LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 4 — El Palacio de las Viudas #8
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Capítulo 4 — El Palacio de las Viudas #8

—Es lo que tendrá.

La doctora llegó veinte minutos después. Era una mujer de unos cincuenta años llamada Alma Ríos, con cabello recogido y un maletín sencillo.

Antes de tocarme, mostró sus credenciales, permitió que Gabriel se conectara y aceptó que la consulta fuera grabada.

Victoria permaneció al final del corredor, visible desde la puerta abierta. No podía oír con claridad, pero tampoco se alejaba.

Alma examinó mi mejilla con guantes. Sus dedos tocaron suavemente el hueso debajo del ojo y después la articulación de la mandíbula.

—Avíseme si el dolor aumenta —dijo.

—Solo arde.

—Abra la boca lentamente.

La herida interna era pequeña. La doctora limpió la zona con una gasa fría y confirmó que no existía fractura.

—La inflamación será más visible mañana. Puede aplicar hielo durante periodos cortos.

—¿Necesita escribir algún informe?

—Solo una constancia de lesión si usted la autoriza.

Miré a Gabriel en la pantalla. —Quiero documentarla.

—Entonces incluya que fue causada por Beatriz Salvatierra y que Victoria no estaba presente cuando ocurrió —dijo él.

La doctora tomó fotografías con mi teléfono, no con el suyo. Después redactó una descripción breve que revisé antes de firmarla.

—También quisiera medir su presión —propuso.

—¿Para qué?

—Ha pasado por una situación de estrés prolongado. Puede rechazarlo.

Acepté después de pensarlo. La presión estaba elevada, pero no en niveles peligrosos.

—Necesita comer, beber agua y descansar —dijo Alma—. No emitiré recomendaciones psicológicas porque no me las solicitó y no realicé una evaluación de ese tipo.

La precisión de aquella aclaración revelaba que alguien le había contado lo ocurrido con el doctor Salcedo.

—¿Trabaja para Victoria?

—Trabajo para la familia desde hace doce años.

—Entonces sí.

Alma cerró el maletín. —También he contradicho sus órdenes cuando amenazaban la salud de alguien. Puede preguntarle cuántas veces intentó despedirme.

—Cinco —respondió Victoria desde el corredor.

La doctora no sonrió. —Siete.

Por un instante, la atmósfera se alivió. Después Alma salió y Victoria volvió a entrar.

—Comerá en el comedor pequeño —dijo.

—No tengo ropa para cambiarme.

—Tiene tres armarios llenos.

—Nada de eso fue elegido por mí.

—Entonces coma con el vestido.

—Quiero mi ropa del convento.

Camila abrió la primera maleta y sacó una falda larga, una blusa sencilla y un cárdigan. Todo estaba doblado con demasiado cuidado.

Me cambié a solas después de que salieran. Antes de cerrar la puerta, comprobé el panel oculto, activé la alarma y apoyé una silla bajo el picaporte.

La ropa conocida alivió algo dentro de mí, aunque conservaba el olor del convento y la humedad de aquella mañana.

Quité el vestido negro y lo dejé sobre una silla. Mientras revisaba el forro, encontré una costura más gruesa cerca de la cintura.

La abrí con unas tijeras del costurero.

Dentro había una pequeña pieza plateada.

No parecía un rastreador igual a los anteriores. Tenía una abertura diminuta y dos contactos oscuros.

Tomé una fotografía antes de tocarla con un pañuelo. Después llamé a Camila.

Ella llegó acompañada por Victoria. La silla todavía bloqueaba la puerta, así que tuve que retirarla para dejarlas entrar.

—Encontré esto en el vestido.

Camila se colocó guantes y examinó la pieza. Su rostro se endureció.

—Es un transmisor de audio.

Victoria no se movió. —¿De nuestro equipo?

—No.

El frío descendió desde mi nuca hasta las manos.

—¿Quién hizo el vestido? —pregunté.

—Un taller utilizado por la familia —respondió Camila—. Las medidas se enviaron hace cuatro días.

—¿Quién sabía que lo usaría?

Victoria miró la prenda. —Nadie debía saberlo.

—Usted dijo que esperaba que eligiera el negro.

—Solo Camila y yo conocíamos ambas opciones.

Camila levantó los ojos. —Yo no vi los vestidos hasta esta mañana.

La habitación pareció volverse más pequeña. Alguien había escuchado nuestras discusiones desde que me cambié en el convento.

Quizá también había grabado la ceremonia, la confrontación con Beatriz y la revelación sobre mi padre.

—¿Está activo? —pregunté.

Camila conectó la pieza a un lector. —Transmitió durante tres horas y doce minutos. Se apagó hace poco, probablemente al entrar en una zona bloqueada.

—¿Puede saber quién recibió la señal?

—Necesito el equipo del centro de seguridad.

Victoria tomó el vestido y examinó la costura. Sus manos permanecían firmes, pero la quietud de su rostro se había vuelto peligrosa.

—Cierre la casa —ordenó—. Nadie entra ni sale.

—Marina ya está fuera —dije.

—No hablo de ella.

—Hay treinta y ocho personas aquí.

—Ahora ninguna se moverá sin autorización.

—No puede encerrar a todo el personal.

Victoria me miró. —Alguien colocó un micrófono en la ropa de mi esposa y lo activó durante una ceremonia donde se discutieron dos asesinatos.

La palabra esposa resultó más amenazante que íntima. No me protegía. Me convertía en el centro de una represalia.

Camila se llevó el dispositivo. —Cerraré comunicaciones internas y revisaré el taller.

—Quiero estar informada —dije.

—Recibirá actualizaciones —respondió.

