Capítulo 4 — El Palacio de las Viudas
La mano de Victoria continuaba alrededor de mi codo cuando comprendí que no había negado estar presente la noche en que mi padre murió.
Aparté el brazo con tanta fuerza que la manga negra se tensó sobre mi hombro. Ella me soltó inmediatamente, pero no retrocedió ni buscó defenderse.
—Diga que Beatriz miente.
Mi voz salió áspera, debilitada por la sangre seca dentro de mi boca. Victoria observó mi rostro como si intentara decidir cuánto podía revelar sin destruir algo indispensable.
—Mezcló una verdad con una conclusión que no puede probar.
—No le pedí una lección sobre pruebas.
—Es lo único que debería importarle ahora.
Beatriz dejó escapar una risa contenida. No había alegría en ella, solo la satisfacción de haber encontrado una grieta capaz de arruinar nuestra ceremonia.
—Siempre habla así —dijo mi madrastra—. Convierte los muertos en documentos para que nadie pregunte quién sostuvo el arma.
Victoria giró lentamente hacia ella. Camila abandonó la mesa de los funcionarios y se posicionó a pocos pasos, con una mano cerca de la chaqueta.
—Salga —ordenó Victoria.
—Lucía merece saber con quién acaba de casarse.
—Lo sabrá cuando usted deje de contaminar cada respuesta.
—¿Contaminar? Su familia limpió el lugar donde encontraron a su padre y compró a quienes firmaron el informe. Yo guardé lo que pude para protegerla.
La palabra proteger me produjo náuseas. En boca de Beatriz, siempre anunciaba una pérdida que solo descubriría después de que fuera irreversible.
—¿Guardó pruebas? —pregunté.
Mi madrastra me miró. Sus pupilas se movieron brevemente hacia Victoria antes de regresar a mí, y entendí que aquella pregunta había alterado sus cálculos.
—Conservé documentos que tu padre no quería entregar a los Alarcón.
—¿Dónde están?
—No aquí.
La imitación de la respuesta de Victoria habría resultado casi divertida en otra circunstancia. Allí solo confirmó que ambas consideraban la verdad una moneda destinada a comprarme.
—Entréguelos —dije.
—Ven conmigo y te mostraré todo.
Victoria avanzó un paso. No necesitó hablar para que Beatriz apretara el bolso contra su cuerpo y se acercara instintivamente a Marina.
—No iré con usted —respondí—. Envíe los documentos a mi abogado.
—No puedo confiar en un hombre elegido de una lista preparada por ella.
—Entonces entréguelos directamente al juzgado.
—Hay personas dentro de los tribunales que trabajan para esa familia.
—También hay médicos, religiosas y notarios que trabajan para usted.
La bofetada todavía ardía sobre mi mejilla. Beatriz levantó la barbilla, como si el dolor que me había causado fuera una insolencia cometida contra ella.
—No sabes cómo funciona ese mundo.
—Porque se aseguró de que no aprendiera.
Marina seguía junto a nuestra madrastra, con el abrigo cerrado hasta el cuello y una expresión que oscilaba entre el miedo y una desconfianza recién despertada.
—Mamá —dijo—, si tienes pruebas sobre la muerte de su padre, tienes que entregárselas.
Beatriz volvió el rostro hacia ella. —No intervengas en algo que no comprendes.
—También me dijiste que Lucía no quería recibir mis cartas.
—Marina.
—¿Las destruiste?
La pregunta quedó suspendida entre los estantes. Beatriz no respondió, y el silencio transformó la duda de Marina en una certeza mucho más dolorosa.
Victoria no observaba aquella disputa. Sus ojos seguían puestos en mí, esperando la pregunta que ella sabía que llegaría.
—¿Estuvo en la propiedad donde murió mi padre?
—Sí.
El aire abandonó mis pulmones. La respuesta fue limpia, sin matices ni intentos de reducir su peso.
—¿Lo vio con vida?
Victoria tardó un segundo demasiado largo. —Sí.
Marina se llevó una mano al pecho. Beatriz cerró los ojos brevemente, quizá satisfecha de que la verdad hubiera llegado desde la boca correcta.
Mis rodillas se debilitaron, pero me negué a apoyarme en la mesa. El vestido negro parecía más ajustado alrededor de mis costillas.
—¿Habló con él?
—No esa noche.
—¿Por qué estaba allí?
—Buscaba a otra persona.
—¿A quién?
—No responderé delante de Beatriz.
—Acaba de casarse conmigo delante de ella.
—El matrimonio no le concede acceso a operaciones que continúan activas.
La frialdad de la frase me produjo una rabia casi física. Avancé hasta quedar frente a Victoria, aunque cada parte de mi cuerpo quería apartarse.
—Mi padre murió dentro de una de sus propiedades.
—Era una propiedad de mi familia.
—Usted estaba allí.
—Sí.
—Y todavía cree que puede elegir qué parte me corresponde conocer.
Su mandíbula se tensó. —Creo que revelar nombres ahora podría provocar otra muerte antes de que salgamos de este edificio.
—¿La mía?
—También.
Aquella palabra derribó cualquier posibilidad de considerar su silencio una simple defensa personal. Había un peligro que me incluía, y Victoria lo conocía desde antes de entrar al convento.
—¿Por eso me vigilaba?
—En parte.
—¿Por qué no acudió a la policía?
Beatriz volvió a reír. Victoria no le concedió una mirada.
—Porque algunas de las personas que retiraron el cuerpo de su padre llevaban placa.
Sentí que el sabor metálico regresaba a mi boca. No sabía si había vuelto a morderme o si mi cuerpo recordaba el golpe.
