LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 5 — Ojos dentro de las paredes
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Capítulo 5 — Ojos dentro de las paredes

—¿Cómo puede abrirse desde dentro una habitación sellada?

Mi voz pareció demasiado frágil frente a los guardias armados, el panel desplazado y la fotografía que Victoria todavía sostenía dentro de la funda transparente.

—Porque nunca estuvo completamente aislada —respondió Camila—. Los planos indican un acceso secundario conectado con los pasajes de servicio del ala norte.

—Los planos están incompletos —dijo Victoria.

—Eso significa que alguien podría moverse por toda la casa sin aparecer en las cámaras.

Camila no intentó tranquilizarme.

—Significa que debemos descubrir qué partes siguen comunicadas.

Victoria guardó la fotografía dentro de una carpeta rígida y se la entregó a uno de los agentes.

—Llévela al laboratorio. Nadie fuera de tu equipo toca el original.

—Quiero una copia antes de que salga de esta habitación —dije.

El agente se detuvo. Victoria me miró, pero no retiró la orden.

—Camila la enviará a su teléfono.

—No quiero una imagen modificada.

—Tendrá acceso al análisis completo.

—Eso no fue lo que pedí.

El frío del pasaje seguía extendiéndose por el dormitorio. La madera abierta dejaba entrar olor a humedad, polvo y metal oxidado, como si detrás de la pared respirara una parte enferma del palacio.

Victoria tomó la carpeta de nuevo, abrió la funda y colocó la fotografía sobre la mesa. Después sacó su teléfono y me lo ofreció.

—Hágala usted.

No lo acepté.

—Con mi teléfono.

Camila me entregó el dispositivo vigilado. Fotografíé ambas caras, ampliando cada esquina para conservar fechas, marcas y cualquier detalle que después pudiera desaparecer.

En el reverso, la tinta de la amenaza era reciente. No había manchas ni dobleces suficientes para creer que llevara años guardada.

—¿Quién conocía esta fotografía? —pregunté.

Victoria se apoyó contra la mesa. —Mi madre, su padre y la persona que la tomó.

—También usted. Aparece detrás.

—No sabía que existía.

—¿Recuerda el momento?

Sus ojos se detuvieron sobre la imagen. La Victoria de la fotografía era más joven, pero la postura ya tenía la misma rigidez vigilante.

—Recuerdo que su padre llegó sin autorización. Mi madre hizo salir a todo el personal y lo recibió en el salón de invierno.

—¿Escuchó la conversación?

—Una parte.

—¿Qué dijeron?

—Su padre le explicó que alguien estaba moviendo dinero mediante empresas portuarias para financiar un ataque contra ella.

—¿Mencionó nombres?

—No mientras yo estuve cerca.

—Entonces, ¿cómo sabe que Elena aparecía en la lista?

Victoria tardó demasiado en responder.

—Mi madre me lo dijo después.

—¿Le mostró la lista?

—No.

—¿Por qué confiaría en lo que recordaba si estaba asustada?

El rostro de Victoria se endureció. —Mi madre no confundía nombres.

—Pero usted dijo que la explosión ocurrió dos semanas después. Podría haber interpretado mal algo.

—No lo hizo.

—¿Porque era su madre o porque necesita que Elena sea culpable?

Camila se volvió hacia los agentes.

—Revisen el pasaje hasta la intersección norte. Nadie cruza una puerta sin comunicarlo.

Los hombres desaparecieron detrás de la estantería. Sus linternas proyectaron sombras largas sobre la piedra antes de perderse por la escalera estrecha.

Victoria esperó a que se alejaran.

—No necesito que Elena sea culpable.

—Continúa viéndola.

—Eso no la vuelve inocente.

—Tampoco culpable.

—Lucía, una persona utilizó su vestido para grabarnos, mató al propietario del taller y dejó fotografías relacionadas con la muerte de nuestros padres. No estamos discutiendo celos.

—No dije que lo estuviéramos.

Su mirada recorrió mi rostro, deteniéndose brevemente sobre mi mejilla inflamada.

—Lo pensó.

El calor subió por mi cuello. —No decida qué pienso.

—Entonces deje de formular preguntas para las que ya eligió una respuesta.

—Usted sigue acostándose con una mujer cuyo nombre estaba en una lista de posibles asesinos de su madre.

Camila cerró los ojos durante un instante. Victoria permaneció completamente quieta.

—No sabe qué hago con Elena.

—El contrato dice que mantiene una relación con ella.

—Dice que existe una relación previa. No detalla su naturaleza actual.

—¿Sigue siendo su amante?

La habitación quedó suspendida alrededor de la pregunta. Los guardias del corredor fingieron no escuchar, aunque ninguno movió un músculo.

—Sí —respondió Victoria.

La sinceridad me produjo una irritación caliente y vergonzosa. No tenía derecho a sentirla. Nuestro matrimonio era un acuerdo, y yo había exigido una cláusula equivalente.

—Entonces espero que su equipo la investigue como investigaría a cualquier sospechoso.

—Ya lo hace.

—¿Ella lo sabe?

—Elena siempre sabe cuándo la observo.

—¿Y no le importa?

—Le gusta creer que significa que todavía me interesa.

Había una historia debajo de aquellas palabras, algo antiguo y desagradable que no podía resolver con otra pregunta.

Camila recibió una comunicación por el auricular. Su expresión cambió.

—Encontraron la puerta del ala oeste abierta.

Victoria se separó de la mesa. —¿Señales de entrada?

