LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 5 — Ojos dentro de las paredes #5
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Capítulo 5 — Ojos dentro de las paredes #5

Victoria se quedó inmóvil.

—¿Dónde? —preguntó.

—No lo sé. Pensaba que era un sueño.

—Descríbalo.

—Había una ventana cubierta. Olía a gasolina. Mi madre estaba llorando y tenía sangre en la manga.

Camila intercambió una mirada con Victoria.

—¿Qué ocurre?

Mi esposa abrió un cajón del escritorio y sacó una fotografía antigua.

Mostraba una casa pequeña junto a una carretera. Las ventanas estaban tapadas con madera y había bidones de combustible junto a una pared.

—¿Es este lugar?

El pánico llegó antes que el reconocimiento. Mi piel se enfrió y la respiración se volvió irregular.

—Sí.

Victoria apoyó la fotografía sobre el escritorio.

—Era una casa segura utilizada por mi madre.

—¿Por qué estuve allí?

—No lo sé.

—Miente.

—No.

—Tenía una fotografía guardada.

—Porque allí me retuvieron cuando tenía diecisiete años.

La habitación pareció inclinarse.

—¿La misma casa?

—Sí.

—¿Quién nos llevó?

—Todavía no lo sabemos.

—Mi padre pagó a Isabela ese día.

—Tal vez para protegerlas.

—¿De quién?

Victoria miró la carpeta. —De alguien que controlaba las dos familias.

Extendí la mano hacia los documentos.

—Entréguelos.

—No esta noche.

—Ya no puede fingir que esto solo pertenece a sus operaciones.

—Nunca lo hice.

—Entonces deje de decidir cuánto puedo soportar.

—Acaba de caminar por una cornisa para escuchar detrás de una pared.

—Porque cada puerta que cierro con usted abre otra mentira.

La frase la hizo retroceder apenas, no con el cuerpo, sino con algo dentro de su mirada.

Camila recibió otra alerta. —Encontramos el origen físico del repetidor.

—¿Dónde? —preguntó Victoria.

—Dentro de la capilla.

—Quiero ir —dije.

—No —respondió ella.

—La capilla fue prometida como mi espacio.

—Precisamente por eso colocaron el repetidor allí.

—Entonces alguien quiere que desconfíe de lo único que me ofreció sin cámaras.

—No se lo ofrecí yo. Pertenecía a mi madre.

—Y ahora alguien lo utiliza para observarme.

Victoria tomó su arma del escritorio. —Camila, selle el acceso principal. Entraremos por el corredor norte.

—Voy con ustedes.

—No.

—Puedo identificar si movieron algo relacionado con mi fe.

—No conoce esa capilla.

—Conozco la diferencia entre un objeto utilizado y uno colocado para parecer sagrado.

Camila guardó el teléfono dentro de una bolsa de señal. —Puede ser útil.

Victoria le dirigió una mirada cortante.

—También puede ser el objetivo —añadió Camila—. Pero dejarla aquí después de que encontró una ruta hasta su despacho tampoco parece seguro.

—Gracias por la confianza —dije.

—No era confianza.

Victoria abrió una caja de seguridad y sacó una pequeña pistola.

Pensé que me la entregaría. En cambio, comprobó el cargador y se la dio a Camila.

—Lucía permanece entre nosotras.

—No necesito un arma delante y otra detrás.

—Esta noche sí.

Salimos del despacho por la puerta principal. Los guardias bajaron la mirada al verme salir de una zona prohibida.

Victoria caminó a mi lado, con una mano cerca del arma escondida. No intentó tocarme, pero su cuerpo se mantenía lo bastante próximo para interceptar cualquier movimiento.

La capilla estaba unida al ala oriental por un corredor de cristal. Afuera, el jardín permanecía cubierto por sombras y una neblina baja que ocultaba las estatuas.

El frío se intensificó al cruzar. Mis manos ardían por los cortes, y cada latido empujaba más sangre hacia las heridas superficiales.

Dos agentes esperaban frente a la puerta.

—No detectamos movimiento interior —informó uno—. El repetidor sigue activo detrás del altar.

Camila desactivó la señal desde una tableta. Las luces de la capilla parpadearon antes de apagarse.

Entramos con linternas.

El lugar era pequeño, construido con piedra clara y madera oscura. No tenía los símbolos ostentosos del convento. Solo un altar sencillo, bancos y una escultura de una mujer sosteniendo lirios.

—¿Quién es? —pregunté.

—Santa Lucía —respondió Victoria.

El nombre me hizo mirar hacia ella.

—¿Su madre la eligió?

—Sí.

—¿Por mí?

—La capilla existía antes de que supiera quién era usted.

Aquella coincidencia no me tranquilizó.

Camila encontró el repetidor detrás de una placa de mármol. Había sido instalado dentro de un hueco preparado con herramientas recientes.

—No lo colocaron hoy —dijo—. El polvo alrededor indica varios meses.

—Antes de que Victoria me eligiera —murmuré.

—O mientras me investigaba —respondió ella.

—¿Quién sabía que me traería aquí?

—Camila, mi abogado, el consejo y Elena.

—Demasiadas personas.

—Siempre son demasiadas.

