LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 2 — El precio de la novia #5
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Capítulo 2 — El precio de la novia #5

—No iban a encerrarte. Era una medida preventiva.

—¿Cuánto tiempo?

Beatriz no contestó.

El notario carraspeó y anunció que no podía continuar con ningún trámite mientras existieran dudas sobre mi consentimiento.

Uno de los abogados trató de apartarlo para hablar en privado. Camila fotografió a todos sin pedir permiso.

La madre Eulalia observaba desde el fondo, pálida bajo el velo. —Lucía, no permitas que el rencor decida por ti.

La miré durante varios segundos. —Usted le contó lo de las pastillas.

—Estaba preocupada por tu bienestar.

—Era una confesión.

—Era un riesgo.

—Era mío.

La superiora bajó la mirada. Comprendí entonces que nunca recibiría una disculpa capaz de devolverme lo que había entregado.

Regresé a la sala sin despedirme. Victoria entró detrás de mí, seguida por Camila, que cerró la puerta frente a Beatriz.

Los golpes comenzaron casi de inmediato, pero nadie volvió a abrir.

Me senté ante el contrato. Gabriel seguía conectado a la videollamada y había presenciado toda la conversación.

—Quiero añadir una cláusula —dije.

Mi voz sonaba distante, como si perteneciera a otra mujer.

—Adelante —respondió el abogado.

—Victoria investigará la falsificación, recuperará mis bienes y entregará todas las pruebas a una representación legal elegida por mí.

—Eso ya está contemplado en parte.

—Quiero que quede claro que no podrá negociar con Beatriz a mis espaldas ni utilizarla para controlar mis decisiones.

Gabriel escribió. Victoria permaneció de pie, observándome.

—También quiero acceso inmediato a una cuenta personal con fondos suficientes para contratar abogados y abandonar su casa cuando termine el plazo.

—Aceptado —dijo Victoria.

—La cuenta estará solo a mi nombre.

—Aceptado.

—No podrá congelarla ni condicionarla a mi comportamiento.

—Aceptado.

—Y quiero que la cláusula sobre su amante sea recíproca.

Algo se tensó en el ambiente.

—Explíquese —pidió Victoria.

—Si usted mantiene una relación, yo también podré hacerlo.

Camila miró hacia una esquina de la habitación. Gabriel dejó de escribir durante un segundo.

Los ojos de Victoria recorrieron mi rostro con una lentitud que hizo que mi piel se enfriara.

—No.

—Entonces elimine su privilegio.

—Mi relación con Elena es anterior al acuerdo.

—Mi libertad también.

—No tendrá relaciones que comprometan su seguridad.

—Puede verificar identidades, no decidir a quién deseo.

La palabra deseo quedó suspendida entre ambas. Victoria apoyó las manos sobre la mesa y se inclinó.

—No.

Su tono no cambió, pero mi cuerpo reconoció una amenaza que no necesitaba ser formulada.

—No seré fiel a una esposa que no pretende serlo.

—No le estoy pidiendo fidelidad emocional.

—Está intentando reservar mi cuerpo mientras comparte el suyo.

—Estoy evitando que alguien use su cama para acercarse a mí.

—Entonces duerma sola y reduzca el riesgo.

Camila cerró los ojos durante un breve instante. Gabriel fingió revisar documentos.

Victoria se acercó todavía más. El borde de la mesa era la única barrera entre nuestros cuerpos.

—Puede exigir igualdad contractual —dijo—. No provoque una reacción cuyo alcance todavía desconoce.

El miedo me erizó los brazos. Aun así, sostuve su mirada porque ceder en ese momento habría convertido cada condición anterior en una cortesía revocable.

—Elimine la cláusula sobre Elena.

—No.

—Entonces añada la mía.

—No.

—No firmaré.

Las campanas dejaron de sonar. La ausencia repentina hizo que los golpes de Beatriz contra la puerta parecieran más fuertes.

Victoria y yo permanecimos inmóviles, separadas por hojas donde ambas intentábamos calcular cuánto podía costar la voluntad de la otra.

—Elena no vivirá en el Palacio de las Viudas —dijo finalmente—. No entrará en sus habitaciones ni interferirá en su seguridad o patrimonio.

—Eso no es igualdad.

—Es lo que tendrá.

—Entonces yo podré mantener relaciones fuera de la residencia, con controles de seguridad razonables y sin exposición pública.

Una línea dura apareció entre sus cejas.

—Ningún miembro de mi consejo, personal o alianzas.

—Aceptado.

—Nadie relacionado con Beatriz.

—Aceptado.

—Cualquier persona deberá pasar una verificación previa.

—Solo para confirmar que no representa un riesgo conocido.

—Y no entrará en mi casa.

—Nuestra residencia contractual —corregí—. Mi habitación será mía.

Sus pupilas se contrajeron. —Aceptado.

Gabriel redactó la cláusula mientras Victoria volvía lentamente a su asiento.

No parecía derrotada. Parecía una mujer que acababa de memorizar un peligro para estudiarlo después.

Continuamos durante casi una hora. Modificamos indemnizaciones, protección de identidad, acceso a servicios médicos independientes y prohibiciones expresas sobre medicación sin consentimiento.

Incluí el derecho a solicitar una evaluación psicológica externa si alguien intentaba declararme incapaz. Victoria exigió que el profesional fuera sometido a una verificación de seguridad.

Negociamos hasta que mi garganta quedó seca y la herida del dedo volvió a abrirse por la presión de la pluma.

