Capítulo 3 — La novia de negro #5
—Lucía Inés Valdés Navarro, ¿consiente en contraer matrimonio con Victoria Isabela Alarcón de Villalba bajo las condiciones legales aquí establecidas?
Mi respiración se atascó. Sentí el frío de la habitación, el dolor de mi mejilla y la cuenta quebrada presionando mi pulso.
—Sí.
El funcionario nos declaró legalmente casadas.
No hubo aplausos.
Victoria no intentó besarme. Solo giró hacia mí y extendió la mano, con la palma hacia arriba.
La cicatriz antigua atravesaba su piel como una línea mal cerrada. Recordé nuestra cláusula: podía ofrecerme el brazo; yo decidiría si aceptarlo.
Coloqué mi mano sobre la suya.
Sus dedos se cerraron lentamente alrededor de los míos. No apretó demasiado, pero el contacto se sintió definitivo.
La calidez de su palma contrastaba con mis dedos fríos. Mi cuerpo reaccionó con un temblor que ella percibió.
—No tenga miedo de lo que acaba de hacer —dijo.
—No me dé consejos que usted misma no seguiría.
Su pulgar rozó una sola vez el lateral de mi índice, cerca de la herida.
—Yo tendría miedo.
La confesión fue tan inesperada que levanté la mirada. Victoria ya observaba los documentos.
Firmamos uno tras otro. Cada página recibió nuestros nombres, las iniciales del notario y el sello oficial.
Cuando llegó el documento patrimonial, el abogado de Beatriz se levantó.
—Existe una declaración complementaria necesaria para mantener la estructura fiscal del fideicomiso durante la transición matrimonial.
Colocó una hoja frente a mí.
El encabezado hablaba de administración provisional. El lenguaje parecía técnico, pero reconocí palabras utilizadas en la renuncia encontrada dentro de la sacristía.
—No firmaré esto.
—No es una renuncia —aseguró el abogado—. Solo preserva la gestión actual hasta que se realice una auditoría.
Gabriel pidió que acercaran la hoja a la cámara. Después de leerla, su voz se volvió firme.
—No firme. La cláusula concede poder irrevocable a Beatriz Salvatierra durante cinco años y permite transferencias a beneficiarios designados por ella.
El funcionario retiró el documento de inmediato.
—Eso es falso —dijo Beatriz, levantándose—. La redacción fue preparada por los asesores de su padre.
—Mi padre murió hace cuatro años —respondí—. La fecha del archivo es de la semana pasada.
El notario revisó la esquina inferior y palideció.
Victoria no miró el papel. Observó directamente a Beatriz.
—Se lo advertí.
—No tiene nada que ver con usted.
—Acaba de intentar robar a mi esposa durante nuestra ceremonia.
—El matrimonio no convierte sus bienes en suyos.
—No necesito sus bienes.
—Entonces permita que Lucía decida después de hablar conmigo.
—Ya decidió.
—Porque la mantiene rodeada de armas.
Victoria soltó mi mano.
El frío ocupó inmediatamente el espacio entre mis dedos, pero no tuve tiempo de interpretar la sensación. Ella rodeó el atril y caminó hacia Beatriz.
Camila cerró las puertas de la biblioteca.
Las religiosas retrocedieron. El representante del obispado levantó una mano, aunque no se atrevió a interponerse.
Victoria se detuvo frente a mi madrastra. —Tiene tres minutos para entregar todos los poderes, claves y documentos originales relacionados con el patrimonio Valdés.
—No respondo ante usted.
—Dos minutos y cincuenta segundos.
—Esto es una amenaza frente a testigos.
—Es una solicitud de cooperación.
—¿Y si me niego?
Victoria miró brevemente a Marina, que acababa de aparecer en la entrada lateral acompañada por uno de los abogados.
No la había visto llegar.
Mi hermanastra vestía un abrigo color crema y tenía el cabello húmedo alrededor del rostro. Sus ojos se abrieron al encontrarme de negro junto al atril.
—Mamá —dijo—. ¿Qué ocurre?
Beatriz perdió el control de su expresión. —¿Qué haces aquí?
—Me dijiste que Lucía estaba enferma.
