Capítulo 2 — El precio de la novia #6
Comprendí que no me ofrecería una mentira agradable. Aquello era lo más próximo a una promesa que podía darme.
Incliné la pluma y escribí mi nombre completo.
Lucía Inés Valdés Navarro.
La tinta quedó brillante durante unos segundos antes de secarse. Mi mano tembló al finalizar la última letra, y una gota de sangre cayó junto a la firma.
Victoria observó la mancha roja sin tocar el papel.
Firmó después. Sus trazos fueron firmes y rápidos, como si no existiera ninguna parte de ella capaz de dudar.
Gabriel confirmó la validez preliminar del acuerdo, explicó los pasos de inscripción y prometió enviar copias certificadas.
Cuando terminó la llamada, permanecí sentada, mirando nuestros nombres unidos por una decisión que no parecía pertenecerme por completo.
Los golpes en la puerta habían cesado. Afuera solo quedaban la lluvia, algunas voces lejanas y el movimiento de personas que todavía ignoraban qué ceremonia ocurriría.
—Quiero recoger mis cosas —dije.
—Después.
—No saldré sin el rosario de mi madre, mis libros y la ropa que traje.
—Sus pertenencias ya están embaladas.
Levanté la cabeza. —Nadie tenía permiso para entrar en mi habitación.
—Camila supervisó el proceso.
—Antes de que firmara.
Victoria no respondió.
El frío regresó, extendiéndose desde mis manos hasta el pecho. Miré a Camila, que mantuvo el rostro impasible junto a la puerta.
—¿Cuándo las embalaron?
—Esta mañana —contestó ella.
—¿Antes de que Victoria hablara conmigo?
—Sí.
Me puse de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás. Camila no se movió para recogerla.
—Dijo que podía elegir.
—Podía —respondió Victoria.
—Preparó mi salida antes de conocer mi respuesta.
—Preparé todas las posibilidades.
—¿También preparó que regresara a la capilla?
—Sí.
No le creí. Algo en su serenidad resultaba demasiado completo, como una habitación ordenada después de borrar las pruebas.
—Quiero ver mis cosas.
Camila abrió la segunda puerta. El corredor oculto conducía hacia un patio interior donde esperaba un vehículo negro con los cristales oscurecidos.
Junto al automóvil había tres maletas nuevas, todas cerradas y marcadas con mis iniciales en pequeñas placas metálicas.
No reconocí ninguna. Mis pocas pertenencias cabían dentro de una caja de madera y un bolso de tela.
—¿Dónde están mis cosas?
—Dentro —dijo Camila.
Me acerqué a la maleta más pequeña y traté de abrirla. El cierre estaba bloqueado.
—La combinación es la fecha de hoy —indicó Victoria.
Introduje los números con dedos rígidos. La tapa se abrió y reveló mis libros, mi ropa doblada y la fotografía de mis padres envuelta en seda negra.
Todo había sido organizado con un cuidado que no me tranquilizó. Al contrario, confirmó cuánto tiempo habían pasado dentro de mi vida sin que yo lo supiera.
Sobre la fotografía descansaba una caja estrecha. La abrí y encontré un anillo de compromiso, antiguo, con una piedra oscura rodeada de diamantes pequeños.
Cerré la tapa con violencia.
—No voy a usar eso.
—No es necesario durante la firma civil.
—No habrá ceremonia hoy.
Victoria permaneció detrás de mí. Su sombra se extendía sobre las piedras mojadas del patio, larga y oscura bajo la luz gris de la mañana.
—El contrato entra en vigor cuando se registre el matrimonio.
—El abogado dijo que todavía faltaban trámites.
—Ya están completos.
Me volví lentamente. El frío de la lluvia atravesaba el hábito, y el aire olía a piedra húmeda, cera apagada y al metal de las armas ocultas bajo los trajes.
—¿Cómo pueden estar completos si acabo de aceptar?
Victoria sacó del bolsillo una carpeta delgada y la entregó sin acercarse. Dentro había una licencia matrimonial, autorizaciones notariales y reservas oficiales emitidas varios días antes.
Mi nombre aparecía en cada página. También mi fecha de nacimiento, el número de un documento que Beatriz me había dicho perdido y una dirección futura que nunca había visto.
Palacio de las Viudas.
En la última hoja figuraba la hora del matrimonio civil: mediodía. Faltaban veintisiete minutos.
El pánico me cerró la garganta mientras recorría fechas, sellos y firmas preparadas antes de que Victoria entrara en la sacristía.
—Esto estaba decidido —dije—. Nunca pensó aceptar una negativa.
Las sombras del patio cubrieron parte de su rostro. Victoria no negó la acusación ni intentó ofrecerme una versión más soportable.
—Pensé que elegiría sobrevivir.
Camila abrió la puerta del vehículo. Dentro esperaba una funda blanca, larga, colgada junto a un par de zapatos confeccionados exactamente para mi talla.
Una mujer descendió del asiento delantero con un costurero en las manos y pidió permiso a Victoria para realizar el último ajuste del vestido.
Miré la prenda, las maletas, el anillo y la licencia solicitada seis días antes de que yo conociera la existencia del contrato.
El olor metálico se volvió más intenso cuando la lluvia alcanzó la sangre seca de mi dedo. Comprendí que Victoria no había venido al convento para ofrecerme una salida.
Había llegado con mi ropa embalada, mi futuro registrado y una boda completa esperando detrás de los muros, porque mi respuesta solo importaba mientras coincidiera con la suya.