Capítulo 3 — La novia de negro #4
—El tiempo dejó de importarme cuando descubrí que preparó todo antes.
—Aprenderá que siempre importa.
—Y usted aprenderá que repetir una orden no garantiza que la obedezca.
Victoria levantó la vista. Durante un momento pensé que respondería con otra amenaza.
—Eso espero —dijo.
Entré en el vestidor con el vestido negro. Camila cerró la puerta y permaneció afuera.
Me quité el velo primero. Los alfileres tiraron de mi cabello húmedo y dejaron marcas dolorosas en el cuero cabelludo.
Después desabroché el hábito. La tela pesada cayó alrededor de mis pies, formando un círculo blanco sobre las losas.
Debajo llevaba una combinación sencilla y unas medias gruesas. Mi piel estaba erizada por el frío, y la marca de la bofetada continuaba ardiendo.
Miré mi reflejo. Sin el hábito, parecía más joven, más pequeña y mucho menos preparada para enfrentar a las mujeres esperando al otro lado.
El vestido negro estaba hecho exactamente para mi cuerpo.
La cintura cerró sin necesitar ajustes. Las mangas terminaron en mis muñecas, y el cuello enmarcó mi garganta sin apretarla.
Alguien había obtenido mis medidas.
Sentí un escalofrío mientras recorría las costuras con los dedos. Victoria no solo había seguido mis horarios. También sabía la forma de mi cuerpo.
Busqué una etiqueta, una nota o cualquier señal de quién había entregado la información. No encontré nada.
Había zapatos negros dentro de una caja. También eran de mi talla.
No me los puse. Conservé mis zapatos gastados del convento, la única parte de aquella imagen que no había sido elegida por otra persona.
Trencé mi cabello sin ayuda y coloqué el rosario alrededor de la muñeca. La cuenta rota quedó sobre mi pulso.
Cuando abrí la puerta, Camila fue la primera en verme. Su mirada descendió hasta mis zapatos y regresó a mi rostro.
—Victoria querrá cambiarlos.
—Entonces tendrá una decepción antes de casarse.
Camila casi sonrió, aunque la expresión desapareció rápidamente. —No está acostumbrada.
—Yo tampoco.
Victoria esperaba junto a la ventana. Había cambiado su camisa mojada y vuelto a recoger su cabello, pero todavía llevaba el mismo traje negro.
Cuando se volvió, sus ojos recorrieron el vestido con una atención que elevó el calor de mi piel.
No dijo que estaba hermosa. No necesitó hacerlo. La forma en que dejó de mover los dedos sobre su anillo familiar resultó más reveladora.
Después miró mis zapatos.
—No.
—Sí.
—Están mojados.
—También son míos.
—Tendrá frío.
—Sobreviviré.
Victoria hizo una señal a Camila. La jefa de seguridad regresó con una caja distinta y la dejó en el suelo.
—No me pondré los otros.
—No son zapatos —respondió Victoria.
Dentro había unas botas negras de cuero suave, sin tacón alto y con suela resistente. Eran más prácticas que las mías, pero seguían siendo parte de su preparación.
—¿También midió mis pies?
—Su expediente médico incluía la talla.
—Claro.
Cerré la caja.
—No pienso utilizarlas.
—Entonces Camila llevará la caja.
—¿Para qué?
—Cuando sus zapatos terminen de empaparse, decidirá si prefiere conservar el orgullo o los dedos.
—Mi orgullo no le concierne.
—Todo lo que pueda utilizarse para herirla me concierne.
—Los zapatos no intentan herirme.
—Espere a caminar con ellos durante una hora.
La discusión era absurda, pero debajo existía otra disputa. Victoria ofrecía comodidad como una forma de anticiparse a mi resistencia, y yo temía aceptar cualquier gesto que pudiera parecer cuidado.
—Lleve la caja —dije a Camila—. No significa que vaya a usarlas.
—Naturalmente —respondió ella.
Salimos hacia la biblioteca. Las conversaciones se detuvieron cuando aparecí vestida de negro.
Las religiosas me observaron con una mezcla de escándalo y compasión. Algunas tocaron sus rosarios. Otras apartaron la mirada.
La madre Eulalia se encontraba junto al representante del obispado. Su rostro se endureció al ver el hábito blanco doblado sobre el brazo de Camila.
—Esa vestimenta es inapropiada dentro de una casa religiosa.
—La ceremonia será civil —respondí.
—Este sigue siendo un lugar consagrado.
—También fue el lugar donde ocultaron mis cartas.
La superiora palideció. Varias hermanas se miraron entre sí, pero nadie hizo preguntas.
Victoria caminó a mi lado sin ofrecerme el brazo. Había respetado la cláusula, aunque su cercanía bastaba para indicar a quién pertenecía el control de la sala.
El notario organizó las hojas. Los funcionarios del registro colocaron un pequeño atril frente a la ventana más amplia.
No había flores, música ni invitados felices. Solo documentos, guardias y una fila de personas esperando descubrir cuál de nosotras cedería primero.
Beatriz permanecía en la última fila, tal como Victoria había ordenado. La marca roja dejada por los dedos de Camila rodeaba su muñeca.
Cuando me vio, negó lentamente con la cabeza.
—Antes de iniciar —dijo su abogado—, presentamos una objeción por posible incapacidad de la contrayente y coacción derivada de una situación de dependencia.