Marina me miró. Después vio la marca de mi mejilla y frunció el ceño.
—¿Quién te hizo eso?
Nadie respondió.
Victoria continuó observando a Beatriz. —Dos minutos y treinta segundos.
—Deje a mi hija fuera de esto.
—Usted la colocó dentro cuando intentó transferirle bienes robados.
Marina palideció. —¿Qué bienes?
—No le hagas caso —ordenó Beatriz—. Sal de aquí.
Camila se movió para bloquear la puerta, no impidiendo que Marina saliera, sino evitando que los abogados la acompañaran.
—Puede irse —dije.
Victoria volvió el rostro hacia mí.
—Marina puede irse si quiere —repetí—. No la utilizará para obligar a Beatriz mientras yo esté presente.
—Lucía —advirtió mi esposa.
La palabra sonó distinta después de la ceremonia, cargada con una autoridad que no existía una hora antes.
—El contrato prohíbe usar a mi familia para controlar mis decisiones.
—No estoy controlando las suyas.
—Está intentando castigar a Beatriz mediante Marina.
—Estoy mostrando el costo de su negativa.
—Eso es exactamente lo que hizo conmigo.
El golpe fue visible. Victoria no se movió, pero sus pupilas cambiaron y la cicatriz de su palma volvió a tensarse.
Toda la biblioteca permaneció inmóvil.
Me acerqué hasta colocarme entre ella y Beatriz. El miedo enfrió mis rodillas, pero no retrocedí.
—Entré en este matrimonio para dejar de ser administrada por otras personas. No convertiré el primer acto como su esposa en permitir que utilice a Marina como una moneda.
—Apártese.
—No.
—No repita esa respuesta delante de personas que necesitan creer que este matrimonio funciona.
—Entonces haga que funcione.
Su mirada se volvió tan oscura que el aire pareció abandonar mis pulmones. Nadie hablaba. Incluso Beatriz había comprendido que intervenir sería peligroso.
Victoria se inclinó hasta acercar sus labios a mi oído sin tocarme.
—Está confundiendo el poder que le concedo con el que posee.
El frío recorrió mi nuca.
—Y usted confunde mi miedo con obediencia.
Nos quedamos frente a frente. Podía sentir el calor de su cuerpo y percibir la tensión contenida en sus hombros.
Victoria se apartó primero.
—Marina puede irse —dijo.
Mi hermanastra miró hacia la puerta, pero no se movió.
—Quiero saber qué está pasando.
Beatriz intentó acercarse. —Hablaremos en casa.
—Me dijiste que Lucía había renunciado a todo.
—No es el momento.
—También dijiste que no había dinero.
El rostro de Marina cambió. No parecía culpable, sino asustada por la posibilidad de que su propia vida hubiera sido construida sobre otra mentira.
—¿Sabías de mi herencia? —pregunté.
—Sabía que había propiedades —respondió—. Mamá dijo que estaban endeudadas y que tú no querías involucrarte.
—Nunca me preguntó.
—Te escribí.
La respuesta me inmovilizó.
—No recibí nada.
Marina miró a su madre. —Le envié cartas durante dos años.
Beatriz apretó los labios. —Intentaba protegerlas a ambas de conversaciones que solo provocarían resentimiento.
La revelación abrió una herida diferente. No sabía si confiar en Marina, pero reconocía la confusión de descubrir que nuestras palabras nunca habían llegado a destino.
Victoria hizo una señal a Camila.
—Consiga las cartas.
—No puede ordenar registros en mi casa —protestó Beatriz.
—Ya no están en su casa.
El terror en el rostro de mi madrastra confirmó que alguien había entrado mientras ella permanecía en el convento.
—¿Qué hizo? —pregunté.
—Aseguré pruebas —respondió Victoria.
—Sin consultarme.
—No necesitaba su permiso antes de que fuera mi esposa.
—Y ahora sí.
—En asuntos que le pertenecen.
—Mis cartas me pertenecen.
Victoria me sostuvo la mirada. —Entonces serán entregadas sin abrir.
—¿Cómo sabré que no las leyó?
—No lo sabrá.
La respuesta me hirió porque era cierta. No existía ningún modo de comprobar dónde terminaba su vigilancia.