LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 4 — El Palacio de las Viudas #6
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Capítulo 4 — El Palacio de las Viudas #6

Miré la división del conductor. —¿Quién escucha?

—Camila puede acceder a las grabaciones. Nadie más debería poder hacerlo.

—Debería.

—La seguridad absoluta no existe.

—Pero exige que confíe en su sistema.

—Exijo que comprenda sus fallos.

El camino terminó de subir. Los cipreses se abrieron y el Palacio de las Viudas apareció frente a nosotras.

No parecía una residencia. Era una fortaleza aristocrática construida para sobrevivir a una guerra y recordar a quienes entraban que alguien la había ganado.

La fachada de piedra gris se extendía sobre tres niveles, con torres estrechas, balcones de hierro y ventanas altas protegidas por cristales oscuros.

Dos alas rodeaban un patio central. Detrás se levantaba una capilla independiente, unida a la casa por un corredor cubierto.

En los jardines, rosales negros formaban senderos alrededor de estatuas sin rostro. El cielo oscuro convertía cada figura en una presencia vigilante.

—¿Cuántas personas viven aquí?

—Treinta y ocho esta semana.

—¿Esta semana?

—El número cambia según las operaciones.

—¿Todos están armados?

—La mitad.

—Eso debía estar en el contrato.

—No habría firmado.

—Exactamente.

Los vehículos se detuvieron frente a una escalinata. Había al menos veinte personas esperando bajo el pórtico.

Hombres y mujeres vestidos de oscuro ocupaban dos líneas. Algunos parecían personal doméstico; otros no ocultaban la rigidez de quienes llevaban armas.

En el centro estaba Camila, que había llegado antes por otra ruta. A su lado esperaba una mujer mayor con cabello plateado y vestido negro cerrado hasta el cuello.

—¿Quién es?

—Mercedes Aranda. Administra la casa desde antes de que yo naciera.

—¿También me vigilará?

—Ya lo hace.

La puerta se abrió desde fuera. Un guardia extendió la mano, pero no la acepté.

Bajé sola. El aire de la montaña estaba frío y olía a tierra húmeda, piedra y humo distante.

Victoria descendió detrás de mí. Cuando se colocó a mi lado, todas las personas bajo el pórtico inclinaron la cabeza.

No hacia ambas.

Hacia ella.

Mercedes avanzó. Su mirada recorrió mi vestido, los zapatos gastados y la marca visible en mi mejilla.

—Bienvenida al Palacio de las Viudas, señora Alarcón.

El apellido me golpeó con más fuerza que la declaración del funcionario.

—Valdés —corregí.

Un cambio apenas visible recorrió las dos líneas de empleados. Victoria permaneció inmóvil a mi lado.

Mercedes miró hacia ella, esperando una corrección.

—Señora Valdés —dijo Victoria—. Ese será el tratamiento dentro de la casa.

El murmullo no llegó a formarse, pero sentí la sorpresa contenida. Victoria acababa de establecer una regla frente a todos.

—El matrimonio ha sido registrado —continuó—. Lucía tendrá acceso a las áreas autorizadas y será informada sobre cualquier medida que afecte sus movimientos.

Mercedes inclinó la cabeza. —Por supuesto.

—Sus órdenes no anulan las mías en seguridad —añadió Victoria—. Cualquier conflicto se informa a Camila antes de actuar.

Allí estaba el límite. Podía hablar, pedir y quizá ordenar, siempre que no chocara con el sistema construido alrededor de Victoria.

—Quiero añadir algo —dije.

El silencio se volvió completo. Varias miradas se dirigieron hacia mi esposa, preguntando sin palabras si permitiría la interrupción.

Victoria me observó. —Hable.

Saqué el estuche del anillo y lo abrí frente a todos. La cadena descansaba dentro, hermosa y aparentemente inofensiva.

—La señora Alarcón me ofreció llevar esto como símbolo matrimonial.

Los ojos de Mercedes descendieron hacia la joya. Algunos empleados intercambiaron miradas discretas.

—También contiene un rastreador que no pensaba mencionar hasta que preguntara.

La quietud de Victoria cambió. Camila me miró con una mezcla de alarma y reconocimiento.

Levanté la cadena entre dos dedos. —Quiero que todos comprendan algo antes de que entre. No aceptaré regalos, joyas o dispositivos sin revisarlos.

Un hombre de la segunda línea bajó la mirada para ocultar una reacción. Mercedes permaneció impasible, aunque sus dedos se tensaron sobre el frente del vestido.

—Nadie colocará un rastreador sobre mí sin consentimiento —continué—. Tampoco confundirá una orden de seguridad con permiso para mentirme.

Victoria no intervino. Su rostro se había vuelto una máscara oscura, pero me permitió terminar.

—Camila retirará los dispositivos de mis maletas delante de mí. Cualquier objeto destinado a mis habitaciones será revisado antes de entrar.

Mercedes miró a Victoria. —¿Debemos entender que esta instrucción cuenta con su aprobación?

Mi esposa sostuvo mi mirada durante un momento prolongado. Podía negarme frente a toda la casa y demostrar que mi autoridad era decorativa.

—Sí —dijo finalmente—. También deben entender que cualquier persona que coloque un dispositivo no autorizado en las pertenencias de Lucía perderá el acceso a esta propiedad.

La cadena seguía suspendida entre mis dedos.

Victoria extendió la mano. Pensé que la tomaría, pero abrió la palma debajo de la mía.

