Capítulo 2 — El precio de la novia #2
El nombre no significaba nada para mí, pero la forma en que Victoria lo pronunció transformó el aire de la habitación.
—¿Y no confía en él?
—Confío en que hará exactamente aquello para lo que fue criado.
—Eso no responde.
—Es suficiente.
Crucé los brazos para contener el temblor. —No para alguien a quien pretende convertir en su esposa.
Victoria bajó la mirada hacia mis manos. —Si acepta, tendrá acceso a la información que afecte directamente su seguridad. No a todos mis asuntos.
—Quiere que firme un matrimonio sin saber con quién me caso.
—Sabe mi nombre.
—También sé que su familia aparece en periódicos junto a palabras como corrupción, desapariciones y contrabando.
—Los periódicos son prudentes.
La respuesta llegó sin orgullo ni vergüenza. Sentí un vacío frío abrirse en mi vientre.
—¿Es una amenaza?
—Es una corrección.
—¿Ha matado a alguien?
Victoria no cambió de postura. Sus ojos permanecieron fijos en los míos hasta que mi respiración empezó a volverse irregular.
—Esa pregunta no debería ser la primera que le preocupe.
—Pero no dijo que no.
—Usted tampoco preguntó si volvería a hacerlo.
Mis dedos se clavaron en los brazos. El miedo hizo que mis pupilas se abrieran y la luz blanca de la sala se volviera demasiado intensa.
—No pienso casarme con una asesina.
—Entonces puede pronunciar sus votos bajo la protección de una mujer que falsificó su incapacidad y compró el silencio de quienes debían cuidarla.
—Eso no convierte su propuesta en buena.
—No ofrezco bondad.
—¿Qué ofrece?
—Tiempo. Dinero. Defensa legal. La devolución de sus bienes. Acceso a la verdad sobre su padre y mi madre.
—A cambio de convertirme en parte de su familia.
—A cambio de que interprete ese papel durante un año.
—¿Y después?
—Podrá solicitar la anulación o el divorcio según recomiende su abogado.
—¿Podré irme?
—Cuando el año termine.
La respuesta fue demasiado rápida. Un músculo se tensó en mi mandíbula.
—Pregunté si podré irme, no cuándo considera usted conveniente permitírmelo.
Victoria apoyó ambas palmas sobre la mesa. La cicatriz de la derecha se volvió más blanca bajo la presión.
—Durante doce meses, no abandonará el matrimonio. Tampoco desaparecerá, negociará con mis enemigos ni regresará bajo la tutela de Beatriz.
—Eso es control.
—Sí.
La palabra cayó limpia, sin excusas. Yo había esperado que la negara, que cambiara su significado o adornara la jaula con promesas.
Victoria no necesitaba fingir que la puerta estaría abierta.
—Quiero leer el contrato.
Ella giró la carpeta principal. Tenía más de cincuenta páginas, separadas por pestañas de colores y marcadas con notas adhesivas.
Me senté finalmente, no porque ella lo hubiera ordenado, sino porque las piernas empezaban a fallarme.
La primera sección establecía la duración de doce meses desde la inscripción civil. La segunda enumeraba apariciones públicas, residencias y obligaciones de confidencialidad.
La tercera me revolvió el estómago.
—“La parte contratante deberá mantener domicilio conyugal en la residencia principal designada por Victoria Alarcón”. Eso significa que viviré donde usted diga.
—En el Palacio de las Viudas.
—No sé qué es eso.
—Mi residencia.
—Parece el nombre de una amenaza.
—Fue bautizado antes de que yo naciera.
—No mejora las cosas.
Victoria no respondió. Pasé la página y encontré un apartado sobre seguridad, desplazamientos autorizados y comunicaciones supervisadas.
—Mis llamadas serán vigiladas.
—Durante la evaluación de riesgos.
—¿Cuánto dura esa evaluación?
—Mientras exista peligro.
—Y usted decide cuándo existe.
—Mi equipo lo decide.
—Su equipo obedece sus órdenes.
—Generalmente.
Levanté la cabeza. —No firmaré esto.
—Todavía no ha terminado.
—No necesito terminar para saber que pretende encerrarme.
—Necesita terminar para saber cuánto costará negarse.
El comentario me hizo apartar las manos del papel. Victoria se inclinó ligeramente, reduciendo la distancia sin tocarme.
—No vuelva a hablarme como si mi miedo fuera una herramienta que puede ajustar según sus necesidades.
—Su miedo ya está siendo utilizado. La diferencia es que ahora puede ver quién sostiene el mango.
—Y espera que se lo entregue a usted.
—Espero que elija a la persona que no necesita fingir que carece de intenciones.
La detesté por hacer que aquella frase pareciera razonable.
Continué leyendo. El contrato establecía una asignación mensual imposible de imaginar, protección jurídica, restitución patrimonial y un equipo independiente para investigar los bienes Valdés.
También incluía la obligación de acompañar a Victoria en actos sociales, cenas del consejo y determinados viajes dentro del país.
—No sé comportarme en su mundo.
—Aprenderá.
—No quiero aprender.
—Tampoco quería aprender a vivir en un convento.
—Aquello fue diferente.
—Porque le enseñaron a llamar vocación a la obediencia.
El golpe fue tan preciso que sentí calor detrás de los ojos. Bajé la mirada antes de que pudiera observarme llorar.
—No sabe nada sobre mi fe.
—Sé que no es lo mismo que esta institución.
—No vuelva a utilizarla para convencerme.
