LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 3 — La novia de negro #3
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Capítulo 3 — La novia de negro #3

Sus ojos se fijaron en mí. Comprendí que acababa de entrar en una negociación más peligrosa que las cláusulas escritas.

—Le daré una parte —dijo—. Su padre apareció en documentos relacionados con mi madre. Necesitaba saber quién administraba su legado.

—¿Y descubrió que yo estaba aquí?

—Sí.

—¿Por qué esperó seis meses?

—Porque no necesitaba una esposa hace seis meses.

—Pero ya me investigaba.

—Sí.

—¿Habló con Beatriz entonces?

—No.

—¿Con la madre Eulalia?

—No directamente.

La respuesta eligió con cuidado cada límite. Victoria había hablado con alguien dentro del convento o había enviado a otra persona.

—¿Me vigiló?

—Recibí informes.

—¿Fotografías?

No contestó. Aquella falta de respuesta confirmó más que una admisión.

Sentí náuseas. —¿Las imágenes del jardín? ¿Las tomó usted?

—Mi equipo.

Recordé tardes enteras cuidando rosales, convencida de que los muros me aislaban del mundo. Alguien había observado desde fuera.

—¿Entraron en mi habitación?

—No por orden mía.

—Eso no es un no.

—Es la respuesta correcta.

—¿Leyó mis cartas?

—Las que Beatriz interceptó.

—Eran privadas.

—También contenían referencias a su padre.

—Eran mías.

—Ahora las tiene usted.

—Después de leerlas.

Victoria guardó el pañuelo manchado en su bolsillo cuando se lo entregué. El gesto me incomodó más que si lo hubiera tirado.

—Puede odiar el método —dijo—. El resultado sigue siendo el mismo: ahora conoce la verdad sobre Beatriz.

—Una verdad entregada por una mujer que me siguió durante meses.

—Sí.

—¿Por qué yo?

—Ya se lo expliqué.

—No. Explicó por qué necesita casarse. No por qué eligió a una novicia vigilada desde medio año antes.

La tensión cambió en sus hombros. La pregunta había alcanzado algo que no deseaba responder.

—Su apellido posee valor estratégico.

—Podría obtenerlo sin casarse conmigo.

—No completamente.

—Entonces son los puertos.

—En parte.

—¿Qué otra cosa?

Victoria miró hacia la abertura de la puerta. Las voces del registro civil llegaban desde la biblioteca, acompañadas por el sonido de páginas y muebles desplazados.

—Su padre intentó ayudar a mi madre —respondió—. Quería saber por qué.

—Eso no exige una boda.

—No.

—Entonces continúe.

—No.

La negativa fue absoluta.

—Si salgo ahora, no habrá ceremonia.

—Puede salir.

—¿No me detendrá?

—No físicamente.

—¿Qué significa eso?

—Que Beatriz presentará su solicitud, el consejo sabrá que el acuerdo fracasó y las personas interesadas en sus acciones descubrirán que está desprotegida.

—Otra amenaza.

—Una consecuencia.

—No conoce la diferencia.

—La conozco mejor que usted.

Di un paso hacia ella. El miedo seguía presente, pero la rabia me empujó antes de que pudiera detenerme.

—Todo lo que dice termina en la misma exigencia. Firme, venga conmigo, confíe, espere. Siempre debo obedecer antes de obtener la siguiente verdad.

Victoria bajó la vista hacia mi rostro. Su atención se detuvo en la marca roja de mi mejilla.

—Entonces no confíe.

—¿Qué?

—No le pedí confianza. Le pedí una decisión.

—Basada en información que controla.

—Todas las decisiones lo están.

—Esa es una excusa para quienes prefieren mover a otras personas como piezas.

—Y la moral es una excusa utilizada por quienes esperan sobrevivir sin ensuciarse las manos.

El comentario me dejó inmóvil.

—¿Eso cree de mí?

—Creo que todavía desea salir de esta historia sin convertirse en alguien capaz de hacer daño.

—¿Y usted quiere cambiarlo?

—No necesito hacerlo. Beatriz empezó antes de que yo llegara.

Una campana pequeña sonó desde la biblioteca. No era la llamada de la capilla, sino la señal utilizada para indicar que una reunión formal comenzaría.

Victoria consultó su reloj.

—Quince minutos.

—No me pondré el vestido blanco.

—Elija otro.

—Solo tengo el hábito.

—No.

Su respuesta hizo que frunciera el ceño. Victoria abrió la puerta y llamó a Camila con un gesto.

La jefa de seguridad entró llevando una segunda funda, esta vez negra.

Mi estómago se tensó.

—¿También preparó esa opción? —pregunté.

—Preparé la que esperaba que eligiera —respondió Victoria.

Camila dejó la funda sobre una silla y abrió el cierre. El vestido era negro, de mangas largas, cuello alto y una caída sobria que no se parecía a un traje nupcial tradicional.

No tenía bordados delicados ni encajes románticos. La tela absorbía la luz, transformando la prenda en una declaración más cercana al luto que a la celebración.

—¿Por qué negro?

—Porque no está entrando en una historia que requiera fingir inocencia.

—¿Y el blanco?

—Para que pudiera rechazarlo.

La respuesta me heló.

—Lo colocó dentro del automóvil sabiendo que me ofendería.

—Necesitaba saber si escogería lo que esperaban de usted o algo que pudiera soportar mirar después.

—Sigue llamando elección a sus pruebas.

—Sigue superándolas.

No sentí orgullo. Solo la certeza de que cada reacción mía era observada, evaluada y almacenada.

—Quiero cambiarme sola.

