LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 2 — El precio de la novia #3
5%

Capítulo 2 — El precio de la novia #3

—Me dejaría ir con ellos.

—Si elige sus votos, respetaré la decisión.

—Eso no sería respeto. Sabe que la decisión está manipulada.

—También lo está mi propuesta.

La franqueza me golpeó otra vez. Victoria no me permitía convertirla en salvadora, pero tampoco disimulaba que estaba aprovechando mi desesperación.

—¿Qué clase de mujer hace esto?

—Una que necesita una esposa antes de cuarenta y tres días.

—Podría casarse con su amante.

Una sombra cruzó sus facciones, demasiado rápida para nombrarla. —No.

—¿Ella no quiere?

—No es asunto suyo.

—Pretende incluirla en nuestro contrato. Se convierte en asunto mío.

Victoria me sostuvo la mirada durante varios segundos. —Elena está casada.

—Perfecto. Quiere que me convierta en la esposa decorativa de una mujer que mantiene una relación con otra esposa decorativa.

—El matrimonio de Elena no es decorativo.

—¿La ama?

Camila movió apenas el peso entre los pies. Victoria no apartó los ojos de mí, pero el silencio modificó la temperatura de la sala.

—No incluiré sentimientos en un contrato legal.

—Porque no los tiene o porque no controla los de ella.

Su mandíbula se endureció. Había encontrado algo, una zona que no deseaba mostrarme.

El descubrimiento no me dio poder. Me hizo comprender que acababa de tocar una herida perteneciente a una mujer peligrosa.

—Revise las cláusulas que quiere cambiar —dijo—. Tiene veinte minutos antes de que Beatriz consiga entrar.

—¿Y si necesito más tiempo?

—No lo tiene.

Me senté con las piernas débiles y abrí de nuevo la carpeta. Victoria regresó a su lugar, dejando que Camila vigilara las cámaras.

Elegí un abogado de la lista después de comprobar su matrícula mediante una búsqueda pública. Se llamaba Gabriel Montalvo y tenía experiencia en derecho patrimonial.

La videollamada comenzó tres minutos después. Gabriel apareció en una oficina iluminada, con el cabello desordenado y una expresión que se volvió seria al ver mi hábito.

—Señorita Valdés, antes de continuar necesito confirmar que se encuentra sin coacción física inmediata.

Miré a Victoria. Ella permanecía sentada al otro extremo de la mesa, suficientemente cerca para escuchar cada palabra.

—No hay coacción física —respondí—. Hay circunstancias que no permiten una decisión completamente libre.

Gabriel asintió. —Eso debe quedar registrado. También puedo solicitar una medida de protección sin necesidad de matrimonio, aunque no será inmediata.

—¿Cuánto tardaría?

—Entre veinticuatro y setenta y dos horas para una resolución provisional, dependiendo del juez. Si existe una solicitud de incapacidad previa, podría complicarse.

—Beatriz está fuera con un médico y una ambulancia.

La expresión del abogado cambió. —¿Dispone de pruebas de falsificación o conflicto patrimonial?

Victoria empujó las carpetas hacia la cámara. Gabriel pidió copias digitales y comenzó a revisarlas.

Mientras esperaba, miré mis manos. La sangre del dedo había secado sobre una cuenta del rosario, oscureciendo el nácar.

—El fideicomiso parece legítimo —dijo Gabriel después de varios minutos—. Su padre dejó participaciones, propiedades y derechos portuarios sujetos a condiciones específicas.

—¿Cuánto vale?

El abogado miró hacia un costado, como si buscara una forma prudente de responder. —La estimación preliminar supera los ochenta millones de euros.

La cifra no produjo comprensión. Era demasiado grande para relacionarla conmigo, con mis zapatos gastados o las sábanas remendadas del convento.

—Eso no puede ser mío.

—Puede serlo. Sin embargo, la renuncia vinculada a los votos transferiría la administración a la fundación familiar controlada por su madrastra.

—¿Puede impedirlo?

—Si no firma la renuncia ni pronuncia votos con efectos patrimoniales, sí. También debemos impugnar los informes médicos y recuperar sus documentos.

Miré a Victoria. —Entonces no necesito casarme.

Gabriel tomó aire antes de responder. —No jurídicamente. Pero necesita una ubicación segura y representación inmediata para evitar un internamiento preventivo mientras se revisan los informes.

—Podría quedarme en otro lugar.

—Si dispone de uno protegido y de personas capaces de impedir un traslado irregular, es posible.

No tenía hogar. No tenía dinero disponible, teléfono propio ni una sola persona fuera de aquellos muros en quien pudiera confiar.

Victoria no necesitó recordármelo. Permaneció sentada, permitiendo que mi propio silencio hiciera el trabajo.

—Revise el contrato —pedí.

Durante los siguientes minutos, Gabriel señaló cláusulas abusivas y explicó riesgos. Victoria aceptó eliminar algunas sin discutir y defendió otras con una firmeza implacable.

—La supervisión total de comunicaciones es desproporcionada —dijo el abogado—. Puede limitarse a dispositivos proporcionados por seguridad y solo ante amenazas verificables.

—Aceptado —respondió Victoria.

—La restricción de desplazamiento debe requerir una evaluación documentada.

—Aceptado si mi jefa de seguridad conserva autoridad de emergencia.

—Durante un máximo de cuarenta y ocho horas.

—Setenta y dos.

—Cuarenta y ocho.

Victoria miró a Camila. —Sesenta.

