LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA
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Capítulo 1 — El último voto
La tela blanca rozaba mis tobillos mientras avanzaba por el corredor del convento, como aviso de que aquella mañana no vestiría como una mujer libre, sino como alguien preparada para desaparecer.
La madre Eulalia caminaba delante de mí con las manos ocultas dentro de las mangas. Nunca miraba hacia atrás cuando sabía que yo necesitaba una explicación.
—Llegaremos tarde —dijo sin reducir el paso—. La obediencia también se demuestra evitando que los demás esperen. Apreté el rosario de nácar que había pertenecido a mi madre.
Una cuenta quebrada se hundió en mi piel. —La ceremonia empieza dentro de una hora. Dijiste que hablaríamos antes de los votos. Mi voz tembló, aunque intenté disimularlo.
La superiora se detuvo frente a la sacristía y me miró con aquella serenidad ensayada que convertía cualquier crueldad en consejo espiritual. —Hay una visita. Escúchala con humildad.
La puerta estaba abierta. Dentro, junto a la ventana estrecha, una mujer vestida de negro observaba el jardín donde yo había pasado cuatro años fingiendo que no existían caminos fuera de los muros.
Victoria Isabela Alarcón de Villalba permaneció sentada, una pierna cruzada sobre la otra, los guantes de cuero apoyados en el regazo y los ojos oscuros fijos en mí.
El aire perdió temperatura. Mis dedos se cerraron alrededor del rosario, y la cuenta rota abrió mi índice. Victoria miró la sangre antes de devolver la atención a mi rostro.
—Déjenos solas —ordenó. La madre Eulalia inclinó la cabeza de inmediato, un gesto que me inquietó más que la presencia de Victoria. Ni siquiera obedecía así al obispo.
—Lucía aún no ha pronunciado sus votos —objetó la superiora—. Cualquier conversación debe respetar su estado espiritual. Victoria giró apenas el rostro, y la religiosa retrocedió medio paso.
—Entonces debería agradecerme por llegar antes. La superiora salió. Aunque nadie cerró con llave, comprendí que no podía marcharme sin permiso. Mi cuerpo lo entendió antes que mi mente.
Victoria señaló la silla. Mis rodillas cedieron con una docilidad vergonzosa, y el banco recibió mi peso mientras ella dejaba un sobre crema sobre la mesa.
—¿Sabe quién soy? —preguntó. Respondí que sí. —Eso facilita las cosas. Después dejó que la quietud se prolongara hasta volver mi respiración torpe y mis manos heladas.
—No entiendo por qué está aquí. Victoria sostuvo mi mirada sin parpadear. —Su madrastra me ofreció una esposa. La presión en mi pecho llegó antes que el significado.
—Beatriz no puede ofrecerme. No soy una propiedad. La comisura de su boca se movió apenas, no como sonrisa, sino como quien descubre un problema interesante.
—Eso dependerá del documento que firme hoy. Mi pulso golpeó contra la herida del dedo mientras Victoria empujaba el sobre hacia mí sin retirar los guantes.
—Hoy haré mis votos. Ella respondió sin elevar la voz. —Hoy renunciará legalmente a su herencia. El rosario resbaló entre mis dedos y casi cayó al suelo.
En la primera página identifiqué la firma de mi padre debajo de una cláusula sobre acciones portuarias y un fideicomiso protegido. Las letras parecieron moverse ante mis ojos.
—No tengo herencia. Mi padre murió endeudado. Beatriz pagó mis estudios. Victoria apoyó dos dedos sobre el documento. —Falsificó balances, interceptó cartas y preparó su renuncia patrimonial.
—Está mintiendo. Victoria ni siquiera pestañeó. —Sería una pérdida de tiempo. Respiré por la boca, pero el aire no alcanzó. La habitación parecía estrecharse alrededor de mi cuerpo.
—¿Por qué me investigó? Sus dedos enguantados permanecieron sobre el papel. —Necesito casarme antes de cumplir treinta y tres años. Usted necesita salir antes de que la entierren viva.
—Busque a otra mujer. Victoria inclinó la cabeza. —Ya la busqué a usted. Mi estómago se contrajo ante la certeza de que mi nombre había sido elegido mucho antes.
—No quiero casarme con usted. Ella se inclinó hasta dejar sus rodillas cerca de las mías, obligándome a percibir su perfume oscuro y el olor limpio del cuero.
—Querer es un privilegio costoso, Lucía. Su madrastra lo pagó con dinero que le pertenecía. El modo en que pronunció mi nombre me enfrió la base del cuello.
—¿Y si me niego? Victoria tomó el rosario antes de que apartara la mano. Sus dedos cubiertos rozaron mi índice herido y avanzaron hasta la cuenta quebrada.
No tiró. Esperó. Para recuperarlo, debía acercarme; para conservar distancia, tendría que permitir que lo sostuviera. La elección era pequeña, calculada y profundamente humillante.
