Capítulo 4 — El Palacio de las Viudas #2
Me volví. —¿Y ahora respeta sus deseos?
Victoria recibió la acusación sin moverse. —Entonces no sabía dónde estaban las pruebas ni quién más conocía su existencia. Acercarme a usted habría señalado su importancia.
—Pero dejó que Beatriz me encerrara aquí.
—Cuando descubrí el alcance de lo que había hecho, ya llevaba años en el convento.
—Tuvo seis meses.
—Utilicé esos seis meses para determinar si sacarla provocaría un ataque.
—Y concluyó que casarse conmigo era más seguro.
—Concluí que solo mi apellido impediría que algunos hombres la tocaran sin autorización del consejo.
—Su apellido fue la razón por la que mataron a mi padre.
—También fue la razón por la que el asesino no salió vivo.
La respuesta me hizo sentir frío incluso dentro del vestido mojado. Victoria no pedía gratitud. Parecía recordarme que su violencia podía destruirme y protegerme con la misma facilidad.
—¿Qué ocurrió con el cuerpo? —pregunté.
—Cuando el médico confirmó que había muerto, llegaron hombres vinculados a la policía. Yo estaba herida y Camila todavía no trabajaba para mí.
—¿Se llevaron a mi padre?
—Sí.
—¿Y usted permitió que falsificaran el accidente?
—Tenía veintiocho años, una bala en el hombro y seis hombres apuntándome. Elegí recordar sus rostros antes de morir por un cadáver que ya no podía salvar.
La crudeza de sus palabras me hizo estremecer. Quise odiarla por llamar cadáver a mi padre, pero también comprendí que no intentaba embellecer su decisión.
—¿Los mató después?
Camila bajó ligeramente la mirada. Victoria no necesitó responder.
Marina se acercó a mí con cautela. —Lucía, deberíamos salir de aquí.
—¿Con quién?
La pregunta la detuvo. No había un lugar seguro fuera de aquella biblioteca. Beatriz me había vendido, el convento me había silenciado y Victoria admitía haber ocultado la verdad.
—Conmigo —dijo Marina—. No sabía nada de esto.
—¿Dónde me llevarías?
—Podemos encontrar un hotel o llamar a alguien que no esté relacionado con mamá.
Camila habló por primera vez. —Ningún hotel les alquilará una habitación sin que alguien localice el registro dentro de una hora.
Marina la miró con desprecio. —No todo el mundo trabaja para ustedes.
—No necesitan trabajar para nosotros. Basta con que acepten dinero.
—No iré con Beatriz —dije—. Tampoco puedo ir contigo hasta saber qué ocultaste.
El dolor cruzó el rostro de Marina. —Te escribí. Nunca dejé de hacerlo.
—¿Sabías que ella administraba mi dinero?
—Sabía que administraba unas propiedades. Creí que eran de ambas.
—¿Utilizaste ese dinero?
Marina apretó los labios. —No sé de dónde venía cada cuenta.
—Eso no es una respuesta.
—Pagó mis estudios, el apartamento y algunas deudas. Nunca me enseñó los documentos.
La confesión no la convertía en inocente, pero tampoco en la cómplice calculada que había imaginado. Marina había vivido dentro de otra versión de la mentira.
—Entregue su teléfono a Camila —dijo Victoria.
Marina levantó la barbilla. —No.
—Entonces no saldrá con información sobre lo que acaba de escuchar.
—No puede retenerme.
Victoria miró hacia la puerta. —Pruébelo.
—No le dará el teléfono —intervine.
Mi esposa volvió hacia mí. —Podría haber transmitido toda la conversación.
—Estuvo conmigo y no tocó su bolso.
—Existen dispositivos que no necesitan tocarse.
—¿También piensa revisar mi ropa?
—Ya fue revisada.
Recordé el transmisor encontrado bajo la mesa y la certeza de que habían preparado mi vestido con meses de anticipación. La sensación de ser observada regresó con más fuerza.
—Marina se irá —dije—. Camila puede acompañarla hasta el vehículo y verificar que no haga llamadas dentro del convento.
—Eso no elimina lo que sabe.
—Tampoco puede encerrar a cualquiera que descubra un secreto.
La expresión de Camila indicó que aquella afirmación podía ser ingenua.
Victoria caminó hacia mí. Se detuvo a un brazo de distancia, respetando técnicamente el límite mientras utilizaba su altura y su quietud para presionarme.
—Dentro de mi mundo, una información así puede comprar un asesinato.
—Entonces debió pensar antes de hablar frente a ella.
—Usted exigió que se quedara.
—Y usted aceptó.
—Estoy corrigiendo el riesgo.
—No con mi hermana.
Marina inspiró con fuerza. No habíamos utilizado esa palabra desde la muerte de mi padre. Beatriz siempre prefería llamarnos las niñas cuando quería fingir que existía una unión.
Victoria percibió el cambio. Sus ojos se desplazaron brevemente hacia Marina y regresaron a mí.
—Camila la acompañará —concedió—. No hará llamadas durante una hora y entregará la ubicación donde pretende quedarse.
—No le daré mi ubicación —replicó Marina.
—Entonces acompañará a Beatriz.
El rostro de mi hermanastra se endureció. —No volveré con ella.
—Entregue una dirección.
Marina miró hacia mí, buscando apoyo. —Puedo quedarme con una amiga de la universidad.
—Dale el nombre a Camila —dije—. No la dirección exacta. Ella puede verificar si existe y organizar un traslado discreto.
