Capítulo 2 — El precio de la novia #4
Los ojos de Victoria se oscurecieron. —Aceptado.
Camila recibió un mensaje y se acercó. —Beatriz consiguió entrar al edificio administrativo. La superiora está intentando retrasarla, pero el notario exige ver a Lucía.
—Que espere —dijo Victoria.
—Traen una orden médica provisional.
Mi respiración volvió a desordenarse. Gabriel pidió que le enviaran una copia de inmediato.
Camila fotografió el documento mostrado en la cámara del pasillo. El abogado lo examinó y negó con la cabeza.
—No es una orden judicial. Es una recomendación de traslado firmada por el mismo médico. Pueden presionarla, pero no llevársela legalmente sin consentimiento.
—A menos que falsifiquen una crisis —añadió Victoria.
—Exacto.
Un golpe sonó al otro lado de la puerta. Después escuché la voz de Beatriz, modulada con aquella dulzura que siempre aparecía cuando había testigos.
—Lucía, cariño, sabemos que estás asustada. El doctor Salcedo vino para ayudarte. Nadie quiere obligarte a nada.
Mi estómago se contrajo con tanta fuerza que tuve que apoyar un brazo sobre la mesa.
Victoria no miró hacia la puerta. Observaba mi rostro.
—No le responda.
—No puede prohibírmelo.
—No. Pero sabe lo que hará con su voz si la escucha.
Otro golpe. Esta vez, la madre Eulalia pidió que abriéramos en nombre de la comunidad.
El olor a cera y piedra húmeda entraba por la ranura inferior. El convento entero parecía haberse convertido en una boca cerrándose alrededor de mí.
—Lucía —continuó Beatriz—, no necesitas tomar decisiones mientras estás confundida. Ven conmigo y hablaremos en casa, como una familia.
No tenía una casa desde la muerte de mi padre. Beatriz vendió la propiedad y me dijo que las deudas habían consumido todo.
Ahora sabía que había existido dinero suficiente para mantener cien hogares.
—Quiero hablar con ella —dije.
Victoria no respondió de inmediato. —Cinco minutos. La puerta permanece abierta y Camila se queda a su lado.
—Sin usted.
—No.
—Es mi condición para continuar la negociación.
El músculo junto a su boca se tensó. —Tres minutos.
—Cinco.
—Cuatro.
—Cinco.
Camila miró a Victoria. El intercambio silencioso duró apenas un segundo.
—Cinco —concedió Victoria—. Si intenta tocarla, la conversación termina.
—No dará órdenes sobre cómo mi familia puede tocarme.
—Entonces espere que descubra cuánto está dispuesta a tolerar antes de pedir ayuda.
Me levanté con las rodillas inestables. Camila abrió la puerta, y el pasillo apareció lleno de personas.
Beatriz se encontraba en el centro, vestida de azul pálido, con el cabello perfectamente recogido y una expresión de preocupación cuidadosamente construida.
A su lado esperaba el doctor Salcedo. Más atrás estaban los abogados, el notario, dos paramédicos y la madre Eulalia.
Al verme, Beatriz abrió los brazos. —Mi niña.
No avancé. La decepción cruzó su rostro antes de ser reemplazada por una ternura más intensa.
—¿Por qué hay una ambulancia? —pregunté.
—Porque me dijeron que sufriste una crisis y que esa mujer te estaba presionando. Solo quiero asegurarme de que estés bien.
—¿Quién te lo dijo?
Sus ojos se desplazaron hacia la madre Eulalia. La superiora bajó la cabeza.
—Todos estamos preocupados —respondió Beatriz—. Este no es el momento para interrogatorios. Ven conmigo y podremos descansar.
—¿Sabías que los votos transferirían mi herencia?
El pasillo quedó inmóvil. Uno de los abogados apartó la mirada mientras el notario ajustaba los papeles contra su pecho.
Beatriz no perdió la sonrisa. —Tu padre dejó asuntos muy complejos. Intenté protegerte de responsabilidades que podían destruir tu paz.
—Me dijiste que murió endeudado.
—Porque necesitabas sanar, no obsesionarte con empresas y disputas legales.
—Falsificaste informes médicos.
—El doctor Salcedo evaluó la información disponible y llegó a conclusiones profesionales.
—Nunca me examinó.
El médico dio un paso adelante. Camila se movió entre ambos con tanta rapidez que él se detuvo antes de completar el gesto.
—La señorita Valdés está alterada —dijo Salcedo—. Deberíamos trasladarla a un ambiente controlado antes de que tome decisiones irreversibles.
Victoria apareció en la puerta detrás de mí. No había escuchado sus pasos.
—Termine esa frase con mucho cuidado —dijo.
El doctor tragó saliva. —Estoy hablando como profesional de la salud.
—Está hablando como un hombre que firmó una evaluación falsa. Todavía puede decidir cuántos delitos desea explicar esta tarde.
Beatriz se adelantó. —Esto es un asunto familiar, señora Alarcón.
—Usted convirtió a Lucía en un asunto financiero.
—No tiene ningún vínculo con ella.
La mano de Victoria se apoyó sobre mi hombro. El contacto fue leve, pero cada músculo de mi espalda se tensó.
Habíamos acordado que no me tocaría sin permiso. Giré el rostro hacia ella.
Victoria retiró la mano inmediatamente.
Aquel cumplimiento visible produjo una satisfacción breve, seguida por la conciencia de que todos habían observado el gesto.
—Todavía no —dijo Victoria.
Beatriz miró de una a otra. Su rostro perdió parte de la dulzura.