—Pronunciará sus votos, firmará la renuncia y Beatriz obtendrá todo antes del anochecer. Después, su existencia dejará de ser jurídicamente incómoda. Su voz permaneció tranquila.
—No puede obligarme. Victoria soltó el rosario y se apoyó contra el respaldo. —No necesito hacerlo. Solo necesito que comprenda quién cerró cada puerta.
—Quiero hablar con Beatriz. Victoria respondió que no. Cuando insistí en que era mi familia, su mirada se endureció apenas. —Precisamente por eso.
Me levanté, pero ella sujetó mi muñeca antes de que avanzara. El contacto fue firme, sin brusquedad. Su pulgar descansó sobre mi pulso acelerado, registrándolo como información.
—Suélteme. Victoria mantuvo la presión. —Cuando deje de mirar la puerta como si alguien detrás fuera a salvarla. Tragué saliva. —Usted tampoco vino a salvarme.
Sus ojos descendieron hasta mi boca y regresaron a los míos. La fuerza de sus dedos bastaba para retenerme sin dejar una marca visible. —Aprende rápido.
—Quiero mis documentos, un abogado independiente, una habitación separada y ninguna intimidad sin mi consentimiento. Victoria observó mi garganta cuando tragué, como si también negociara con mi miedo.
—No necesito tomar lo que todavía no me han ofrecido. No había bondad en su respuesta, sino paciencia, y aquello me inquietó más que una negativa abierta.
La madre Eulalia abrió la puerta. Detrás de ella, dos hermanas sostenían el velo ceremonial y una bandeja con documentos. El olor a cera llegó desde la capilla.
—Es hora. La comunidad está reunida. Victoria se puso de pie, y la sacristía pareció volverse demasiado pequeña para su altura, su traje negro y su autoridad.
—Dígale la verdad —ordenó. La madre Eulalia palideció mientras el frío entraba por la ventana antigua y las sombras de los vitrales atravesaban el suelo de piedra.
—Algunas decisiones se tomaron para protegerte —comenzó—. Beatriz explicó que no estabas preparada para administrar ciertos bienes y que una vida consagrada evitaría conflictos innecesarios.
Una presión helada descendió desde mi nuca hasta los hombros. Miré a la mujer que había recibido mis cartas, escuchado mis confesiones y llamado prueba espiritual al abandono.
—¿Le entregó mis cartas? La superiora bajó los ojos, y aquello bastó. Sentí que dentro de mi pecho se desprendían años de obediencia, culpa y esperanza miserable.
—Fueron revisadas por tu bienestar. La obediencia exige renuncias que todavía no comprendes. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales y traía un olor metálico hasta la sacristía.
Victoria tomó el velo de la bandeja. La tela blanca colgó entre sus dedos negros, hermosa y fúnebre, mientras las sombras se alargaban detrás de ella.
—Prepare la capilla. Habrá una ceremonia, pero no la que esperaba. Mi respiración se aceleró, y las hermanas evitaron mirarme mientras la cera caliente impregnaba el ambiente.
—No he aceptado —dije, aunque mi voz perdió fuerza. Victoria volvió hacia mí con calma, como si mi resistencia fuera una etapa prevista dentro de un plan antiguo.
—Todavía no. Puede arrodillarse, firmar la renuncia y entregar a Beatriz todo lo que su padre dejó. Nadie aquí detendrá su mano cuando lo haga.
Comprendí que el convento no era un refugio esperando mi elección, sino una maquinaria preparada para convertir mi silencio en consentimiento y mi miedo en prueba de vocación.
Victoria acercó el velo a mi cabeza sin colocarlo. El borde rozó mi cabello, apenas un contacto, suficiente para hacerme contener el aire mientras examinaba mi pánico sin compasión.
—O puede venir conmigo, conservar su nombre y descubrir por qué su padre envió dinero a mi madre tres días antes de que ella muriera.
El olor metálico se intensificó cuando un relámpago iluminó la ventana. Mi corazón golpeó tan rápido que cada latido parecía empujarme hacia una respuesta, aunque ambas opciones tenían forma de jaula.
—¿Conoció a mi padre? El rosario hería mi palma cerrada, pero no aflojé los dedos porque era lo único que aún sentía mío.
—Conocí lo que intentó hacer. También sé quién se aseguró de que fracasara. Si pronuncia esos votos, la respuesta quedará enterrada con todo lo que lleva su apellido.
Las campanas llamaron a la ceremonia mientras las sombras cubrían los pies de Victoria. Pensé en Beatriz, en las cartas robadas, en mi padre y en el documento preparado para borrarme.
Victoria dejó caer el velo sobre la renuncia patrimonial. Después acercó la pluma a mi mano herida, ofreciéndome una elección incomprensiblemente costosa.
—La Iglesia o yo, Lucía. En cualquiera de las dos, Beatriz ya decidió que usted no volverá a pertenecerse sin luchar por ello.
Miré la tinta negra, el hábito blanco y la puerta hacia una capilla dispuesta a presenciar mi desaparición. Victoria no había venido a liberarme, sino a reclamar mi próxima prisión.