LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 5 — Ojos dentro de las paredes #4
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Capítulo 5 — Ojos dentro de las paredes #4

Revisé el techo, las lámparas y los marcos. No había cámaras visibles.

Después comprendí la frase de otra manera.

No me observaban en ese momento. Sabían qué habitación me habían asignado y habían previsto dónde buscaría.

Regresé al mapa.

El lugar equivocado podía ser la pared sellada, el armario o incluso toda aquella habitación.

Miré la puerta de Victoria en la pantalla.

Su despacho estaba en el primer piso, conectado con una cámara acústica que ella acababa de descubrir. También había prohibido mi entrada con una firmeza desproporcionada.

Tomé la linterna del compartimento y la guardé dentro del cárdigan.

Retiré la silla del picaporte.

Cuando abrí la puerta, el guardia levantó una mano.

—Debe permanecer dentro.

—Necesito un baño.

—Hay uno en la habitación.

—No funciona.

—Puedo llamar a mantenimiento.

—¿También vigila cuándo puedo utilizar otro baño?

La incomodidad apareció en su rostro. No estaba preparado para discutir detalles íntimos.

—La acompañaré hasta el final del corredor.

Acepté. Caminamos hacia una puerta junto a la escalera. Antes de entrar, observé la posición de la cámara.

Giró hacia el patio.

Tenía seis segundos.

Cerré la puerta del baño, abrí la ventana pequeña y encontré exactamente lo que esperaba: un saliente de piedra conectado con el balcón lateral.

No era una ruta segura. Estaba oscuro, el suelo húmedo y la caída llegaba hasta el patio.

Pero el balcón terminaba cerca de una puerta de servicio.

Subí al borde antes de que el miedo pudiera detenerme. El frío atravesó mis manos cuando sujeté la piedra.

Avancé lentamente, pegada a la pared. Cada movimiento tensaba mis brazos y hacía que las botas resbalaran sobre la humedad.

No miré hacia abajo.

Alcancé el balcón y pasé una pierna sobre la baranda. Mi falda quedó atrapada en una punta de hierro.

Tiré con cuidado hasta liberar la tela.

La puerta de servicio estaba cerrada, pero una ventana lateral permanecía entreabierta.

Entré en un corredor estrecho lleno de muebles cubiertos. No había cámaras visibles.

El mapa mental me indicó que podía descender hasta el primer piso por una escalera secundaria.

Cada peldaño crujía bajo mi peso. El palacio parecía contener la respiración conmigo.

Escuché voces antes de alcanzar la planta baja.

Camila interrogaba a alguien dentro de una sala. Reconocí la voz rígida de Mercedes negando haber entrado al ala oeste durante las últimas semanas.

No me detuve.

El despacho de Victoria estaba al otro extremo de la galería principal. Dos guardias custodiaban la puerta desde fuera.

Necesitaba otra entrada.

La maqueta mostraba un pasaje detrás de la biblioteca, conectado con el corredor de servicio norte. Busqué una marca en la pared y encontré un lirio tallado cerca del suelo.

Presioné los pétalos.

Nada ocurrió.

Intenté girar el centro. Una sección se hundió y liberó un panel estrecho.

Entré antes de que alguien apareciera en la galería.

El espacio detrás de la pared estaba oscuro, pero la linterna reveló una escalera ascendente y un conducto horizontal.

Seguí el camino que, según la maqueta, terminaba detrás de la biblioteca del despacho.

El olor cambió al acercarme. Había cuero, madera encerada y un rastro del perfume de Victoria.

Apagué la linterna.

Una línea de luz atravesaba el borde del panel. Desde allí podía escuchar voces dentro del despacho.

—La transferencia salió de una cuenta Valdés —dijo Camila.

Mi cuerpo se quedó inmóvil.

—¿Qué fecha? —preguntó Victoria.

—Tres días antes de la explosión.

—¿Destino?

—Una sociedad privada a nombre de Isabela. El dinero fue retirado en efectivo la mañana de su muerte.

Apoyé una mano sobre la pared para mantener el equilibrio.

Mi padre había enviado dinero a la madre de Victoria. No una cantidad simbólica. La forma en que hablaban indicaba algo importante.

—¿Cuánto? —preguntó Victoria.

—Dos millones cuatrocientos mil.

El aire se volvió insuficiente.

—¿Beatriz conocía la transferencia?

—Alguien alteró los libros después de la muerte de Valdés. La operación desapareció de las copias entregadas a Lucía.

—¿Quién autorizó la modificación?

—Su padre.

Hubo un silencio largo.

—Eso no tiene sentido —dijo Victoria—. Mi padre quería impedir la fuga.

—Tal vez necesitaba que pareciera que Isabela recibió dinero por traicionarlo.

—O utilizó a Valdés para financiar algo distinto.

Me acerqué a la abertura, intentando ver sin mover el panel.

Victoria estaba de espaldas a mí, frente a una pantalla llena de registros bancarios. Camila permanecía junto al escritorio.

Sobre la mesa había una carpeta con mi apellido.

—¿Qué más contiene? —preguntó Victoria.

—Correspondencia entre Valdés e Isabela. Está cifrada, pero una frase se repite.

—¿Cuál?

Camila abrió una hoja.

—“La hija no puede quedar en manos de ellos.”

Mi corazón golpeó con violencia.

—¿Qué hija? —preguntó Victoria.

—No lo aclara.

—Podría hablar de Lucía.

—O de usted.

Las sombras del pasaje me cubrían por completo, pero sentí que ambas podían escuchar mi respiración.

Victoria se inclinó sobre el escritorio.

—¿Cuándo empezó la correspondencia?

—Siete años antes de la explosión.

