Capítulo 2 — El precio de la novia
La pluma permaneció suspendida sobre mi mano mientras las campanas continuaban llamando a una ceremonia que, minutos antes, había creído capaz de elegir.
No tomé el instrumento. Miré a Victoria, buscando alguna grieta en su expresión, pero sus ojos oscuros conservaban la calma de quien ya había previsto cada posible negativa.
—Quiero ver todo —dije—. No una página conveniente. Todos los documentos, todas las cartas y cada firma que demuestre lo que está diciendo.
La madre Eulalia soltó una respiración inquieta detrás de mí. Victoria, en cambio, retiró la pluma y la guardó dentro del bolsillo interior de su chaqueta.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tendrá hasta que deje de tratarme como una ignorante a la que puede asustar con papeles robados.
El desafío calentó mis mejillas, aunque mis dedos continuaban helados alrededor del rosario. Victoria observó el temblor de mi mano y luego levantó los ojos lentamente.
—La ignorancia no es una ofensa cuando alguien la impone —contestó—. Seguir ignorante después de descubrirlo sí puede convertirse en una elección.
—No volveré a firmar nada sin entenderlo.
La mirada de la superiora descendió hacia el suelo. Durante cuatro años, aquella mujer había llamado soberbia a cada pregunta que no podía responder.
Victoria se acercó hasta dejar apenas un paso entre ambas. El negro de su traje cortaba la claridad de la habitación como una herida abierta.
—Entonces empezaremos por impedir que pronuncie sus votos.
—La comunidad está esperando —intervino la madre Eulalia—. El obispo ya fue informado y Beatriz llegará antes del mediodía. No podemos cancelar sin una explicación adecuada.
Victoria volvió el rostro hacia ella con una lentitud que hizo que la religiosa apretara los labios antes de terminar su protesta.
—Puede explicar que intentaron obtener una renuncia patrimonial mediante manipulación religiosa. Seguro encontrará palabras más delicadas para describirlo ante el obispo.
—No hubo manipulación. Lucía llegó aquí por voluntad propia.
—Llegó sin documentos, sin acceso a su dinero y creyendo que su única familia deseaba verla encerrada. Su concepto de voluntad merece una investigación.
La madre Eulalia palideció. Yo debería haber sentido satisfacción, pero lo único que apareció fue una náusea densa, acompañada por una pregunta insoportable.
¿Cuántas veces me había confesado frente a ella? ¿Cuántos temores había entregado pensando que quedaban protegidos por algo sagrado?
—Salga —ordenó Victoria.
—Lucía pertenece a esta comunidad hasta que decida lo contrario.
Victoria avanzó un solo paso. La superiora levantó la barbilla, aunque sus pupilas se ensancharon y sus manos desaparecieron dentro de las mangas.
—La puerta —dijo Victoria.
La madre Eulalia me miró como si esperara que la defendiera. Durante años, yo habría pedido disculpas para evitarle una humillación.
Aquella mañana, la observé salir sin pronunciar una palabra.
La puerta se cerró. El golpe de madera no fue fuerte, pero mi espalda se tensó y la herida del dedo volvió a arder.
—No tenía derecho a hablarle así —murmuré.
—Lo sé.
La respuesta me descolocó. Esperaba una justificación, no aquella aceptación desprovista de arrepentimiento.
—¿Y eso no le importa?
—Me importa que usted todavía la defienda.
—No la estaba defendiendo.
—Entonces deje de explicarme cómo debo tratarla.
La frialdad de su tono hizo que apretara la mandíbula. Victoria no necesitaba elevar la voz; construía órdenes con pocas palabras y esperaba que el mundo las obedeciera.
—Tampoco tiene derecho a darme órdenes.
—Todavía no.
El pulso me dio un salto doloroso. Ella se apartó antes de que pudiera responder y abrió una segunda puerta oculta detrás de un panel de madera.
Nunca la había visto. El acceso conducía a una sala pequeña donde normalmente se guardaban vestiduras ceremoniales, pero aquel día había sido transformada en una oficina improvisada.
Una mesa larga ocupaba el centro. Sobre ella descansaban carpetas, un ordenador portátil, dos teléfonos y una impresora compacta conectada a una batería externa.
Junto a la pared esperaba una mujer de cabello corto, traje oscuro y una cicatriz atravesándole la ceja. Llevaba un arma visible en la cintura.
—Camila Soria —dijo Victoria—. Mi jefa de seguridad.
Camila me examinó desde los zapatos hasta el cabello cubierto. No mostró curiosidad ni desprecio, solo una evaluación rápida y desagradablemente completa.
—Señorita Valdés.
—Hermana Lucía —corrigió mi boca antes de que pudiera detenerla.
Los ojos de Camila se desplazaron hacia Victoria. Algo parecido a una comprensión seca pasó entre ambas.
—Todavía no —respondió Camila.
Las palabras me alcanzaron con la fuerza de una bofetada. Habían entrado al convento convencidas de que los votos no llegarían a pronunciarse.
Victoria tomó asiento en la cabecera y señaló la silla frente a ella. Esta vez no obedecí de inmediato.
—No voy a negociar rodeada de personas armadas.
Camila abrió su chaqueta lo suficiente para mostrar una segunda arma y varios cargadores. Después volvió a cerrarla con absoluta indiferencia.