Victoria no aprobó inmediatamente. La espera me hizo sentir que negociaba la libertad de Marina dentro de una sala donde mi propia libertad acababa de ser contratada.
—Aceptado —dijo al final—. Si cambia de ubicación, informará.
—No soy parte de su acuerdo.
—Tampoco es inmune a las consecuencias de su madre.
Marina palideció, pero entregó el nombre. Camila abrió la puerta y la acompañó al exterior.
Antes de salir, mi hermanastra se volvió hacia mí. —No sabía que él murió así. Te lo juro.
—Encuentra las cartas que enviaste.
—Lo haré.
—Y no hables con Beatriz hasta tener copias de todo lo que pueda destruir.
Marina asintió. Sus ojos se llenaron de lágrimas, aunque se marchó antes de permitir que cayeran.
La puerta se cerró. Victoria y yo quedamos solas en la biblioteca donde acabábamos de convertirnos en esposas.
No existía intimidad en aquella soledad. Las cámaras, los posibles micrófonos y todos sus secretos permanecían entre nosotras.
—Quiero la verdad completa cuando lleguemos a su casa —dije.
—Recibirá lo que pueda entregarle sin comprometer la investigación.
—No acepto esa condición.
—No necesita aceptarla.
—El contrato establece acceso a todo lo relacionado con la muerte de mi padre.
—También incluye excepciones para operaciones activas.
—Usted escribió esas excepciones sabiendo que yo no conocía esta información.
—Sí.
La admisión me hizo apretar los puños. —Me hizo negociar un contrato incompleto.
—Todos los contratos lo son cuando una parte ignora el mundo al que está entrando.
—Eso debería invalidarlo.
—Puede intentarlo con Gabriel.
—¿Le preocupa?
—Me preocuparía más que no lo intentara.
Aquella respuesta me desarmó durante un segundo. Victoria no parecía temer que examinara sus límites; parecía haber esperado que lo hiciera.
—¿Por qué el matrimonio? —pregunté—. Podía protegerme sin convertirme en su esposa.
—Ya respondió esa pregunta.
—No. Usted necesita cumplir la cláusula de su abuelo, pero podía escoger a cualquiera. ¿Por qué una mujer relacionada con la muerte de su madre?
—Porque su apellido me da acceso legítimo a empresas donde alguien todavía mueve dinero relacionado con aquella noche.
—Ahí está.
La comprensión llegó acompañada por una punzada dolorosa. No era solo una esposa adecuada. Era una llave hacia cuentas, puertos y archivos que Victoria no podía tocar sin levantar sospechas.
—Me eligió por mis bienes.
—En parte.
—¿Qué otra parte?
—Su aislamiento reducía el riesgo de filtraciones.
—Porque no tenía a nadie.
—Sí.
La crueldad de la respuesta consiguió lo que Beatriz no había logrado. Me hizo sentir completamente sola dentro de una habitación llena de pruebas.
—Una novicia sin experiencia, sin dinero disponible y sin familia confiable —dije—. Exactamente lo que buscaba.
Victoria no intentó contradecirme. —Al principio.
La frase abrió una inquietud distinta. —¿Qué cambió?
—Usted.
Su mirada se detuvo sobre mi rostro. No había calor en ella, pero la atención resultó demasiado intensa para ser únicamente estratégica.
—No me conoce.
—Conozco sus horarios de los últimos seis meses, sus cartas, sus silencios durante las comidas y cada ocasión en que pidió aplazar sus votos.
El estómago se me cerró. —Eso no es conocerme.
—No. Es observarla.
—Como a un objetivo.
—Como a una variable que podía alterar demasiadas cosas.
—Y decidió quedarse mirando.
—Hasta comprender si era capaz de sobrevivir fuera de estos muros.
El comentario me enfureció. —No tenía derecho a evaluarme.
—Beatriz ya lo hacía. La diferencia es que ella necesitaba que siguiera siendo débil.
—¿Y usted qué necesita?
Victoria se acercó otro paso. —Que aprenda rápido.
—Para serle útil.
—Para no morir.
—Siempre convierte ambas cosas en lo mismo.
Su mandíbula se marcó. La proximidad me permitió percibir una pequeña vena palpitando en su cuello, la única señal de que la conversación también la afectaba.
—Su padre murió porque confió en una persona equivocada dentro de mi familia —dijo—. Su madre murió porque intentó huir sin saber quién controlaba la carretera. Usted no repetirá sus errores.
—No puede decidirlo.
—Puedo reducir las oportunidades.
—Encerrándome.
—Protegiendo accesos.
—Vigilando mis llamadas.
—Identificando amenazas.
—Eligiendo quién puede tocarme.
—Sí.
La palabra surgió con una calma tan absoluta que mi respiración se detuvo. Victoria no había escondido la posesión detrás de un concepto más aceptable.
—No soy una extensión de sus negocios.
—Entonces deje de colocarse en lugares donde mis enemigos puedan utilizarla como una.
—Llevo casada con usted menos de una hora y ya habla como si mis movimientos fueran una provocación.
—Sus movimientos serán interpretados, le guste o no.
—No pienso vivir esperando la interpretación de hombres que no conozco.
—No tendrá que esperar. Yo se la explicaré antes.
Sentí ganas de golpearla. La idea me asustó menos que la facilidad con que apareció.
—No quiero que me enseñe a obedecer su mundo.
—El mundo no necesita su consentimiento para dañarla.
—Y usted no necesita mi consentimiento para controlarme.
Victoria sostuvo mi mirada. —Lo necesitaré para algunas cosas.