LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 5 — Ojos dentro de las paredes #2
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Capítulo 5 — Ojos dentro de las paredes #2

Continuamos por el pasaje marcado. El suelo descendía hacia una puerta de hierro que había sido abierta y asegurada con una cuña.

Uno de los agentes esperaba junto a ella.

—El corredor está limpio hasta la sala —informó—. Encontramos huellas parciales, pero fueron deformadas con cubiertas de goma.

—¿Sangre? —preguntó Camila.

—Nada visible.

—¿Cables o trampas?

—El equipo técnico sigue revisando.

Victoria miró hacia mí. —Esperará aquí.

—No.

—La sala aún no está declarada segura.

—Entonces esperamos todas.

—Lucía.

—No me quedaré sola en un túnel mientras entra en una habitación donde podría existir información sobre mi padre.

Camila intervino antes de que la discusión creciera.

—Podemos establecer un perímetro en la entrada. Lucía verá el interior sin cruzar hasta que terminemos la revisión.

Victoria no parecía satisfecha, pero aceptó con una inclinación mínima.

Nos acercamos a la puerta. El aire que salía del otro lado era más frío y olía a madera cerrada, telas antiguas y un rastro metálico que me recordó habitaciones donde habían guardado herramientas oxidadas.

La luz de los técnicos iluminaba una sala amplia.

No había ventanas visibles. Las paredes estaban cubiertas por estanterías, armarios y marcos vacíos. En el centro permanecía una mesa protegida por una sábana gris.

Decenas de rectángulos más claros marcaban los lugares donde alguna vez colgaron retratos.

—Aquí no están las viudas —murmuré.

Victoria permaneció detrás de mi hombro. —Mi madre retiró sus imágenes.

—¿Por qué?

—Decía que los hombres de la familia utilizaban los retratos para recordar qué mujeres habían sobrevivido lo suficiente para convertirse en problemas.

—¿Las ocultó?

—Las destruyó.

—¿Todas?

—Eso creía.

Un técnico se acercó con una tableta.

—La habitación está libre de explosivos. Encontramos un sistema de ventilación antiguo conectado al exterior y una huella reciente sobre la mesa.

—¿Reciente cuánto? —preguntó Camila.

—Menos de doce horas.

Victoria cruzó el umbral primero. Los agentes la rodearon mientras revisaba cada esquina.

Entré después de que Camila asintiera.

La temperatura descendió todavía más dentro de la sala. Mis manos se enfriaron a pesar de llevar las mangas cerradas.

Sobre las estanterías había cajas numeradas, libros de contabilidad y carpetas protegidas por cuero deteriorado. Algunas etiquetas llevaban fechas anteriores a mi nacimiento.

—¿Qué guardaba Isabela aquí? —pregunté.

—Archivos privados —respondió Victoria—. Información que no confiaba al sistema digital de la familia.

—¿Por qué no los revisó después de su muerte?

—Revisé parte.

—¿Y cerró el resto?

—Sí.

—¿Porque dolía?

La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla.

Victoria giró hacia mí. Durante un instante, algo crudo apareció debajo de su expresión controlada.

—Porque cada persona que buscaba estos documentos terminaba muerta.

—Incluido mi padre.

—Sí.

Camila retiró la sábana de la mesa.

Debajo había una maqueta detallada del Palacio de las Viudas. Cada ala podía abrirse para mostrar habitaciones, pasajes y patios interiores.

—Esto no aparece en los inventarios —dijo.

Me acerqué. La maqueta incluía rutas que no figuraban en los planos mostrados por seguridad.

Pequeños puntos rojos marcaban ciertas habitaciones: el despacho de Victoria, la sala del consejo, la capilla y el dormitorio donde me habían instalado.

—¿Qué significan? —pregunté.

Camila examinó la base. —Conexiones acústicas.

—¿Micrófonos?

—Conductos construidos para transportar sonido.

El estómago se me cerró. —¿Alguien puede escuchar desde las paredes sin utilizar dispositivos?

Victoria abrió una sección de la maqueta. Debajo de mi dormitorio había un tubo que conducía hasta una cámara estrecha ubicada entre pisos.

—Los palacios antiguos utilizaban galerías para espionaje —explicó Camila—. Si siguen abiertas, una persona podría escuchar conversaciones desde varios puntos.

—¿Las cámaras detectan esas galerías?

—No si los accesos están fuera del sistema moderno.

Miré los puntos rojos. —¿Cuántos hay?

—Diecisiete en esta maqueta.

—Dijo que existían cuarenta y tres rutas registradas.

—Estas no estaban registradas.

El miedo dejó de ser una reacción rápida y se convirtió en una presión constante debajo de las costillas.

—Alguien podría haber escuchado todo desde que llegué.

Victoria apoyó ambas manos sobre la mesa. —Sí.

—¿Incluso dentro de su despacho?

—Aparentemente.

—¿No lo sabía?

—No.

La respuesta pareció costarle más que cualquier acusación. Victoria podía admitir crueldad sin pestañear, pero reconocer que alguien había vivido dentro de sus puntos ciegos resultaba distinto.

—¿Quién construyó esto? —pregunté.

Camila iluminó una placa en la base. —Isabela Alarcón. La fecha es de nueve años atrás.

—Su madre conocía las galerías.

—Y las ocultó —dijo Victoria.

—Tal vez las utilizaba.

—Seguramente.

—Entonces pudo haber escuchado a su marido, al consejo y a Elena.

La última palabra tensó el ambiente.

Victoria abrió otro compartimento de la maqueta. Dentro había pequeños rollos de papel sujetos con cintas negras.