—Entonces no utilice el hábito para evitar preguntas.
Levanté la vista. Victoria no había elevado la voz, pero algo en su expresión se volvió más duro.
—Usted cree que puede desnudarme con dos frases porque pagó para conseguir mis cartas.
—No necesito sus cartas para reconocer una prisión.
—Claro. Usted construye las suyas mejor.
Por un instante, el pulgar de Victoria rozó la cicatriz de su palma. Fue un gesto mínimo, desaparecido antes de que pudiera comprenderlo.
—Continúe leyendo.
La orden me hizo querer cerrar la carpeta. En vez de hacerlo, pasé a la sección sobre vida privada.
El lenguaje jurídico era frío, pero el significado resultaba claro: no habría obligación sexual ni reproductiva. Cualquier contacto íntimo requeriría consentimiento expreso.
La tensión en mis hombros disminuyó apenas. Victoria lo notó.
—¿Esperaba encontrar otra cosa?
—No sabía qué esperar.
—Si quisiera obligarla, un contrato no volvería aceptable el acto.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía hacerlo.
Mis ojos se detuvieron en la siguiente cláusula. —Aquí dice que ninguna de las partes puede interferir con relaciones personales preexistentes.
Victoria permaneció inmóvil.
—¿Tiene una amante?
—Sí.
La respuesta me provocó una irritación absurda, demasiado parecida a una ofensa personal, aunque acababa de conocerla.
—Quiere una esposa para cumplir un testamento mientras continúa con otra mujer.
—Quiero un acuerdo sin falsas promesas.
—Quiere comprar respetabilidad.
—Mi apellido no necesita respeto.
—Entonces compra obediencia.
—Eso ya lo han hecho por menos dinero.
El comentario me dejó sin aire. La sangre subió a mi rostro mientras cerraba la carpeta con una fuerza que hizo vibrar los teléfonos.
—No vuelva a compararse con ellas como si ser más honesta la hiciera menos cruel.
—No soy menos cruel.
Sus ojos descendieron hacia mi boca, no con ternura, sino con una atención que me hizo sentir observada desde demasiado cerca.
—Pero conmigo sabrá cuándo está sangrando.
Me puse de pie. La silla raspó el suelo y chocó contra la pared. Mi respiración salió entrecortada, caliente, mientras las palmas se humedecían.
—No voy a firmar.
Victoria no intentó detenerme. Tomó el teléfono y pulsó un número con la tranquilidad de quien ajusta una cita.
—Prepare la salida lateral —dijo—. La señorita Valdés regresará con la superiora.
La puerta se abrió antes de que pudiera alcanzar el picaporte. Camila entró y me observó sin sorpresa.
—Beatriz acaba de llegar —informó—. Viene con un notario, dos abogados y una ambulancia privada.
La palabra ambulancia me atravesó el pecho. —¿Por qué una ambulancia?
Camila dejó una tableta sobre la mesa. La pantalla mostraba las cámaras exteriores del convento y tres vehículos detenidos junto al portón.
Dos hombres con maletines descendían del primero. Del tercero salieron paramédicos acompañados por un hombre de bata blanca.
Reconocí al médico cuya firma aparecía en los informes falsos.
—No —dije, retrocediendo—. Ella no puede hacer esto.
—Puede intentarlo —respondió Camila—. Ha presentado una solicitud urgente alegando un episodio de descompensación durante la preparación de los votos.
—No tuve ningún episodio.
—El informe dice que amenazó con hacerse daño.
El suelo pareció inclinarse. Apoyé una mano sobre la mesa para no perder el equilibrio mientras un zumbido espeso llenaba mis oídos.
Había contado a la madre Eulalia que, después de la muerte de mi padre, una noche sostuve un frasco de pastillas sin llegar a abrirlo.
Aquello ocurrió años antes de entrar al convento. Nunca volví a intentarlo, pero mi confesión había sido convertida en un arma jurídica.
—¿Cómo lo sabe Beatriz?
Nadie respondió. No era necesario.
Victoria se levantó y rodeó la mesa. Se detuvo frente a mí sin invadir el último espacio que nos separaba.
—Míreme.
No pude hacerlo. Las letras del contrato se mezclaban con las firmas falsas y la imagen de la ambulancia esperando detrás del muro.
—Lucía.
Levanté la cabeza. Sus pupilas permanecían quietas, negras bajo la luz, mientras mi cuerpo temblaba sin obedecerme.
—Respire más lento.
—No me dé órdenes.
—Entonces desmáyese cuando ellos entren.
La crueldad controlada de la frase atravesó el pánico. Inhalé con dificultad, retuve el aire y lo expulsé por la nariz.
Victoria repitió el ritmo con su propia respiración, sin tocarme. No había consuelo en el gesto, solo la necesidad de devolverme capacidad para decidir.
—Beatriz puede encerrarme —dije.
—Sí.
—Puede decir que estoy enferma y conseguir que todos le crean.
—Ya consiguió que algunos lo hicieran.
—¿Puede detenerla?
—Sí.
La seguridad de la respuesta me provocó un alivio inmediato, tan intenso que sentí vergüenza. Victoria percibió ambos sentimientos.
—Ese es el precio real —murmuró.
—¿Cuál?
—Que ya sabe a quién tendría que pedir ayuda.
Me aparté de ella. El aire frío rozó la humedad acumulada en mi nuca.
—Podría ayudarme sin casarse conmigo.
—Podría.
—Entonces hágalo.
—No.
El rechazo fue tan tranquilo que resultó obsceno.