LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 4 — El Palacio de las Viudas #5
21%

Capítulo 4 — El Palacio de las Viudas #5

Pensé en sus dedos alrededor de mi muñeca, en la forma en que había amenazado a Beatriz y en su confesión sobre el hombre que mató junto al puerto.

—No sé qué hará si intento marcharme.

—No le pregunté si sabe. Le pregunté qué siente.

Miré mi reflejo en la ventana. La marca de la bofetada seguía visible y el vestido negro parecía pertenecer a otra mujer.

—Siento que no necesita golpearme para conseguir lo que quiere.

Gabriel guardó silencio. —Eso también debe quedar registrado.

La llamada terminó cuando el vehículo redujo la velocidad. La pared opaca comenzó a subir sin que yo tocara ningún botón.

Victoria apareció al otro lado, sentada en la misma posición. Miró la marca de mi muñeca antes que mi rostro.

—¿Terminó?

—Por ahora.

—¿Solicitará la anulación?

—Consideramos todas las opciones.

—Bien.

—¿Eso es todo?

—Prefiero saber que comprende que el papel puede utilizarse contra mí. La mantiene atenta.

—Habla como si hubiera escogido una adversaria, no una esposa.

—Todavía no sé qué escogí.

La frase elevó una corriente incómoda por mi espalda. —Lo sabía antes de preparar el vestido.

—Sabía para qué la necesitaba. No sabía qué haría usted cuando descubriera el precio.

—Quizá debió esperar a conocerme.

—Entonces Beatriz habría terminado la ceremonia.

—Podía detenerla sin casarse conmigo.

—Ya discutimos eso.

—Y sigue sin dar una razón que no termine beneficiándola.

Victoria inclinó ligeramente la cabeza. —No hago nada importante sin obtener un beneficio.

—¿Ni siquiera salvar a alguien?

—Especialmente eso.

—Entonces su ayuda siempre será una deuda.

—La gratitud es una moneda inestable. Prefiero contratos.

—Los contratos también pueden romperse.

—Por eso existen consecuencias.

El automóvil tomó una curva cerrada. Más allá de la ventana aparecieron montañas oscuras, cubiertas por una neblina baja.

Habíamos abandonado la ciudad. No reconocía la carretera ni los pueblos distantes. La certeza de no saber volver me cerró el pecho.

—¿Cuánto falta?

—Veinte minutos.

—Quiero la ubicación en mi teléfono.

Victoria tomó el dispositivo. Antes de dárselo, esperó mi permiso con una mirada. Asentí.

Sus dedos rozaron los míos al recibirlo. El contacto fue breve, pero mi piel reaccionó con una tensión involuntaria.

Abrió el mapa. El punto azul avanzaba por una carretera sin nombre hacia una extensión montañosa marcada como propiedad privada.

—No aparece el Palacio.

—No está registrado con ese nombre.

—¿Cuál es la dirección legal?

Victoria la escribió. Memorizarla me resultó difícil porque incluía un camino rural y coordenadas.

—Envíela a Gabriel.

—Ya la tiene.

—Quiero hacerlo yo.

Me devolvió el teléfono. Envié la ubicación y activé el uso compartido continuo.

Una notificación apareció inmediatamente: “La administración de seguridad puede acceder a su ubicación y detener el uso compartido ante riesgos detectados”.

—Puede cancelarlo —dije.

—El sistema puede.

—Usted controla el sistema.

—Camila lo administra.

—Camila la obedece.

—Cuando considera que tengo razón.

—¿Y cuando no?

—Me informa después de desobedecer.

No sabía si aquello era una broma. El rostro de Victoria no ofrecía ninguna pista.

Un estuche pequeño descansaba dentro del compartimento central. Lo reconocí antes de que ella lo abriera: el anillo oscuro de la ceremonia.

—Dije que no lo usaría.

—No se lo ofrecía.

