Capítulo 4 — El Palacio de las Viudas #3
La insinuación no fue sexual, pero mi cuerpo reaccionó con una oleada de calor bajo el cuello del vestido. Me odié por ello.
—Quiero salir de aquí.
—El automóvil está preparado.
—No con usted.
—No viajará sola.
—Camila puede acompañarme.
—Camila conduce el segundo vehículo.
—Entonces iré con ella.
—No.
—¿Por qué?
—Porque acaba de descubrir que estuve con su padre cuando murió y podría decidir abrir una puerta en movimiento.
La respuesta me dejó helada. —No soy una niña impulsiva.
—Sostuvo un frasco de pastillas después de perderlo.
El golpe no fue físico, pero mi cuerpo reaccionó como si lo fuera. Retrocedí hasta chocar con la mesa.
Victoria comprendió inmediatamente lo que había hecho. Sus labios se tensaron, aunque no intentó acercarse.
—No utilice eso contra mí —dije.
Mi voz apenas se mantuvo firme. —Nunca.
—Lo hizo ahora.
—Fue una evaluación de riesgo.
—Fue exactamente lo que hizo Beatriz.
El parecido la hirió. Lo vi en la forma en que sus hombros se volvieron rígidos y sus dedos rozaron la cicatriz de su palma.
—No vuelva a mencionarlo para decidir lo que puedo soportar —continué—. Si cree que estoy en peligro, pregunte. No convierta mi peor noche en una llave.
Victoria permaneció callada. Afuera, pasos rápidos atravesaron el corredor mientras alguien desmontaba la ceremonia.
—Aceptado —dijo finalmente.
—No como una concesión contractual.
—Aceptado, Lucía.
—Y viajaré atrás, con la puerta que yo elija.
—Las dos puertas tienen bloqueo de seguridad.
—Entonces desactívelo en una.
—No.
—Victoria.
Fue la primera vez que utilicé su nombre sin apellido. Sus pupilas se estrecharon, y la quietud entre nosotras cambió.
—La puerta permanecerá bloqueada mientras el vehículo esté en movimiento —respondió—. Puede sentarse donde quiera y conservar su teléfono.
—No tengo teléfono.
Sacó uno de su chaqueta y lo colocó sobre la mesa. Era nuevo, sin funda y con la pantalla encendida.
—Ya tiene.
No lo tomé. —¿Está vigilado?
—Sí.
—Entonces no es mío.
—Puede llamar a Gabriel, servicios de emergencia y cualquier contacto que Camila verifique. No puede retirar el rastreador ni instalar aplicaciones sin revisión.
—Eso es un dispositivo de seguridad, no un teléfono personal.
—Correcto.
—Quiero uno sin vigilancia.
—Lo tendrá cuando sepamos quién intentó trasladarla a una clínica.
—Beatriz.
—Beatriz no instaló sola una operación capaz de conseguir informes, personal médico y acceso al convento dentro de pocas horas.
—¿Cree que alguien de su familia la ayudó?
—Lo considero probable.
—¿Por qué?
—Porque el mismo médico apareció en una empresa utilizada para limpiar dinero después de la muerte de mi madre.
La conexión me hizo olvidar temporalmente el teléfono. —¿Salcedo trabajaba para los Alarcón?
—Facturó servicios a tres compañías vinculadas al consejo.
—¿Beatriz sabía eso?
—Tal vez creyó que lo había comprado ella.
—¿Y quién lo controlaba realmente?
—Eso estamos investigando.
Cada respuesta confirmaba que mi ingreso al convento podía haber sido vigilado por más personas de las que imaginaba. Beatriz quizá no había sido la única mano sobre mi vida.
Tomé el teléfono. Pesaba poco, pero la conciencia del rastreador lo volvió más denso.
—Llamaré a Gabriel durante el trayecto.
—Puede hacerlo.
—Y le enviaré una copia de todo lo que me entregue.
—No de documentos clasificados.
—Él es mi abogado.
—No significa que sea inmune a la presión.
—Nadie parece serlo cerca de usted.
Victoria no respondió. Abrió la puerta y esperó a que saliera primero.
La biblioteca exterior estaba casi vacía. Los funcionarios habían terminado de sellar los documentos y el notario guardaba la última copia dentro de un maletín.
Camila regresó después de acompañar a Marina. —El traslado está organizado. Dos vehículos la llevarán hasta la casa de su amiga.
—¿Beatriz intentó detenerla? —pregunté.
—Sí.
—¿Qué hizo Marina?
—Le dijo que prefería dormir en una estación antes que volver con ella.
La respuesta produjo una mezcla de alivio y tristeza. No sabía si aquella decisión nos acercaba o simplemente demostraba que Beatriz había perdido a sus dos hijas el mismo día.
—¿Dónde está mi madrastra?
—Con sus abogados —dijo Victoria—. Permanecerá aquí hasta que salgamos.
—No puede retenerla.
—El obispado está formulando preguntas sobre sus donaciones. Ella decidió colaborar.
La forma en que Victoria pronunció decidió dejó claro que Beatriz había recibido opciones similares a las mías.
—Quiero despedirme de algunas hermanas.
—No.
—No era una solicitud.
—El perímetro exterior no está asegurado.
—Estamos dentro de un convento.
—Donde encontraron un transmisor y entró un médico con documentos falsos.
—No todas las mujeres de aquí me traicionaron.
—No sabemos cuáles lo hicieron.
—Yo sí.
Pensé en sor Teresa, que me había enseñado a reparar libros, y en sor Inés, que escondía chocolate en la despensa durante los inviernos.