—El rastreador fue autorizado por mí —añadió—. Lucía lo identificó antes de aceptarlo. Nadie confundirá su vigilancia con ingenuidad.

La frase transformó mi humillación pública en una advertencia compartida. También recuperó parte del control que yo había intentado quitarle.

Dejé caer la cadena sobre su palma.

—Entonces retire el dispositivo usted misma.

Una tensión silenciosa recorrió a los presentes.

Victoria cerró los dedos alrededor de la joya. —Camila.

Su jefa se acercó con una pequeña herramienta. Victoria sostuvo la cadena mientras Camila abría el cierre y extraía una pieza diminuta.

El dispositivo cayó dentro de una bolsa transparente.

—¿Satisfecha? —preguntó Victoria.

—No. Informada.

Sus ojos se oscurecieron. —Entre.

Subí el primer escalón. Nadie volvió a inclinar la cabeza, pero las miradas me siguieron con una atención distinta.

No era respeto. Todavía no.

Era curiosidad ante una mujer que había desafiado a Victoria Alarcón frente a toda su casa y continuaba respirando.

El vestíbulo era más frío que el exterior. Las paredes de piedra sostenían tapices oscuros, armas antiguas y retratos de mujeres vestidas de luto.

Sus ojos pintados parecían seguirme mientras Mercedes guiaba el recorrido.

—La familia llama a esta galería el corredor de las viudas —explicó—. Cada mujer representada sobrevivió al hombre con quien contrajo matrimonio.

—¿Por cuánto tiempo? —pregunté.

Mercedes no pareció comprender.

—¿Cuánto vivieron después de ellos?

—Algunas, muchos años. Otras murieron poco después.

—¿De qué?

Victoria caminaba detrás de nosotras. —No es una visita histórica.

—La nota menciona viudas sin retratos.

Mercedes se detuvo.

El error fue inmediato. Había reaccionado antes de poder ocultarlo.

—¿Qué nota? —preguntó.

Victoria apareció a mi lado. —Una cuestión de seguridad. Continúe.

Mercedes obedeció, pero su espalda se volvió más rígida.

Avanzamos por un salón amplio con chimeneas apagadas, muebles antiguos y ventanas orientadas hacia el jardín de rosas negras.

No había flores frescas. Nada dentro del palacio parecía vivo por accidente.

—Mi habitación —dije—. Quiero verla antes que cualquier otra cosa.

—La suite conyugal está preparada —respondió Mercedes.

—No dormiré allí.

La mujer mayor miró nuevamente a Victoria.

—El contrato establece dormitorios separados —expliqué—. Quiero una habitación con cerradura interior y sin acceso oculto.

Mercedes perdió una fracción de su compostura. —Todas las habitaciones principales poseen pasajes de servicio.

—Entonces bloquéelos.

—No pueden cerrarse permanentemente. Forman parte de las rutas de evacuación.

—Quiero saber dónde están.

—Camila se lo mostrará —dijo Victoria.

—Ahora.

—Primero revisaremos la seguridad de la propiedad.

—Puede revisarla mientras desempaco.

—No estará sola hasta que terminemos.

—Entonces Camila viene conmigo.

Victoria se detuvo en medio del salón. Los empleados que transportaban mis maletas fingieron no escuchar.

—Mercedes le mostrará las habitaciones —dijo—. Camila tiene trabajo.

—Confío más en Camila.

La jefa de seguridad, situada junto a la puerta, levantó una ceja. Mercedes mantuvo el rostro inmóvil, aunque la ofensa quedó visible en la forma en que apretó los labios.

—No conoce a ninguna de las dos —respondió Victoria.

—Camila me entregó una nota que usted quería ocultar.

—Porque sabía que yo terminaría permitiéndolo.

—Eso dice ahora.

Una sombra de irritación cruzó sus ojos. —Camila la acompañará.

Subimos por una escalera de piedra cubierta por una alfombra oscura. Las paredes sostenían más retratos, pero algunos espacios estaban vacíos.

Rectángulos más claros marcaban lugares donde habían retirado cuadros.

—¿Quién faltaba ahí? —pregunté.

Camila miró las paredes. —Familiares eliminados de los registros públicos.

—¿Por qué?

—Traición, matrimonio inconveniente, pérdida de derechos o muerte deshonrosa.

—¿También retiraron a Isabela?

Victoria se detuvo detrás de mí.

Uno de los espacios vacíos era mayor que los demás. La pared mostraba cuatro pequeños orificios donde antes había colgado un marco pesado.

—El retrato de mi madre está en el ala oeste —respondió.

—El ala prohibida.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque nadie entra allí.

—Eso no explica nada.

—Es lo que tendrá hoy.

Continuamos hasta el segundo piso. Mi habitación estaba al final de un corredor orientado hacia la capilla.

Mercedes abrió una puerta doble y encendió las lámparas.

La habitación era más grande que toda la planta del convento donde había vivido. Tenía una chimenea de mármol, una cama con dosel y ventanas hacia el jardín.

Habían colocado ropa nueva dentro de armarios abiertos, libros sobre una mesa y flores blancas junto a la cama.

Lirios.

Me acerqué al jarrón. Eran las mismas flores que había cuidado en el convento, pero estas parecían demasiado perfectas, seleccionadas para demostrar cuánto conocían mis gustos.

—Retírelas —dije.

Mercedes parpadeó. —Llegaron esta mañana.

—No las pedí.

Victoria entró en la habitación. —Puede conservarlas.

—Precisamente por eso quiero que salgan.

—Son flores.