LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 4 — El Palacio de las Viudas #9
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Capítulo 4 — El Palacio de las Viudas #9

—Precisamente por eso permanecerá donde podemos controlar accesos.

—No controla los accesos.

Victoria avanzó desde la puerta. —Camila está sellando el corredor. Se instalarán guardias y revisaremos cada pasaje.

—Quiero ir a una habitación sin rutas ocultas.

—No existe ninguna en la casa principal.

—Entonces lléveme a otro lugar.

—Moverla durante el cierre sería más peligroso.

—Todo lo que propone termina conmigo encerrada.

—Porque ahora mismo existe una persona armada o conectada a asesinos dentro de mi casa.

—¿Cómo sabe que está armada?

—Si llegó hasta aquí, no entró solo con una cámara.

Un golpe metálico sonó detrás de la estantería.

Ambas miramos hacia el panel oculto.

La luz verde de la alarma cambió a roja.

Victoria llegó hasta mí antes de que pudiera levantarme. Una mano cubrió mi hombro y la otra sacó un arma de debajo de su chaqueta.

—Detrás de mí.

—No.

—Lucía.

Otro golpe surgió dentro del pasaje. Después escuchamos un roce lento, como una mano avanzando por la madera.

Victoria apagó las luces. La habitación quedó sumergida en sombras, iluminada únicamente por el resplandor frío de las ventanas.

El olor metálico del arma se mezcló con la piedra húmeda que respiraba desde el corredor oculto. Mi cuerpo se volvió rígido, y el aire entró en mis pulmones con dificultad.

Victoria me empujó suavemente hacia el lado de la cama. Sus dedos abandonaron mi hombro apenas estuve cubierta por el muro.

—No se mueva —ordenó.

—Hay una salida por el baño.

—También puede estar comprometida.

La luz roja parpadeó otra vez. El mecanismo detrás de la estantería comenzó a desplazarse lentamente.

Victoria levantó el arma sin temblar. Su perfil permanecía inmóvil contra la oscuridad, pero la tensión de su espalda revelaba que aquello no formaba parte de ningún plan.

La estantería se abrió unos centímetros.

No apareció una persona.

Una fotografía cayó desde el pasaje y aterrizó sobre la alfombra.

Victoria no bajó el arma. Esperó varios segundos antes de avanzar, manteniéndose entre la abertura y mi cuerpo.

Camila entró por la puerta principal con dos agentes. Revisaron el corredor oculto y confirmaron que estaba vacío.

—Encontramos una salida abierta en el piso inferior —dijo—. Quien dejó esto pudo marcharse antes del cierre.

Victoria recogió la fotografía con un pañuelo.

Era otra imagen de mi padre. Esta vez estaba dentro del Palacio de las Viudas, de pie frente a una mujer que reconocí por los rasgos de los retratos.

Isabela Alarcón.

Mi padre le entregaba una carpeta. En el fondo, junto a una puerta entreabierta, una Victoria mucho más joven observaba sin que ellos parecieran notarlo.

La nota escrita al reverso era breve.

“Él sabía lo que los Alarcón hicieron. Ella también sabe por qué tuvo que morir.”

Levanté la mirada hacia Victoria. El frío de la habitación se había instalado en mis huesos, y las sombras del pasaje abierto parecían extenderse hasta nuestros pies.

—¿Qué le entregó mi padre a su madre?

Victoria mantuvo los ojos sobre la fotografía. La mano que sostenía el arma seguía firme, pero su rostro había perdido la máscara de control.

—La lista de personas que planearon matarla.

—¿Su nombre estaba allí?

El silencio fue suficiente para alterar mi respiración. Camila cerró el panel, aunque el golpe de madera no consiguió devolverme ninguna sensación de seguridad.

Victoria guardó el arma y se acercó. No intentó tocarme. Su voz llegó baja, controlada y más peligrosa que cualquier grito.

—Mi nombre no estaba en la lista, Lucía. El de Elena sí.

Las sombras de los retratos se extendían por el corredor, el frío entraba desde el pasaje sin sellar y un olor metálico permanecía alrededor del arma oculta bajo su chaqueta.

Comprendí que alguien había esperado mi llegada para entregar aquella fotografía, no porque quisiera ayudarme, sino porque necesitaba que desconfiara de la única mujer capaz de mantenerme viva.

Victoria observó la puerta abierta detrás de Camila mientras los guardias ocupaban el pasillo. Su expresión no mostraba sorpresa por el nombre de Elena, sino reconocimiento ante un peligro antiguo.

Cuando volvió a mirarme, supe que el transmisor, el vestido y la muerte del sastre no eran una advertencia para ella. Eran una invitación dirigida a mí.

—No saldrá de esta habitación esta noche —dijo—. La persona que entró conocía nuestros protocolos, los pasajes y la existencia de esa fotografía.

Miré la cama preparada, las paredes llenas de rutas ocultas y la puerta vigilada por hombres armados. No había un lugar dentro de aquella casa que pudiera considerar mío.

Victoria se acercó a la estantería y apoyó la palma sobre la madera cerrada. El aire olía a polvo, humedad y hierro, como si el palacio hubiera abierto una herida antigua para recibirme.

—La nota del convento decía que buscara donde las viudas no tienen retratos —murmuré—. ¿Qué existe allí?

Su mirada se desplazó hacia el ala oeste, invisible detrás de varias paredes, y la respuesta tardó lo suficiente para que mi pánico adoptara una forma más concreta.

—Una habitación que mi madre selló antes de morir —dijo—. Y alguien acaba de abrirla desde dentro.