Capítulo 3 — La novia de negro #6
El notario anunció que la ceremonia había concluido y que cualquier disputa adicional debía trasladarse fuera del convento.
Victoria aceptó con una inclinación mínima de cabeza. Después ordenó a Camila recoger los documentos y preparar nuestra salida.
Nuestra.
La palabra se instaló dentro de mí como un objeto extraño.
Las religiosas abandonaron la biblioteca lentamente. Algunas me ofrecieron miradas de despedida; ninguna se acercó a abrazarme.
La madre Eulalia fue la última. Llevaba el hábito blanco doblado entre los brazos.
—Esto seguirá aquí si decides regresar —dijo.
—No puede regresar durante un año —respondió Victoria.
—No le hablaba a usted.
Tomé el hábito de las manos de la superiora. La tela todavía estaba húmeda por la lluvia.
—No volveré a usarlo.
La madre Eulalia cerró los ojos. —No permitas que la rabia destruya tu vocación.
—Mi vocación no dependía de los documentos que usted escondió.
—Algún día comprenderás que intenté protegerte.
—Todos quieren que espere hasta algún día para entender por qué me traicionaron.
Dejé el hábito sobre una silla.
La madre Eulalia se marchó sin bendecirme.
Beatriz permaneció junto a Marina y sus abogados. Cuando pasé frente a ella, sujetó mi muñeca.
El contacto duró menos de un segundo.
Victoria la apartó antes de que Camila pudiera intervenir. No la golpeó. Solo cerró los dedos alrededor del brazo de Beatriz y ejerció suficiente presión para hacerla palidecer.
—Victoria —dije.
Mi esposa la soltó.
Beatriz masajeó su brazo, pero no retrocedió. —Necesito decirle algo a Lucía.
—Ya dijo suficiente.
—Es sobre su padre.
Me detuve.
Victoria también.
Beatriz vio la reacción y recuperó parte de su seguridad. —No investigó a Lucía por casualidad. Pregúntele cuándo empezó realmente.
—Ya lo hice —respondí.
—¿Y le dijo por qué vigiló a tu padre antes de su muerte?
El frío se instaló bajo mi vestido.
Miré a Victoria. Su rostro no reveló sorpresa, pero Camila dejó de organizar los documentos.
—No sabía que lo vigilaba antes de morir —dije.
Beatriz sonrió sin alegría. —Claro que no.
Victoria avanzó. —Tenga cuidado.
—¿Por qué? —preguntó Beatriz—. Ya consiguió la boda. Pensé que ahora podríamos dejar de fingir que esto empezó con una cláusula testamentaria.
—Explíquese —exigí.
—Lucía, vámonos —dijo Victoria.
—No.
El aire de la biblioteca se volvió pesado. Las sombras de las nubes avanzaban por las paredes y el frío se concentraba en las losas húmedas bajo mis zapatos.
—Diga lo que sabe —ordené a Beatriz.
Mi madrastra miró a Victoria antes de responder. —Hace seis meses recibí una solicitud de acceso a todos los archivos de tu padre. No venía de un abogado patrimonial.
La garganta se me cerró.
—¿De quién venía?
—De una empresa vinculada a Grupo Alarcón.
Victoria no negó la acusación.
Beatriz continuó, disfrutando cada segundo de mi confusión. —Pidieron sus llamadas, movimientos bancarios, visitas al puerto y el registro del automóvil utilizado la noche anterior a su muerte.
El olor metálico de mi propia sangre todavía permanecía en mi boca. Miré a Victoria, esperando una explicación que no llegó.
—Me dijo que mi padre apareció en documentos relacionados con su madre.
—Es cierto —respondió ella.
—No dijo que investigó su muerte.
—No preguntó.
La crueldad de la respuesta hizo que mis dedos se enfriaran alrededor del rosario.
—¿Qué encontró?
Victoria miró a Beatriz. —No aquí.
—Siempre después —dije—. Siempre cuando ya haya firmado, cuando ya haya entrado en el coche, cuando ya no pueda deshacer lo anterior.
—Lucía.
—¿Qué encontró?
Camila se acercó, pero Victoria levantó una mano y la detuvo.
La biblioteca estaba casi vacía. Las sombras cubrían los estantes superiores, y el aire húmedo arrastraba olor a piedra fría, papel viejo y metal.
Victoria se situó frente a mí. Su voz permaneció baja, aunque cada palabra parecía cerrar otra salida.
—Su padre no murió en el accidente registrado por la policía. El automóvil fue colocado en la carretera después de que alguien limpiara el lugar original.
Sentí que el suelo se desplazaba bajo mis pies. Marina llevó una mano a su boca, mientras Beatriz permanecía demasiado quieta.
—¿Dónde murió?
—En una propiedad vinculada a mi familia.
El pánico subió desde mi estómago, rápido y helado. Quise retroceder, pero Victoria sujetó mi codo antes de que perdiera el equilibrio.
Su mano se cerró con firmeza sobre la manga negra. No era consuelo; era una sujeción destinada a mantenerme de pie mientras destruía lo que todavía creía saber.
—¿Su familia lo mató? —pregunté.
Victoria no respondió.
El frío de la biblioteca penetró la tela, y las sombras alargadas de los estantes parecieron inclinarse sobre nosotras. Mi respiración se volvió corta mientras su silencio llenaba la respuesta que se negaba a pronunciar.
Beatriz recogió su bolso y habló desde detrás de mí, con una calma que revelaba que había guardado aquella herida hasta encontrar el momento más dañino para abrirla.
—Victoria empezó a investigarte seis meses antes de conocerte, Lucía, porque tu padre murió buscando pruebas contra los Alarcón, y la mujer con la que acabas de casarte estuvo allí esa noche.