Camila se colocó guantes antes de extraerlos.

—Listas de nombres —informó después de revisar el primero—. Fechas, habitaciones y horas.

—Registros de conversaciones —dije.

—Parece que sí.

Victoria extendió la mano. Camila le entregó el rollo.

Vi nombres del consejo, empleados, políticos y empresarios. Algunas líneas estaban marcadas con tinta roja.

—¿Está Elena? —pregunté.

Victoria recorrió la lista.

—Tres veces.

—¿Qué fechas?

—Una semana antes de la explosión, dos días antes y la misma mañana.

—¿En qué habitaciones?

—Despacho de mi padre, galería de invierno y capilla.

—¿Elena estaba aquí la mañana en que murió Isabela?

—Sí.

La respuesta no pareció sorprender a Victoria.

—¿Ya lo sabía?

—Me dijo que había venido a convencer a mi madre de cancelar un viaje.

—¿El viaje en el que explotó el automóvil?

—Sí.

—¿Y todavía confía en ella?

—No confío en nadie.

La frase debería haberme incluido, pero la forma en que miró los registros dejó claro que Elena ocupaba un lugar diferente. No era confianza. Era una dependencia antigua que quizá resultaba peor.

Camila abrió los otros rollos. Uno contenía códigos bancarios. El último llevaba una sola frase escrita por Isabela.

“Si Victoria encuentra esto, ya habrán intentado convertir mi muerte en su herencia.”

Victoria tomó el papel. Sus dedos no temblaron, aunque la respiración se volvió más lenta.

—¿Qué significa? —pregunté.

—Mi madre sabía que planeaban matarla.

—También sabía que usted heredaría el poder.

—Mi padre necesitaba que yo creyera que el control de la familia había sido su último regalo.

—¿No lo fue?

—No. Pasé años intentando obtener una autoridad que él había diseñado para mantenerme obediente incluso después de su muerte.

—La cláusula matrimonial.

—Entre otras.

El técnico llamó a Camila desde el fondo de la sala. Habían encontrado una caja empotrada dentro de la pared, abierta recientemente.

Solo quedaba polvo en su interior y una marca rectangular.

—Retiraron algo —dijo Camila.

—¿Qué tamaño tenía? —preguntó Victoria.

—Aproximadamente una carpeta rígida o un libro grande.

—La lista completa —respondió ella.

—¿La lista de quienes planearon matar a Isabela?

—Probablemente.

—Alguien entró para robarla —dije—. Entonces, ¿por qué dejó fotografías para guiarnos hasta aquí?

Camila examinó la caja. —Quizá necesitaba que supiéramos que la lista existía.

—O quiere que Victoria culpe a Elena —añadí.

Mi esposa volvió el rostro hacia mí.

—Está defendiéndola demasiado para una mujer que no conoce.

—Estoy cuestionando la historia que alguien intenta imponerme.

—¿También cuestiona a Beatriz con tanta disciplina?

—Sí. Por eso estoy aquí.

La respuesta silenció cualquier réplica inmediata.

Caminé alrededor de la maqueta. Había pequeños mecanismos en cada ala. Cuando abrí la sección correspondiente al despacho de Victoria, encontré una ruta marcada desde el corredor de servicio hasta una cámara detrás de la biblioteca.

—¿Esa entrada sigue abierta?

Camila observó la ubicación. —Lo sabremos cuando revisemos.

—Quiero ver su despacho.

—No —dijo Victoria.

—Alguien puede entrar sin que lo sepa.

—Mi despacho está protegido.

—También lo estaba mi dormitorio.

—No entrará allí.

—¿Porque guarda algo sobre mi padre?

—Porque es el centro operativo de esta casa.

—El contrato me concede información relacionada con mi seguridad.

—No acceso a mis archivos.

—La maqueta demuestra que alguien podría utilizar su despacho para vigilarnos. Eso afecta mi seguridad.

Victoria me sostuvo la mirada. —Está intentando convertir una amenaza en permiso para invadir.

—Estoy intentando saber dónde pueden escucharme.

—Camila revisará el acceso.

—Conmigo presente.

—No.

—Entonces asumiré que oculta algo.

—Asuma lo que quiera.

Su tono cerró la discusión frente a los demás, pero la negativa me entregó una certeza: el despacho contenía algo que no quería que encontrara.

Camila ordenó embalar la maqueta y todos los rollos. Yo fotografié cada documento visible antes de que los retiraran.

—Esas imágenes no salen del sistema protegido —advirtió Victoria.

—Se las enviaré a Gabriel.

—No.

—Son pruebas relacionadas con la muerte de mi padre.

—También contienen nombres de personas activas dentro del gobierno y el consejo.

—Puede ocultar los nombres no relacionados.

—Camila preparará una versión.

—Quiero revisar qué elimina.

Victoria cerró la tapa de una caja. —Aceptado.

La concesión llegó demasiado rápido. Otra prueba. Otro espacio controlado donde podría creer que ganaba mientras ella decidía el tamaño de la victoria.

Salimos de la sala por el corredor principal del ala oeste. Las puertas estaban cubiertas con telas oscuras, y los muebles permanecían ocultos bajo sábanas.

No había polvo suficiente para un lugar abandonado. Alguien limpiaba allí o caminaba con frecuencia.

Me detuve junto a una consola. Pasé un dedo por la madera y mostré la piel limpia.

—Dijo que nadie entraba.

—Dije que nadie tenía autorización.

—¿Quién limpia?

Mercedes respondió desde el extremo del corredor. No había escuchado su llegada.

—Yo.