Victoria sacó una cadena fina y pasó el anillo por ella. Después colocó la joya sobre la mesa entre nosotras.

—Es una alternativa. Puede llevarlo bajo la ropa durante actos públicos.

—Continúa siendo una marca.

—Continúa siendo reconocible para quienes necesitan verla.

—¿Qué ocurre si no la llevo?

—Tendré que mantenerla rodeada por más seguridad.

—Otra elección preparada.

—Sí.

Tomé la cadena para examinarla. Era ligera y no parecía esconder nada. Aun así, algo en el cierre me llamó la atención.

Había visto dispositivos pequeños dentro de los catálogos del convento cuando ayudábamos a clasificar donaciones electrónicas. El cierre era más grueso de lo necesario.

—¿Tiene un rastreador?

Victoria no respondió.

La miré. —Pregunté si tiene un rastreador.

—Sí.

Solté la cadena sobre la mesa. —No pienso usarla.

—Es una medida de seguridad.

—Es una forma de saber dónde estoy incluso cuando no llevo el teléfono.

—Correcto.

—¿Pensaba decírmelo?

—Cuando preguntara.

La ira encendió mi rostro. —Me ofreció la cadena como si fuera una concesión.

—Le ofrecí una alternativa al anillo.

—Con un dispositivo oculto.

—No está oculto ahora que lo sabe.

—Porque lo descubrí.

Victoria sostuvo mi mirada, y comprendí que no sentía vergüenza. Quizá incluso estaba evaluando cuánto tardaría en detectar otras trampas.

—¿Hay rastreadores en mi ropa? —pregunté.

—No.

—¿En las botas?

—No.

—¿En las maletas?

—Sí.

—¿Cuántos?

—Dos por maleta.

—¿Dentro de mis libros?

—No.

—¿En el rosario?

La pregunta salió antes de que pudiera controlar el miedo. Mi mano cubrió la cuenta rota sobre la muñeca.

Victoria se quedó inmóvil. —No tocaría el rosario sin su permiso.

—Leyó mis cartas sin permiso.

—No es lo mismo.

—Para mí sí.

—El rosario está limpio.

—Quiero que Camila lo compruebe delante de mí.

—Lo hará.

Guardé la cadena dentro del estuche y cerré la tapa. —¿Qué pretendía hacer si aceptaba usarla sin preguntar?

—Saber dónde estaba si alguien conseguía separarla del equipo.

—También sabría si intentaba salir sola.

—Sí.

—¿Y qué haría?

—Encontrarla.

La forma en que pronunció la palabra me hizo sentir el cierre alrededor del cuello aunque no llevara la cadena.

—No puede rastrearme contra mi voluntad.

—Puedo rastrear dispositivos de mi propiedad.

—Entonces no aceptaré nada suyo.

—La ropa que lleva fue pagada por mí.

—Puede quedársela.

Llevé las manos al cierre de la espalda. El movimiento fue impulsivo, nacido de la necesidad de quitarme cualquier cosa que pudiera contener otra vigilancia.

Victoria cruzó el espacio antes de que bajara la cremallera. Sus manos se detuvieron a pocos centímetros de mis muñecas.

No me tocó.

—No se quite el vestido dentro del vehículo.

—Acaba de recordarme que le pertenece.

—Dije que lo pagué, no que fuera mío.

—La diferencia parece importante solo cuando le conviene.

—Estamos a diez minutos de una propiedad donde el personal espera recibirnos. No les dará una imagen que puedan utilizar para cuestionar su estabilidad.

—Otra interpretación.

—Esta puede terminar en una llamada al consejo y una votación sobre nuestra capacidad de cumplir la cláusula matrimonial.

Dejé caer las manos. La rabia no desapareció; solo encontró un lugar más profundo donde mantenerse.

—Cuando lleguemos, quiero mi ropa original.

—Está en la primera maleta.

—Y quiero que retiren todos los rastreadores delante de mí.

—No.

—Entonces las maletas se quedan fuera.