Cuando alcanzamos la última página, Gabriel me pidió que leyera en voz alta las condiciones principales y explicara sus consecuencias.

Lo hice despacio. Cada palabra parecía construir una estructura alrededor de mi vida, más visible que los muros del convento y quizá mucho más difícil de abandonar.

—Debe comprender que este acuerdo presenta un desequilibrio grave de poder —advirtió—. La señora Alarcón controla la residencia, la seguridad y recursos muy superiores a los suyos.

—Lo comprendo.

—Aunque las cláusulas de salida existan, ejecutarlas podría ser complicado si ella incumple.

Miré a Victoria. —También lo comprendo.

—¿Ha recibido amenazas directas para firmar?

Recordé la ambulancia, la grabación de Beatriz y la forma en que Victoria había dicho que podía ayudarme sin matrimonio, pero no lo haría.

—No directas.

—¿Considera que tiene alternativas?

La respuesta debería haber sido sencilla. Podía negarme, solicitar protección temporal y confiar en un sistema donde Beatriz ya había comprado médicos, abogados y religiosas.

Podía aceptar a Victoria, una mujer que reconocía su crueldad y me entregaba una llave sin ocultar que la puerta seguiría vigilada.

—Tengo alternativas —dije—. Ninguna es segura.

Gabriel guardó silencio antes de asentir. —Eso también quedará registrado.

Victoria deslizó la pluma hacia mí. Era distinta de la anterior, negra, pesada y marcada con el escudo de la familia Alarcón.

No la tomé.

—Quiero una última condición.

—Dígala —respondió.

—No utilizará la palabra propiedad para referirse a mí.

Algo casi imperceptible pasó por su rostro. No fue diversión ni irritación, sino una atención íntima que me hizo sentir expuesta.

—Los contratos regulan actos, no vocabulario.

—Entonces no debería costarle aceptarlo.

—¿Y si no lo hago?

—Sabré que no busca una esposa temporal. Busca una cosa que pueda guardar.

Victoria se levantó y rodeó la mesa. Cada uno de sus pasos fue lento, medido, hasta detenerse junto a mi silla.

No me tocó. Apoyó una mano sobre el respaldo, encerrándome entre su cuerpo y la mesa sin violar técnicamente ninguna cláusula.

El perfume oscuro se mezcló con el olor metálico de mi sangre. Sentí el calor de su cuerpo cerca de mi hombro y una corriente fría bajó por mi espalda.

—No necesito una palabra para guardar algo —dijo junto a mí.

La amenaza estaba en la cercanía, en su voz baja y en la seguridad con que podía doblar el espacio sin ponerme una mano encima.

—Entonces acepte.

Sus dedos se cerraron alrededor del respaldo. La madera emitió un leve crujido bajo la presión.

—Aceptado mientras usted cumpla el contrato.

—Sin condiciones.

—Todo tiene condiciones, Lucía.

Giré la cabeza. Nuestros rostros quedaron demasiado cerca. Mis pupilas se abrieron y el aire se detuvo en mitad de mi pecho.

—Entonces yo tampoco prometeré no usar palabras que le desagraden.

Victoria miró mi boca durante un instante. —Aceptado.

Se apartó. El frío ocupó el lugar donde había estado su cuerpo, pero mi piel continuó caliente.

Gabriel añadió la disposición como cláusula de trato digno, aunque ambos sabíamos que la frase jurídica no contenía la verdadera disputa.

Tomé la pluma.

La punta tocó el papel y dejó una pequeña mancha negra. Mi nombre debía aparecer debajo de una línea que me transformaría en esposa antes de que terminara el día.

Pensé en mi padre, en las cartas cerradas, en la cuenta rota del rosario y en el frasco de pastillas convertido en prueba contra mí.

Pensé también en Victoria, en sus silencios, en la amante casada y en la casa llamada Palacio de las Viudas.

—Antes de firmar —dije—, quiero escucharla decir qué espera realmente de mí.

—Ya está escrito.

—No le pregunté qué exige el contrato.

Victoria permaneció de pie al otro lado de la mesa. La luz blanca marcaba las líneas angulosas de su rostro y la antigua cicatriz de su mano.

—Espero que permanezca durante un año.

—Eso es todo.

—No.

Esperé. Ella no parecía acostumbrada a explicar deseos, quizá porque bastaba con convertirlos en órdenes.

—Necesito que el consejo crea que el matrimonio es estable —continuó—. Necesito que Beatriz no pueda recuperarla y que mis enemigos comprendan que acercarse tiene consecuencias.

—¿Y qué espera de mí cuando estemos solas?

La pregunta alteró mi respiración. Camila desvió la mirada hacia las cámaras, mientras Gabriel guardaba un silencio profesional desde la pantalla.

Victoria no mostró incomodidad.

—Que aprenda las reglas antes de romperlas.

—¿Y si no quiero aprenderlas?

—Las romperá mal.

—¿Eso le preocupa?

—Me irrita desperdiciar recursos.

El desprecio calculado debería haberme herido menos. Sin embargo, una parte de mí había esperado una respuesta que me reconociera como persona, no como inversión.

—No soy uno de sus recursos.

—Todavía no ha firmado.

—Y cuando firme, tampoco lo seré.

—Cuando firme, será mi responsabilidad.

—No confunda responsabilidad con posesión.

Victoria sostuvo mi mirada. —Usted tampoco confunda protección con libertad.