LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 4 — El Palacio de las Viudas #7
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Capítulo 4 — El Palacio de las Viudas #7

—Son una prueba de que preparó esta habitación mientras yo todavía creía que tomaría votos.

—Preparé la habitación porque existía la posibilidad de que aceptara.

—También preparó mis medidas, mis zapatos y una cadena con rastreador.

Tomé el jarrón. Era pesado, pero conseguí levantarlo.

Mercedes avanzó para ayudarme. Me aparté y llevé las flores hasta el pasillo.

—Puede entregarlas a otra persona o dejarlas morir —dije—. No las quiero aquí.

Victoria no intentó detenerme. El personal observó mientras Mercedes recibía el jarrón y se lo daba a una joven empleada.

Cuando regresé, Camila ya revisaba paredes con un detector. Encontró dos cámaras en el corredor, ninguna dentro de la habitación.

—Hay un acceso de servicio detrás de esta estantería —explicó.

Presionó una sección de madera y abrió un panel estrecho. Detrás había una escalera oculta que descendía entre paredes.

El aire procedente del pasaje olía a polvo, humedad y metal viejo.

—Quiero un cerrojo interior —dije.

—Interfiere con la evacuación —respondió Victoria.

—Entonces una alarma que suene dentro de mi habitación cada vez que se abra.

Camila asintió. —Puedo instalarla en una hora.

—Con un interruptor que solo yo controle.

—Puede desactivarla, pero seguridad recibirá una notificación.

—No.

—Si alguien entra sin autorización, necesitamos saberlo.

—Recibirán la alerta de apertura. No sabrán cuándo la desactivo por privacidad.

Camila miró hacia Victoria. —Es posible.

Mi esposa observó el panel. —Hágalo.

—También quiero revisar el baño.

Mercedes abrió otra puerta. Había una bañera hundida, una ducha de piedra y armarios llenos de productos elegidos para mí.

—Retiren todo lo que no esté sellado —ordené.

—Cada producto fue revisado —respondió Mercedes.

—No por mí.

—Señora Valdés, nadie en esta casa desea envenenarla mediante un jabón.

—Alguien falsificó informes médicos para encerrarme. No descartaré métodos porque parezcan ridículos.

Camila intervino antes de que Mercedes contestara. —Tiene razón. Los envases abiertos se retiran. Los sellados permanecen hasta que Lucía decida.

Mercedes inclinó la cabeza con rigidez. —Como indique.

—Mis documentos —dije.

Camila pidió que trajeran un maletín. Lo abrió sobre la mesa y me mostró el pasaporte, la identificación nacional, certificados y originales del fideicomiso.

—Quiero una caja fuerte propia.

—Hay una detrás del cuadro —explicó Mercedes.

—¿Quién conoce la combinación?

—Todavía no ha sido programada.

Elegí seis números que no pertenecían a ninguna fecha familiar. Camila se apartó mientras los introducía.

Guardé mis documentos, cerré la puerta y comprobé dos veces que nadie pudiera abrirla con una llave maestra.

—Seguridad puede acceder mediante un código de emergencia —dijo Victoria.

Me volví hacia ella. —Entonces no es mía.

—Se utiliza ante incendios, secuestros internos o fallecimiento.

—Quiero que cualquier acceso quede registrado y envíe una alerta inmediata a Gabriel.

—Eso revelaría un sistema interno a una persona externa.

—Entonces buscaré otra caja.

—No.

—El contrato dice que conservo mis originales.

—Conservar no significa ocultarlos en un sistema desconocido.

—Significa que no puede retirarlos sin que lo sepa.

Victoria se acercó a la caja fuerte. —Camila configurará una alerta a su teléfono y al mío. Cualquier acceso de emergencia requerirá dos códigos distintos.

—Uno de ellos no será suyo.

—Lucía.

—Camila y Mercedes.

Mercedes levantó la mirada, sorprendida.

Victoria tardó varios segundos en responder. —Camila y yo.

—Entonces los documentos irán conmigo mientras encuentro un banco independiente.

—No saldrán de esta propiedad hoy.

—No puede impedirlo.

—Puedo impedir que abandone la propiedad hoy.

La amenaza apareció sin disfraces. El personal permaneció inmóvil, fingiendo concentrarse en mis maletas.

—¿Bajo qué cláusula?

—Riesgo de seguridad inmediato.

—Debe estar documentado.

Camila sacó una tableta. —Dos cámaras exteriores fueron interferidas, apareció una nota dentro del convento y desconocemos quién conoce la ruta. Puedo emitir la restricción por cuarenta y ocho horas.

—Conveniente.

—Sí —respondió Victoria—. La seguridad suele serlo para quien controla las puertas.

La rabia me calentó el rostro. —Entonces coloque su código. Quiero el registro en mi teléfono y una cámara enfocando la caja desde fuera.

—Una cámara dentro de su dormitorio viola la cláusula —dijo Camila.

—Enfocará únicamente la puerta de la caja y se activará si alguien intenta abrirla mientras no estoy.

Camila consideró la solución. —Puede hacerse sin captar el resto de la habitación.

—Instálela.

Victoria asintió, aunque la tensión en su mandíbula no desapareció.

Los dispositivos de las maletas fueron retirados sobre la mesa. Camila me mostró dónde estaban ocultos: debajo de las placas metálicas con mis iniciales y dentro de las ruedas.

—Tres maletas quedan limpias —dijo—. La cuarta tendrá un emisor externo desmontable cuando salga.

—Quiero verlo.

Me entregó una pieza negra del tamaño de una moneda. Era mucho más evidente que el cierre de la cadena.

