Capítulo 3 — La novia de negro #2
—Porque no tenía otra opción.
—Todos repiten eso cuando quieren que acepte una jaula.
—Victoria no te dejará conservar ni siquiera tus pensamientos.
La advertencia se instaló bajo mi piel porque coincidía con algo que ya temía. Beatriz lo vio y avanzó otro paso.
—Ella investigó tus movimientos, tus horarios y tus confesiones. Preparó un matrimonio antes de hablarte. ¿De verdad crees que busca ayudarte?
—No.
Mi respuesta la sorprendió.
—Sé que quiere utilizarme —continué—. La diferencia es que su contrato puede leerse. Contigo nunca supe qué estaba entregando hasta que desaparecía.
—El papel no limita a una Alarcón.
—Tampoco tu cariño te limitó.
Las facciones de Beatriz se endurecieron. Durante un momento dejó de parecer una madre preocupada y se convirtió en la mujer que administraba mi vida desde oficinas cerradas.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Por eso quiero aprender.
—Victoria decidirá qué te enseña.
—Entonces aprenderé lo que intenta esconder.
Una risa breve y sin alegría salió de su boca. —Crees que puedes desafiarla porque te permitió cambiar algunas cláusulas. Eso también estaba previsto.
El comentario me produjo un escalofrío. —¿Cómo lo sabes?
—Porque estudié a esa familia antes de acercarme. Victoria permite pequeñas victorias cuando quiere que alguien se sienta responsable de su propia derrota.
Recordé las condiciones aceptadas, la libertad de escoger un abogado y la forma en que había negociado cada límite sin perder la calma.
Una parte de mí había empezado a considerar el contrato mío porque logré modificarlo. Beatriz acababa de poner un nombre distinto a esa sensación.
—Usted hizo lo mismo —dije.
—Yo te crié.
—Y cobraste por cada etapa.
Beatriz miró hacia la puerta entreabierta. Su voz bajó cuando volvió a hablar.
—Puedes salir de aquí sin casarte. Tengo un automóvil esperando y una propiedad fuera de la ciudad. Retiraremos la solicitud médica.
—¿A cambio de qué?
—De que firmes una autorización temporal para que yo administre el fideicomiso mientras te recuperas.
La propuesta llegó envuelta en ternura, pero debajo estaba la misma renuncia que había encontrado sobre la bandeja ceremonial.
—No.
—Serían seis meses.
—No.
—Podrías vivir sola, estudiar y decidir después.
—Con dinero controlado por ti.
—Con protección.
—No.
Cada negativa pareció arrancarle otra capa de paciencia. Sus labios se volvieron una línea fina.
—Marina también es hija de esta familia.
—No de mi padre.
—Él la crió.
—Y decidió no incluirla en el fideicomiso.
—Porque murió antes de corregirlo.
—O porque no quería hacerlo.
La bofetada llegó tan rápido que no tuve tiempo de apartarme.
La palma de Beatriz golpeó mi mejilla izquierda y empujó mi rostro hacia un lado. El impacto me hizo chocar con la esquina de una caja.
Durante un segundo no sentí dolor, solo una presión caliente y el sabor metálico de la piel abierta dentro de mi boca.
La puerta se abrió de golpe.
Camila sujetó a Beatriz por la muñeca y la dobló contra la mesa. El bolso cayó al suelo, esparciendo llaves, cosméticos y un pequeño teléfono.
Victoria apareció detrás de ella.
No gritó. Ni siquiera aceleró el paso.
Entró en la sala y miró mi mejilla. Sus pupilas se contrajeron hasta convertir sus ojos en una superficie oscura y quieta.
—Suéltala —dije.
Camila no obedeció hasta que Victoria levantó dos dedos. Entonces liberó la muñeca de Beatriz, pero permaneció a su espalda.
Victoria se acercó a mí. Su mano subió lentamente, deteniéndose antes de alcanzar mi rostro.
—Permiso —dijo.
La palabra me sorprendió tanto que tardé en comprenderla. Después asentí una vez.
Sus dedos tocaron mi barbilla, firmes y cálidos. Giró mi rostro hacia la luz sin presionar la mejilla herida.
El contacto se extendió desde la base de mi mandíbula hasta mi garganta, donde el pulso latía con tanta fuerza que ella debía sentirlo.
—Abra la boca.
—No soy una niña.
—Está sangrando.
Abrí los labios. Victoria inclinó mi rostro y examinó el pequeño corte interno. Su pulgar permaneció debajo de mi barbilla, manteniéndome quieta.
No había ternura en su cuidado. Había una concentración posesiva que me hizo consciente de cada centímetro donde su piel tocaba la mía.
—No necesita puntos —informó Camila.
Victoria retiró la mano y se volvió hacia Beatriz.
Mi madrastra estaba pálida, aunque intentaba conservar la dignidad. —Perdí el control. Ella sabe cómo provocarme.
—Es una explicación mediocre —respondió Victoria.
—No fue nada.
—Entonces no le preocupará que lo devuelva.
El frío me atravesó el pecho. Camila cerró la puerta detrás de nosotras.
Beatriz miró hacia mí. —Lucía, dile que no convierta esto en una barbaridad.
Victoria tomó el pequeño teléfono caído del bolso. Revisó la pantalla, retiró la tarjeta y se la entregó a Camila.
—No la toque —dije.
Victoria dirigió hacia mí una mirada lenta. —Acaba de golpearla.
—Lo sé.
—Entonces apártese.
—No quiero que la lastime por mí.
—No sería por usted.
—No mienta.
Algo oscuro pasó por sus facciones. —Todavía no sabe cómo miento.
