Capítulo 3 — La novia de negro
La mujer del costurero avanzó hacia mí, pero levanté una mano antes de que alcanzara el borde de mi hábito. El movimiento fue brusco, y el rosario golpeó mi muñeca.
—No me toque.
Ella se detuvo inmediatamente. Miró a Victoria en busca de una instrucción, confirmando que incluso mi cuerpo necesitaba autorización de otra mujer para permanecer intacto.
—Déjenos —ordenó Victoria.
Camila cerró la puerta del vehículo y condujo a la modista hacia el corredor. Nadie discutió. La lluvia continuó cayendo sobre el patio, acumulándose alrededor de mis zapatos.
—Cancela la boda —dije.
Victoria permaneció bajo el agua sin intentar proteger su traje. Algunas gotas quedaron atrapadas en sus pestañas, pero su expresión no cambió.
—Firmó el acuerdo.
—No firmé una ceremonia preparada antes de conocerme.
—La ceremonia no modifica las cláusulas.
—Modifica todo.
—Solo si cree que las palabras pronunciadas frente a extraños poseen más valor que su firma.
El frío atravesó la tela blanca y comenzó a endurecerme los dedos. Victoria parecía inmune a la temperatura, a la lluvia y a mi rabia.
—Solicitó una licencia seis días antes de entrar en esa sacristía.
—Sí.
—Utilizó mis documentos sin permiso.
—Los recuperé.
—Los robó.
—Pertenecían a usted.
—No estaban en sus manos.
—Ahora tampoco están en las de Beatriz.
Apreté la carpeta contra mi pecho. El papel húmedo comenzó a doblarse bajo mis dedos, pero no aflojé la presión.
—¿Qué habría hecho si me negaba?
—Presentar pruebas contra Beatriz, detener la ceremonia religiosa y ofrecerle protección temporal.
—Después de preparar mi vestido.
—Planificar no obliga al resultado.
—No. Solo permite que finja que cada decisión mía ya estaba prevista.
Victoria avanzó un paso. El agua resbalaba por su cabello recogido y recorría la línea de su cuello antes de desaparecer bajo la camisa negra.
—No finjo, Lucía.
—Eso no la vuelve menos manipuladora.
—Tampoco vuelve inútil el automóvil que la sacará de aquí.
Miré el vehículo. Los cristales oscuros devolvían una imagen deformada de mi hábito empapado, mis hombros encogidos y la mujer vestida de negro detrás de mí.
Parecíamos una novia indecisa y la viuda que había venido a reclamarla.
—No voy a ponerme ese vestido.
Victoria dirigió la mirada hacia la funda blanca dentro del coche. —Entonces elija otro.
—No quiero elegir entre vestidos. Quiero tiempo.
—No lo tiene.
—Usted sí tuvo seis días.
—Tuve seis meses.
La frase me inmovilizó.
Victoria comprendió su error demasiado tarde. No retrocedió ni intentó corregirlo, pero la quietud de su cuerpo se volvió más rígida.
—¿Seis meses? —pregunté.
—No aquí.
—Acaba de admitir que sabía de mí mucho antes de hablar con Beatriz.
—Dije que tuve tiempo para prepararme.
—Dijo seis meses.
Camila reapareció bajo el arco del corredor. Sus ojos se detuvieron en Victoria y luego en mí, calculando cuánto había escuchado.
—El notario espera en la biblioteca —informó—. También llegaron dos representantes del registro civil. El obispado envió a un asesor jurídico.
—Que esperen —respondí.
Camila no me miró al contestar. —No reciben órdenes suyas.
—Todavía no —añadió Victoria.
La frase, utilizada antes contra mí, adquirió una forma nueva. Dejaba de ser únicamente una amenaza y empezaba a sonar como una posición que pretendían concederme dentro de aquella jerarquía.
No quería una autoridad nacida de su apellido. Tampoco podía ignorar la reacción de Camila, que había permanecido inmóvil después de oírme exigir algo.
—Quiero hablar con Beatriz antes de la ceremonia —dije.
—Ya habló con ella.
—Quiero hacerlo sin una multitud y sin médicos esperando convertirme en un informe.
Victoria se acercó hasta quedar frente a mí. El olor a lluvia suavizaba su perfume, pero no la sensación de peligro que desprendía.
—Beatriz utilizará la conversación para hacerla dudar.
—Eso me corresponde a mí.
—Su capacidad para dudar es precisamente lo que ella ha explotado.
—Y usted está explotando mi necesidad de demostrar que puedo decidir.
La mirada de Victoria descendió hacia la carpeta apretada contra mi pecho. —Al menos empieza a reconocer las reglas.
—No estoy jugando.
—Todos juegan. La diferencia está en saber qué perderán cuando termine la partida.
Me estremecí, y no supe si fue por la lluvia o por su manera de hablar sobre mi vida como una mesa donde otras personas apostaban.
—Cinco minutos con Beatriz —dije—. Sin el médico, sin la superiora y sin sus hombres dentro de la habitación.
—Camila se quedará en la puerta.
—Fuera.
—En la puerta.
—No confía en mí.
—No confío en ella.
—No es lo mismo.
—Para su seguridad, sí.
Mi mandíbula comenzó a doler de tanto apretarla. —No puede vigilar cada conversación que mantenga durante un año.
—Puedo.
La respuesta llegó sin arrogancia visible, lo cual la volvió peor. Victoria no estaba presumiendo. Estaba describiendo una capacidad real.
—Entonces añadiré otra cláusula.
—El contrato ya está firmado.
—También establece modificaciones por consentimiento mutuo.