—Esto es aceptable —dije—. Porque puedo reconocerlo y retirarlo.

Victoria permaneció junto a la ventana. —Si lo retira durante un traslado, el vehículo se detendrá.

—Entonces será mi decisión provocar la detención.

—No abuse de una concesión.

—No llame concesión a dejar de esconder cosas en mis pertenencias.

Mercedes terminó de organizar al personal y anunció que la cena sería servida dentro de dos horas.

—No cenaré con el consejo —dije.

—No está reunido hoy —respondió Victoria.

—¿Con quién cenaremos?

—Camila, Mercedes y nosotras.

—Quiero comer aquí.

—No.

—No tengo hambre.

—No ha comido desde la mañana.

—Eso no convierte la mesa en una obligación.

—El médico de la casa necesita revisar su mejilla.

—Elegiré otro médico.

—Puede hacerlo mañana. Esta noche confirmaremos que no existe lesión grave.

—No quiero que nadie me examine.

Victoria caminó hacia mí y se detuvo fuera de mi alcance. —Tiene sangre seca dentro de la boca y lleva horas bajo tensión. No negociaré su salud por orgullo.

—No es orgullo.

—Entonces explique.

—No permitiré que un profesional pagado por usted escriba otro informe sobre mi estado.

La acusación hizo que el silencio ocupara toda la habitación.

Camila apartó la vista. Mercedes permaneció rígida junto a la puerta.

—La doctora no redactará nada sin su consentimiento —respondió Victoria—. Puede grabar la consulta y enviar la copia a Gabriel.

—Quiero que él esté conectado.

—Aceptado.

—Y no estará usted.

Victoria no respondió inmediatamente.

—No necesita presenciar cada vez que alguien me toca —añadí.

Sus ojos descendieron hacia mi mejilla. —Estaré fuera de la habitación.

—Lejos de la puerta.

—En el corredor.

—En su despacho.

—No.

—Entonces no habrá consulta.

La tensión se volvió visible en la forma en que Victoria cerró la mano derecha. —Al final del corredor.

—Aceptado.

Mercedes anunció que prepararía una comida ligera. Después abandonó la habitación con el resto del personal.

Camila permaneció para instalar alarmas. Victoria no se movió.

—Quiero estar sola —dije.

—Después de la revisión.

—Ahora.

—No.

—¿Teme que abra una ventana?

—Las ventanas tienen bloqueo.

Caminé hasta una de ellas y comprobé el cierre. El cristal era grueso, probablemente blindado.

—Por supuesto.

—Lucía.

—¿Qué?

—Míreme.

No quería hacerlo. Aun así, me volví porque su voz había cambiado, más baja y peligrosa.

—Lo que hizo en la entrada no volverá a repetirse sin avisarme.

—¿Exponer un rastreador?

—Desafiar una instrucción de seguridad frente a toda la casa.

—No sabía que necesitaba permiso para hablar.

—No lo necesita. Necesita comprender que algunas personas interpretarán nuestras diferencias como una oportunidad.

—Ya me explicó que todo será interpretado.

—Entonces actúe como si lo entendiera.

—Lo hice. Les mostré que no soy una mujer a la que pueden marcar sin que lo note.

—También les mostró que puede obligarme a ceder.

—¿Eso le preocupa?

Victoria avanzó un paso. —Me preocupa que alguien quiera descubrir hasta dónde llega su influencia.

—¿Y hasta dónde llega?

No respondió. El silencio entre nosotras se volvió más íntimo que cualquier palabra.

—Retiró el rastreador —continué—. Respetó mi apellido y permitió que estableciera reglas delante de su personal. ¿Por qué?

—Porque tenía razón.

La respuesta me sorprendió.

—¿Eso le importa?

—Cuando es útil.

—Ahí está otra vez.

—No confunda reconocimiento con debilidad.

—No lo hago. Creo que le preocupa más parecer débil que hacerme daño.

Victoria llegó hasta el borde de la alfombra. La distancia entre ambas se redujo hasta que pude ver el tono rojizo de una pequeña cicatriz junto a su mandíbula.

—Puedo hacerle daño sin perder autoridad —dijo—. No lo he hecho porque todavía prefiero que aprenda por otros medios.

Mi respiración se volvió más lenta, no por calma, sino porque el cuerpo intentaba ocultar el miedo.

—Eso es una amenaza directa.

—Es información.

—No existe diferencia cuando viene de usted.

—Existe. Una amenaza busca cambiar su comportamiento. Yo le estoy explicando qué clase de mujer tiene delante.

—Una que cree que advertir sobre su crueldad la vuelve honesta.

—Una que no necesita que la considere buena.

—Entonces no espere que la trate como si lo fuera.

Algo oscuro brilló en sus ojos. —Nunca lo haga.

Camila terminó de instalar el sensor detrás de la estantería. Una luz verde apareció junto al panel oculto.

—La alarma responderá a cualquier apertura —explicó—. El control está en su teléfono. Seguridad solo verá la apertura, no la desactivación manual.

—Gracias.

—No me agradezca todavía. La casa tiene otros accesos que deberá aprender.

—¿Cuántos?

—Cuarenta y tres rutas internas registradas. Tal vez más.

—¿Tal vez?

Camila miró hacia Victoria. —El palacio fue ampliado por generaciones. Algunas paredes no coinciden con los planos.

—Quiero copias.

—No —dijo Victoria.

—Necesito saber por dónde pueden entrar en mi habitación.

—Conocerá las rutas cercanas a sus áreas autorizadas.

—¿Y si una ruta prohibida termina aquí?

—Camila la sellará.

—Eso no responde.