Beatriz dio un paso hacia la puerta, pero Camila se movió para bloquearla.
—Esto es un convento —dijo mi madrastra—. Hay funcionarios afuera. No puede hacer lo que quiera.
—Usted me invitó porque creyó que podía negociar conmigo —respondió Victoria—. No debería fingir sorpresa al descubrir que vine preparada.
—No tiene derecho sobre Lucía.
—Firmó hace menos de una hora.
—Ese contrato puede anularse.
—Inténtelo.
La amenaza no estaba en el volumen, sino en la ausencia de emoción. Victoria hablaba como si ya hubiera calculado las consecuencias de cada camino disponible.
Beatriz tragó saliva. —Ella terminará odiándola.
—Eso no invalida el matrimonio.
—La abandonará apenas tenga acceso a su dinero.
La mandíbula de Victoria se tensó. Su mano derecha se cerró lentamente, y la cicatriz de la palma desapareció dentro del puño.
—Salga de la habitación —ordenó.
—¿A quién? —pregunté.
Sus ojos permanecieron sobre Beatriz. —A usted, Lucía.
El uso de mi nombre no suavizó la orden. La volvió personal.
—No.
Camila me observó con una advertencia silenciosa.
—No voy a dejarla sola con usted —continué—. El contrato dice que no puede utilizar a Beatriz para controlar mis decisiones.
—Esto no es control.
—Entonces explíqueme qué piensa hacer.
—Corregir una confusión.
—¿Con qué?
Victoria giró el rostro hacia mí. —No pregunte si no está preparada para la respuesta.
Mi piel se erizó. —No salga de esta sala creyendo que puede castigar a alguien en mi nombre sin hacerme responsable también.
—Usted no controla mis decisiones.
—Entonces deje de llamarlas protección.
Durante varios segundos, nadie se movió. El aire olía a humedad, papel antiguo y sangre.
Victoria caminó hasta Beatriz. Se detuvo tan cerca que mi madrastra tuvo que levantar el rostro para sostenerle la mirada.
—Escuche con atención —dijo—. La próxima vez que levante una mano contra mi esposa, Marina perderá cada empresa, cuenta y apellido que usted intentó comprar con el dinero de Lucía.
Beatriz abrió la boca, pero Victoria no había terminado.
—Después verá cómo su hija descubre que la mujer que arruinó a su hermana también convirtió su futuro en garantía de una deuda. No tocaré su rostro. No será necesario.
El terror apareció en los ojos de Beatriz porque la amenaza estaba construida con algo más doloroso para ella que su propio cuerpo.
—Marina no tiene relación con esto.
—Usted acaba de explicar que todo lo hizo por ella.
—No se atrevería.
Victoria inclinó apenas la cabeza. —Vuelva a comprobarlo.
Beatriz me miró, quizá esperando que intercediera. No pude hacerlo. Mi mejilla ardía y todavía sentía el gusto metálico dentro de la boca.
Victoria se apartó y abrió la puerta. —Puede asistir a la ceremonia desde la última fila. Si se acerca a Lucía sin permiso, Camila decidirá dónde espera.
—No habrá ceremonia —replicó Beatriz—. Ella no puede casarse bajo coacción.
—Entonces presente una objeción formal.
—Lo haré.
—Perfecto. Quiero que quede registrada.
La seguridad de Victoria hizo que Beatriz dudara. Después recogió el bolso con manos temblorosas y salió acompañada por Camila.
Quedé sola con Victoria dentro de la pequeña sala.
El espacio parecía menor después de la amenaza. Me apoyé contra la mesa, intentando ignorar el temblor de mis rodillas.
Victoria sacó un pañuelo negro de su bolsillo y lo sostuvo frente a mí.
—Puedo hacerlo sola.
—Lo sé.
Tomé el pañuelo. Cuando lo presioné contra la comisura de mis labios, el tejido quedó marcado por una pequeña mancha roja.
—No debió amenazar a Marina.
—Debí hacerlo antes.
—Ella no me golpeó.
—Su madre cree que es su punto débil. Ahora sabrá que también puede ser utilizado contra ella.
—Eso es monstruoso.
—Sí.
La aceptación volvió inútil cualquier discusión moral. Victoria no necesitaba convencerse de ser justa para actuar.
—¿Habría cumplido la amenaza?
—Si Beatriz vuelve a tocarla.
—¿Destruiría la vida de Marina por una bofetada?
—Destruiría la vida de cualquiera que considere su dolor una herramienta segura.
El modo en que dijo su dolor hizo que mi respiración perdiera ritmo. No había dulzura, pero tampoco indiferencia.
—No me conoce.
—Eso no modifica la regla.
—No quiero una regla escrita sobre mi cuerpo por usted.
Victoria se acercó. Detuvo su avance antes de invadir el espacio que yo podía defender sin moverme.
—Entonces impida que vuelvan a tocarla.
La crueldad de la frase me golpeó más que esperaba. —¿Cree que permití que ocurriera?
—Creo que todavía espera explicaciones de personas que ya eligieron hacerle daño.
—Eso no significa que pueda decidir quién merece castigo.
—No necesito su autorización para castigar amenazas contra mi casa.
—No soy su casa.
—Firmó para convertirse en parte de ella.
—Durante un año.
—Las amenazas rara vez consultan el calendario.
Limpié la sangre y doblé el pañuelo para ocultar la mancha. —¿Cuándo empezó a investigarme?
Victoria no respondió.
—Dijo que tuvo seis meses.
—No es el momento.
—Faltan menos de veinte minutos para una boda preparada a mis espaldas. No encontrará un momento mejor.
—Después de la ceremonia.
—Antes.