Sus ojos se estrecharon apenas. Había leído hasta el final, y ahora ella sabía que yo podía recordar lo suficiente para usar sus propias páginas.
—Cinco minutos —concedió—. Camila permanecerá fuera. La puerta no se cerrará con llave.
—Y usted no escuchará.
—No haga promesas en mi nombre.
—Entonces admita que todo este convento está intervenido.
Camila apartó la mirada hacia una cámara ubicada sobre el arco. Hasta esa mañana, yo había creído que pertenecía al sistema de seguridad de las religiosas.
Victoria levantó una mano y la luz roja del dispositivo se apagó.
—Cinco minutos —repitió—. Si Beatriz intenta sacarla de la habitación, termina la conversación.
—No necesito que me rescate cada vez que alguien se acerque.
—Ya veremos.
La seguridad con que respondió hizo que un calor áspero subiera por mi garganta. No era protección lo que ofrecía, sino la promesa de estar siempre lo bastante cerca para intervenir.
Camila me condujo por un corredor lateral. Victoria caminó detrás sin tocarme, aunque sentía su presencia como una mano apoyada entre mis omóplatos.
La biblioteca del convento se encontraba junto al claustro. Había pasado años ordenando sus libros y reparando páginas, pero nunca la había visto ocupada por hombres armados.
Dos agentes de seguridad vigilaban las ventanas. Un funcionario revisaba documentos junto al notario, y varias hermanas observaban desde el fondo con expresiones tensas.
Beatriz estaba sentada frente a una mesa pequeña. Había recuperado el control de su rostro, aunque la rigidez de sus dedos alrededor del bolso revelaba su irritación.
Cuando entré, se levantó.
—Lucía.
Camila abrió la puerta de una sala contigua utilizada para catalogar archivos. Era estrecha, sin ventanas y con una mesa rodeada por cajas antiguas.
—Aquí —indicó.
Beatriz me miró como si esperara que me negara a ser dirigida por aquella mujer. Crucé el umbral sin pedir su opinión.
Camila permaneció fuera, tal como había acordado. Victoria se detuvo al otro lado de la biblioteca, demasiado lejos para escuchar una conversación normal.
Beatriz entró detrás de mí y cerró la puerta hasta dejar una abertura estrecha. No intenté abrirla más.
—Quítate esa ropa mojada —dijo—. Te enfermarás.
Aquel hábito había sido elegido con ella. Recordé sus manos acomodando el velo durante mi ingreso y su orgullo al decir que finalmente había encontrado mi lugar.
—No vine a hablar de la ropa.
—Estás alterada. Podríamos irnos antes de que esto empeore.
—¿A la clínica?
—A casa.
—Vendiste la casa.
Su expresión se tensó. —Podría comprar otra.
—Con mi dinero.
—Con los recursos de la familia.
—Mi herencia no es de la familia. Es mía.
Beatriz dejó el bolso sobre la mesa. Sus movimientos eran tranquilos, pero una vena palpitaba junto a su sien.
—No entiendes la magnitud de aquello que tu padre dejó. Hay empresas vinculadas a puertos, sindicatos y personas capaces de convertirte en un objetivo.
—Por eso intentaste entregarme a Victoria.
—Intenté negociar una alianza que te mantuviera viva.
—Me describiste como obediente.
—Porque era lo que ella buscaba.
—Entonces mentiste.
—Lucía, escucha con atención. Una mujer como Victoria Alarcón no acepta un rechazo. Necesitaba hacerle creer que podía controlarte hasta encontrar una salida.
La explicación era hábil. Transformaba la grabación en un sacrificio, la venta en protección y mi ignorancia en una estrategia diseñada para salvarme.
—¿Cuál era la salida?
Beatriz no respondió inmediatamente.
—Cuando obtuviera acceso a sus empresas, podríamos reorganizar los bienes y proteger lo que corresponde a Marina.
—Ahí está.
—No seas cruel con tu hermana.
—Marina no perdió nada.
—Vivió toda su vida sabiendo que una fortuna enorme terminaría en manos de alguien que no quería administrarla.
—Yo no sabía que existía.
—Precisamente.
La palabra salió con una impaciencia que no logró ocultar. Beatriz había considerado mi desconocimiento una solución y mi posible despertar una amenaza.
—¿Cuánto tiempo pensabas mantenerme aquí?
—Hasta que estuvieras preparada.
—¿Cuándo habría ocurrido eso?
—Cuando dejaras de reaccionar desde el dolor.
—Podrías haber esperado hasta mi muerte y seguir diciendo que faltaba tiempo.
Beatriz se acercó. Sus zapatos apenas hicieron ruido sobre las losas, pero mi cuerpo retrocedió antes de que pudiera controlarlo.
Ella se detuvo, herida de una manera que parecía sincera.
—Nunca te hice daño.
—Me quitaste mis cartas.
—Te alejé de personas que querían utilizarte.
—Falsificaste informes.
—Preparé una defensa legal por si alguien cuestionaba tu permanencia en el convento.
—Me llamaste inestable.
—Habías pensado en morir.
La vieja culpa regresó con una rapidez nauseabunda. Mi respiración se acortó, y Beatriz reconoció la reacción.
—No te juzgo —continuó con suavidad—. Sé cuánto sufriste. Por eso no puedo permitir que tomes una decisión así en medio de otra crisis.
—No estoy en crisis.
—Llevas horas sin comer, estás empapada y acabas de firmar un contrato con una criminal.
—Una criminal a la que tú llamaste.
El rostro de Beatriz perdió color durante un instante.