—Puede escoger una para mantenerla sin dispositivo dentro de sus habitaciones. Las demás permanecerán localizables durante traslados.

—Todas.

—Una.

—Tres.

—Dos.

—Todas, o vaciaré cada objeto en el suelo de su entrada y dejaré las maletas en la carretera.

Victoria me observó durante varios segundos. —Tres maletas. Una conservará un dispositivo externo desmontable cuando salga de la propiedad.

—Aceptado, siempre que pueda retirarlo yo misma.

—Camila le enseñará.

La negociación calmó mi respiración, pero no eliminó la sospecha. Miré el estuche cerrado.

—¿El anillo también tiene un rastreador?

—No.

—¿Una cámara?

—No.

—¿Micrófono?

—No.

—¿Alguna sustancia que pueda identificarme?

—Solo el escudo familiar.

—Eso ya es suficiente.

El automóvil redujo la velocidad. Delante apareció una verja negra entre columnas de piedra, custodiada por hombres armados.

Las puertas se abrieron antes de que llegáramos. Dos vehículos salieron para posicionarse detrás del convoy.

Más allá de la entrada, un camino largo ascendía entre cipreses. La casa no era visible todavía, pero sentí su presencia antes de verla.

—Reglas —dijo Victoria.

—¿Qué?

—Necesita conocerlas antes de entrar.

—El contrato contiene doce páginas sobre la residencia.

—No incluye reglas internas.

—Entonces no son obligatorias.

—Algunas lo serán si pretende mantenerse viva.

Me volví hacia ella. —Dígalas.

—No entra en el ala oeste. No accede a los sótanos sin Camila. No abandona el perímetro sin vehículo autorizado. No entrega información al personal.

—¿Qué clase de información?

—Rutas, nombres, discusiones privadas, movimientos financieros o cualquier cosa relacionada con el consejo.

—¿El personal la espía?

—Algunos podrían hacerlo.

—¿Y aun así trabajan dentro de su casa?

—Es más fácil vigilar a un enemigo cuando cree que no lo reconocemos.

La respuesta hizo que mirara las ventanas oscuras de los edificios auxiliares.

—¿Qué más?

—Mi despacho no se abre sin permiso. Las armas se consideran cargadas. Los teléfonos encontrados fuera de áreas autorizadas se entregan a Camila.

—¿Hay lugares donde no puedo usar el mío?

—La sala del consejo, el archivo familiar y los sótanos.

—Quiero esas zonas identificadas.

—Lo estarán.

—¿Puedo hablar con el personal?

—Sí.

—¿Sin supervisión?

—Mientras no solicite información clasificada.

—¿Puedo salir al jardín?

—Dentro del perímetro interior.

—¿Sola?

—Con vigilancia a distancia.

—Eso no es sola.

—Es lo más parecido que tendrá hasta que identifiquemos la amenaza.

—¿Cuántas cámaras hay?

—Doscientas dieciséis en la propiedad principal.

La cifra me dejó sin palabras durante un instante. —¿Dentro de las habitaciones?

—Pasillos y áreas comunes.

—¿En mi dormitorio?

—No.

—¿En el baño?

—No.

—¿En la capilla?

—Una en la entrada. Ninguna en el interior.

—¿Por qué?

—Mi madre la mandó desconectar.

La mención de Isabela modificó su voz. No la suavizó, pero retiró una capa de frialdad.

—¿La capilla era de ella?

—Sí.

—¿Dónde están los retratos de las viudas?

Victoria giró hacia mí.

La nota dentro de mi mesa había dicho que buscara donde las viudas no tenían retratos. Su reacción confirmó que la frase apuntaba a algo dentro de aquella casa.

—No haga preguntas sobre esa nota delante del personal —dijo.

—¿Dónde no hay retratos?

—Lucía.

—¿Es el ala oeste?

—No responderé dentro del vehículo.

—También está vigilado.

—Sí.