Gabriel apareció en una pantalla colocada sobre la mesa. —La señorita Valdés fue evaluada por videollamada, comprende los términos y ha solicitado expresamente continuar.
—Una videollamada no sustituye una evaluación psicológica.
—Tampoco la falsificación de un informe sustituye una consulta médica —respondió Gabriel.
El doctor Salcedo ya no estaba en la biblioteca. Camila había conseguido que se marchara o había descubierto una razón para hacerlo.
El funcionario mayor, un hombre de cabello gris y expresión agotada, me pidió acercarme.
—Señorita Valdés, debo hacerle varias preguntas sin que la señora Alarcón responda por usted.
Victoria se apartó tres pasos. No parecía preocupada.
—¿Comprende que contraerá matrimonio civil con Victoria Isabela Alarcón de Villalba?
—Sí.
—¿Comprende las consecuencias patrimoniales y personales?
—Las que figuran en el acuerdo revisado.
—¿Alguien la ha amenazado físicamente para que acepte?
Miré a Victoria. Ella no cambió de expresión.
—No.
—¿Existe presión familiar, económica o emocional?
Una risa amarga casi escapó de mi garganta.
—Sí.
El funcionario levantó la cabeza.
—Necesito que explique.
—Mi madrastra ocultó mi herencia, preparó una renuncia y falsificó informes para controlar mis decisiones. La señora Alarcón utiliza esa situación para obtener un matrimonio que necesita.
Un murmullo recorrió la biblioteca. El funcionario pareció perder parte de su cansancio.
—¿Considera que puede rechazar la ceremonia?
Victoria permaneció inmóvil. Beatriz me observaba con una esperanza ansiosa que no era por mí, sino por la posibilidad de recuperar el control.
—Puedo rechazarla —respondí—. No puedo evitar las consecuencias de hacerlo.
—Ninguna decisión está libre de consecuencias.
—Lo sé.
—Entonces necesito una respuesta clara. ¿Desea continuar?
Mi boca se secó. Miré el hábito blanco doblado entre las manos de Camila y pensé en la capilla donde esperaban que renunciara sin conocer mi propio nombre.
Después miré a Victoria.
Ella no sonreía. No fingía ternura ni ofrecía un futuro hermoso. Parecía exactamente lo que era: una mujer peligrosa esperando mi entrada voluntaria en su territorio.
—Sí —dije—. Deseo continuar.
Beatriz se levantó. —Está actuando bajo manipulación.
Victoria no se volvió hacia ella. —Siéntese.
—No puede ordenar mi silencio.
—Puedo ordenar su salida.
El funcionario golpeó la mesa con la palma. —Cualquier interrupción adicional será motivo para suspender la ceremonia y solicitar presencia policial.
Camila miró hacia Victoria. Algo en su expresión indicó que la policía ya estaba controlada o resultaba irrelevante.
Beatriz volvió a sentarse.
Nos pidieron acercarnos al atril. Victoria se colocó a mi derecha, suficientemente cerca para que el borde de su manga rozara la mía cuando respirábamos.
El contacto era accidental o estaba diseñado para parecerlo. No me aparté.
El funcionario comenzó a leer los artículos legales. Sus palabras llenaron la biblioteca con una solemnidad seca, desprovista de cualquier promesa romántica.
Cuando mencionó la obligación de asistencia mutua, sentí que Victoria giraba apenas el rostro hacia mí.
—No lo interprete a su conveniencia —murmuré sin mover los labios.
—Todo se interpreta —respondió.
—No durante la ceremonia —advirtió el funcionario.
Continuó leyendo. Mi pulso se aceleró mientras nos acercábamos al consentimiento final.
Una hermana abrió las cortinas. La lluvia había disminuido, pero las nubes mantenían el patio sumergido en una claridad gris.
El funcionario pidió los anillos.
Camila colocó la caja oscura sobre el atril. Dentro estaba el anillo que había rechazado y una banda negra más sencilla para Victoria.
—No acordamos esto —dije.
—No son obligatorios —explicó el funcionario—. Pueden omitirlos.
—Los omitiremos.
Victoria tomó mi anillo.
—He dicho que no.
—Dijo que no quería usarlo antes de la firma civil.
—No utilice mis palabras como una trampa.
—Entonces diga claramente que no lo aceptará.
Todas las miradas estaban sobre nosotras. Victoria sostenía la joya entre dos dedos, esperando.
Podía negarme. El funcionario acababa de confirmarlo.
—No lo aceptaré como símbolo de propiedad —dije.
—No lo es.
—¿Qué representa para usted?
Victoria miró el anillo. La piedra oscura capturó una franja de luz.
—Que cualquiera capaz de reconocerlo sabrá dónde no debe poner las manos.
La respuesta provocó un escalofrío en mi espalda.
—Eso es marcar territorio.
—Es una advertencia.
—Sobre mi cuerpo.
—Sobre las consecuencias.
—No.
Victoria sostuvo mi mirada durante unos segundos. Después dejó el anillo dentro de la caja.
La facilidad con que cedió resultó más perturbadora que una discusión. No necesitaba aquella joya para considerar mi presencia una advertencia.
El funcionario retomó la ceremonia.
—Victoria Isabela Alarcón de Villalba, ¿consiente en contraer matrimonio con Lucía Inés Valdés Navarro bajo las condiciones legales aquí establecidas?
—Sí.
Una sola palabra, pronunciada sin vacilación.