Me acerqué a la escultura. Los lirios de piedra tenían pequeñas manchas oscuras entre los pétalos.

Pasé un dedo por una de ellas.

Tinta.

—Hay algo escrito.

Camila iluminó la base. Las manchas formaban números casi borrados.

Victoria los reconoció antes que nosotras.

—Es una cuenta bancaria.

—¿La de Isabela? —pregunté.

—No. La de una fundación creada por Elena.

El olor metálico de las armas se mezclaba con el frío de la piedra y la humedad que entraba desde el jardín. Mis pensamientos avanzaban demasiado rápido, incapaces de elegir una explicación que no terminara en otra traición.

Camila fotografió los números y comenzó a cruzarlos con los registros recuperados.

—La transferencia de Valdés pasó por esta cuenta antes de llegar a Isabela —dijo después de varios minutos.

—¿Elena recibió el dinero de mi padre? —pregunté.

—Durante menos de seis horas.

Victoria permaneció frente a la estatua. Las sombras de las linternas cortaban su rostro, haciéndola parecer parte de aquella capilla construida para guardar secretos.

—Elena actuó como intermediaria —dijo—. O desvió una parte.

—¿Cuánto llegó a Isabela?

Camila revisó la pantalla. —Dos millones cien mil.

—Faltan trescientos mil.

—Retirados por una firma autorizada.

—¿De quién?

Camila levantó los ojos hacia Victoria.

—La firma pertenece a su padre.

El silencio posterior hizo que el frío penetrara hasta mis huesos. Victoria no se movió, pero sus pupilas se contrajeron y la mano cercana al arma quedó rígida.

Mi padre había enviado dinero para Isabela. Elena lo recibió. El padre de Victoria retiró una parte. Tres días después, Isabela murió dentro de un automóvil preparado para explotar.

—¿Para qué era el dinero? —pregunté.

—Una fuga —respondió Victoria—. Documentos nuevos, transporte y pagos a personas encargadas de sacarnos del país.

—¿Sacarlas a ambas?

—Sí.

—Pero usted no sabía nada.

—Mi madre no me lo contó hasta la mañana del viaje.

—¿Por qué no escaparon?

Victoria miró la estatua de Santa Lucía.

—Porque cuando llegué al punto de encuentro, el automóvil ya estaba ardiendo.

La capilla se volvió insoportablemente fría. Camila continuó revisando registros mientras los agentes ocupaban las puertas, pero yo apenas podía apartar la vista de Victoria.

—¿Vio morir a su madre?

—Sí.

—¿Elena estaba con usted?

—Llegó después.

—¿Y su padre?

—También.

—¿Quién la sacó de allí?

—Nadie. Me quedé hasta que el fuego consumió el vehículo.

La respuesta salió sin temblor, pero algo dentro de su rostro se había vaciado.

Quise preguntarle por qué había continuado viendo a Elena después de descubrir aquella cuenta. También quise saber cuánto de su crueldad había nacido frente a ese incendio.

No hice ninguna de las dos preguntas.

Camila se acercó con la tableta.

—Hay una última transferencia vinculada a la fundación.

—¿Fecha? —preguntó Victoria.

—La mañana posterior a la explosión.

—¿Cantidad?

—Trescientos mil. Exactamente lo retirado por su padre.

—¿Destino?

Camila giró la pantalla hacia nosotras.

El nombre de la beneficiaria apareció debajo del sello bancario.

Beatriz Salvatierra.

El pánico regresó como una corriente helada. Me apoyé en uno de los bancos mientras la capilla parecía estrecharse alrededor de mi cuerpo.

—Beatriz recibió dinero del padre de Victoria después de la muerte de Isabela.

—Sí —dijo Camila.

—Ella ni siquiera estaba casada con mi padre entonces.

—Según los registros, lo conoció oficialmente cuatro años después.

Oficialmente.

La palabra abrió otra grieta dentro de todos mis recuerdos.

Victoria se acercó al banco, pero no me tocó. Su sombra cayó sobre mis manos heridas y sobre el rosario enrollado alrededor de mi muñeca.

—Su madrastra conocía a mi familia antes de entrar en la suya —dijo—. Y alguien hizo desaparecer esa relación de ambos archivos.

Las sombras cubrían la capilla, el frío avanzaba desde el suelo y el olor metálico permanecía suspendido alrededor de las armas. Sentí que cada mentira de mi infancia había sido construida sobre otra más antigua.

Camila amplió el registro de la transferencia. Debajo del nombre de Beatriz había una referencia escrita por quien autorizó el pago, seis palabras destinadas a explicar el motivo.

“Custodia de la hija hasta nueva orden.”

Mi respiración se quebró mientras leía una segunda vez. No sabía qué hija mencionaba, quién había pagado por custodiarla ni por qué mi padre terminó casándose con la mujer que recibió aquel dinero.

Victoria levantó la mirada hacia el crucifijo vacío detrás del altar. Cuando habló, su voz permaneció controlada, aunque el peligro que contenía llenó toda la capilla.

—Beatriz no la envió al convento para quedarse con su herencia, Lucía. Alguien le pagó durante años para mantenerla escondida hasta que llegara el momento de entregarla.