Capítulo 4 — El Palacio de las Viudas #4
—Sor Teresa entró después, pero no se acercó a la mesa.
Camila se colocó guantes y retiró el sobre. Examinó las solapas, pasó un detector y realizó una pequeña incisión lateral.
Victoria permaneció tan cerca que su manga tocó brevemente la mía. Esta vez ninguna se apartó.
Camila extrajo una fotografía doblada y una hoja escrita a máquina.
—No hay polvo visible ni sustancias —informó—. Aun así, no la toque directamente.
Colocó la fotografía dentro de una funda transparente y la levantó hacia la luz.
Reconocí a mi padre antes de comprender el resto de la imagen.
Era más joven, con el cabello oscuro y el rostro menos cansado que durante sus últimos años. Vestía un abrigo gris y sostenía una carpeta contra el pecho.
Frente a él estaba Victoria.
También parecía más joven. Llevaba el cabello suelto, una chaqueta de cuero y una venda alrededor de la mano derecha.
Estaban hablando junto a la entrada de un edificio de piedra que no reconocí. La fecha impresa en la esquina era de siete años atrás.
—Dijo que no habló con él aquella noche —murmuré.
—No era esa noche.
—Entonces sí lo conocía.
Victoria no respondió inmediatamente. Su mirada permaneció fija en la fotografía, y por un instante pareció haber olvidado que las demás estábamos allí.
—Lo vi una vez —dijo al final.
—Me dijo que no habló con él aquella noche, pero dejó que creyera que nunca habían conversado.
—Respondí exactamente lo que preguntó.
—Eso es mentir.
—Es limitar una respuesta.
—No utilice el lenguaje para limpiar lo que hace.
Camila abrió la hoja escrita. Sus ojos recorrieron las líneas y su expresión cambió.
—¿Qué dice? —pregunté.
—No la lea aquí —ordenó Victoria.
—Entréguesela.
Camila dudó. Era la primera vez que la veía atrapada entre una orden de Victoria y algo que podía pertenecerme legítimamente.
—Camila —dije—, es una nota dejada dentro de mi mesa junto a una fotografía de mi padre.
La jefa de seguridad miró a Victoria. —Legalmente, es de Lucía.
—Nunca le pedí una opinión legal.
—Me la dará de todos modos —respondió Camila.
Victoria la observó durante un silencio tenso. Después extendió una mano, no hacia la nota, sino indicándole que podía entregármela.
Camila colocó el papel dentro de otra funda y me lo ofreció.
Las palabras estaban escritas en español, sin firma ni fecha.
“Tu padre sabía lo que los Alarcón hicieron. Victoria también. Si quieres conocer la verdad, busca dónde las viudas no tienen retratos.”
Debajo había una dirección incompleta y un símbolo dibujado a mano: una corona partida rodeada por lirios.
Miré a Victoria. El color había desaparecido de su rostro, pero su voz se mantuvo estable.
—Nos vamos ahora.
—¿Qué significa el símbolo?
—No aquí.
—¿Conoce la dirección?
—Camila, evacúe el corredor.
—Victoria.
Ella me sujetó la muñeca. No pidió permiso esta vez.
Su contacto fue firme, casi doloroso, y mis dedos se abrieron alrededor de la nota. Camila la recogió antes de que tocara el suelo.
—Suélteme.
Victoria acercó su rostro al mío, sin prestar atención a sor Teresa ni a los agentes que esperaban cerca.
—Alguien entró en este convento, dejó una fotografía tomada siete años atrás y escribió una frase que solo tres personas vivas deberían comprender.
—¿Quiénes?
—Camila, yo y la persona que ordenó matar a su padre.
El miedo enfrió mi piel, pero la rabia se mantuvo. —Eso no le permite ignorar nuestras cláusulas.
Sus dedos aflojaron inmediatamente. La marca de su mano quedó alrededor de mi muñeca, roja sobre la piel clara.
Victoria la observó. Algo duro pasó por sus facciones, dirigido contra sí misma o contra quien había dejado el mensaje.
—Tiene razón —dijo.
La disculpa no llegó. No esperaba que lo hiciera.
Camila guardó la fotografía y la nota dentro de una bolsa de seguridad. Los agentes comenzaron a revisar ventanas, techos y cada acceso al archivo.
—Quiero copias —dije.
—Las tendrá en el vehículo —respondió Camila.
—También las enviaré a Gabriel.
—Después de que verifiquemos que la imagen no contiene información codificada —dijo Victoria.
—No puede ocultarla.
—Puedo retrasar veinte minutos un envío si evita que revele nuestra ruta.
—¿La fotografía puede hacer eso?
—El reflejo de una ventana, la posición del sol o una matrícula pueden identificar el lugar.
Miré de nuevo la funda. Detrás de mi padre y Victoria había una pared de piedra, dos ventanas altas y parte de una estatua cubierta por plantas.
—¿Dónde fue tomada?
Victoria no contestó.
—¿Es el Palacio de las Viudas?
Su mirada respondió antes que su boca.
El corazón golpeó contra mis costillas. —Mi padre estuvo en su casa.
—No era mi residencia entonces.
—Pero pertenecía a su familia.
—Sí.
—¿Qué hacía allí?
—Entregaba información a mi madre.
—Su madre murió antes que él.
—La fotografía fue tomada dos semanas antes de la explosión.
La cronología se reorganizó dentro de mi cabeza. Mi padre había conocido a Isabela, había hablado con Victoria y después había enviado dinero tres días antes de la muerte de su madre.