—No a través de Victoria. Directamente de usted.

Camila miró a su jefa. —Puedo hacerlo.

Victoria dejó el vestido sobre la cama. —Cene primero.

—No tengo hambre.

—No lo pregunté.

—Y yo no acepté que decida cuándo como.

—Su presión está elevada y no ha ingerido nada en horas.

—Eso es asunto mío.

—Ahora también es mío.

—No.

Victoria se acercó. Detuvo sus pasos antes de cruzar el límite de mi espacio, pero su presencia llenó la habitación.

—Puede caminar hasta el comedor o pedir que traigan comida aquí. No permanecerá sin comer para demostrar que todavía controla algo.

La frase encontró su objetivo. Mi rechazo no era solo falta de hambre. Era una necesidad infantil de conservar una decisión que nadie pudiera comprar.

—Traerán comida aquí —dije.

—No estará sola mientras investigamos el transmisor.

—Camila puede quedarse.

—Camila dirige el cierre.

—Mercedes.

—No sabemos si está comprometida.

—Entonces usted tampoco debería quedarse.

Su mirada se endureció. —Soy la única persona de esta casa que sé que no colocó ese dispositivo.

—También es la única que admitió vigilarme durante seis meses.

—Precisamente. No necesito un micrófono oculto.

La lógica resultaba insoportable porque era cierta.

—Se quedará junto a la puerta —dije—. No en la mesa.

—Aceptado.

Una bandeja llegó diez minutos después. Mercedes no la trajo. Un guardia acompañó a una joven empleada mientras Camila revisaba cada plato.

Había sopa, pan, queso y agua sellada. Victoria observó desde la puerta mientras yo inspeccionaba los envases.

—¿Así será cada comida? —pregunté.

—Hasta identificar al responsable.

—¿Y después?

—Dependerá de lo que encontremos.

Comí lentamente. El hambre apareció después de las primeras cucharadas, recordándome cuánto tiempo había pasado desde el desayuno.

Victoria no se sentó. Permaneció junto a la puerta, leyendo mensajes en su teléfono y levantando la mirada cada vez que alguien cruzaba el corredor.

—¿Por qué no tenía retrato su madre? —pregunté.

No respondió inmediatamente. —Lo tiene.

—La nota dice que busque donde las viudas no tienen retratos.

—Puede referirse a una sala, no a una persona.

—Mercedes reaccionó.

—Mercedes reacciona a cualquier mención del ala oeste.

—¿Qué hay allí?

—Habitaciones cerradas desde la muerte de mi madre.

—¿Por qué?

—Porque yo las cerré.

—¿Qué contiene?

—Sus cosas.

—¿También documentos de mi padre?

Victoria guardó el teléfono. —No lo sé.

—¿Nunca revisó las habitaciones?

—No todas.

—No le creo.

—Eso empieza a ser un hábito.

—Usted lo alimenta.

El teléfono de Victoria vibró. Leyó el mensaje y su expresión se volvió completamente inmóvil.

—¿Qué ocurre?

—El taller que hizo el vestido está vacío.

—¿Vacío cómo?

—Los empleados desaparecieron esta mañana. Las cámaras fueron borradas y el propietario fue encontrado muerto dentro de su automóvil.

La cuchara se detuvo a medio camino. El olor de la sopa se volvió repulsivo.

—¿Cuándo murió?

—Hace menos de dos horas.

—Mientras yo llevaba el vestido.

—Sí.

—Alguien mató al hombre que podía explicar quién colocó el transmisor.

—Eso parece.

El frío de la habitación penetró el cárdigan. Miré el vestido negro sobre la cama, hermoso y oscuro, con la costura abierta como una herida.

—¿Qué escucharon?

—Todo desde que se lo puso.

—La conversación con Beatriz. Lo de mi padre. La nota.

—Sí.

—También nuestras discusiones.

—Sí.

—¿Y la dirección del Palacio?

—No la pronunciamos de forma completa hasta el vehículo, donde el dispositivo perdió señal.

Recordé haber preguntado si aquella fotografía había sido tomada en el Palacio de las Viudas. Quien escuchaba sabía que el lugar estaba relacionado con mi padre.

—¿Cree que vendrán aquí?

—Ya estaban aquí antes de que llegáramos.

La respuesta me inmovilizó. —¿Qué significa?

Victoria giró su teléfono y mostró una imagen enviada por seguridad.

Era una fotografía de mi habitación tomada esa misma mañana. Los lirios blancos estaban sobre la mesa y el vestido negro colgaba frente al armario.

En el espejo, detrás de la persona que tomó la imagen, aparecía una sombra vestida con uniforme del personal.

—¿Quién tomó esto?

—Se envió desde un número desconocido hace tres minutos.

Debajo de la fotografía había un mensaje.

“Bienvenida a casa, Lucía.”

La temperatura pareció caer. Dejé la cuchara dentro del plato y miré la puerta, el panel oculto, las ventanas blindadas y cada rincón que había considerado vacío.

—Alguien entró aquí antes de mí.

—Sí.

—¿Sigue dentro de la casa?

—Probablemente.

—Entonces sus doscientas dieciséis cámaras no sirven.

—Sirven para mostrarnos qué partes fueron manipuladas.

—¿Cuántas?

—Doce dejaron de grabar durante intervalos distintos.

—¿Incluida esta habitación?

—Las cámaras están en el corredor. Ambas perdieron cuarenta segundos.

La alarma del panel seguía encendida. La puerta principal estaba abierta, y Victoria ocupaba el único acceso visible.

Aun así, sentí que alguien respiraba detrás de cada pared.

—Quiero salir de esta habitación.

—No.

—Alguien estuvo aquí.