—Eso fue antes de que Valdés apareciera en nuestros registros.

—También antes de que Lucía entrara al convento.

—¿Existe alguna relación entre Beatriz y mi madre?

—Todavía no la encontramos.

—Busque mejor.

Camila cerró la carpeta. —Hay otra cosa.

—Dígala.

—Valdés hizo una transferencia menor el mismo día del secuestro de Lucía.

El frío del pasaje se convirtió en hielo dentro de mis huesos.

No había sido secuestrada.

Al menos, no recordaba nada parecido.

—Lucía nunca fue secuestrada —dijo Victoria.

—Según los registros oficiales, no.

—¿Cuántos años tenía?

—Seis.

La memoria apareció como un destello fragmentado: una habitación blanca, una ventana cubierta, el olor de gasolina y mi madre apretándome contra su pecho.

Siempre había creído que era un sueño.

—¿Destino de la transferencia? —preguntó Victoria.

—La misma sociedad de Isabela.

Mi rodilla rozó la piedra.

El sonido fue pequeño, pero Camila levantó el arma inmediatamente.

—Hay alguien detrás de la biblioteca.

Victoria no se volvió. Su mirada se dirigió hacia el panel como si hubiera sabido desde el principio que yo estaba allí.

—Salga, Lucía.

La sangre abandonó mi rostro.

Camila se acercó, pero Victoria levantó una mano.

—Déjela hacerlo sola.

Presioné el mecanismo. El panel se abrió y la luz del despacho cayó sobre mí.

Camila no bajó el arma hasta reconocerme por completo.

—¿Cómo llegó aquí? —preguntó.

—Por la ruta que su sistema no vigila.

Victoria permaneció detrás del escritorio. No parecía sorprendida ni enfadada.

Aquello me inquietó más que un grito.

—Sabía que vendría —dije.

—Esperaba que intentara entrar.

—Bloqueó mi teléfono.

—Camila cerró comunicaciones después de detectar una intrusión en la red.

—Recibí un mensaje antes.

Le mostré la pantalla.

Victoria leyó las palabras sin tocar el dispositivo. —¿Cuándo llegó?

—Mientras revisaba el armario.

Camila tomó el teléfono y comenzó a rastrear el número.

—Está encriptado. La señal salió desde dentro de la propiedad.

—Alguien sabía que me había asignado esa habitación —dije—. También sabía que intentaría entrar aquí.

Victoria rodeó el escritorio lentamente.

—¿Y aun así vino?

—Necesitaba saber qué ocultaba.

—Podría haber encontrado a la persona que envió el mensaje esperándola dentro del pasaje.

—Usted permitió que descubriera la entrada.

—Permití que eligiera qué hacer con ella.

La rabia calentó mi cara. —Convirtió esto en otra prueba.

—Sí.

—Pude caer desde el balcón.

La expresión de Camila cambió. —¿Qué balcón?

—El lateral del segundo piso.

Victoria dejó de caminar.

—¿Salió por una ventana?

—Su guardia no quería llevarme con Camila.

—Respondí una pregunta.

—Sí.

Su rostro perdió toda quietud aparente. No gritó, pero el peligro de su silencio llenó el despacho.

—Muéstreme las manos.

—No.

—Lucía.

—No soy una niña que debe enseñar las rodillas después de caer.

Victoria avanzó. Esta vez no se detuvo fuera de mi espacio.

Sujetó mis muñecas con cuidado, girándolas hacia la luz. Había cortes pequeños en las palmas y suciedad debajo de las uñas.

—Suélteme.

Sus dedos permanecieron alrededor de mis brazos durante un segundo más. Después obedeció.

—Camila, retire al guardia del segundo piso.

—No fue culpa suya —dije—. Siguió órdenes.

—Permitió que abandonara su vigilancia.

—Lo engañé.

—Eso no mejora su desempeño.

—No castigará a otra persona porque no logró encerrarme.

Victoria levantó la mirada desde mis manos. —No vuelve a utilizar una cornisa.

—Entonces no bloquee mis comunicaciones.

—No estaban bloqueadas para controlarla.

—El resultado fue el mismo.

Camila volvió con el teléfono. —El mensaje utilizó un repetidor interno. Puede haber salido de cualquier habitación conectada a la red secundaria.

—¿Incluido este despacho? —pregunté.

—Sí.

Miré las cámaras, las pantallas y la biblioteca abierta detrás de mí. La habitación más protegida del palacio también era parte de la trampa.

—Quiero leer la carpeta de mi padre.

Victoria la cerró antes de que pudiera acercarme.

—No está completa.

—Escuché suficiente.

—Escuchó fragmentos sin contexto.

—Mi padre transfirió dos millones cuatrocientos mil a Isabela tres días antes de la explosión.

—Sí.

—También envió dinero cuando yo tenía seis años.

—Sí.

—Y alguien escribió que una hija no podía quedar en manos de ellos.

—Sí.

—Quiero todo.

Victoria colocó una mano sobre la carpeta. —Lo recibirá después de que Camila verifique cada documento.

—No.

—Puede contener información fabricada para llevarla hacia una conclusión.

—Eso no le da derecho a ocultarla.

—Me da la obligación de impedir que una mentira la saque de esta casa directamente hacia quien la preparó.

—¿Qué recuerda de cuando tenía seis años? —preguntó Camila.

La pregunta me hizo volver hacia ella.

—Muy poco.

—¿Algún viaje inesperado, hospitalización o periodo fuera de casa?

La habitación blanca regresó. También una muñeca de tela tirada junto a una puerta y la voz de mi madre diciéndome que no pronunciara mi apellido.

—Recuerdo estar escondida con mi madre.