaban de ángulo siguiendo una secuencia. Entre cada giro existían seis segundos sin visión completa.
Anoté los intervalos.
Después abrí el armario y examiné el suelo. Había pequeñas marcas cerca del zócalo, como si una sección hubiera sido desplazada recientemente.
Pasé los dedos por la madera. Una pieza cedió.
Detrás encontré un cable conectado a un pequeño sensor.
No parecía oculto deliberadamente; quizá pertenecía al sistema de seguridad. Aun así, tomé una fotografía antes de tocarlo.
El teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido apareció en la pantalla vigilada.
“Está mirando el lugar equivocado.”
Mi respiración se detuvo.
No había enlace ni imagen. Solo aquellas cinco palabras.
Me acerqué a la puerta, pero no la abrí. Miré la pantalla de las cámaras.
El guardia seguía al final del corredor.
Escribí una respuesta.
“¿Quién es?”
El mensaje quedó marcado como entregado. No llegó ninguna contestación.
Llamé a Camila. La llamada terminó antes del primer tono.
Intenté nuevamente. La pantalla mostró “comunicación restringida por protocolo interno”.
El sistema había bloqueado mi teléfono.
Golpeé la puerta.
—Necesito a Camila.
El guardia se acercó, pero no cruzó el límite.
—Las comunicaciones están temporalmente cerradas.
—Recibí un mensaje.
—Muéstremelo.
—Quiero a Camila.
—Se encuentra en el centro de seguridad.
—Entonces llévela hasta allí.
—La señora Alarcón ordenó que permaneciera en la habitación.
—La señora Alarcón no controla mis conversaciones con Camila.
El hombre mantuvo el rostro inmóvil. —No puedo abandonar el puesto.
Cerré la puerta. El pánico presionaba mi garganta, pero la rabia logró contenerlo.
Quien había escrito sabía que estaba examinando el armario. Podía verme.