Gabriel me observó a través de la pantalla. —La decisión es suya.

—Cuarenta y ocho —dije.

Victoria no mostró disgusto. —Cuarenta y ocho.

La pequeña victoria hizo que mi respiración se estabilizara. Tomé una hoja en blanco y comencé a escribir mis propias condiciones.

—Conservaré mis documentos originales.

—Estarán en una caja de seguridad a la que ambas tendremos acceso —respondió Victoria.

—Solo yo.

—No.

—Entonces no firmo.

Sus dedos golpearon una vez la mesa. —Usted conservará los originales. Camila tendrá copias certificadas para emergencias.

—Nadie podrá retirarlos sin mi autorización escrita.

—Aceptado.

Escribí otra línea. —Tendré una habitación propia con cerradura interior. Usted no entrará sin mi permiso, salvo una emergencia demostrable.

Victoria leyó la frase desde el otro lado. —Aceptado.

—Podré continuar practicando mi religión.

—Sí.

—Tendré acceso a una capilla o iglesia sin que utilice mis creencias para controlar mis decisiones.

—Tendrá una capilla privada.

—No quiero que me compre una.

—Ya existe en la propiedad.

Apreté la pluma. —Nadie vigilará mis confesiones ni interceptará correspondencia dirigida a una autoridad religiosa elegida por mí.

—Aceptado, después de verificar al destinatario.

—No.

—Lucía.

El modo en que pronunció mi nombre cerró algo alrededor de mi garganta. Aun así, sostuve su mirada.

—Una revisión de identidad inicial —propuso Gabriel—. Después, comunicación confidencial salvo orden judicial.

Victoria mantuvo el silencio durante varios segundos. —Aceptado.

Añadí una cláusula sobre educación. Deseaba estudiar administración de patrimonio, historia y derecho básico para entender lo que mi padre me había dejado.

—Tendrá tutores —dijo Victoria.

—Yo los elegiré.

—De una lista verificada.

—Podré rechazar a todos los nombres.

—Hasta que quede satisfecha.

La frase tenía un significado secundario que me hizo tensar los hombros, aunque Victoria no cambió de expresión.

Seguí escribiendo.

—No podrá impedirme hablar con mi familia.

—Beatriz no entra en esa categoría.

—Legalmente, sí.

—No tendrá contacto sin mi presencia.

—Entonces tampoco usted tendrá contacto privado con ella en asuntos relacionados conmigo.

Victoria inclinó la cabeza. —Aceptado.

—Quiero ver todos los resultados de la investigación sobre mi padre.

—Los que no comprometan operaciones activas.

—Todos los que afecten su muerte, mi herencia o la relación con su madre.

—Aceptado.

—No puede castigarme retirando información.

Algo cambió en sus ojos, una atención más afilada. —Explíquese.

—No utilizará documentos, visitas, dinero ni acceso a mi propia historia para obligarme a comportarme como desea.

—Eso es demasiado amplio.

—Es intencional.

—También imposible de ejecutar.

—Entonces escriba una versión que pueda ejecutarse sin convertir cada desacuerdo en una amenaza.

Gabriel disimuló una reacción mirando hacia sus notas. Camila me observó de una manera distinta, como si hubiera dejado de verme únicamente como un problema indefenso.

Victoria tomó la hoja y leyó mis condiciones. Sus dedos desnudos tocaron el borde donde yo todavía mantenía la mano.

No retiré la mía. La cercanía de su piel elevó la temperatura en mi palma, aunque no llegamos a rozarnos.

—Aprende muy rápido —dijo.

—Usted me dio un buen motivo.

—Los buenos motivos crean personas peligrosas.

—Tal vez debió escoger a una esposa más dócil.

Su mirada descendió hacia mis dedos manchados de tinta. —La escogí.

No supe responder. La certeza posesiva de aquellas dos palabras me produjo una reacción que no se parecía únicamente al miedo.

Retiré la mano y agregué otra condición. —No podrá tocarme sin permiso, salvo para evitar un daño inmediato.

Victoria permaneció inmóvil. —La cláusula de consentimiento ya lo cubre.

—Habla de intimidad. Yo hablo de cualquier contacto.

—Eso incluye acompañarla en público.

—Puede ofrecerme el brazo. Yo decidiré si lo tomo.

—El consejo esperará una pareja convincente.

—Debió casarse con una actriz.

—Las actrices hacen preguntas sobre el guion.

—Yo también.

—Por eso seguimos aquí.

La tensión entre ambas se sostuvo durante un momento demasiado largo. Sentí calor en las mejillas y desvié la vista hacia el contrato.

—Aceptado —dijo finalmente—, excepto en emergencias, protocolos de seguridad y actos públicos acordados previamente.

Gabriel ajustó la redacción. Yo añadí que todo acto público debía ser notificado con cuarenta y ocho horas de anticipación cuando fuera posible.

—Quiero libertad para rechazar eventos no esenciales.

—No.

—Entonces los clasificará por escrito.

—No convertiré mi agenda en una solicitud de permiso.

—No soy parte de su agenda.

—Será mi esposa.

—Por contrato, no por obediencia.

Victoria apoyó el pulgar sobre la cicatriz de su palma. —Tres eventos mensuales obligatorios. Los demás serán negociados.

—Dos.

—Tres.

—Dos y una cena privada del consejo, con derecho a retirarme si alguien me amenaza o humilla.

—Nadie la humillará delante de mí.

—Eso no significa que no lo intentarán.