—¿Quién lo mató?
—No lo sé.
La respuesta me pareció imposible. —Estuvo allí.
—Llegué después de que lo hirieran.
—Pero antes de que muriera.
—Sí.
—Entonces lo dejó morir.
Camila dio un paso hacia nosotras. Victoria levantó una mano sin apartar sus ojos de mí, y su jefa se detuvo.
—Su padre rechazó mi ayuda.
—Nadie rechaza ayuda cuando está muriendo.
—Un hombre que cree que aceptarla pondrá en peligro a su hija puede hacerlo.
El corazón golpeó contra mis costillas. —¿Dijo mi nombre?
Algo cambió en el rostro de Victoria. No fue compasión. Pareció el cansancio de alguien que había esperado aquella pregunta durante demasiado tiempo.
—Sí.
El dolor llegó antes que las lágrimas. Me quemó detrás de los ojos, descendió por la garganta y se instaló en el pecho con una presión que dificultaba respirar.
—¿Qué dijo?
—No aquí.
—No vuelva a responderme eso.
—Entonces no haga preguntas cuyas respuestas puedan utilizar quienes nos observan.
Miré alrededor. Funcionarios, religiosas, abogados, Marina, Beatriz y guardias ocupaban distintos puntos de la biblioteca. Todos podían escuchar.
También podía existir otro dispositivo oculto. La sala entera se convirtió en una superficie hostil, llena de oídos que no veía.
—Salgan todos —dije.
Nadie se movió.
Victoria observó a Camila. —Vacíe la habitación.
La orden fue obedecida con una rapidez humillante. Los funcionarios recogieron sus carpetas, las religiosas se retiraron y los abogados siguieron a Beatriz hacia la salida.
—Marina se queda —dije.
Mi hermanastra me miró sorprendida. Victoria no pareció complacida.
—No sabemos si podemos confiar en ella.
—Tampoco sé si puedo confiar en usted.
La respuesta endureció sus facciones, pero no contradijo mi orden. Camila cerró las puertas cuando solo quedábamos las cuatro.
La lluvia dibujaba líneas grises sobre las ventanas. El olor a papel húmedo y madera antigua se mezclaba con el perfume de Victoria.
—Ahora hable —exigí.
Ella caminó hasta una mesa lateral y apoyó ambas manos sobre la superficie. Mantuvo la espalda recta, como si incluso un recuerdo pudiera atacarla si bajaba la guardia.
—Su padre estaba en una casa utilizada por mi familia cerca del puerto. Había entrado con documentos y una grabación que pretendía entregar a una periodista.
—¿Sobre qué?
—La muerte de mi madre.
—Dijo que ella murió en una explosión.
—Eso consta en los registros.
—No es lo mismo que decir que ocurrió.
Victoria giró el rostro hacia mí. —La explosión ocurrió. Lo demás fue manipulado.
—¿Mi padre sabía quién la provocó?
—Creía saberlo.
—¿Era alguien de su familia?
—Sí.
Marina soltó una respiración temblorosa. Camila permanecía junto a la puerta, inmóvil, aunque sus ojos vigilaban cada ventana.
—¿Su padre? —pregunté.
Victoria no contestó. El silencio confirmó que la posibilidad existía y que nombrarla podía resultar peligroso incluso allí.
—Mi padre fue a entregar pruebas —continué—. Alguien lo descubrió.
—Sí.
—¿Usted lo siguió?
—Seguí al hombre que lo llevó hasta la propiedad.
—¿Quién era?
—Murió esa noche.
Un frío lento avanzó por mi espalda. —¿Lo mató usted?
Victoria sostuvo mi mirada. —Sí.
Marina retrocedió hasta tocar una silla. Su rostro palideció, pero yo no pude apartar los ojos de la mujer con quien acababa de casarme.
—¿Por qué?
—Disparó contra su padre y después contra mí.
—¿Mi padre murió por el disparo?
—No inmediatamente.
Cada respuesta abría una habitación más oscura detrás de la anterior. Sentí que el convento, el contrato y la boda habían sido construidos para llevarme hasta aquel punto.
—¿Qué le dijo?
Victoria cerró los dedos sobre el borde de la mesa. La cicatriz de su palma se volvió blanca.
—Dijo que no confiara en nadie que llevara el apellido Alarcón.
La frase me golpeó con una crueldad absurda. Mi padre había utilizado sus últimas fuerzas para advertirme sobre la mujer que ahora poseía acceso legal a mi vida.
—¿Y aun así se casó conmigo?
—Sí.
—¿Escuchó su advertencia y decidió convertirme en su esposa?
—No tomé esta decisión esa noche.
—Solo empezó a vigilarme.
—Meses después.
—Eso no mejora nada.
—No pretendía mejorarlo.
Caminé hacia la ventana porque la distancia entre Victoria y yo se había vuelto insoportable. El cristal frío recibió la punta de mis dedos.
En el patio, varias hermanas cruzaban bajo paraguas oscuros. Ninguna levantó la vista. Mi vida acababa de deshacerse dentro de una sala y el convento seguía funcionando.
—¿Intentó salvarlo? —pregunté sin volverme.
—Presioné la herida y llamé a un médico que todavía me debía favores.
—Pero murió.
—El proyectil había dañado una arteria. El médico llegó tarde.
—¿Se quedó con él?
La pausa fue breve. —Hasta el final.
Cerré los ojos. Una imagen imposible se formó dentro de mi cabeza: mi padre sangrando sobre el suelo de una propiedad Alarcón mientras Victoria, más joven y quizá igual de fría, sostenía su herida.
—¿Por qué no me buscó?
—Su padre pidió que no lo hiciera.