La espía de Boston CAPÍTULO 21 El vuelo de la orquídea
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CAPÍTULO 21 El vuelo de la orquídea

El valle del Loira, en la primavera de 1941, era un manto de bruma espesa y campos húmedos cercados por álamos altos.

A quince kilómetros de Tours, lejos de las grandes arterias pavimentadas y las patrullas fijas de la Wehrmacht, la Resistencia había preparado la pista de aterrizaje clandestina "Orquídea": una simple franja de hierba de trescientos metros rodeada de zanjas de drenaje y viñedos.

Anie caminaba a paso firme entre las hileras de vides, vistiendo una chaqueta de cuero desgastada de aviador, pantalones tácticos de loneta reforzada y sus botas altas de montar.

En el hombro llevaba la correa de cuero de su maletín de documentos, donde custodiaba los esquemas de las frecuencias de la red de radares Freya y los planos de la red de túneles del aeródromo de Le Bourget.

Junto a ella, Odette escudriñaba el cielo cubierto de nubes bajas con unos prismáticos militares.

—Faltan tres minutos para las dos de la mañana —dijo Odette en un susurro, tiritando por la humedad del ambiente—. El viento del norte está levantando la niebla sobre el río. Si el piloto no encuentra las luces ahora, tendrá que dar media vuelta hacia Gran Bretaña.

Anie sacó de su bolsillo la linterna táctica de tres filtros (blanco, rojo y verde).

—El comandante Lysander del escuadrón 161 de la RAF no da media vuelta por un poco de niebla, Odette —contestó Anie con serenidad—. Preparen las antorchas.

A las dos de la mañana en punto, un zumbido característico y grave de motor radial rompió el silencio del valle.

Un monoplano Westland Lysander de color negro mate, sin insignias reflectantes y equipado con un depósito de combustible supletorio bajo el fuselaje, emergió de las nubes a menos de cien metros de altura.

Anie hizo la señal en código Morse con su linterna: tres destellos verdes breves y uno rojo largo.

En el acto, los tres resistentes desplegados en los márgenes del campo encendieron las antorchas de parafina colocadas en forma de "T" invertida, señalando la dirección del viento y la zona de contacto de las ruedas.

El Lysander bajó los flaps, redujo potencia y tocó tierra con un impacto sordo sobre la hierba mojada. El avión no apagó el motor; mantuvo la hélice girando a rastro lento mientras viraba sobre su eje en el extremo del campo para quedar encarado en dirección al despegue.

La portezuela de plexiglás del compartimento trasero se abrió de golpe. El piloto británico, con las gafas de vuelo sobre la frente, les hizo una señal urgente con el brazo.

—¡Shadow-9! ¡A bordo, rápido! —gritó el piloto sobre el rugido del motor Bristol Mercury.

Anie se volvió hacia Odette. Se quitó el reloj de pulsera de plata —el mismo que había pertenecido a la red de Bruselas— y se lo entregó a la joven parisina.

—Llévalo siempre, Odette. Es el recuerdo de que la noche más oscura siempre precede al amanecer —dijo la Agente Shadow-9, estrechándole la mano con fuerza.

—Cídate, Anie. París te estará esperando —respondió Odette con los ojos empañados.

Anie corrió hacia el costado del avión, trepó por la pequeña escala escamoteable de aluminio y se coló en el angosto habitáculo de pasajeros justo cuando las primeras ráfagas de trazadoras amarillas comenzaron a cortar la noche desde el linde del bosque.

Una sección de la Feldgendarmería, alertada por el ruido del motor, irrumpía en el campo en dos motocicletas con sidecar.

—¡Nos han descubierto! ¡Despega! —ordenó Anie, asegurando la palanca de cierre de la cabina.

El piloto empujó la palanca de gases a fondo.

El motor de 870 caballos de potencia rugió con furia, lanzando el Lysander hacia adelante sobre el barro.

El avión se elevo de la hierba a escasos metros de las copas de los álamos, esquivando las ráfagas de ametralladora que buscaban su fuselaje en vano.

El monoplano viró bancando hacia el oeste, ganando altura rápidamente sobre la capa de nubes hacia el canal de la Mancha.

Dentro de la pequeña cabina acristalada, el silencio sustituyó al caos de la pista. Anie se quitó los guantes, se reclinó contra el respaldo de lona y contempló a través de la ventanilla la superficie envuelta en sombras de la Europa ocupada.

A sus veinte años, la Agente Shadow-9 había sobrevivido a las purgas de Marsella, las garras de la Gestapo en Lille, el frío letal de los Pirineos, los salones de espías de Lisboa y el infierno de Le Bourget.

El piloto giró la cabeza desde el puesto delantero y le pasó un termo con té caliente y un mensaje manuscrito sellado por el propio coronel Evans del MI6.

Anie desdobló el papel. La nota decía simplemente:

Buen trabajo en París, Shadow-9. El primer ministro requiere tu presencia inmediata en las Oficinas de Guerra Subterráneas de Londres. La Operación Antropos para el frente oriental te espera.

Anie apuró un sorbo de té, guardó el mensaje en su bolsillo y cerró los ojos por primera vez en tres días. El hidroavión volaba directo hacia el corazón del mando Aliado, y ella sabía mejor que nadie que cada victoria conseguida solo era el preludio de una tormenta aún mayor.