Ellas no habían participado en las decisiones de la madre Eulalia. Marcharme sin hablarles permitiría que Victoria transformara a toda la comunidad en una amenaza uniforme.
—Cinco minutos en el claustro —dije—. Camila puede revisar a las personas antes.
—No someteré a religiosas a un registro físico para una despedida.
—Entonces confíe en que puedo abrazar a dos ancianas sin entregar secretos.
La irritación apareció brevemente en sus ojos. —Tres minutos.
—Cinco.
—Cuatro.
—Cinco, porque ya utilizó esa negociación.
Camila disimuló una reacción detrás de su mano. Victoria me observó durante varios segundos antes de asentir.
Sor Teresa llegó primero. Era pequeña, de espalda encorvada y dedos siempre manchados de pegamento por reparar libros antiguos.
Al verme vestida de negro, se llevó una mano a la boca. Después me abrazó sin pedir permiso, y mi cuerpo tardó un instante en devolverle el gesto.
Victoria permaneció a varios pasos. Noté cómo seguía cada movimiento de las manos de la religiosa, incluso cuando acarició mi cabello.
—No sabía nada —dijo sor Teresa—. Te lo juro ante todo lo que todavía considero sagrado.
—Le creo.
—La madre Eulalia decía que tu familia solicitaba privacidad y que las cartas podían alterar tu discernimiento.
—Debimos preguntar más.
Los ojos de la anciana se llenaron de lágrimas. —Debí hacerlo.
Sor Inés apareció con un bolso de tela apretado contra el pecho. Dentro había los cuadernos donde copiaba fragmentos de libros y recetas del jardín.
—Pensé que los olvidarías —explicó—. También traje semillas de los lirios. Sé que no son tuyos, pero los cuidaste como si lo fueran.
Tomé el pequeño sobre. La emoción cerró mi garganta de una forma distinta, menos violenta y más difícil de esconder.
—Gracias.
—No dejes que nadie te convenza de que una puerta cerrada se vuelve hogar porque colocaron flores delante.
La frase hizo que mirara involuntariamente hacia Victoria. Ella no apartó los ojos.
—Intentaré recordarlo.
—No lo intentes. Recuérdalo cuando sea incómodo.
Sor Inés me abrazó. Sus manos eran cálidas y olían a tierra húmeda, jabón y plantas recién cortadas.
Cuando se retiró, vio la marca de mi mejilla. —¿Quién hizo eso?
—Beatriz.
La anciana cerró los dedos alrededor del crucifijo. —Entonces el perdón puede esperar hasta que la justicia deje de esconderse detrás de tu paciencia.
Victoria inclinó apenas la cabeza, como si aquella respuesta le resultara más razonable de lo esperado.
Las campanas marcaron la hora. Mis cinco minutos habían terminado.
Sor Teresa colocó una llave pequeña en mi mano. —Es del cajón inferior de la mesa donde trabajabas. Encontré algo dentro esta mañana.
—¿Qué?
—Una fotografía y una nota. No las abrí.
Sentí que Victoria se acercaba antes de verla. Su presencia endureció el aire detrás de mi hombro.
—¿Quién pudo ponerlas allí? —preguntó.
Sor Teresa palideció. —No lo sé. El cajón estaba cerrado y solo Lucía tenía la llave.
La llave llevaba meses dentro de un bolsillo cosido en mi colchón. Alguien había conseguido una copia o había entrado antes de que ocultara la original.
—Quiero ver el cajón —dije.
—No —respondió Victoria.
—Puede contener información sobre mi padre.
—También puede contener un dispositivo explosivo.
Sor Teresa abrió los ojos. Camila ya hablaba por radio, ordenando evacuar el corredor del archivo.
—No convertirán todo lo que toco en una amenaza para impedir que me acerque —dije.
—No necesito convertirlo. Alguien dejó un objeto en un lugar que solo usted debía poder abrir.
—Entonces revíselo.
—Camila lo hará.
—Estaré presente.
Victoria miró el reloj. —El convoy lleva demasiado tiempo detenido.
—Puede irse sin mí.
—No.
—Entonces caminamos juntas.
La frase salió antes de que pudiera medir su significado. Algo oscuro y satisfecho pasó por sus ojos, aunque desapareció rápidamente.
Camila envió dos agentes al archivo. Esperamos en el claustro mientras revisaban puertas, ventanas y corredores.
Sor Inés tomó la mano de sor Teresa. Ambas parecían comprender por primera vez que el peligro fuera de los muros ya había entrado mucho antes que Victoria.
—Está limpio —informó Camila por el auricular—. Encontramos un sobre dentro del cajón. No detecta componentes electrónicos ni residuos visibles.
—Tráigalo —ordenó Victoria.
—No —dije—. Iré hasta allí.
—Lucía.
—Quiero ver si algo fue movido.
—Eso no cambiará el contenido.
—Puede decirme cuándo entraron.
Victoria apretó la mandíbula. —Dos agentes delante. Camila detrás. No toca nada hasta que ella lo autorice.
—No necesita hablarme como si fuera una niña.
—Entonces no actúe como alguien dispuesta a meter la mano en una caja dejada por desconocidos.
La discusión terminó cuando Camila comenzó a caminar. La seguimos por el corredor de los archivos.
Mi antigua mesa permanecía junto a una ventana estrecha. La superficie conservaba las marcas de tinta y el pequeño arañazo que hice al dejar caer una herramienta.
El cajón inferior estaba abierto. Dentro, sobre los cuadernos de inventario, había un sobre marrón sin nombre.
—No estaba ahí ayer —dije.
—¿Cuándo lo abrió por última vez? —preguntó Camila.
—Hace tres días. Guardé las fichas de restauración.
—¿Alguien la acompañaba?