—Camila revisará la habitación antes.

—No hay nadie escondido entre los hábitos.

—No buscaremos personas.

La miré con desconfianza. Camila entró en el pequeño vestidor unido a la biblioteca y pasó un dispositivo por paredes, espejos y muebles.

Encontró un transmisor debajo de la mesa.

Lo sostuvo entre dos dedos. Victoria no pareció sorprendida.

—¿De quién es? —pregunté.

—Lo averiguaremos —respondió Camila.

—¿Sabía que estaba ahí?

—Sospechaba.

—Y aun así permitió que hablara con Beatriz dentro de esta sala.

—Necesitaba que ciertas personas escucharan.

El enojo me hizo avanzar hacia Victoria. —Dijo que no escucharía.

—Yo no escuché.

—Utilizó mi conversación.

—No instalé el dispositivo.

—Pero sabía que podía existir.

—Por eso no hablamos aquí sobre nada que comprometiera su seguridad.

—Beatriz me golpeó aquí.

Los ojos de Victoria se oscurecieron. —Eso no estaba previsto.

—Qué alivio. Encontré algo que escapó de su planificación.

—No lo repita.

—¿Qué hará? ¿Preparará otra ceremonia?

Camila se interpuso ligeramente, no para protegerme, sino para advertirme que la expresión de Victoria había cambiado.

La heredera continuó hablando con voz baja.

—Puede desafiarme delante de cualquier persona que quiera probar si mis límites también son los suyos. Después no se sorprenda cuando utilicen la respuesta.

—No soy responsable de la interpretación de sus enemigos.

—Lo será cuando intenten llegar a mí atravesándola.

—Entonces no se case conmigo.

El silencio entre ambas se volvió denso.

Victoria se aproximó hasta que la distancia quedó reducida a un movimiento. No levantó una mano, pero su cuerpo bloqueó la salida.

—Firme la anulación —dijo—. Está dentro de la carpeta, detrás del acuerdo.

No esperaba aquella respuesta. —¿Qué?

—Hay una solicitud preparada. Puede firmarla ahora, volver a la capilla y entregar sus bienes a Beatriz. O salir con el abogado y esperar protección judicial.

Busqué la carpeta. Victoria la abrió en la página indicada y extrajo una hoja que no había visto.

La solicitud de cancelación estaba completada con nuestros nombres. Solo necesitaba mi firma.

—¿Por qué preparó esto?

—Porque necesito una mujer capaz de permanecer sabiendo que puede intentar irse. No una rehén que se rompa antes de llegar a mi casa.

—El contrato impide que me vaya durante un año.

—La ley no desaparece porque yo escriba una cláusula.

—Pero podría perseguirme.

—Sí.

La honestidad volvió a cerrarme la garganta.

—¿Por qué me entrega una salida si piensa castigarme por usarla?

—Porque quiero que comprenda el precio exacto antes de escoger.

Miré la hoja. Podía firmarla, pero todavía no sabía dónde dormiría aquella noche ni qué juez creería mi versión.

Gabriel podía solicitar protección. Camila había dicho que Beatriz no poseía una orden judicial. Quizá todavía existía un camino fuera de ambas.

—Llame al abogado —pedí.

Victoria entregó el teléfono sin discutir.

Gabriel respondió rápidamente. Le expliqué la solicitud de cancelación, y él confirmó que podía acompañarme a una residencia protegida mientras tramitaba medidas urgentes.

—No puedo garantizar que la ubicación permanezca segura —advirtió—. Tampoco puedo impedir que se abra una investigación médica, aunque impugnaremos cualquier internamiento.

—¿Beatriz podría llevarme?

—No legalmente sin orden o consentimiento. Sin embargo, podría intentar convencer a una autoridad de que existe riesgo inmediato.

—¿Y mi herencia?

—Quedará congelada durante la disputa. Usted dependería temporalmente de asistencia jurídica y del programa de protección disponible.

—¿Cuánto tiempo?

—No puedo prometer una fecha.

Miré el vestido negro. A su lado, la solicitud de cancelación parecía una puerta abierta hacia un corredor sin luz.

—¿Qué haría usted? —pregunté.

Gabriel guardó silencio unos segundos. —No debo elegir por usted.

—Todo el mundo dice eso mientras explica por qué ninguna opción es realmente mía.

—Entonces le diré lo que puedo verificar. El contrato con la señora Alarcón es peligroso, pero contiene mecanismos legales de control. La alternativa es incierta y también presenta riesgos graves.

—Eso no ayuda.

—Porque no existe una respuesta segura.

Cerré los ojos. Mi respiración se volvió lenta, pesada, mientras escuchaba la lluvia contra las ventanas de la biblioteca.

—Gracias —dije antes de terminar la llamada.

Victoria no preguntó qué había decidido. Esperó junto a la puerta, dejando la hoja y la pluma frente a mí.

La solicitud de cancelación parecía limpia, razonable y cruel. Para utilizarla, debía confiar en instituciones que ya habían aceptado informes falsos y dinero ajeno.

Tomé la pluma.

Victoria observó mi mano descender.

No firmé la anulación.

Escribí una frase en el margen del contrato matrimonial: “La permanencia no será interpretada como renuncia a cuestionar, investigar o rechazar órdenes ajenas a este acuerdo”.

Después firmé debajo y extendí la hoja hacia ella.

—Añádalo.

Victoria leyó la frase. —No acepto modificaciones manuscritas sin revisión legal.

—Entonces la ceremonia espera.

Una ligera tensión apareció en la comisura de su boca. Tomó el teléfono y envió la imagen a Gabriel.

—Cinco minutos —dijo.