—Ahora ya sabe exactamente cuántas hay.
—Camila —dijo Victoria.
La jefa de seguridad salió por otra puerta sin protestar. Antes de cerrarla, dejó un teléfono sobre la mesa, con la pantalla encendida.
—Línea segura —explicó Victoria—. El abogado que revise el acuerdo puede ser elegido por usted dentro de una lista de profesionales sin vínculos conmigo.
—Una lista preparada por usted.
—No permitiré que llame al abogado de Beatriz.
—Entonces no es una elección independiente.
Victoria entrelazó las manos sobre la mesa. Los guantes habían desaparecido, revelando dedos largos, uñas cortas y una cicatriz antigua que cruzaba la palma derecha.
—Puede escoger a cualquier profesional que acepte una consulta inmediata y permita verificar su identidad. No llamará a Beatriz ni saldrá de esta sala hasta comprender el peligro.
—Eso se parece demasiado a un secuestro.
—Un secuestro requiere traslado o retención ilegítima.
—Me está impidiendo salir.
—La puerta no tiene llave.
Miré hacia atrás. El picaporte estaba a pocos pasos, brillante bajo la luz de una lámpara pequeña.
Victoria no hizo ningún movimiento para detenerme. Aquella aparente libertad me resultó más amenazante que una cerradura.
Me acerqué a la puerta y apoyé los dedos sobre el metal frío. Podía abrirla, regresar con la madre Eulalia y entrar en la capilla.
Podía arrodillarme, repetir las fórmulas aprendidas y convertir mi existencia en una renuncia irrevocable antes de entender qué estaban robándome.
—Si salgo, ¿qué hará? —pregunté sin volverme.
—Esperar.
—¿Nada más?
—Dentro de una hora, su madrastra llegará con un notario. Después de sus votos, alegarán que su renuncia fue voluntaria y jurídicamente informada.
Giré el picaporte, pero no empujé la puerta. La respiración comenzó a quemarme en la garganta.
—La madre Eulalia no permitiría eso.
—Ya lo permitió.
Victoria deslizó una carpeta sobre la mesa. La tapa se abrió y dejó ver varias transferencias bancarias dirigidas a una fundación administrada por el convento.
Reconocí el nombre de Beatriz en la columna de origen. Las fechas coincidían con mi ingreso, mi noviciado y la solicitud de los votos definitivos.
Cada paso espiritual había sido acompañado por una cantidad de dinero.
—Son donaciones —dije, aunque la explicación se deshacía mientras salía de mi boca.
—La primera cubrió una deuda del convento. La segunda financió la restauración de la capilla. La tercera se realizó cuando usted pidió aplazar los votos.
Recordé aquella conversación. Había dicho que todavía despertaba pensando en mi padre y que deseaba comprender por qué nadie contestaba mis cartas.
La madre Eulalia me respondió que las dudas eran una forma de tentación. Dos semanas después, me asignaron meses de retiro y silencio.
Mi mano abandonó el picaporte.
—¿Cómo consiguió esto?
—Pagando más que Beatriz.
Me giré. Victoria no intentó disfrazar la corrupción de su respuesta, y esa honestidad brutal me revolvió el estómago.
—¿Compró información sobre mí?
—Compré acceso a la mentira que construyeron alrededor de usted.
—Eso no la hace diferente.
—Nunca dije que lo fuera.
Regresé a la mesa, pero permanecí de pie. Me negaba a sentarme como una niña convocada para recibir instrucciones.
Victoria abrió otra carpeta. Dentro había copias de mis cartas, algunas todavía selladas, junto a informes médicos que jamás había visto.
—¿Qué es eso?
—Evaluaciones psicológicas firmadas por un especialista que nunca la examinó. Beatriz preparaba una solicitud de incapacidad civil si usted abandonaba el convento.
Tomé la primera hoja. Las palabras describían inestabilidad emocional, episodios de confusión, dependencia, impulsividad y una supuesta tendencia a inventar persecuciones familiares.
—Esto es falso.
—Lo sé.
—Nunca conocí a este médico.
—También lo sé.
—Entonces debería denunciarlo.
Victoria mantuvo el rostro inmóvil. —Podría.
—¿Por qué no lo hizo?
—Porque una denuncia iniciada por mí alertaría a Beatriz antes de asegurar su protección legal.
—Mi protección o su contrato matrimonial.
—Ambas cosas pueden ser ciertas.
La sinceridad sin compasión me produjo un escalofrío. Victoria no fingía que mi seguridad fuera su única motivación.
Yo era una solución. Una firma conveniente. Una mujer suficientemente aislada para ser trasladada de una institución a otra sin provocar preguntas importantes.
—Explíqueme por qué necesita casarse —exigí.
Ella se reclinó apenas. —Mi abuelo dejó una cláusula sucesoria. Debo contraer matrimonio antes de cumplir treinta y tres años y mantenerlo durante doce meses.
—¿Por qué?
—Quería asegurarse de que la familia continuara.
—Dos mujeres no garantizan esa continuidad.
—El testamento exige un matrimonio legal, no un embarazo.
—¿Y después de un año?
—La participación mayoritaria del grupo será irrevocablemente mía.
—¿Qué ocurre si no lo hace?
—El consejo podrá transferir el control provisional a otro miembro de la familia.
—¿Quién?
—Mi primo Adrián.