—La cerradura interior fue retirada. No forzada. Desmontada.

—¿Desde qué lado?

—Desde dentro.

El miedo regresó con tanta rapidez que mi estómago se contrajo. Miré el panel, imaginando a alguien trabajando en silencio dentro de las paredes mientras yo discutía contratos, rastreadores y dormitorios.

—Quiero ver esa habitación —dije.

—No —respondieron Victoria y Camila al mismo tiempo.

—La nota fue dirigida a mí.

—Precisamente —dijo Victoria—. La persona que la escribió quiere llevarla hasta allí.

—Entonces deberíamos descubrir por qué.

—Mi equipo lo hará.

—Su equipo permitió que alguien entrara en mi dormitorio.

El golpe alcanzó a Camila. No lo mostró en el rostro, pero sus hombros se tensaron.

—La propiedad fue comprometida antes de que llegáramos —explicó—. Todavía no sabemos si utilizaron túneles exteriores o credenciales internas.

—Eso significa que cualquiera en esta casa podría estar ayudando.

—Sí.

Miré hacia el corredor. Los empleados habían desaparecido durante el cierre, pero detrás de cada puerta podía existir una persona escuchando.

—No permaneceré aquí.

—Se trasladará a la habitación contigua a la mía —dijo Victoria.

—No.

—No es una negociación.

—Nuestro contrato establece que puedo elegir mi dormitorio.

—Dentro de las áreas seguras.

—Esta habitación fue aprobada por usted.

—Ya no lo está.

—Entonces encontraré otra después de revisarla con Camila.

—Dormirá junto a mi habitación hasta que sellemos los accesos.

—¿Cuánto tiempo?

—El necesario.

—Esa respuesta no existe en el contrato.

Victoria avanzó hasta quedar frente a mí. Su voz se mantuvo baja, pero los guardias apartaron la mirada.

—Alguien estuvo dentro de esta habitación, cosió un transmisor en su vestido y abrió una sala relacionada con la muerte de mi madre. Esta noche no estará fuera de mi alcance.

—Su alcance es exactamente lo que me preocupa.

Sus pupilas se contrajeron.

—No me obligue a escoger entre una cláusula y mantenerla respirando.

—No me obligue a escoger entre un intruso y usted.

La tensión se acumuló entre ambas. Mi cuerpo pedía retroceder, pero mantuve los pies firmes sobre la alfombra.

Victoria levantó una mano. Se detuvo antes de tocarme y señaló la puerta.

—Verá la habitación. Después se instalará junto a mí.

—Yo decidiré después de verla.

—Decidirá entre dos dormitorios seguros.

—Aceptado, si puedo revisarlos y conservar una llave que usted no tenga.

—No.

—Entonces una alarma igual a esta.

—Aceptado.

—Y ningún pasaje sin mostrarme.

—Camila revisará los muros.

—Estaré presente.

Victoria apretó la mandíbula. —Permanecerá detrás de seguridad.

—No soy parte del equipaje.

—El equipaje obedece mejor.

—Entonces cásese con una maleta.

Una de las agentes junto a la puerta bajó la cabeza para ocultar su reacción. Camila me lanzó una mirada que no supe interpretar.

Victoria no sonrió.

—Póngase las botas —ordenó—. Los pasajes tienen escalones húmedos.

—Puedo caminar por los corredores principales.

—El ala oeste está aislada del resto de la casa. La ruta principal podría estar comprometida.

—Las botas siguen siendo suyas.

—Puede devolverlas después de conservar los tobillos.

La caja permanecía junto a una de las maletas. La abrí y saqué las botas negras, molesta por descubrir que se ajustaban sin presión y protegían mucho mejor que mis zapatos húmedos.

Victoria observó cómo las ataba. No había satisfacción visible en su rostro, pero sentí que había registrado otra de mis pequeñas derrotas.

—No diga nada —advertí.

—No era necesario.

Camila nos condujo hacia el panel. Dos agentes avanzaron primero y otros dos ocuparon posiciones detrás de nosotras.

El pasaje era tan estrecho que mis hombros casi rozaban ambas paredes. La piedra estaba fría y cubierta por manchas oscuras de humedad.

No había iluminación fija. Las linternas revelaban cables antiguos, tuberías y marcas grabadas por empleados que habían utilizado aquellas rutas durante generaciones.

—¿El personal conoce estos caminos? —pregunté.

—Algunas secciones —respondió Camila—. Cada equipo recibe rutas limitadas según sus funciones.

—Entonces alguien puede conocerlas todas uniendo información.

—O haber trabajado aquí antes de que se dividieran los accesos.

Victoria caminaba detrás de mí. No me tocaba, pero su cercanía convertía cualquier pausa en una presión sobre mi espalda.

Descendimos dos tramos y atravesamos una intersección. Había cuatro caminos, cada uno marcado con símbolos metálicos.

Reconocí una corona partida grabada sobre una placa.

—Es el mismo símbolo de la nota.

Camila levantó la linterna. —Es la marca de Isabela.

—¿Su madre la utilizaba?

—Era su emblema personal —respondió Victoria—. La corona Alarcón acompañada por los lirios de su familia materna.

—¿Por qué estaba partida?

—Decía que ninguna corona permanece entera sobre una cabeza inteligente.

La frase parecía demasiado libre para pertenecer a una mujer casada dentro de aquella familia.

—¿Su padre odiaba el símbolo?

—Mi padre odiaba todo lo que no podía atribuirse a sí mismo.