—Lucía, entraremos a la capilla ahora. Después de los votos, todo volverá a estar en orden.
—¿En el orden que te permite quedarte con mi dinero?
—No entiendes lo que está en juego.
—Entonces explícamelo.
—No aquí.
—Aquí o nunca.
La máscara de preocupación se agrietó. Beatriz inspiró lentamente y bajó la voz, aquella forma suya de recordar que una mujer respetable no debía provocar escenas.
—Tu padre dejó empresas contaminadas por personas peligrosas. Yo intenté mantenerte lejos de ellas. Mira quién está detrás de ti y dime que estaba equivocada.
No necesitaba girarme para sentir la presencia de Victoria. Su cercanía era una amenaza real, no una historia utilizada para asustarme.
—¿Por qué no me entregaste los documentos?
—Porque eras una niña vulnerable.
—Tenía diecinueve años.
—Y acababas de perder a tu padre. Apenas comías, no dormías y hablabas de que la vida había perdido sentido.
La vergüenza me quemó el rostro. Había confiado en ella durante las semanas más oscuras de mi vida.
Ahora colocaba mi dolor frente a desconocidos para demostrar que yo no podía pertenecerme.
—Nunca intenté matarme.
—Sostuviste un frasco de medicamentos.
—Y te lo entregué.
—Porque llegué a tiempo.
La mentira fue pronunciada con tanta facilidad que durante un segundo dudé de mi propia memoria.
Yo había ido hasta su habitación. Había colocado el frasco cerrado sobre la mesa y pedido ayuda porque temía lo que podía llegar a pensar.
—Fui yo quien te buscó.
—Estabas confundida.
Mi respiración comenzó a acelerarse. El doctor Salcedo observó mi pecho con interés clínico, como si cada reacción confirmara el informe preparado.
Camila se inclinó apenas hacia mí. —Mire la ventana.
Seguí su indicación. Al final del corredor había un vitral azul atravesado por la lluvia.
—Diga cuántas figuras aparecen —ordenó con voz baja.
—Tres.
—Cuántas velas.
—Seis.
—Cuántas personas tiene delante.
Conté sin mover los labios. La respiración recuperó un ritmo menos caótico.
Beatriz entendió lo que ocurría y frunció el ceño.
—No permitas que te manipulen, cariño. Esa gente sabe cómo aprovecharse de alguien impresionable.
—¿Como tú?
La pregunta salió más firme de lo que me sentía. Beatriz se quedó quieta.
—Te crié como a una hija.
—Me enviaste aquí.
—Porque necesitabas estructura.
—Pagaste para que interceptaran mis cartas.
—Te protegí de influencias que habrían empeorado tu estado.
—¿También de Marina?
El nombre de mi hermanastra alteró algo en su expresión. —Marina respetó tu decisión.
—Nunca recibí una carta suya.
—Porque no quiso escribir.
No supe si creerlo. La duda resultó suficiente para que Beatriz recuperara parte de su control.
—Ven conmigo —insistió—. Podemos resolverlo sin exponerte a esta humillación.
Victoria habló detrás de mí. —La humillación terminó cuando dejó de creerle.
Beatriz dirigió hacia ella una mirada cargada de odio. —Usted no sabe cuidar a nadie.
La temperatura del corredor pareció descender. Camila llevó discretamente una mano cerca de su arma.
Victoria no reaccionó con ira visible. —Y, aun así, prefirió ofrecérmela.
La sangre desapareció del rostro de Beatriz.
—¿Qué está diciendo? —pregunté.
Nadie respondió de inmediato. Mi corazón comenzó a golpear con una fuerza dolorosa.
—Beatriz —dije—. ¿Qué está diciendo?
Mi madrastra apretó los labios. —La señora Alarcón buscaba una alianza. Yo consideré que podría ser beneficiosa para ambas familias.
—Me ofreciste en matrimonio.
—No de ese modo.
Victoria sacó un teléfono del bolsillo y reprodujo una grabación. La voz de Beatriz llenó el corredor con una claridad cruel.
“Lucía es discreta, obediente y no tiene experiencia fuera del convento. No causará escándalos. Con la orientación correcta, aceptará el acuerdo.”
La grabación continuó.
“Después de los votos sería más complicado, pero todavía podemos detener la ceremonia si su propuesta compensa la pérdida patrimonial.”
Me llevé una mano a la boca. El frío se extendió por mis brazos, seguido por una oleada de calor que me hizo sudar bajo el hábito.
Beatriz avanzó hacia el teléfono. Camila interceptó su movimiento y le sujetó el antebrazo antes de que pudiera acercarse.
—Está fuera de contexto —dijo mi madrastra—. Intentaba negociar una forma de protegerte de las obligaciones del fideicomiso.
—¿Cuánto pidió?
La pregunta hizo que su rostro se endureciera.
Victoria guardó el teléfono. —Una participación administrativa en sus bienes y protección para Marina dentro del consejo empresarial.
—No pedí dinero —replicó Beatriz—. Pensaba en el futuro de la familia.
—Vendiste mi futuro para comprar el suyo.
—Todo lo que hice fue para mantener la estabilidad.
—La tuya.
Mi voz se quebró al final. Beatriz intentó acercarse otra vez, y esta vez fui yo quien retrocedió.
El movimiento pareció herirla, pero ya no confiaba en ninguna emoción que mostrara.
—Lucía, escucha. Victoria Alarcón no ofrece nada sin destruir otra cosa. Si entras en su casa, no saldrás siendo la misma.
—Tampoco saldría siendo la misma de la clínica que preparaste.