—¿Mi padre ayudaba a su madre a escapar?
Victoria miró hacia los agentes. —No continuaré esta conversación aquí.
—Dijo que solo tres personas vivas comprenden la nota. ¿Quién es la tercera?
—No lo sé con certeza.
—Entonces mintió otra vez.
—Sé quién debería ser. No sé quién escribió esto.
—¿Quién debería ser?
—Elena.
El nombre de su amante cayó entre nosotras como una pieza colocada demasiado pronto.
—¿Elena conocía a mi padre?
—Conocía a mi madre.
—¿Y sabía que intentaba huir?
Victoria no respondió.
Camila intervino antes de que pudiera insistir. —Tenemos que movernos. El sistema exterior perdió dos cámaras durante treinta segundos.
Los agentes cerraron posiciones alrededor de nosotras. La transformación fue inmediata: manos dentro de chaquetas, cuerpos cubriendo accesos y órdenes transmitidas por radio.
Sor Teresa intentó acercarse para despedirse otra vez, pero un guardia se interpuso. Victoria la apartó con un gesto y permitió que la religiosa llegara hasta mí.
—Ve —dijo la anciana—. No mires atrás buscando una respuesta que este lugar nunca supo darte.
La abracé. Sus dedos temblaban contra mi espalda, y por un instante quise quedarme allí, aferrada a una vida que ya había terminado.
Victoria esperó hasta que me separé. Después caminó a mi lado por el corredor, sin tocarme pero controlando cada puerta antes de que la cruzáramos.
El automóvil negro estaba detenido bajo el arco. La lluvia había cesado, aunque el cielo permanecía oscuro y el aire olía a tierra mojada.
Camila abrió la puerta trasera. —Lucía entra primero. Victoria después. Cambiaremos la ruta dos veces.
—Quiero saber adónde vamos.
—Al Palacio de las Viudas —respondió Victoria.
—La dirección del contrato podría ser una oficina.
—No lo es.
Entré en el vehículo. El interior era amplio, silencioso y demasiado limpio. Una separación de vidrio nos aislaba del conductor.
Me senté junto a la puerta izquierda. Victoria ocupó el lugar opuesto, dejando un espacio vacío entre ambas.
Camila cerró desde fuera y se dirigió al segundo automóvil. Los vehículos comenzaron a moverse antes de que pudiera ver la salida completa del convento.
Miré por la ventana. Los muros grises desaparecieron detrás de árboles y curvas hasta convertirse en una línea distante.
No sentí libertad. Solo la pérdida de una prisión conocida.
El teléfono entregado por Victoria vibró. Había llegado un mensaje de Gabriel confirmando la validez del matrimonio y solicitando una conversación privada.
—Quiero hablar con él sin que escuche —dije.
Victoria pulsó un botón. Una división opaca descendió entre nuestros asientos, separándonos dentro del mismo espacio.
—No sabía que existía.
—No preguntó.
—Esa respuesta empieza a cansarme.
—Acostúmbrese a hacer mejores preguntas.
La pared terminó de bajar. Quedé sola en una sección reducida, con el ruido apagado del motor bajo los pies.
Llamé a Gabriel. Contestó al segundo tono.
—¿Se encuentra segura?
Miré la puerta bloqueada y la pared opaca. —No sé cómo responder.
Le relaté lo ocurrido con mi padre, la fotografía y la nota. También expliqué que Victoria había ocultado conocerlo antes de su muerte.
Gabriel escuchó sin interrumpir. —Necesito copias de todo. Además, debemos evaluar una posible anulación por vicio de consentimiento.
—¿Podría conseguirla?
—La ocultación de información relevante puede servir, pero demostrar que cambió su decisión sería complicado. Usted sabía que existían secretos relacionados con su padre.
—No sabía que ella lo conocía ni que estuvo cuando murió.
—Eso es importante. También debe documentar cualquier incumplimiento del contacto físico o de sus derechos dentro de la residencia.
Miré la marca roja alrededor de mi muñeca. —Me sujetó sin permiso.
—Fotografíela ahora.
Utilicé la cámara del teléfono y tomé varias imágenes. Gabriel pidió que se las enviara y abrió un archivo privado para registrar incidentes.
—¿Cree que debo entrar en esa casa? —pregunté.
—Ya está en camino y desconozco la seguridad exterior. Recomendarle una fuga improvisada sería irresponsable.
—Todos logran decir que no tengo elección sin utilizar esas palabras.
—Tiene una elección legal. El problema es que ejercerla puede ponerla en peligro físico.
—Entonces el contrato funciona.
—Funciona como Victoria esperaba.
La frase me produjo un frío profundo. Había convertido la seguridad en una dependencia antes de que llegáramos a su residencia.
—Quiero una cuenta que ella no pueda rastrear.
—Puedo iniciar la apertura, pero necesitaré sus documentos originales.
—Los tiene Camila.
—Solicítelos apenas llegue. No permita que queden en una caja controlada exclusivamente por ellas.
—También quiero investigar la muerte de mi padre fuera de sus recursos.
—Buscaré un equipo independiente. Será caro.
—Tengo ochenta millones que todavía no puedo tocar.
—Conseguiré un adelanto respaldado por el fideicomiso si confirmamos su titularidad.
—Hágalo.
Hubo una pausa breve. —Lucía, necesito preguntarle algo más. ¿Siente que corre peligro inmediato de violencia por parte de Victoria?